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martes, 17 de diciembre de 2024

Editorial: “Lo sagrado”, el nombre de una profanación

Las redes sociales hierven con la indignación de los fieles católicos al conocer que la Catedral Primada de Colombia, sede del Arzobispo de Bogotá, está siendo utilizada como escenario para la presentación de una obra de teatro. El espectáculo se titula “Lo sagrado” y el nombre no deja de estar cargado de ironía, pues la elección de la Catedral Primada como escenario representa justamente lo opuesto de la sacralidad: la profanación.

Desde un punto de vista puramente antropológico, la conciencia de lo sagrado está en la raíz, no sólo de toda religión, sino en sentido más amplio de toda concepción del mundo, de toda civilización. Lo sagrado no se entiende sin referencia a lo profano, pues es esa oposición, esa separación, lo que lo define. Lo sagrado lo es precisamente, porque está, reservado, separado del resto del mundo. Cuando se difumina la barrera que distingue el ámbito de lo sagrado del ámbito de lo profano, aquello simplemente deja de serlo, se desacraliza, es profanado.

El orden de lo sagrado puede manifestarse en todos los aspectos de la vida humana. Objetos, lugares, personas, tiempos. Un altar puede parecer una piedra o una mesa cualquiera, pero no lo es. A través del rito de dedicación, ha dejado de ser un objeto más y se ha convertido en signo de la manifestación de Dios en el mundo. Desde ese momento, la mesa del altar no admite ningún otro uso más que la celebración del sacrificio eucarístico. La patena y el cáliz pueden parecer piezas más de la vajilla, pero desde su consagración han quedado reservados de forma exclusiva para el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Para muchos, una iglesia puede parecer un simple auditorio, con una tarima y unas gradas, en el cual la gente va a escuchar a un speaker y atender a una performance, pero no lo es. Es un espacio que ha sido separado de toda la geografía circundante y se ha convertido en “casa de Dios y puerta del Cielo”.

“No te acerques aquí; quita las sandalias de tus pies, porque el lugar en que estás es tierra sagrada.” (Ex 3, 5) Fueron las palabras de Dios a Moisés, por lo que él “se cubrió el rostro, porque temía ver a Dios.” Quitarse las sandalias, cubrirse el rostro, descubrirse la cabeza o ponerse de rodillas, son diferentes formas de expresar la única actitud que puede tener el hombre ante el encuentro con lo sagrado: El temor reverencial. Lo sagrado no pertenece a nuestro orden, no es algo que esté bajo nuestro libre arbitrio, no se manosea. Ha sido elegido por Dios para comunicarse con el hombre, y por lo tanto le pertenece a Él más que a nosotros.

El acto de quitarse la sandalias, simboliza cómo el ámbito de lo sagrado obliga al hombre a prescindir de las consideraciones prágmáticas, de criterios mundanos como la eficiencia o la comodidad, y el contacto con la piel desnuda de los pies, semejante al descubrirse la cabeza al entrar en el templo, representa el reconocimiento de la miseria humana y la aceptación sin barreras de la manifestación divina. Por el contrario, profanar, contaminar los espacios sagrados con usos mundanos, totalmente ajenos al culto divino, no admite otra respuesta que la de Cristo:

Haciendo un látigo con cuerdas, echó a todos fuera del Templo, con las ovejas y los bueyes; desparramó el dinero de los cambistas y les volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: «Quitad esto de aquí. No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado.» Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: El celo por tu Casa me devorará. (Jn 2, 15-17)

La Iglesia no ha sido ajena al arte dramático. Durante la Edad Media se desarrollaron muchos tipos de dramas litúrgicos, en los que se representaban diferentes escenas de la vida sagrada, pero siempre de forma asociada al propio culto divino, siguiendo las formas que son propias a la reverencia propia del templo. Todavía hoy, el canto de la Pasión de Cristo a tres voces, o el acto del lavatorio de los pies en Jueves Santo, son momentos propios de la liturgia en los que se utiliza el drama como lenguaje para transmitir los acontecimientos que se recuerdan en esas fechas. Eso sin contar los múltiples actos de piedad popular, como la procesión con el Santo Sepulcro o la visita de los Reyes Magos, en los que se hacen verdaderas escenificaciones de cada misterio. Pero, insistimos, siempre, siempre, como parte de un acto público de adoración a Dios.

El signo de la Escala de Jacob nos parece apropiadísimo para una representación teatral sobre la Navidad. Jacob, Israel, ve en sueños una escalera que llega hasta el Cielo y los ángeles que suben y bajan por ella. Este signo es la promesa de que la compañía de Dios no se apartará del pueblo de Israel, y se cumple con la encarnación del Verbo: «En verdad, en verdad os digo: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.» (Jn 1, 51) En la persona de Cristo lo humano y lo divino han quedado unidos, como un puente que une el Cielo y la Tierra, y de allí que no haya otro camino para llegar al Padre.

Sin embargo, nada de esto parece estar presente en las consideraciones de los promotores de la obra:

‘Lo Sagrado’ trata sobre un viaje que tiene un hombre a su interior, intentando encontrar su fe, su voz, y es un hombre que pudiera ser cualquiera de nosotros, intentando encontrar esa vocecita que le dé un impulso para seguir”, explicó Jimmy Rangel, director de la iniciativa artística.

“La puesta en escena es la escala de Jacob, eso es bíblico: el hombre que aspira a lo trascendente, que busca a Dios; y la navidad es, también, que Dios viene al encuentro del hombre. Es el gran misterio, Dios hecho hombre”, explicó monseñor Sergio Pulido, párroco de la Catedral Primada.

Bajo el influjo del Racionalismo, la herejía modernista niega la Revelación de Dios al hombre, y convierte las manifestaciones de lo sagrado en una mera expresión de una ‘conciencia religiosa’ que estaría en el fondo de todo ser humano. Todas las religiones no serían más que diferentes formas de expresar esa misma conciencia, y por lo mismo, estaríamos siempre ante una construcción socio-cultural. Es una manifestación del hombre que busca a Dios, no de Dios que sale al encuentro del hombre. “Lo sagrado” es producto, en este caso, de una elección arbitraria, una experiencia puramente subjetiva. Es el giro antropocéntrico de la teología, que muchos, entre ellos el Papa Benedicto XVI, han venido denunciando. De ahí que, tal y como puede apreciarse en los breves fragmentos de la obra en los videos que circulan en redes, el juego de luces, el movimiento de los actores y bailarines, está completamente disociado del espacio sagrado en el que se encuentran y el acto cultual que le es propio.

Como hemos dicho,  la Iglesia no ha sido ajena al arte dramático, pues al fin y al cabo los signos visibles y sensibles son un lenguaje mucho más elocuente que las palabras más escogidas. Tomar la custodia con el velo humeral en lugar que las manos desnudas, evitar dar la espalda al tabernáculo, mantener juntos el índice y pulgar para evitar soltar las partículas del corpus, comulgar de rodillas y en la boca en lugar de en la mano y de pie, son gestos visibles que proclaman de forma tácita que estamos ante el mismo Dios, mucho mejor que todas las catequesis y sermones acerca de la Eucaristía. Por más que se insista en los sermones sobre la presencia real de Cristo en la Eucaristia, nadie lo creerá realmente si observa que los hechos desdicen las palabras y las sagradas formas pasan de mano en mano como una galleta cualquiera.

Por lo mismo, aunque la obra de teatro tenga un contenido absolutamente edificante y evangelizador, que no lo parece en absoluto, aunque efectivamente tratase sobre el misterio profético de la Escala de Jacob como anuncio de la venida de Cristo, todo esto es anulado por el estruendo ensordecedor del signo de mayor elocuencia: La desacralización, la profanación, la mundanización del lugar más sagrado de toda la Iglesia de Bogotá.

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lunes, 10 de enero de 2022

Mons. Rob Mutsaerts: “Si lo que ayer se recomendaba ya no aplica hoy, nada es seguro”

Mons. Rob Mutsaerts, la solitaria voz de la ortodoxia en medio de heterodoxo episcopado holandés, ha publicado un artículo en su blog en el que critica las Responsa ad Dubia de la Congregación para el Culto Divino sobre la aplicación del Motu Proprio Traditionis Custodes. En su crítica, Mons. Mutsaerts va al punto de la cuestión, que no se limita al estatus canónico de la liturgia, sino que afecta directamente la naturaleza de la autoridad eclesiástica.

Locura, por Mons. Rob Mutsaerts

Puede ser una imagen de 1 persona y de pie

2021 fue un año de locura. Cuando la mayoría deja la normalidad, la anormalidad se convierte en la nueva normalidad. Por ejemplo, las feministas fueron fustigadas por ideólogos trans porque creen que debería haber espacio para los puntos de vista feministas. La autora de Harry Potter, JKRowling, es una de esas feministas cuyos libros fueron quemados en varias universidades. Imagínense, en las universidades, centros de libre pensamiento. La profesora Kathleen Stock, profesora de filosofía en la Universidad de Sussex, se vio obligada a dimitir. ¿Cuál fue su crimen? Se había atrevido a argumentar en su último libro que existen diferencias genéticas y biológicas demostrables entre los sexos. Y luego estaban las “mujeres trans” que competían en natación y carrera. Como hombres no eran nadie en el mundo del atletismo, ahora ganan brillantemente. Cuando cruzan la línea de meta, dicho sea de paso, hay un silencio notable en los estadios. Todos se dan cuenta de que algo no está bien, pero nadie se atreve a decir nada. Protestan siendo elocuentemente silenciosos. Y, por supuesto, las mujeres de verdad se duchan en casa. Ninguna se siente cómoda con un tipo así alrededor.

2021 también fue el año de la tonta cultura de cancelación. Incluso The New York Times, que se considera un diario serio, también está de acuerdo. La fecha de fundación de los Estados Unidos de América ya no es el 4 de julio de 1776 -fecha de la Declaración de la Independencia, Día de la Independencia- sino el año 1619 cuando llegaron a la costa de Virginia los primeros barcos que transportaban esclavos africanos. Mientras tanto, un peso pesado de la filosofía, Peter Boghossi, ha anunciado su retiro de la Universidad de Portland: “Ya no se enseña a los estudiantes a pensar, sólo se les presentan ideologías. La mayoría ya no se atreve a decir lo que piensa".

Pero siempre puede ser más loco. El Olney Theatre Center de Washington ofrecerá al público una versión despierta de La Bella y la Bestia. El papel principal de Bella es interpretado por una mujer lesbiana negra con mucho sobrepeso. Crees que vas a un producto inocente de Disney y luego terminas en un teatro de terror políticamente correcto.

Pero los mensajes de Roma tampoco me alegran. El Vaticano nos tenía reservado un curioso regalo de Navidad. Las respuestas de la Congregación para el Culto Divino a las preguntas sobre la interpretación práctica del motu proprio "Traditionis custodes" endurecen el frente entre el Vaticano y los tradicionalistas. Una impaciencia difícil de disimular po rtrazar finalmente  una línea sobre el asunto de la "Misa antigua" habla a través de todo el estilo del texto. El texto altamente agresivo no es solo una ruptura con la "reforma de la reforma" propuesta por el Papa Benedicto XVI, sino también un paso en falso pastoral. El “Papa de la Misericordia” muestra poca misericordia para aquellos que abrazan el Rito Romano Tradicional. Esta pérdida de confianza no sólo afecta a los tradicionalistas, sino que incrementa la incertidumbre de los fieles. Si lo que ayer fue recomendado ya no aplica hoy, nada es seguro.

Lo que esto significa por la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro, por ejemplo, es poco claro. La curiosa consecuencia de la suspensión papal es que las comunidades asociadas a Roma que celebran la misa antigua ya no tendrán permitido administrar el sacramento de la confesión, pero los fieles pueden todavía recibirla validamente de la Sociedad de San Pío X. Lo mismo aplica para el sacramento del matrimonio. Y, ¿Por qué tendría uno que adherir explícitamente a los documentos del Vaticano II para poder celebrar la misa antigua en casos excepcionales? Seguramente aquellos que celebran el Novus Ordo –yo soy uno de ellos– no se les pide que acepten el Concilio de Trento. ¿O acaso todo lo anterior al Vaticano II ha sido destrozado? Si el Vaticano exige un examen para los celebrantes de la misa antigua, entonces en justicia debería también ser exigida para los celebrantes “por cuenta propia” de la nueva misa que andan todos celebrando a su propio gusto.

Por lo pronto, esto promete para el año entrante. Mi lema es: simplemente permaneced católicos. Vamos según la ley natural, según el orden de la creación, según el sentido común.

¡Feliz Año Nuevo!

+Rob Mutsaerts
Obispo Auxiliar de s-Hertogenbosch, Países Bajos.

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sábado, 17 de julio de 2021

Alegoría de la Reina Despojada, por Álvaro Gallón Rodríguez

Se entristecen el Magdalena y el Cauca, se estremecen el San Juan y el Patía, la selva se deshace en lágrimas y truena en el Orinoco y el Amazonas; ruge con fiereza el Catatumbo y el Guáitara. Se seca el Guatapurí y el Ranchería, que han sido inspiración de tantos poetas. Una triste y espesa niebla gris cubre valles y sabanas, la llanura abrazada por el sol se incendia, las dos costas se encrespan. Todo anuncia la catástrofe.

Por estos días se menciona a la Reina de Colombia como “La despojada”, en palabras proféticas de monseñor Luis José Rueda Aparicio, Arzobispo de Bogotá y Presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia, que lamentaba el sacrilegio ocurrido el pasado 9 de julio, cuando se conmemoraban 102 años de su coronación. País ingrato que ya no recuerdas a don Alonso indio, quien, enternecido por el tiempo que su Reina estuvo abandonada en Suta, tuvo la inspiración de construirle su primera capilla de vara, tierra y techo pajizo. Noble cacique respetado por españoles e indígenas. Símbolo de la unidad nacional mestiza que nacía del alma pura y fresca recién bautizada, de este honesto capitán de los indígenas Cocas, que destinó su guardia personal para cuidar a su Reina.


Noble Alonso indio, a quien hoy mencionamos con respeto y rendimos honra, porque tuviste la feliz idea de ordenar a tus indígenas que cuando alguno recibiera un milagro, en agradecimiento a la bondad maternal y grandeza de su Reina, que salva a indios y españoles juntos, de toda suerte de pestes, plagas y tragedias, le entregara en agradecimiento una esmeralda para se construyera el más rico y hermoso templo de la tierra colombiana y fuese adornada con cetro y corona de oro y esmeraldas.


Con el tiempo fueron tantos los milagros de la Reina de los Ángeles, de los hombres, de los pueblos y de todo lo creado, que se acumuló el tesoro más grande de esmeraldas talladas de la tierra. Hoy los colombianos ya no solicitan la maternal protección por su salud frente a la peste y el peligro inminente de su muerte. El nombre de Luis Fernando Malaver, con prontuario de 13 entradas a la cárcel por narcotráfico, asalto y asesinato, se volvió universalmente famoso el pasado 9 de julio, porque es pronunciado con vergüenza patria y su hazaña infame contada en los Jardines del Vaticano con voz temblorosa y lágrimas en los ojos por el señor Embajador de Colombia ante la Santa Sede doctor Jorge Mario Eastman, en presencia del Cardenal Giuseppe Bertello, Gobernador del Estado Vaticano, cardenales presentes, renombrados obispos y el cuerpo diplomático de otros países acreditados en la Santa Sede, su distinguida esposa y sus pequeñas e inocentes hijas.


Ahora no faltará quien proponga al delincuente para senador de la República y sugiera redactar una ley para que su curul no esté sometida al debate electoral. Hoy, 434 años después de la noble decisión de don Alonso indio, la tragedia nacional ocasionada por la languidez moral, es de tal magnitud que la falta de sensibilidad de los colombianos le resta toda importancia al hecho de que se haya despojado a la Reina de sus alhajas. El que las haya recuperado la Policía Nacional no disminuye la gravedad del acto.


¿Quién podría imaginar en aquel 3 de enero de 1587, cuando los indios cocas comenzaron a construir su capilla? Qué en el año 2021 el país iba a celebrar la fiesta religiosa nacional del 9 de julio incluyendo a un ratero sustrayendo las joyas, que son el símbolo de la realeza de la Virgen sobre la patria colombiana y que hubieran vísperas tumbando monumentos de aquellos a los que la india Catalina se refería de la siguientes manera: “Mis ojos propios son buenos testigos, de cómo saben ser buenos amigos” (Juan de Castellanos, Elegía de Varones Ilustres de Indias, Parte III, Historia de Cartagena, Canto II).


Este robo pudo ser permitido por Ella, como un mensaje de reflexión sobre el abismo en que hemos caído y de advertencia, que tal vez, anuncia la tormenta nacional que se aproxima. Es el símbolo de la Revolución Bolivariana del Socialismo del Siglo XXI, que se avecina y cae sobre una nación que renunció a Jesucristo y ya no conoce ni practica los Diez Mandamientos, los cuales hace tiempo no se enseñan en colegios y universidades, en los primeros porque es contrario al libre desarrollo de la personalidad, en las segundas porque no hace parte de sus líneas de investigación.


Desde las altas cortes se proclama la idolatría y reverencia materialista de toda la sociedad al dios Estado laico. Se prohíbe la profesión de fe hasta del primer mandatario, al punto que tiene que ir a escondidas a visitar la Virgen de Chiquinquirá para pedir su protección y la del país. Algunos de nuestros militares tienen más entusiasmo por la idiotez de la divinidad cienciológica Xenu que por el Decálogo, y por eso son fácilmente tentados por las jugosas retribuciones del narcotráfico, que son auténticas bicocas frente a lo que vale el honor de la Patria. A los jóvenes se les engatusa con la bondad del estupefaciente recreativo de fácil alcance y los niños son entrenados en el arte del terrorismo urbano; se propone a las mujeres que abandonen a sus hijos y pasen a engrosar las filas de las mamás primera línea, convirtiéndose en las fuertes animadoras promotoras del aborto y la eutanasia, en adoración a la diosa igualdad a los hombres se les niega el trabajo para que no puedan sustentar a sus familias, los vándalos incendian todo a su paso ante la mirada perdida y apática de los transeúntes, que ven cómo destruyen el mobiliario urbano pagado con sus impuestos para que puedan vivir como ciudadanos decentes. Gracias a los bloqueos, la deuda externa alcanzó el 60% mientras los expertos internacionales consideran que cuando un país llega al 75% ya no tiene retorno a la normalidad. Y que tal aquellos académicos y maestros que sesgan la historia nacional para despreciar el bien, envenenar los espíritus y azuzar a la violencia.


¡Colombia! Te llegó el tiempo de ser sincera contigo misma y abrir tu inteligencia y voluntad para manifestarte y afirmar con valentía lo que eres: Una noble nación católica, apostólica y romana basada en la familia cristiana, o prepararte para la esclavitud, el hambre y el destierro, pues el Nabucodonosor marxista yoruba de Venezuela con sus sacerdotes paleros ya está acampando en tus puertas y fronteras.
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viernes, 12 de junio de 2020

Carta de Mons. Carlo María Viganò a Mons. Athanasius Schneider: "nos enfrentamos a una opción decisiva para el futuro de la Iglesia y para nuestra salvación eterna"

En el interior de todo hombre existe un lugar privilegiado en que el alma se encuentra desnuda ante Dios, y en el cual la Ley Eterna ilumina nuestras vidas y nuestras acciones enseñando a distinguir lo verdadero de lo falso, lo bueno de lo malo. Ese lugar es la conciencia, allí, nuestros actos son juzgados de cara a la verdad y su juicio es tan poderoso que no podemos desatenderlo sin caer en pecado.

El documento que presentamos a continuación es un testimonio invaluable de esta verdad: Una vez la conciencia ha hecho con toda certeza su dictamen preceptivo el hombre está obligado ante Dios a cumplir con su deber como parte de la obediencia debida a Dios, y "hemos de obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hch 5, 29). En ella, Mons. Viganò reconoce el gravísimo error de haber creído que la obediencia incondicional a la Jerarquía salvaría su conciencia, y que a pesar de los crecientes síntomas de apostasía en la Iglesia a partir del experimento conciliar, podría confiar ciegamente en que la Iglesia recuperaría el rumbo por los medios acostumbrados de la autoridad eclesiástica.

No tenemos la menor duda de que en el futuro, esta pieza de correspondencia entre dos pastores de la Iglesia será recordada y estudiada como un retrato histórico fidedigno de la crisis en que la Iglesia quedó sumida a partir del Concilio Vaticano II, de la misma forma en que hoy se estudia a San Atanasio para conocer el cisma arriano, o a Beda el Venerable y Gregorio de Tours para comprender la caída del Imperio Romano.

9 de junio de 2020
San Efrén

He leído con gran interés el ensayo de Su Excelencia, Mons. Athanasius Schneider, publicado en LifeSiteNews el 1 de junio, posteriormente traducido al italiano por Chiesa e post concilio, titulado “No existe la voluntad divina positiva de que haya diversidad de religiones ni hay un derecho natural a dicha diversidad”. El estudio de Su Excelencia resume, con la claridad que distingue las palabras de quienes hablan de acuerdo con Cristo, las objeciones contra la supuesta legitimidad del ejercicio de la libertad religiosa teorizada por el Concilio Vaticano II en contradicción con el testimonio de la Sagrada Escritura y con la voz de la Tradición, y en contradicción también con el Magisterio católico, que es el fiel guardián de ambas.

El mérito del ensayo de Su Excelencia consiste, primero que nada, en su comprensión del vínculo causal entre los principios enunciados -o implícitos- del Concilio Vaticano II y su consiguiente efecto lógico en las desviaciones doctrinales, morales, litúrgicas y disciplinarias que han surgido y se están desarrollando progresivamente hasta el día de hoy.  

El monstruo generado en los círculos modernistas podría haber sido, al comienzo, equívoco, pero ha crecido y se ha fortalecido, de modo que hoy se muestra como lo que verdaderamente es en su naturaleza subversiva y rebelde. La criatura concebida en aquellos tiempos es siempre la misma, y sería ingenuo pensar que su perversa naturaleza podría cambiar. Los intentos de corregir los excesos conciliares -invocando la hermenéutica de la continuidad- han demostrado no tener éxito: Naturam expellas furca, tamen usque recurret [“Expulsa a la naturaleza con una horqueta: regresará”] (Horacio, Epist., I, 10, 24). La Declaración de Abu Dhabi -y como Mons. Schneider acertadamente observa, sus primeros síntomas en el panteón de Asís- “fue concebida en el espíritu del Concilio Vaticano II”, como lo afirma Bergoglio, orgullosamente. 

Este “espíritu del Concilio” es la patente de legitimidad que los innovadores oponen a sus críticos, sin darse cuenta de que ello es confesar, precisamente, un legado que confirma no sólo la naturaleza errada de las declaraciones presentes, sino también la matriz herética que supuestamente las justifica. Si se mira más de cerca, jamás en la historia de la Iglesia un Concilio se ha presentado a sí mismo como un hecho histórico diferente de todos los concilios anteriores: jamás se ha hablado del “espíritu del Concilio de Nicea” o del “espíritu del Concilio de Ferrara-Florencia” ni, mucho menos, del “espíritu del Concilio de Trento”. Tampoco existió jamás una era “post-conciliar” después del Letrán IV o del Vaticano I. 

La razón de ello es obvia: estos Concilios fueron todos, sin distinción alguna, expresión unánime de la voz de la Santa Madre Iglesia, y por esta misma causa, voz de Nuestro Señor Jesucristo. Es elocuente que quienes sostienen la novedad del Concilio Vaticano II adhieran también a la doctrina herética que pone al Dios del Antiguo Testamento en oposición al Dios del Nuevo Testamento, como si pudiera existir contradicción entre las Divinas Personas de la Santísima Trinidad. Evidentemente esta oposición, que es casi gnóstica o cabalística, es funcional para la legitimación de un sujeto nuevo, que se quiere diferente y opuesto a la Iglesia católica. Los errores doctrinales casi siempre revelan algún tipo de herejía trinitaria, y por tanto es mediante el regreso a la proclamación del dogma trinitario que las doctrinas que se le oponen pueden ser derrotadas: ut in confessione veræ sempiternæque deitatis, et in Personis proprietas, et in essentia unitas, et in majestate adoretur æqualitas: confesando una verdadera y eterna Divinidad, adoramos la propiedad en las Personas, la unidad en la esencia y la igualdad en la Majestad. 

Mons. Schneider cita varios cánones de los Concilios Ecuménicos que proponen lo que, en su opinión, son doctrinas difíciles de aceptar hoy, como, por ejemplo, la obligación de diferenciar a los judíos por las ropas, o la prohibición de que los cristianos sirvan a patrones mahometanos o judíos. Entre esos ejemplos existe también la exigencia de la traditio instrumentorum proclamada por el Concilio de Florencia, que fue posteriormente corregida por la Constitución Apostólica Sacramentum Ordinis de Pío XII. Mons. Schneider comenta: “Se puede rectamente esperar y creer que un futuro Papa o Concilio Ecuménico corrija las declaraciones erróneas hechas” por el Concilio Vaticano II. Esto me parece ser un argumento que, aunque hecho con la mejor de las intenciones, debilita el edificio católico desde sus mismos fundamentos. Si de hecho admitimos que puede haber actos magisteriales que, por el cambio en la sensibilidad, son susceptibles de abrogación, modificación o diferente interpretación por el paso del tiempo, caemos inevitablemente en la condenación del Decreto Lamentabili, y terminamos concediendo justificaciones a quienes, recientemente, y precisamente sobre la base de aquel erróneo supuesto, han declarado que la pena de muerte “no es conforme al Evangelio”, enmendando así el Catecismo de la Iglesia Católica. De acuerdo con el mismo principio, podríamos sostener que las palabras del Beato Pío IX en Quanta Cura fueron en cierta forma corregidas por el Concilio Vaticano II, tal como Su Excelencia espera que ocurra con Dignitatis Humanae. +

Ninguno de los ejemplos que ofrece Su Excelencia es, en sí mismo, gravemente erróneo o herético: el hecho de que el Concilio de Florencia declarara que la traditio instrumentorum era necesaria para la validez de las órdenes no comprometió de ningún modo el ministerio sacerdotal en la Iglesia, haciendo que se confirieran órdenes inválidas. No me parece tampoco que se pueda afirmar que este aspecto, a pesar de su importancia, haya conducido a errores doctrinales por parte de los fieles, algo que sí ha ocurrido, por el contrario, sólo en el último Concilio. Y cuando en el curso de la historia se han difundido diversas herejías, la Iglesia siempre ha intervenido prontamente para condenarlas, como ocurrió en el tiempo del Sínodo de Pistoya de 1786, que fue en cierto modo un anticipo del Concilio Vaticano II, especialmente en su abolición de la comunión fuera de la Misa, la introducción de la lengua vernácula, y la abolición de las oraciones del Canon dichas en voz baja, pero especialmente en la teorización sobre el fundamento de la colegialidad episcopal, reduciendo la primacía del Papa a una función meramente ministerial. El releer las actas de aquel Sínodo causa estupor por la formulación literal de los mismos errores que encontramos posteriormente, aumentados, en el Concilio que presidieron Juan XXIII y Pablo VI. Por otra parte, tal como la Verdad procede de Dios, el error es alimentado por el Adversario y se alimenta de él, que odia a la Iglesia de Cristo y su corazón, la Santa Misa y la Santísima Eucaristía.  

Llega un momento en nuestras vidas en que, por disposición de la Providencia, nos enfrentamos a una opción decisiva para el futuro de la Iglesia y para nuestra salvación eterna. Me refiero a la opción entre comprender el error en que prácticamente todos hemos caído, casi siempre sin mala intención, y seguir mirando para el otro lado o justificándonos a nosotros mismos.  

También hemos cometido, entre otros, el error de considerar a nuestros interlocutores como personas que, a pesar de la diferencia de ideas y de fe, se han movido siempre por buenas intenciones y que estarían dispuestas a corregir sus errores si pudieran convertirse a nuestra Fe. Junto con numerosos Padres Conciliares, concebimos el ecumenismo como un proceso, como una invitación que llama a los disidentes a la única Iglesia de Cristo, a los idólatras y paganos al único Dios verdadero, al pueblo judío al Mesías prometido. Pero desde el instante en que fue teorizado en las comisiones conciliares, el ecumenismo fue entendido de un modo que está en directa oposición con la doctrina previamente sostenida por el Magisterio.

Hemos pensado que ciertos excesos eran sólo exageraciones de los que se dejaron arrastrar por el entusiasmo de novedades, y creímos sinceramente que ver a Juan Pablo II rodeado por brujos sanadores, monjes budistas, imanes, rabíes, pastores protestantes y otros herejes era prueba de la capacidad de la Iglesia de convocar a todos los pueblos para pedir a Dios la paz, cuando el autorizado ejemplo de esta acción iniciaba una desviada sucesión de panteones más o menos oficiales, hasta el punto de ver a algunos obispos portar el sucio ídolo de la pachamama sobre sus hombros, escondido sacrílegamente con el pretexto de ser una representación de la sagrada maternidad.

Pero si la imagen de una divinidad infernal pudo ingresar a San Pedro, fue parte de un crescendo que algunos previeron como un comienzo. Hoy hay muchos católicos practicantes, y quizá la mayor parte del clero católico, que están convencidos de que la Fe católica ya no es necesaria para la salvación eterna: creen que el Dios Uno y Trino revelado a nuestros padres es igual que el dios de Mahoma. Hace veinte años oímos esto repetido desde los púlpitos y las cátedras episcopales, pero recientemente lo hemos oído, afirmado con énfasis, incluso desde el más alto Trono.

Sabemos muy bien que, invocando la palabra de la Escritura Littera enim occidit, spiritus autem vivificat [“La letra mata, el espíritu da vida” (2 Cor 3, 6)], los progresistas y modernistas astutamente encontraron cómo esconder expresiones equívocas en los textos conciliares, que en su tiempo parecieron inofensivos pero que, hoy, revelan su valor subversivo. Es el método usado en la frase subsistit in: decir una semi-verdad como para no ofender al interlocutor (suponiendo que es lícito silenciar la verdad de Dios por respeto a sus criaturas), pero con la intención de poder usar un semi-error que sería instantáneamente refutado si se proclamara la verdad entera. Así, “Ecclesia Christi subsistit in Ecclesia Catholica” no especifica la identidad de ambas, pero sí la subsistencia de una en la otra y, en pro de la coherencia, también en otras iglesias: he aquí la apertura a celebraciones interconfesionales, a oraciones ecuménicas, y al inevitable fin de la necesidad de la Iglesia para la salvación, en su unicidad y en su naturaleza misionera.

Puede que algunos recuerden que los primeros encuentros ecuménicos tuvieron lugar con los cismáticos del Oriente, y muy prudentemente con otras sectas protestantes. Fuera de Alemania, Holanda y Suiza, al comienzo los países de tradición católica no vieron con buenos ojos las celebraciones mixtas en que había juntos pastores protestantes y sacerdotes católicos. Recuerdo que en aquellos años se habló de eliminar la penúltima doxología del Veni Creator para no ofender a los ortodoxos, que no aceptan el Filioque. Hoy escuchamos los surahs del Corán leídos desde el púlpito de nuestras iglesias, vemos un ídolo de madera adorado por hermanas y hermanos religiosos, oímos a los obispos desautorizar lo que hasta ayer nos parecía ser las excusas más plausibles de tantos extremismos. Lo que el mundo quiere, por instigación de la masonería y sus infernales tentáculos, es crear una religión universal que sea humanitaria y ecuménica, de la cual es expulsado el celoso Dios que adoramos. Y si esto es lo que el mundo quiere, todo paso en esa dirección que dé la Iglesia es una desafortunada elección que se volverá en contra de quienes creen que pueden burlarse de Dios. No se puede dar de nuevo vida a las esperanzas de la Torre de Babel, con un plan globalizante que tiene como meta la neutralización de la Iglesia católica a fin de reemplazarla por una confederación de idólatras y herejes unidos por el ambientalismo y la fraternidad universal. No puede haber hermandad sino en Cristo, y sólo en Cristo: qui non est mecum, contra me est. 

Es desconcertante que tan poca gente se dé cuenta de esta carrera hacia el precipicio, y que pocos adviertan la responsabilidad de los niveles más altos de la Iglesia que apoyan estas ideologías anti cristianas, como si los líderes de la Iglesia quisieran la garantía de que tendrán un lugar y un papel en el carro del pensamiento correcto. Y es sorprendente que haya gente que persista en la negativa a investigar las causas de fondo de la presente crisis, limitándose a deplorar los excesos actuales como si no fueran la consecuencia inevitable de un plan orquestado hace ya décadas. El que la pachamama haya sido adorada en una iglesia, se lo debemos a Dignitatis Humanae. El que tengamos una liturgia protestantizada y a veces incluso paganizada, se lo debemos a la revolucionaria acción de monseñor Annibale Bugnini y a las reformas postconciliares. La firma de la Declaración de Abu Dabhi, se la debemos a Nostra Aetate. Y si hemos llegado hasta delegar decisiones en las Conferencias Episcopales -incluso con grave violación del Concordato, como es el caso en Italia-, se lo debemos a la colegialidad y a su versión puesta al día, la sinodalidad. Gracias a la sinodalidad nos encontramos con Amoris Laetitia y teniendo que ver el modo de impedir que aparezca lo que era obvio para todos: este documento, preparado por una impresionante máquina organizacional, pretendió legitimar la comunión a los divorciados y convivientes, tal como Querida Amazonia va a ser usada para legitimar a la mujeres sacerdotes (como en el caso reciente de una “vicaria episcopal” en Friburgo de Brisgovia) y la abolición del Sagrado Celibato. Los prelados que enviaron las Dubia a Francisco, a mi juicio, evidenciaron la misma piadosa ingenuidad: pensar que Bergoglio, confrontado con una contestación razonablemente argumentada de su error, iba a comprender, a corregir los puntos heterodoxos y a pedir perdón.

El Concilio fue usado para legitimar las más aberrantes desviaciones doctrinales, las más osadas innovaciones litúrgicas y los más inescrupulosos abusos, todo ello mientras la Autoridad guardaba silencio. Se exaltó de tal modo a este Concilio que se lo presentó como la única referencia legítima para los católicos, para el clero, para los obispos, oscureciendo y connotando con una nota de desprecio la doctrina que la Iglesia había siempre enseñado autorizadamente, y prohibiendo la liturgia perenne que había, durante milenios, alimentado la fe de una línea ininterrumpida de fieles, mártires y santos. Entre otras cosas, este Concilio ha demostrado ser el único que ha causado tantos problemas interpretativos y tantas contradicciones respecto del Magisterio precedente, en tanto que no existe ni un solo Concilio -desde el Concilio de Jerusalén hasta el Vaticano I- que no haya armonizado perfectamente con todo el Magisterio o que haya necesitado tanta interpretación.

Confieso con serenidad y sin controversia: fui una de las muchas personas que, a pesar de tantas perplejidades y temores como hoy se ha demostrado ser legítimos, confié en la autoridad de la Jerarquía con incondicional obediencia. En realidad, creo que mucha gente, incluido yo mismo, no consideró en un comienzo la posibilidad de que pudiera haber un conflicto entre la obediencia a una orden de la Jerarquía y la fidelidad a la Iglesia. Lo que hizo tangible esta separación no natural, diría incluso perversa, entre la Jerarquía y la Iglesia, entre la obediencia y la fidelidad, fue ciertamente el presente pontificado.

En la Sala de Lágrimas, adyacente a la Capilla Sixtina, mientras monseñor Guido Marini preparaba el roquete, la muceta y la estola para la primera aparición del Papa “recién elegido”, Bergoglio exclamó: “Sono finite le carnevalate!” [“Se acabó el carnaval”], rehusando desdeñosamente las insignias que todos los Papas hasta ahora habían aceptado, humildemente, como el atuendo del Vicario de Cristo. Pero esas palabras contenían una verdad, aunque dicha involuntariamente: el 23 de marzo de 2013, los conspiradores dejaron caer la máscara, libres ya de la inconveniente presencia de Benedicto XVI y osadamente orgullosos de haber finalmente promovido a un Cardenal que representaba sus ideas, su modo de revolucionar la Iglesia, de hacer maleable la doctrina, adaptable la moral, adulterable la liturgia y desechable la disciplina. Todo esto se consideró, por los mismos protagonistas de la conspiración, como lógica consecuencia y obvia aplicación del Concilio Vaticano II que, según ellos, había sido debilitado por las críticas hechas por Benedicto XVI. La mayor osadía de ese Pontificado fue el permiso para celebrar libremente la venerada liturgia tridentina, cuya legitimidad fue finalmente reconocida, refutando cincuenta años de ilegítimo ostracismo. No es un accidente el que los partidarios de Bergoglio sean los mismos que vieron el Concilio como el primer paso de una nueva Iglesia, antes de la cual había existido una vieja religión con una vieja liturgia. 

No es accidente: lo que estos hombres afirman impunemente, escandalizando a los moderados, es lo mismo que creen los católicos, vale decir, que a pesar de todos los esfuerzos de la hermenéutica de la continuidad, que naufragó miserablemente con la primera confrontación con la realidad de la presente crisis, es innegable que, desde el Concilio Vaticano II en adelante, se construyó una nueva iglesia, superimpuesta a la Iglesia de Cristo y diametralmente opuesta a ella. Esta Iglesia paralela oscureció progresivamente la institución divina fundada por el Señor, reemplazándola por una entidad espuria, que corresponde a la deseada religión universal, teorizada primeramente por la masonería. Expresiones como nuevo humanismo, fraternidad universal, dignidad del hombre, son muletillas del humanitarismo filantrópico que niega al verdadero Dios, de una solidaridad horizontal de inspiración vagamente espiritualista y de un irenismo ecuménico, condenado inequívocamente por la Iglesia. “Nam et loquela tua manifestum te facit [“Tus palabras te ponen en evidencia”]” (Mt 26, 73): este recurrir frecuente, incluso obsesivo, al mismo vocabulario de los enemigos revela la adhesión a la ideología inspirada por ellos. Por otra parte, la renuncia sistemática al lenguaje claro, inequívoco y cristalino de la Iglesia confirma el deseo de separarse no sólo de las formas católicas, sino incluso de su sustancia misma. 

Lo que durante años hemos oído proclamar vagamente, sin connotaciones claras, desde el más alto de los Tronos, lo encontramos ahora, elaborado en un verdadero manifiesto propiamente tal, entre los partidarios del presente pontificado: la democratización de la Iglesia, ya no mediante la colegialidad inventada por el Concilio Vaticano II, sino por la vía sinodal inaugurada por el Sínodo de la Familia; la demolición del sacerdocio ministerial mediante su debilitamiento por las excepciones al celibato eclesiástico y la introducción de figuras femeninas con responsabilidades cuasi-sacerdotales; el silencioso tránsito desde un ecumenismo dirigido a los hermanos separados hacia una forma de pan-ecumenismo que reduce la Verdad del Dios Uno y Trino al nivel de las idolatrías y de las más infernales supersticiones; la aceptación de un diálogo interreligioso que presupone un relativismo religioso y excluye la proclamación misionera; la desmitologización del Papado, emprendida por Bergoglio como tema de su pontificado; la progresiva legitimación de todo lo que es políticamente correcto: la teoría de género, la sodomía, el matrimonio homosexual, las doctrinas maltusianas, el ecologismo, el inmigracionismo… Si no reconocemos que las raíces de estas desviaciones se encuentran en los principios establecidos por el último Concilio, será imposible encontrar una cura: si persiste de nuestra parte un diagnóstico que, contra todas las demostraciones, excluye la patología inicial, no podemos prescribir una terapia adecuada. 

Esta operación de honestidad intelectual exige una gran humildad, primero que nada, para reconocer que, durante décadas, hemos sido conducidos al error, de buena fe, por personas que, constituidas en autoridad, no han sabido vigilar y cuidar al rebaño de Cristo: algunas de ellas, para poder llevar una vida tranquila, otras debido a que tienen demasiados compromisos, otras por conveniencia y, finalmente, otras de mala fe o incluso con un malicioso propósito. Estas últimas, que han traicionado a la Iglesia, deben ser identificadas, llevadas a un costado e invitadas a corregirse y, si no se arrepienten, deben ser expulsadas de los recintos sagrados. Así es como actúa el Pastor, que tiene en su corazón el bien de las ovejas y que da su vida por ellas. Hemos tenido y todavía tenemos demasiados mercenarios, para quienes la aprobación por parte de los enemigos de Cristo es más importante que la fidelidad a su Esposa.

Tal como, hace sesenta años, honesta y serenamente obedecí cuestionables órdenes, creyendo que representaban la amable voz de la Iglesia, hoy, con la misma serenidad y honestidad, reconozco que he sido engañado. Ser coherente hoy, perseverando en el error, constituiría una desgraciada elección y me convertiría en un cómplice de este fraude. Proclamar que existió claridad de juicio desde el principio no sería honesto: todos supimos que el Concilio iba a ser, más o menos, una revolución, pero no podíamos imaginar que iba a serlo de un modo tan devastador, incluso respecto a la obra de quienes deberían haberla evitado. Y si, hasta Benedicto XVI podíamos todavía pensar que el golpe de estado del Concilio Vaticano II (que el Cardenal Suenens llamó “el 1789 de la Iglesia”) estaba experimentando una desaceleración, en estos últimos años hasta el más ingenuo de entre nosotros ha comprendido que el silencio por temor a causar un cisma, el esfuerzo por remendar los documentos papales en sentido católico para remediar su intencionada ambigüedad, los llamados y dubia dirigidos a Francisco que han quedado elocuentemente sin respuesta, son formas de confirmación de la existencia de la más grave de las apostasías a que están expuestos los más altos niveles de la Jerarquía, en tanto que los fieles cristianos y el clero se sienten desesperadamente abandonados y son vistos por los obispos casi con enfado.

La Declaración de Abu Dhabi es la proclama ideológica de una idea de paz y cooperación entre las religiones que podría posiblemente ser tolerada si proviniera de paganos privados de la luz de la Fe y del fuego de la Caridad. Pero todo el que haya recibido la gracia de ser Hijo de Dios en virtud del Santo Bautismo debería horrorizarse con la idea de construir una versión, moderna y blasfema, de la Torre de Babel, buscando aunar a la única Iglesia de Cristo, heredera de las promesas hechas al Pueblo Elegido, con aquellos que niegan al Mesías y con quienes consideran que la idea misma de un Dios Trino y Uno es una blasfemia. El amor de Dios no tiene límites y no tolera compromisos, porque de otro modo no es, simplemente, Caridad, sin la cual no se puede permanecer en Él: qui manet in caritate, in Deo manet, et Deus in eo [quien permanece en el amor, permanece en Dios, y Dios en él] (1 Jn 4, 16). Importa poco que se trate de una declaración o de un documento magisterial: sabemos bien que la mens subversiva de los innovadores juguetea con estas especies de puzzles a fin de difundir el error. Y sabemos bien que la finalidad de estas iniciativas ecuménicas e interreligiosas no es convertir a quienes están lejos de la única Iglesia de Cristo, sino desviar y corromper a quienes todavía creen en la Fe católica, llevándolos a pensar que es deseable tener una gran religión universal que reúna a las tres grandes religiones abrahámicas “en una sola casa”: ¡esto sería el triunfo del plan masónico de preparación del reino del Anticristo! No importa mucho que ello se materialice mediante una bula dogmática, una declaración, o una entrevista con Scalfari en La Repubblica, porque los partidarios de Bergoglio esperan la señal de su palabra, a la cual responderán con una serie de iniciativas que están preparadas y organizadas desde hace ya algún tiempo. Y si Bergoglio no cumple las instrucciones que ha recibido, hay cantidad de teólogos y de clérigos que están preparados para lamentarse de la “soledad del papa Francisco”, a fin de usar esto como premisa para su renuncia (pienso, por ejemplo, en Massimo Faggioli en uno de sus recientes ensayos). Por otra parte, no sería la primera vez que usan al Papa cuando éste actúa según el plan de ellos, y que se deshacen de él o lo atacan tan pronto como no lo hace. 

El domingo pasado la Iglesia celebró a la Santísima Trinidad, y en el Breviario se recita el Symbolum Athanasianum, hoy puesto fuera de la ley por la liturgia conciliar, y ya reducido a sólo dos ocasiones en la reforma litúrgica de 1962. Las primeras palabras de ese suprimido Symbolum merecen estar escritas con letras de oro: “Quicumque vult salvus esse, ante omnia opus est ut teneat Catholicam fidem; quam nisi quisque integram inviolatamque servaverit, absque dubio in aeternum peribit [Quien quiera ser salvado, es necesario, antes que nada, que crea en la Fe católica, porque a menos que mantenga esta fe íntegra e inviolada, sin duda perecerá eternamente]”. 

+ Carlo Maria Viganò

(Traducido y publicado por Asociación Litúrgica Magnificat, Una Voce Chile)
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domingo, 1 de marzo de 2020

Sobre la cuestión del Papa verdadero, por Mons. Athanasius Schneider

Reproducimos la última Carta Pastoral de Mons. Athanasius Schneider, Obispo Auxiliar de Astana, Kazakstán, traducida al español por InfoCatólica.

Sobre la cuestión del verdadero Papa a la luz de la opinión sobre la pérdida automática del ministerio papal debido a la herejía y la especulación sobre la renuncia de Benedicto XVI. 

Athanasius-Schneider-3-cópiaLa hipótesis de la posibilidad de un Papa hereje proviene del decreto de Graciano (dist. XL, cap. 6, col. 146) del s. XII. Según la opinión expresada en este decreto, el Papa no puede ser juzgado por ninguna autoridad humana, excepto si ha incurrido en herejía (a nemine est iudicandus, nisi deprehendatur a fide devius). Basándose en este espurio decreto erróneamente atribuido a San Bonifacio (+754) y aceptado por Graciano, los teólogos medievales y los de los siglos posteriores mantuvieron la hipótesis de que pudiese haber un Papa hereje como una posibilidad, pero no con certeza. La condenación final de un Papa en caso de herejía por un así llamado Concilio de Obispos imperfecto corresponde a la tesis del conciliarismo mitigado. La tesis herética del conciliarismo mantiene que un Concilio es superior al Papa. 
Incluso si, según la opinión de que se pudiese perder automáticamente el ministerio petrino debido a una herejía, el juicio de esta pérdida fuese hecho por el Papa sobre sí mismo, y automáticamente dejase de ser Papa sin ningún otro juicio hecho por la Iglesia, tal opinión contendría una contradicción y revelaría un indicio de cripto-conciliarismo. De acuerdo con esta opinión, el Colegio cardenalicio o un grupo de obispos tendrían que emitir una declaración oficial sobre el hecho de la pérdida automática del ministerio petrino debido a una herejía. Según otra opinión, esta pérdida sería equivalente a una renuncia de tal ministerio. Sin embargo, tenemos que tener en mente la inevitable posibilidad de que hubiese un desacuerdo entre los miembros del Colegio cardenalicio o entre los obispos referente a si un Papa puede o no ser culpable de herejía. Por tanto, siempre habrá dudas con respecto a la pérdida automática del ministerio papal. 
El Papa como tal no puede incurrir en herejía formal en el sentido de que él pronunciaría una herejía ex catedra. Pero según algunos famosos teólogos tradicionales, el Papa podría propiciarla o incurrir en ella como persona privada o incluso también como Papa, pero sólo en su Magisterio ordinario de modo no definitivo, que no es infalible. 
San Roberto Belarmino opinaba que “un Papa que es manifiestamente hereje, deja de ser Papa y cabeza, al igual que deja de ser cristiano y miembro del Cuerpo de la Iglesia: por lo tanto, puede ser juzgado y castigado por la misma”. (De Romano Pontifice, II, 30). La opinión de este santo y otras similares sobre la pérdida del ministerio petrino debido a una herejía está basada en el decreto falso de Graciano en el Corpus Iuris Canonici. 
Dicha opinión nunca ha sido explícitamente aprobada por el Magisterio o apoyada por el Romano Pontífice en una enseñanza expresa sobre su validez doctrinal, durante un considerable período de tiempo. De hecho, este asunto nunca ha sido decidido por el Magisterio de la Iglesia y no es una doctrina definitiva perteneciente al Magisterio universal y ordinario. Tal opinión es apoyada sólo por teólogos, ni siquiera por todos los Padres de la Iglesia desde la Antigüedad. No fue enseñada unánime y universalmente por los obispos y Papas en su Magisterio constante. Ni Graciano, ni San Roberto Belarmino, ni San Alfonso, ni otros teólogos de renombre aseveraron con sus opiniones una doctrina del Magisterio de la Iglesia. Algunas de las intervenciones individuales de los Padres del Concilio Vaticano I, que parecían apoyar la postura de la pérdida automática del ministerio petrino debido a herejía, son consideradas como opiniones personales, no como enseñanza formal de dicho Concilio. Y si algunos Papas (como por ejemplo Inocencio III o Pablo IV) parecían apoyar esta postura, esto no es una prueba para la perenne enseñanza del Magisterio ordinario y universal. No se puede citar al Papa Gregorio XVI para apoyar dicha opinión, ya que él fue partidario de esta tesis en su libro “El triunfo de la Santa Sede y la Iglesia contra los ataques de los innovadores” antes de ser Papa, por lo tanto, no pertenece a su Magisterio Papal. 
La pérdida automática del ministerio petrino de un Papa hereje no sólo implica aspectos prácticos y jurídicos de la vida de la Iglesia, sino también doctrinales, en este caso, eclesiológicos. En una materia tan delicada, no se puede seguir una opinión, aunque haya sido apoyada por teólogos renombrados (tales como San Roberto Belarmino o San Alfonso) durante un período considerable de tiempo. En cambio, se debe esperar una decisión formal y explícita del Magisterio de la Iglesia, una decisión que el Magisterio aún no ha promulgado. 
Por el contrario, el Magisterio de la Iglesia, desde Pío X y Benedicto XV, parece que rechazó dicha opinión, ya que la formulación del espurio decreto de Graciano fue eliminada en el Código de Derecho Canónico de 1917. Los artículos que se referían a la pérdida automática del ministerio eclesiástico debido a herejía en el Código de Derecho Canónico de 1917 (artículo 188 §4) y en el de 1983 (artículo 194 §2) no son aplicables al Papa, porque la Iglesia eliminó deliberadamente del Código de Derecho Canónico la siguiente formulación tomada del anterior Corpus Iuris Canonici: “a menos que el Papa se desvíe de la fe (nisi deprehendatur a fides devius)”. Por este acto, la Iglesia manifestó su comprensión, la mens ecclesia, de  este asunto crucial. Incluso si uno no está de acuerdo con esta conclusión, la materia sigue siendo al menos dudosa. En este tipo de asuntos dudosos, sin embargo, no se puede proceder con actos concretos que tienen implicaciones fundamentales para la vida de la Iglesia, tales como por ejemplo no nombrar a un Papa supuestamente hereje o elegido inválidamente en el Canon de la misa o en la preparación de una nueva elección papal. 
Incluso si uno apoya la postura de la pérdida del ministerio papal debido a herejía, en el caso del Papa Francisco, ni el Colegio de Cardenales ni un grupo representativo de obispos han emitido una declaración con respecto a dicha pérdida, en la que se especifique los pronunciamientos heréticos concretos y la fecha en la que ocurrieron. 
Según la postura de San Roberto Belarmino, un solo obispo, sacerdote o fiel laico no puede afirmar el hecho de la pérdida del ministerio petrino debido a herejía. 
En consecuencia, incluso si sólo un obispo o un sacerdote está convencido de que el Papa Francisco ha incurrido en herejía, no tiene autoridad para eliminar su nombre del Canon de la Misa. 
Aunque se estuviese de acuerdo con la opinión de San Roberto, aún hay dudas en el caso del Papa Francisco, y ni el Colegio de cardenales ni ningún grupo de obispos ha hecho ninguna declaración afirmando la pérdida automática del ministerio papal, informando a toda la Iglesia sobre este hecho. 
Los fieles católicos pueden moralmente (pero no canónicamente) distanciarse de las enseñanzas y de los actos erróneos o malos de un Papa. Esto ha ocurrido ya varias veces a lo largo de la historia de la Iglesia. Sin embargo, dado el principio de que se debería dar el beneficio de la duda a un superior (in dubio pro superiore semper sit praesumendum), los católicos deberían considerar también las enseñanzas correctas del Papa como parte del Magisterio de la Iglesia, sus decisiones correctas como parte de la legislación de la Iglesia, y sus nombramientos de obispos y cardenales como válidos. Porque aún en el caso de que uno suscribiese la opinión de San Roberto Belarmino, la declaración necesaria de cese automático del ministerio petrino aún no ha sido formulada. 
Un “distanciamiento” moral e intelectual de las enseñanzas erróneas de un Papa también implica resistir sus errores. Sin embargo, esto siempre debería hacerse con el respeto debido al ministerio petrino y a la persona del Papa. Santa Brígida de Suecia y Santa Catalina de Siena, que amonestaron ambas a los Papas de su tiempo, son buenos ejemplos de tal respeto. San Roberto Belarmino escribió: “Tal como es lícito resistir al Pontífice que ataca al cuerpo, también es lícito resistir al que ataca al alma o destruye el orden civil o, sobre todo, intenta destruir la Iglesia. Yo digo que es lícito resistirle no haciendo lo que ordena, e impidiendo la ejecución de su voluntad”. (De Romano Pontifice, II, 29). 
Advertir a la gente sobre el peligro de las enseñanzas y actos erróneos de un Papa no requiere convencerlos de que no es el Papa verdadero. Esto es debido a la naturaleza de la Iglesia católica como una sociedad visible, en contraste con el protestantismo y con la teoría de un conciliarismo o semi-conciliarismo, donde las convicciones de un individuo o de un grupo particular dentro de la Iglesia se considera que tienen un efecto sobre el hecho de quién es el verdadero y válido pastor en la Iglesia. 
La Iglesia es lo suficientemente fuerte y tiene los medios para proteger a los fieles del daño espiritual de un Papa hereje. En primer lugar, está el sensus fidelium, el sentido sobrenatural de la fe (sensus fidei). Es un don del Espíritu Santo, por el que los miembros de la Iglesia poseen el verdadero sentido de la fe. Este es un tipo de instinto espiritual y sobrenatural que hace que el fiel sentire cum Ecclesia (piensen con la mente de la Iglesia) y discierna lo que está en conformidad con la fe católica y apostólica dada por todos los obispos y Papas, a través del Magisterio Ordinario Universal. 
Deberíamos recordar las sabias palabras que el cardenal Consalvi le dijo a un furioso emperador Napoleón cuando éste amenazó con destruir la Iglesia: “Lo que nosotros, es decir el clero, hemos tratado de hacer y no hemos conseguido, no lo va a conseguir usted con toda seguridad”. Parafraseando estas palabras, podríamos decir: “Ni un Papa hereje puede destruir la Iglesia”. El Papa y la Iglesia no son lo mismo. El Papa es la cabeza visible de la Iglesia Militante en la tierra, pero al mismo tiempo él también es un miembro del Cuerpo Místico de Cristo. 
El sentire cum Ecclesia requiere de un verdadero hijo o hija de la Iglesia que elogie al Papa cuando hace lo correcto, y que le pida que haga aún más y que pida a Dios que lo ilumine para que se convierta en un heraldo valiente y defensor de la fe católica. 
El anterior Papa Benedicto XVI ya no es Papa. Basta con releer la parte más importante de su declaración de renuncia para darse cuenta de lo que significa. Las siguientes afirmaciones de Benedicto XVI eliminan cualquier duda razonable sobre la validez de su abdicación, y su reconocimiento del Papa Francisco como único y verdadero Papa: “Y entre vosotros, entre el Colegio Cardenalicio, está también el futuro Papa, a quien ya hoy prometo mi incondicional reverencia y obediencia”. (Discurso de despedida a los cardenales, 28 de febrero 2013). “He dado este paso con plena conciencia de su importancia y también de su novedad, pero con una profunda serenidad de ánimo”. (Última Audiencia general, 27 de febrero 2013). ”No hay la menor duda sobre la validez de mi renuncia al ministerio petrino. La única condición para la validez es la total libertad de la decisión. La especulación sobre la invalidez de la renuncia es simplemente absurda”. (Carta a Andrea Tornielli, 18 de febrero 2014, publicada en La Stampa el 27 de febrero del mismo año). Durante una conversación con un periodista del periódico italiano Corriere della Sera, el anterior Papa, Benedicto XVI dijo: ”El Papa es uno, y es Francisco”. Estas palabras de Benedicto XVI fueron publicadas en la edición escrita de ese periódico el 28 de junio de 2019 y anticipadas en la versión italiana de Vatican News el 27 de junio del mismo año. 
La Iglesia es una sociedad visible. Por lo tanto, lo que era esencial para la culminación de la renuncia de Benedicto XVI no eran sus posibles pensamientos sino lo que declaró públicamente, ya que la Iglesia no juzga las intenciones internas (de internis non iudicat Ecclesia). Los posibles actos ambiguos del Papa Benedicto XVI, como vestir sotana blanca, mantener su nombre, impartir la bendición apostólica, etc… no afectan el significado inequívoco de su renuncia. Muchas de sus palabras y acciones comprobables e inequívocas después de su renuncia confirman también que considera que el Papa es Francisco y no él. 
Declarar que el Papa Francisco sea un Papa inválido, ya sea debido a sus herejías o a una elección no válida (en razón de la supuesta violación de las normas del Cónclave o porque el Papa Benedicto XVI sea aún el Papa basándose en la invalidez de su renuncia) son acciones desesperadas y subjetivas destinadas a remediar la crisis actual sin precedentes del Papado. Son puramente humanas y revelan una miopía espiritual. Tales empeños llevan a un punto muerto, a un callejón sin salida. Dichas soluciones revelan un planteamiento pelagiano implícito, para resolver un problema con medios humanos; ciertamente un problema, que no puede ser resuelto mediante esfuerzos humanos, sino que requiere una intervención divina. 
Sólo necesitamos examinar los casos similares de deposición de un Papa o de declaración de invalidez de su elección en la historia de la Iglesia para ver que provocaron aspirantes rivales y enfrentados por el ministerio petrino. 
Tales situaciones causaron más confusión en la Iglesia que el tolerar a un Papa hereje o cuya elección fuese dudosa según la visión sobrenatural de la Iglesia y la confianza en la Providencia Divina 
La Iglesia no es en última instancia humana, sino una realidad divina y humana. Es el Cuerpo Místico de Cristo. Los intentos para resolver esta crisis actual del Papado que se apoyan en la opinión de San Roberto Belarmino con su solución concreta, o refugiarse en la teoría no probada de que Benedicto XVI sigue siendo el único Papa verdadero, están destinada al fracaso desde el principio. La Iglesia está en las manos de Dios, incluso en los tiempos más oscuros. 
No debemos dejar de proclamar la verdad católica y advertir y amonestar cuando las palabras y acciones del Papa claramente dañan a los fieles. Pero como verdaderos hijos de la Iglesia lo que deberíamos hacer ahora es lanzar una seria cruzada mundial de oración y penitencia para implorar una intervención divina. Confiemos en las palabras del Señor: “Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, aunque los haga esperar?” (Lucas 18, 7). 
 28 de febrero 2020.
+ Athanasius Schneider, obispo auxiliar de la archidiócesis de Santa María en Astana.
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lunes, 13 de enero de 2020

Contra Natura, por Dr. Jesús Vallejo Mejía

Reproducimos el siguiente artículo del ex Magistrado de la Corte Suprema de Justicia, Dr. Jesús Vallejo Mejía, publicado originalmente en su blog Pianoforte

Dios bendijo mi hogar con dos nietecitos, que son los primeros y quizás sean los últimos. Son mellizos y ya cumplieron un año y dos meses. Joaquín y Amalia tienen los mismos progenitores, se gestaron en el mismo vientre materno, nacieron uno en seguida del otro, pero son muy distintos. Joaquín es un hombrachón; Amalia, en cambio, trasunta feminidad en todas sus manifestaciones. Como dice el libro del Génesis, "Varón y mujer los creó" (Gen. 1, 27). Sus respectivas identidades sexuales son obra de la naturaleza, no del ambiente familiar ni de la cultura predominante en la sociedad.
Pero una ideología depravada, la de género, pretende que las raíces biológicas de sus diferencias sexuales son algo adventicio que no necesariamente condiciona ni mucho menos determina sus actitudes y sus comportamientos, pues el género, que hasta no hace mucho era una categoría gramatical, es algo que se elige arbitrariamente por encima de la naturaleza e incluso de la cultura. Por consiguiente, no es el caso de admitir que Joaquín asuma roles masculinos en su desarrollo vital, como tampoco que Amalia se comporte como mujer. Hay que darles oportunidad para que cada uno elija dizque libremente cómo quiere ser, lo cual significa que a Joaquín no lo podemos tratar como varón ni a Amalia como mujer, porque ello supuestamente significaría violar sus libertades.
El buen sentido indica lo contrario. Educar a Joaquín como varón y a Amalia como mujer significa respetar sus respectivas naturalezas. Lo que pretende imponer de grado o por fuerza la ideología de género conlleva violentarlas.
Esta ideología se ha difundido sobre bases conceptuales harto discutibles acerca de la naturaleza y la cultura, así como de la libertad, la igualdad y la dignidad humanas. En el fondo, es un instrumento político urdido para limitar el crecimiento de la población humana.
No es osado sugerir que la distinción tajante entre naturaleza y cultura en la condición humana procede de la ontología cartesiana, que escindió de modo radical el mundo de lo extenso, es decir, lo material, y el del pensamiento, esto es, lo espiritual. A partir de ahí, colijo que Kant separó en su concepción antropológica lo que está sometido a los determinismos naturales y la esfera de la libertad, que escapa a aquellos y no podemos fundarla en la consideración objetiva de los hechos, sino suponerla como un dato a priori constitutivo de la dignidad humana.
Según Luc Ferry, esta dicotomía que contrapone los determinismos naturales y el indeterminismo del espíritu es la base de la distinción que establece Sartre entre el ser y la nada. Los entes naturales están determinados por sus respectivas esencias, que fijan su ser. En el hombre, en cambio, la existencia precede a la esencia. Él se hace a sí mismo a partir de una nada originaria. La nada es lo que carece de esencia. De ahí se sigue la idea que Leo Strauss relaciona con el maquiavelismo acerca de la maleabilidad de la naturaleza humana. Esta idea, que supuestamente destaca la libertad del hombre, en el fondo conlleva la posibilidad de su negación, pues permite pensar que los detentadores del poder están en capacidad de moldear al ser humano como les parezca y convenga.
Es lo que está en curso ya entre nosotros, cuando, por ejemplo, la alcalde de Bogotá se propone dizque crear nuevas masculinidades y poner en ejecución políticas de género acordes con sus preferencias sexuales (vid. https://www.youtube.com/watch?v=AC7_VJ9m1-8).
En otra oportunidad me he referido al importante libro de E. Michael Jones, "Libido Dominandi, Sexual Liberation, Political Control" (https://idoc.pub/download/libido-dominandi-sexual-liberation-political-control-by-e-michael-jones-d4p7qj050v4p), que describe el origen y el desarrollo de la revolución sexual que se ha extendido en los países occidentales y la ONU pretende imponer en todo el orbe, según lo denuncia Mgr. Schooyans en "La Cara oculta de la ONU" (https://archive.org/details/schooyansmichel.lacaraocultadelaonu2002). Sobre este proceso hay un ilustrativo comentario en https://www.crisismagazine.com/2016/a-new-devastating-critique-of-the-global-sexual-revolution, que destaca la obra de Gabriele Kuby, "The Global Sexual Revolution".
En otros escritos me he referido más detalladamente a estos tópicos; v.gr. en http://www.periodicodebate.com/index.php/opinion/columnistas-nacionales/item/23288-las-aguas-bajan-turbias y http://jesusvallejo.blogspot.com/2014/09/la-homosexualizacion-de-la-sociedad.html
Si bien los promotores de esta revolución en las costumbres dicen actuar en favor de la libertad, la igualdad y la dignidad humanas, dentro del concepto caro al marxismo de emancipar al hombre de todos sus constreñimientos naturales y sociales, en el fondo lo que buscan es controlarlo para que no se reproduzca. Las ideas matrices son simples: estimulando el apetito sexual es posible manipular a los seres humanos, siempre y cuando se lo disocie de la reproducción, y el mejor método para lograrlo es la promoción de la homosexualidad que, de suyo, brinda un goce que excluye la actividad procreativa.
Esto se halla expuesto con nitidez asombrosa en "The New Order of Barbarians", que transcribe el contenido de unas conferencias que se dictaron a estudiantes de Medicina en Pittsburgh hace más de medio siglo (vid. https://valstybe.files.wordpress.com/2011/03/new-order-of-barbarians2.pdf). Ahí se hablaba de unos programas que ya se habían decidido en altos círculos del poder mundial, no ajenos a la Francmasonería, y se estaban poniendo en ejecución meticulosamente. Randy Engel, una famosa periodista de investigación norteamericana que las hizo conocer, observó que después de leer estas revelaciones nuestra imagen del mundo que nos rodea se altera sustancialmente. En rigor, se torna aterradora.
La revolución sexual que pretenden imponer Claudia López en Bogotá, Daniel Quintero en Medellín, y muchos otros más en distintos lugares e incluso en el orden nacional, actúa a través de distintos medios, el principal de los cuales es el sistema educativo. Como cambiar las actitudes de los adultos que ya vienen condicionados por la moralidad tradicional resulta muy difícil, la destrucción de la misma se busca actuando sobre la infancia, la adolescencia y la juventud, desconociendo el papel de los padres en la formación de los hijos e imponiéndoles a estos nuevas pautas de comportamiento sexual.
Tal como ha venido haciéndose en otros países, estos mal llamados progresistas quieren obligar a mi hijo y mi nuera a que se abstengan de vestir a Joaquín como varón y a Amalia como mujer; a que Joaquín no se divierta con juguetes de niño ni Amalia con juguetes de niña; a que precozmente y destruyendo su inocencia dizque disfruten del sexo mediante la masturbación, las prácticas orales y si se quiere de la penetración anal; a que si se sienten insatisfechos con el sexo que les impuso la naturaleza, opten ad libitum por cualquiera de estas tres variaciones del género, el travestismo, el transgénero o la homosexualidad (vid. https://www.crisismagazine.com/2020/the-traumatic-foundation-of-gender-dysphoria).
La diferenciación sexual viene impuesta por la naturaleza en función de la reproducción. Bien se sabe que no hay genes homosexuales. Sin embargo, hay sexualidades normales y las hay anormales que obedecen a distintos factores extrínsecos que ocurren sobretodo en la infancia y no son fruto de la libre elección, sino de compulsiones inconscientes. Pero lo que hoy se considera políticamente correcto pretende eliminar toda frontera entre lo normal y lo anormal; lo bueno y lo malo; lo que conduce a la realización cabal de la persona humana y lo que la envilece, la degrada y la destruye.
Evidentemente, no es el caso de criminalizar de suyo estas y otras manifestaciones de la sexualidad, por inadmisibles o extrañas que nos parezcan, pero tampoco lo es el de ensalzarlas, presentándolas como paradigmas socialmente deseables y dignos de imponerse incluso por la vía de la coerción. Tras ellas suele haber mundos sórdidos constitutivos de lo que Buñuel llamó en una película famosa "ese oscuro objeto del deseo", que es preferible mantener dentro de los límites de la intimidad. A propósito de ello, no deja de impresionarme, por ejemplo, el descensus ad inferus que describe George Painter en su excelente biografía de Proust, cuya exquisita sensibilidad no le impedía rebajarse a las prácticas homosexuales más aberrantes. ¿Hay qué adiestrar en las mismas a los educandos, a fin de que cuenten con elementos de juicio para ejercer su "Free choice"?
Si se ha de promover el "Orgullo Gay", como lo hizo Petro cuando fue alcalde de Bogotá, ¿por qué no el orgullo del macho o el de la hembra? ¿Son estas condiciones fuentes de legítimo orgullo? ¿No es este, mal entendido, un defecto de carácter que hace estragos?
Hay mucha tela para cortar en lo de la dignidad, la libertad y la igualdad humanas, que son conceptos de los que tanto se ha abusado que han perdido su auténtica significación. Uno de los dramas del momento actual reside precisamente en que carecemos de respuestas adecuadas a la cuarta pregunta crucial de Kant: ¿Qué es el hombre?
¿Qué le espera a la humanidad si los prospectos de la revolución sexual que se inspira en la ideología de género se llevan a cabo? ¿Qué podría resultar del experimento de las "nuevas masculinidades" que aspira a imponer Claudia López en Bogotá? ¿Qué les espera a Joaquín y Amalia bajo este nuevo orden que pretende violentar sus respectivas naturalezas?
Claudia López, Daniel Quintero y otros más tienen el poder de subvertir el orden natural gracias a los votos de muchos abuelos y padres de familia que no han sido conscientes de lo que esas ideas significan. Llegará el día en que, como sucede en otras latitudes, los padres de familia que se opongan a estos experimentos de ingeniería social se vean amenazados con la pérdida de la potestad sobre sus hijos e incluso sufran penas correccionales o algo más fuerte. Y si manifiestan su oposición a la ideología dominante, podrían ser procesados por el delito de odio que ya existe en nuestra legislación positiva.
Insisto reiteradamente en que se lea lo que escribió Janet Folger en "The Criminalization of Christianity" sobre la persecución que se cierne en contra de las ideas cristianas en países que interpretan la secularización hasta el punto de negarnos a los creyentes la libre manifestación de nuestras ideas, que incluye la posibilidad de censurar  lo que moralmente nos parece inadmisible (vid. https://epdf.pub/queue/the-criminalization-of-christianity.html). Si nos parece mal la exhibición del beso lésbico de la alcalde de Bogotá con su compañera sentimental o la parodia de matrimonio que dijeron haber celebrado, estaremos expuestos a que se nos reproche por homófobos, oscurantistas y otras yerbas. No faltará quien ejerza en contra nuestra acciones de tutela y hasta pretenda someternos al rigor de procesos penales. Pero, ¿son modelos dignos de presentárselos con encomio a nuestros hijos y nietos?
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lunes, 3 de septiembre de 2018

Una oportunidad de curación para la Iglesia, por Francisco José Contreras

Reproducimos el siguiente artículo escrito por el abogado y escritor español Francisco José Contreras y publicado originalmente en el sitio web de Libertad Digital.

Resultado de imagen para francisco jose contrerasMe ha costado mucho escribir este artículo. "No hay que perturbar la fe de los sencillos" (ya está perturbada: en Irlanda cayó veinte puntos el porcentaje de católicos tras el escándalo de los abusos sexuales). "Los trapos sucios se lavan en casa" (imposible en la era de internet). "No hay que desacreditar públicamente a la Iglesia" (pero nada desacredita más que el silencio encubridor).

De hecho, casi tenía decidido no escribirlo. Pero entonces conocí un detalle del terrible –y rigurosamente fundamentado– informe del Gran Jurado de Pensilvania: los sacerdotes pervertidos marcaban con determinadas medallitas piadosas a los jóvenes que sabían accesibles, a fin de que pudieran ser identificados y usados por otros clérigos de la red maldita (pues de una red organizada se trataba, con una sección especializada, por ejemplo, en la producción de pornografía infantil). Las gotas que colman el vaso suelen ser así de triviales.

Los católicos hemos desarrollado todo un repertorio de excusas para desviar la mirada del horror de los abusos sexual-clericales. "Todos somos pecadores". Cierto, pero no todos somos corruptores de menores que arrastran por el fango la dignidad de la Iglesia. "La prensa, mayoritariamente anticristiana, usa un doble rasero". Y sí, es verdad que, según determinados estudios, en otros gremios que trabajan con adolescentes se dan porcentajes de abuso sexual comparables a los del clero, con una atención mediática mucho menor. Pero un maestro o un entrenador deportivo no consagran diariamente el cuerpo y la sangre de quien dijo: "Al que escandalice a uno de estos pequeños, más le vale que le cuelguen al cuello una piedra de molino y le hundan en lo profundo del mar" (Mt, 18,6).

Otro subterfugio es: "Los sacerdotes corruptos son una minoría". ¡Claro que sí! Claro que hay una mayoría de sacerdotes virtuosos y fieles a su ministerio. Pero los malos constituyen una minoría poderosa, infiltrada en todos los niveles de gobierno de la Iglesia, capaz de desactivar los ya tantas veces prometidos esfuerzos de prevención y limpieza. La dura realidad es la que ha enunciado descarnadamente el blog católico The Wanderer: hay incrustada en la Iglesia "una mafia de homosexuales que la ha utilizado para conseguir efebos a fin de satisfacer sus pasiones y dinero para vivir cómodamente".

Cuando se conoce la abyección a la que han llegado esos sacerdotes y obispos indignos, sólo cabe concluir que perdieron hace mucho la fe, si es que alguna vez la tuvieron. Pero, en lugar de colgar los hábitos, permanecen en la institución, que garantiza seguridad económica y una provisión siempre renovada de potenciales víctimas. Moralmente es una estafa; jurídicamente es un delito; teológicamente es un sacrilegio, pues esos sacerdotes celebran los sacramentos sin creer en ellos. Usan la Iglesia de Cristo como lupanar.

HOMOSEXUALIDAD Y CLERO

Determinados opinadores progresistas apenas disimulan el regocijo que les produce esta bancarrota moral de la Iglesia. La mala noticia para ellos es que la crisis de los abusos sexuales es también, fundamentalmente, un problema de homosexualidad clerical, como ha afirmado con valentía la reciente carta de monseñor Viganò:

"Estas redes homosexuales, que ahora son ya extensas en muchas diócesis, seminarios, órdenes religiosas, etc., se sirven del secreto y la mentira: estrangulan víctimas inocentes y vocaciones sacerdotales, y están estrangulando a la Iglesia entera".

Hubo un tiempo en que los deslices eróticos del clero concernían al sexo opuesto: el cura con barragana es un clásico de nuestra literatura, como saben los lectores del Arcipreste de Hita. Pero también existía en la Iglesia una ética sexual inequívoca que conceptuaba esos deslices como pecados que ponían en peligro la salvación del alma. En los años 60 y 70, sin embargo, los vientos de liberación que soplaban en la sociedad penetraron en la propia Iglesia; surgió entonces un sector de teólogos progresistas (Charles Curran y otros) que reclamaban una revisión de la moral sexual católica, y especialmente de la prohibición de las relaciones homosexuales, secularmente condenadas como pecado de sodomía. El desconcierto moral-doctrinal coincidió en el tiempo con la desbandada de secularizaciones del post-concilio: muchos curas heterosexuales abrumados por el celibato entablaron entonces relaciones con mujeres y colgaron los hábitos para casarse. Pero los que patinaban en la otra dirección se quedaron dentro. El porcentaje de sacerdotes homosexuales aumentó sustancialmente.

La dimensión específicamente homosexual de la crisis de abusos es camuflada mediante el uso general del término pedofilia, que lleva al público a creer que los curas pervertidos corrompen a niñas de siete años. Y puede haber algún caso. Pero la gran mayoría de los abusos se refieren a adolescentes varones: sería más exacto hablar de efebofilia. El estudio "The Nature and Scope of Sexual Abuse of Minors by Catholic Priests and Deacons in the United States from 1950-2002", realizado en 2004 por el John Jay College of Criminal Justice por encargo de la Conferencia Episcopal norteamericana, revelaba en su epígrafe 4.2 que más del 80% de los abusos habían tenido por objeto a "adolescentes y hombres jóvenes". A la vista del informe, Paul McHugh, antiguo director de Psiquiatría del Johns Hopkins Hospital, no dudó en hablar en un artículo de 2006 de "una crisis de depredación homosexual de la juventud católica norteamericana".

Pero esto significa que, cuando el mundo exige simultáneamente a la Iglesia un giro gay friendly en su moral sexual y la erradicación de los abusos, le está pidiendo un imposible. Habrá que escoger entre ambas cosas.

A esa conclusión parecía haber llegado también Benedicto XVI, que impulsó en 2005, como una de las primeras medidas de su pontificado, la "Instrucción sobre los criterios de discernimiento vocacional en relación con las personas de tendencias homosexuales antes de su admisión al seminario y a las órdenes sagradas", que establecía que la Iglesia "no puede admitir al seminario y a las órdenes sagradas a quienes practican la homosexualidad, presentan tendencias homosexuales profundamente arraigadas o sostienen la así llamada cultura gay". La aplicación de la Instrucción, sin embargo, tropezó con el abierto boicoteo del sector clerical progresista, que consideró "homófobo" el estricto criterio introducido por un Ratzinger que en el Vía Crucis del Viernes Santo de 2005 había sorprendido al mundo con una enigmática alusión a la "podredumbre escondida en la Iglesia". El padre Robert Scullin, S. J., provincial de la Compañía de Jesús en Detroit, declaró desafiantemente: "Seguiremos invitando [a considerar la vocación sacerdotal] a jóvenes de toda orientación sexualque deseen llevar una vida religiosa célibe".

Lo que estaba diciendo Scullin es que el Papa erraba al presuponer en los hombres con inclinación homosexual una mayor probabilidad de abuso que en los heterosexuales. Lo mismo alegó el padre Thomas Reese, S. J.: "El Vaticano ha olvidado cuántos sacerdotes son homosexuales, y cuán fielmente observan el celibato, y qué bien desempeñan su ministerio".

Y bien, sin duda muchos sacerdotes con tendencia homosexual respetan el celibato. Pero los porcentajes de éxito no son los mismos. La atmósfera de opresiva corrección política hace ya casi imposible decir esto, pero múltiples estudios sexológicos certifican que la propensión a la promiscuidad es mucho más elevada entre los homosexuales, como también lo es la incidencia de la pederastia. En un artículo de 2006, el gran Richard John Neuhaus concluía:

"Roma ha hecho un juicio prudencial: al conceder a muchos candidatos al sacerdocio [con tendencia homosexual] el beneficio de la duda, se adoptaron en el pasado demasiados riesgos. Ahora debe darse prioridad a la protección de la integridad del sacerdocio. Con la reciente normalización de la homosexualidad en la cultura general, y con la aceptación de dicha normalización por muchos sacerdotes y no pocos obispos, y con consecuencias tales como los escándalos de abusos sexuales, la Iglesia simplemente no puede permitirse seguir asumiendo el riesgo".

LAS REVELACIONES DE MONSEÑOR VIGANÒ

Lo que parece bloquear la capacidad de reacción eficaz de la Iglesia frente a la interminable crisis de abusos sexuales sería, pues, una sinergia objetiva entre el lobby abiertamente gay-corrupto, de dimensiones desconocidas, y el sector eclesial progresista que, sin ser necesariamente homosexual, sí presiona constantemente para conseguir una revisión de la posición oficial de la Iglesia sobre la homosexualidad, el matrimonio, la familia, los anticonceptivos, el aborto y otras cuestiones morales. La guerra civil entre conservadores y progresistas planeó explosivamente, por ejemplo, sobre el pasado Sínodo de la Familia. Con el papa Francisco apoyando poco disimuladamente a los segundos.

Aquí es donde entran en juego las estremecedoras declaraciones de monseñor Viganò. No sabemos si son verdaderas. Sí parecen verosímiles. Porque su versión hace encajar muy lógicamente todas las piezas. No reconstruiré todos los detalles, ya conocidos. Viganò puede acreditar su constante beligerancia, a partir del año 2000, en la denuncia por vía interna de las andanzas pederastas del cardenal McCarrick. Explica que la interferencia de Sodano, Levada y Bertone impidió probablemente que los informes llegaran al Papa. La insistencia de Viganò consiguió, sin embargo, que en 2009 Benedicto XVI tomase por fin cartas en el asunto e impusiese a McCarrick el cese radical de su ministerio público y la "retirada a una vida de oración y penitencia", con prohibición expresa de pisar los seminarios (su territorio de caza preferido).

Y la escena clave es el momento en que Viganò se encuentra en Roma en 2013 a un McCarrick triunfante que le dice: "Me he entrevistado con el Papa [Francisco] y mañana me voy a China [en misión oficial]". Invitado por Francisco a exponer su opinión sobre McCarrick, Viganò asegura haberle dicho: "Ha corrompido a generaciones de seminaristas y sacerdotes, y el papa Benedicto le impuso retirarse a una vida de oración y penitencia". "El Papa no hizo el mínimo comentario a mis graves palabras (…) y cambió enseguida de tema".

Tratándose de una conversación privada, corresponde al Papa reconocerla o desmentirla. Viganò pone solemnemente a Dios por testigo, empeñando su salvación en el envite. Lo que sí puede demostrarse es que, a partir de 2013, McCarrick retomó su actividad pública, lo cual indica un levantamiento de las sanciones por el Papa. Basta consultar la edición del Huffington Post del 17 de junio de 2014, que, bajo el titular "McCarrick está trabajando más duro que nunca", nos explica:

"McCarrick es uno de los eclesiásticos que habían sido más o menos puestos fuera de la circulación durante el pontificado de Benedicto XVI. Pero ahora el Papa es Francisco, y prelados como Walter Kasper (un viejo amigo suyo) y el propio McCarrick están de nuevo en primera línea, y más activos que nunca. McCarrick, en particular, está que se sale desde hace un año [has been on a tear in the past year], viajando a Filipinas para consolar a las víctimas del tifón y visitando puntos geopolíticos estratégicos como China e Irán para conducir delicadas conversaciones sobre libertad religiosa y proliferación nuclear". (…) "¡Mala hierba nunca muere!", le dijo jocosamente Francisco cuando le volvió a ver".

Ross Douthat razona que Francisco no tiene por qué haber encubierto cínica y fríamente a un cardenal pederasta. Que quizás intentó autoengañarse diciéndose que eran sólo habladurías. Quizás pensó que, a sus 83 años, McCarrick ya no estaba en condiciones de corromper a nadie más. Sería la explicación más piadosa.

Lo que parece incuestionable es que Francisco antepone la búsqueda de aliados en su guerra civil contra el sector ortodoxo/conservador a la lucha contra los abusos sexuales (mientras se llena la boca con una retórica de tolerancia cero). Por eso invitó al Sínodo de la Familia al cardenal belga Godfried Danneels, que fue grabado mientras intentaba convencer a una víctima de abuso sexual de que no denunciase al culpable, el obispo de Brujas Roger Vangheluwe (Danneels es una figura clave del progresismo eclesial y, según se dice, uno de los muñidores de la elección de Francisco en el cónclave de 2005). Por eso mantiene en su G9 –consejo privado de asesores "para la reforma de la Curia"– a varios cardenales salpicados por escándalos de abusos: se acusa a Maradiaga de haber encubierto al obispo de Tegucigalpa, Juan José Pineda, y de haber hecho caso omiso de las llamadas de socorro de los seminaristas hondureños que denunciaban las descaradas presiones homosexuales en el seminario; Pell y Errazuriz tampoco están libres de sospecha; en la diócesis del cardenal O’Malley, Boston, también se han revelado nuevos casos de abuso.

El progresismo eclesial –y el que podríamos llamar "sector oficialista", que era conservador con Benedicto, progresista con Francisco y concibe el catolicismo como obediencia perruna a la autoridad pontificia– ha salido en tromba a desacreditar a Carlo Maria Viganò. Dicen que Viganò miente y que todo se debe expectativas profesionales frustradas. Como si a los 77 años se pudiera pensar en carrera eclesial alguna, en lugar de en el Juicio cercano.

Sí, podría ocurrir que lo de Viganò no haya sido más que una gran calumnia (genialmente ensamblada, pues, como decíamos, las piezas encajan demasiado bien). Pero, entonces, el calumniado debe refutar las imputaciones con la misma terrible solemnidad con que Viganò las formuló ("si callo, Dios me pedirá cuentas"), y a continuación aplicarle las más duras sanciones previstas por el Derecho canónico, además de denunciarle a las autoridades civiles. Todo indica, sin embargo, que la actitud de Francisco va a consistir en esperar que escampe, mientras el oficialismo-progresismo utiliza la técnica del calamar. Sería cerrar la crisis en falso y agudizar el descrédito moral de la Iglesia.

Pero monseñor Jean-François Lantheaume, que fuera consejero de la nunciatura en Washington en la etapa de los hechos, ha declarado escuetamente: "Viganò dice la verdad". Y el cardenal Daniel Di Nardo, presidente de la Conferencia Episcopal de EEUU, ha afirmado: "Las cuestiones planteadas por Viganò merecen respuestas que sean concluyentes". Y monseñor Vigneron, arzobispo de Detroit, dice que la carta de Viganò es "camino seguro hacia la purificación y la reforma de la Iglesia". Y monseñor Olmsted, obispo de Phoenix, pide que el testimonio de Viganò sea "tomado en serio por todos". Y uno de los intelectuales católicos más prestigiosos, George Weigel, ha declarado:

"El arzobispo Viganò es un valiente reformador, y fue removido del Vaticano por sus inmediatos superiores porque estaba determinado a enfrentarse a la corrupción financiera en el Governatorato, la administración del Estado vaticano. (…) Viganò es, según mi experiencia, un hombre honrado. Hablamos sobre cuestiones grandes y pequeñas, y nunca tuve la impresión de que me estuviese transmitiendo otra cosa que lo que él en conciencia creía que era la verdad".

Viganò concluye su alegato pidiendo la dimisión del Papa. Hay quien sostiene que dos renuncias papales en cinco años, y probablemente motivadas por el mismo asunto (pues muchos conjeturan que la verdadera causa del desaliento de Benedicto fue su impotencia frente a la hidra de los abusos y el lobby gay eclesial) serían demasiado para la Iglesia.

Habría una alternativa mejor: que Francisco pidiese perdón y estuviese por fin a la altura de su ministerio, cortando las cabezas que sean necesarias, restableciendo la Instrucción de 2005 y convirtiendo la limpieza de la Iglesia en su verdadera prioridad. Como han señalado varios comentaristas, esta tribulación puede ser una oportunidad de oro para una sanación en profundidad. Comprender que uno tiene un tumor y no un resfriado es el primer paso para aplicar una terapia efectiva. Recordando siempre que la insumergibilidad de la barca está garantizada por el propio Cristo. Pese a los hombres.

Exsurge, Domine, et iudica causam tuam.

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martes, 12 de junio de 2018

Carta abierta a Gustavo Petro, por P. Mario García Isaza

Reproducimos el siguiente articulo escrito por el P. Mario García Isaza, formador del seminario arquidiocesano de Ibagué, que nos lo ha enviado personalmente.

Resultado de imagen de mario garcia isazaSeñor: permítame referirme al reciente episodio, cumplido frente a la basílica del Voto Nacional, y en el cual recibió usted la adhesión de Antanas Mockus y de Claudia López. Yo adivino, –usted dirá si es equivocada mi percepción– que las circunstancias con que se desarrolló dicho acto no fueron iniciativa suya, sino de ese personaje pintoresco que ahora lo respalda. Ese acto chocarrero se inscribe perfectamente en el estilo teatral, un tanto rufianesco, que lo ha caracterizado; el mismo con que pretendía convertir en acto de autoridad ante sus alumnos un gesto de impúdico exhibicionismo; el que le sirvió para mostrar su desdén frente al matrimonio al celebrar el suyo con tintes circenses y sobre un paquidermo; el mismo con que, en irrespetuosa patanería, le lanzó un vaso de agua en el rostro a quien controvertía sus ideas. ¡Ese es él: el estilo es el hombre!

Pero, doctor Petro, ¡ qué equivocación fatal, la suya, al prestarse a semejante bufonada! Quiero decirle que, más allá de la ridiculez de la escena, para nosotros, los católicos, y seguramente para muchos que, sin serlo, guardan una pizca de buen sentido y de respeto, lo hecho por ustedes es una ofensa, un premeditado insulto a valores que profesamos y a cosas que veneramos. El Decálogo que Moisés recibió grabado en piedra es la revelación de normas y principios que orientan nuestro comportamiento privado y nuestras relaciones con Dios y con los demás. Posar, como lo hicieron, de nuevos portadores de mandamientos para usted, esculpidos en piedra como la Ley del Sinaí; mostrar, en una especie de estola, una frase que pertenece a la liturgia eucarística; escoger, para la escena histriónica precisamente el día del Sagrado Corazón y casi el atrio del templo que recuerda la consagración de Colombia a ese Corazón Sacratísimo, todo eso, no me diga usted que no obedece a un propósito perverso. ¿O es usted tan ingenuo y majagranzas que no se percató de esa intención? No lo creo, usted es sagaz.

Es bueno que sepa, doctor Petro, que con lo que hicieron sus nuevos seguidores, mendicantes de un respaldo que Colombia les ha negado, a nosotros nos han quedado dos cosas perfectamente claras. La primera, su absoluta incoherencia y su disposición a firmar, con el fin de granjearse adeptos, unos compromisos diametralmente opuestos a lo que había afirmado y propuesto durante toda su campaña; imposible confiar en quien tan fácilmente se desdice y negocia sus convicciones. Y la segunda : que jamás podríamos cohonestar o apoyar con nuestro voto a una persona como usted, que en tal forma pisotea los valores morales y religiosos de la comunidad. Si nos faltaba algún argumento para no votar nunca por sus programas, usted y su grotesco moisés nos lo han proporcionado.

Probablemente a usted, doctor Petro, no le importe lo que voy a asegurarle : que oro por usted, y oro para que el Dios de Colombia nos ayude a preservar lo que nos queda de convicciones y principios cristianos.

Mario García Isaza

c.c. 41079

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