
“¡Viva Cristo Rey!” fue una de las últimas exclamaciones con que Abelardo de la Espriella cerró su discurso triunfal tras conocerse los resultados de las elecciones presidenciales de segunda vuelta. Como es de esperarse, una expresión tal ha despertado múltiples reacciones de entusiasmo y alegría entre los católicos colombianos, que anhelan un gobierno católico tras décadas del secularismo más agresivo. Sin embargo, cuando se examina el contenido completo del discurso del presidente electo, de inmediato saltan a la vista múltiples expresiones que nos llevan a desinflar tal entusiasmo.
Ya desde la campaña, desconfiamos del discurso provida y pro-familia del candidato De la Espriella. Se le conocían múltiples intervenciones en espacios públicos, en las cuales se había declarado como ateo, y se había pronunciado en favor de la adopción de menores por parejas del mismo sexo. Se decía ahora que en años pasados había tenido una profunda conversión religiosa y sus convicciones habían cambiado radicalmente, por lo que ahora era un férreo opositor al aborto y a la ideología de género.
Habiendo ya escuchado ese mismo guion con Iván Duque en 2018, la experiencia invita a la desconfianza respecto de esas “conversiones preelectorales”. Aún así, no queriendo entrar a discutir inútilmente sobre su experiencia religiosa particular, basta con examinar en detalle su programa de gobierno para ver que no existe ni una sola propuesta concreta para aterrizar tales eslóganes provida y pro-familia en avances reales. Por el contrario, cuando se le ha preguntado en medios al candidato acerca de su postura frente al aborto o las uniones homosexuales, ha expresado su rechazo para luego señalar las decisiones de la Corte Constitucional como un hecho jurídico que debe respetar.
Y ese es precisamente el tono del discurso del pasado domingo. Una de las afirmaciones de apertura, y a la cual le dio un énfasis particular, fue:
Colombianos, hoy reafirmo mi solemne compromiso de lealtad absoluta con la Constitución de 1991. Juro, juro defender la Constitución con extrema coherencia para evitar que la destruyan. Juro protegerla de aquellos que pretenden cambiar el estado de derecho por la tiranía, y juro honrarla frente a quienes usurpando el nombre del pueblo le quieren arrebatar sus libertades.
No es fortuito que haya iniciado el discurso de esa forma: El plan de gobierno tiene como primer punto, el “Patriotismo constitucional”, insistiendo en esa idea de la “lealtad con la constitución” bajo la afirmación de que “la democracia sólo será posible si la Constitución vuelve a ser el límite del poder y el consenso central de la República”.
Y ahí es cuando todos los eslóganes grandilocuentes de campaña quedan vacíos de contenido, pues todo apunta a que estamos, en el mejor de los casos, a una interrupción temporal de la agenda progresista, una retirada estratégica para arremeter luego con mayores fuerzas. Sorprende la absoluta amnesia de los votantes católicos, que celebran como si todos los males que se observan en el país hubieran sido creación del gobierno Petro, y no los frutos podridos de esa misma constitución de 1991, que el electo presidente promete defender.
Fue la Constitución de 1991 la que desconoció el catolicismo de la nación colombiana, y bajo la cual se estableció el mantra del “Estado laico”, bajo el cual, desde el 91, se ha emprendido una secularización acelerada y forzosa de la sociedad colombiana, apuntando a extinguir todo rastro de catolicismo en nuestro país. Esa misma constitución, a la que de la Espriella le profesa lealtad incondicional, será usada para sancionarle por haber dicho “¡Viva Cristo Rey!”.
Fue esa misma constitución la que estableció como principio fundamental el pluralismo, y el derecho al libre desarrollo de la personalidad, en virtud de los cuales se ha disuelto todo principio de unidad nacional, se ha anulado la autoridad de los padres sobre los hijos, de los maestros sobre los alumnos, incluso la propia autoridad de la fuerza pública. No ha sido la izquierda, sino ese mismo orden constitucional el que se ha convertido en arma jurídica en manos de la delincuencia, el crimen organizado y los grupos ilegales para imposibilitar el restablecimiento del orden y la justicia en nuestro país.
Es la propia Constitución de 1991 la que creó la Corte Constitucional, esa caja de Pandora de la cual provienen todas las plagas que destruyen a la sociedad colombiana, el aborto, la eutanasia, las uniones homosexuales, el alquiler de vientres, la ideología de género, la promoción de la transexualidad incluso en niños. La propia Corte avaló la incorporación a la constitución de los acuerdos de 2016 con las FARC, de los cuales el gobierno Petro no es más que la aplicación y prolongación natural.
¿Cómo planea de la Espriella mantener su lealtad a la Constitución de 1991 y a la vez combatir todos sus ponzoñosos frutos? ¿Cómo puede gritar “¡Viva Cristo Rey!” y al mismo tiempo defender a la Constitución que pretendió destronarle y negar la consagración nacional a su Sagrado Corazón? “Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien, se interesará por el primero y menospreciará al segundo.” (Mt 6, 24)




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