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viernes, 21 de agosto de 2026

De la “Constitución vivente” a la “Tradición viva”: La instauración del relativismo en la Iglesia

Dos nuevos informes del Sínodo: rechazo a la poligamia y escuchar el clamor  de los pobres y de la tierra – INFOVATICANA

A pesar del adagio Roma locuta causa finita, tras el decreto de excomunión expedido por la Congregación para la Doctrina de la Fe en contra de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, luego de las ordenaciones episcopales sin mandato pontificio del 1 de Julio pasado, la controversia parece nunca terminar. A pesar de las declaraciones del Papa León XIV afirmando que “debemos seguir adelante”, como dejando atrás el asunto de los lefebvristas, el tema ha seguido vivo tanto en redes como en medios de comunicación.

Como parte de la discusión en las redes sociales se ha invocado a menudo un argumento que se pretende como la crítica definitiva, demoledora, de las posturas tradicionalistas. Se trata de una idea que pareciera gozar de una gran capacidad de persuasión entre los católicos, y sobre la cual conviene detenerse por las graves consecuencias que se derivan de la misma. Nos parece además importante analizar esta argumentación, dado que para los que hemos realizado algún activismo en el campo político, no nos es del todo ajeno: Se trata de un viejo conocido.

El argumento más o menos es el siguiente:

Los tradicionalistas, al afirmar que su desobediencia al papa es en realidad fidelidad a la tradición, están construyendo su propia idea de tradición, seleccionando qué quieren aceptar y qué quieren rechazar del magisterio de la Iglesia. La Tradición Apostólica no es aferrarse a formas inmutables, sino que es una tradición viva, interpretada por el magisterio de los Papas y los concilios. Pretender señalar contradicciones entre la tradición y el magisterio, es convertir la propia opinión en el criterio de interpretación de la tradición de la Iglesia.

Sorprende que haya católicos que caigan en esta clase de argumentos después de que ya hemos tenido que ver su aplicación el ámbito secular. El "magisterio vivo" suena muy parecido a la "Constitución viviente" con la que los tribunales constitucionales han venido a interpretar que el derecho a la vida significa legalizar el aborto y la eutanasia, que los artículos protegiendo a la familia como célula fundamental de la sociedad significan aprobar el "matrimonio" homosexual, que la Libertad Religiosa significa perseguir a la Iglesia, etc.

La Convención Americana sobre Derechos Humanos en su artículo 4.1 dice: "Toda persona tiene derecho a que se respete su vida. Este derecho estará protegido por la ley y, en general, a partir del momento de la concepción. Nadie puede ser privado de la vida arbitrariamente.", y la Corte Interamericana de Derechos Humanos en 2013 interpretó este artículo diciendo que Costa Rica debía legalizar el aborto. ¿Si considero que esta es una contradicción, estoy pretendiendo ser yo, y no la Corte, el intérprete legítimo del Pacto de San José?

La contradicción entre dos proposiciones no es una verdad de fe o moral, o una sentencia canónica, tampoco algo que dependa de la autoridad de una ley o un acto de una autoridad política, es un hecho que se determina por las reglas propias de la lógica. Pretender que sólo hay contradicción cuando la autoridad diga que la hay es subordinar la lógica y los fundamentos axiológicos de la razón a la autoridad, que por ello mismo dejaría de ser autoridad y se convierte en mero poder. La consecuencia inevitable de ese razonamiento es la instauración del relativismo absoluto, donde si la autoridad lo dice, un hombre se convierte en mujer, dos hombres pueden engendrar un niño, o Dios puede querer la diversidad de religiones.

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lunes, 13 de junio de 2022

Editorial: No existe la “doctrina del mal menor” en la moral católica.

InfoCaótica: El mal menor no es un pecado menor

Desde la fundación de Voto Católico Colombia, hemos señalado al ´”voto útil” como el enemigo del Voto Católico, que debe siempre ser en conciencia. Cada cuatro años, los buenos candidatos que se han presentado, especialmente en las elecciones legislativa, han sido sistemáticamente abandonados por el voto de los católicos, quienes ante el temor infundido por la izquierda, han decidido votar por “el candidato con opciones” que al salir elegidos han participado y apoyado la misma agenda progresista de la izquierda.

Esa misma lógica malsana es la que cada cuatro años vende a los católicos un mal candidato, un candidato abortista, eugenista, eutanasista homosexualista, con la excusa de que es un “mal menor” al ser comparado con el candidato de la izquierda. En los años anteriores el nombre de “mal menor” hacía referencia a que la elección era entre un candidato que defendía la legalización total del aborto frente a otro que decía “respetar” las decisiones de la Corte. En aquel entonces el mal menor era meramente aparente, pero al menos evidenciaba la necesidad de mantener las apariencias en función de los votos, cosa que hoy ya ni es necesaria.

En efecto, hoy en día no sólo han aparecido católicos, católicos pro-vida, conservadores, de formación supuestamente tradicional, quienes no sólo le tuercen el pescuezo a la moral católica para defender la existencia de una “doctrina del mal menor”, no sólo para justificar la licitud moral de votar por un candidato abiertamente radical en temas como el aborto, la ideología de género o la legalización de la droga, sino incluso para pretender que habría una obligación de votar por ese supuesto “mal menor”. Indepedientemente de la situación concreta del país y de los candidatos existentes, parece urgente desmentir la existencia de semejante “doctrina del mal menor” que bajo los mismos mecanismos de la moral de situación, destruye los fundamentos de la moral católica.

La supuesta doctrina del “mal menor”

Según tal “doctrina”, estando abocados a elegir entre dos males, en este caso votar en una elección en que el programa de ambos candidatos es malo (ej: ambos candidatos son abortistas), es perfectamente legítimo optar por el menos malo de los dos (ej: Aquel de los dos que no es Comunista), mientras se tenga claro que no se vota a favor del candidato malo sino en contra del otro peor. Esta salvedad según unos debería hacerse de forma pública, mientras que otros dicen que basta con que el católico tenga esa claridad en la conciencia. Algunos añaden incluso, que siendo uno de los dos candidatos un Comunista, existiría incluso la obligación de oponerse a él por todos los medios, incluyendo votar por el otro candidato, de modo que los católicos que votasen en blanco o se abstuviesen de votar serían culpables de omisión por “permitir que Colombia caiga bajo el yugo del Comunismo”.

Resulta difícil encontrar el fundamento que utilizan los católicos antecitados para defender la existencia de supuesta “doctrina del mal menor”. El P. José María Iraburu la describe citando a Santo Tomás:

El gobierno humano proviene del divino y debe imitarle. Pues bien, siendo Dios omnipotente y sumamente bueno, permite, sin embargo, que sucedan males en el universo pudiéndolos impedir, no suceda que, suprimiendo esos males, queden impedidos bienes mayores o incluso se sigan peores males. Así, pues, en el gobierno humano, quienes gobiernan toleran también razonablemente algunos males para no impedir otros bienes, o incluso para evitar peores males. Así lo afirma San Agustín en II De Ordine: Quita a las meretrices de entre los humanos y habrás turbado todas las cosas con sensualidades. Por consiguiente, aunque pequen en sus ritos, pueden ser tolerados los infieles, sea por algún bien que puede provenir de ello, sea por evitar algún mal. (Summa Teológica, II-II, q.10, art. 11)

Aquí conviene anotar que existe una diferencia radical entre la tolerancia del mal menor, propuesta por Santo Tomás. y la pretendida “doctrina del mal menor” que defiende la posibilidad de hacer el mal con el objeto de hacer un bien. Santo Tomás indica la licitud de tolerar el mal menor en la acción misma de Dios, que pudiendo eliminar el mal del Mundo no lo hace, sin que pueda decirse en ningún momento que Dios sea la causa del mal existente. Dios permite el mal menor, pero en ningún momento hace el mal, pues eso sería absolutamente contrario a su naturaleza.

En ese orden, la doctrina moral de la Iglesia siempre ha rechazado la tesis maquiavélica según el cual una acción mala pueda convertirse en buena según el efecto buscado.

En verdad, si es lícito alguna vez tolerar un mal moral menor a fin de evitar un mal mayor o de promover un bien más grande, no es lícito, ni aun por razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien, es decir, hacer objeto de un acto positivo de voluntad lo que es intrínsecamente desordenado y por lo mismo indigno de la persona humana, aunque con ello se quisiese salvaguardar o promover el bien individual, familiar o social. (Pablo VI, Humanae Vitae 14)

Según la filosofía moral, la bondad o malicia del acto depende del objeto, intención y las circunstancias. La intención hace referencia a la parte subjetiva del acto, el fin deseado por la voluntad al mover la acción, el objeto a la acción en sí misma considerada, y las circunstancias a los demás aspectos contingentes que rodean la acción (incluyendo los efectos, salvo que sean previstos pues entonces son incluidos en la intención). La Iglesia enseña que un acto bueno requiere bondad de intención, objeto y circunstancias (bonum ex integra causa malum ex quocumque defectu) por lo cual un acto que sea objetivamente malo, no puede convertirse en bueno sólo por estar inspirado por una buena intención o procurando obtener un efecto bueno. (Juan Pablo II, Veritatis Splendor 81)

Contra esta misma tesis del consecuencialismo moral advierte el famoso moralista Antonio Royo Marín (negrillas nuestras):

El mal menor es un mal, y no es lícito jamás inducir a nadie al mal, aunque se trate de un pecado venialísimo. No vale decir que al aconsejarle el mal menor no se intenta la producción de ese mal menor, sino la disminución del mal mayor, lo cual no deja de ser un bien. Es falso este modo de razonar. Porque lo que procede para alejarle del mal mayor es aconsejarle que desista de él, o proponerle un bien en el que no había reparado, o distraerle para evitar que se entregue al mal, o a lo sumo proporcionarle ocasión de un mal menor sin aconsejárselo; pero jamás aconsejándole un mal, aunque sea menor. Si no es lícito jamás inducir a nadie a cometer un pecado leve, ¿por qué lo ha de ser en esta ocasión? De dos males desiguales o iguales no se puede aconsejar ninguno: hay que rechazar los dos. Tanto más cuanto de ordinario se incurrirá en el inconveniente notado por los partidarios de la última opinión indicada, a saber: que se le hará cometer un segundo pecado (el menor), además del mayor ya cometido en su corazón. (Antonio Royo Marín O.P., Teología Moral para Seglares II, Lib. III Trat. I, Sec. I, Cap. III, lit. G)

Aunque en esta ocasión se refiere específicamente al escándalo que comete quien aconseja un mal, con la excusa de que se trata de un mal menor frente al que se quiere cometer, el principio es perfectamente aplicable para el caso del voto, pues el voto no es más que el mensaje enviado por la ciudadanía (Si bien limitado y filtrado por el rango de opciones que le permiten los partidos políticos) acerca del tipo de gobierno que desean tener, y por ende tiene una cierta relación de causalidad respecto de los actos realizados por el gobierno elegido.

¿Votar por un candidato implica necesariamente avalar todo su programa?

Ahora bien, algunos de estos católicos niegan que votar por un candidato que en su programa haya declarado defender el aborto, las uniones homosexuales, etc. constituya un mal intrínseco capaz de viciar por completo la moralidad de la accion. Más aún, si consideramos que actualmente no existe ningún candidato que no defienda la legalización, al menos parcial del aborto, es perfectamente lícito guiarse por otros temas a la hora de votar mientras se deje públicamente claro el desacuerdo con los aspectos reprochables del programa del candidato.

Sin embargo, algo muy distinto nos dice el Magisterio de la Iglesia:

En tal contexto, hay que añadir que la conciencia cristiana bien formada no permite a nadie favorecer con el propio voto la realización de un programa político o la aprobación de una ley particular que contengan propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral. Ya que las verdades de fe constituyen una unidad inseparable, no es lógico el aislamiento de uno solo de sus contenidos en detrimento de la totalidad de la doctrina católica. El compromiso político a favor de un aspecto aislado de la doctrina social de la Iglesia no basta para satisfacer la responsabilidad de la búsqueda del bien común en su totalidad. Ni tampoco el católico puede delegar en otros el compromiso cristiano que proviene del evangelio de Jesucristo, para que la verdad sobre el hombre y el mundo pueda ser anunciada y realizada. (Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota Doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al  compromiso y la conducta de los católicos en la vida política 4)

Cabe recordar que en esa misma nota doctrinal el Card. Ratzinger incluyó el rechazo al aborto y la eutanasia como “exigencias éticas fundamentales” que “no admiten derogaciones, excepciones o compromiso alguno”, y en otros pronunciamentos posteriores, ya como Benedicto XVI, los denominó “principios no negociables”. ¿Qué puede significar esa “no negociabilidad” de la defensa de la vida humana si pretendemos votar en favor de un candidato abortista sólo “porque el otro es peor”?

Los católicos malminoristas argumentan la posibilidad de votar por el “menos abortista” de los candidatos, rechazando la parte mala de su programa político, invocando un pronunciamiento de Juan Pablo II:

Un problema concreto de conciencia podría darse en los casos en que un voto parlamentario resultase determinante para favorecer una ley más restrictiva, es decir, dirigida a restringir el número de abortos autorizados, como alternativa a otra ley más permisiva ya en vigor o en fase de votación. No son raros semejantes casos. En efecto, se constata el dato de que mientras en algunas partes del mundo continúan las campañas para la introducción de leyes a favor del aborto, apoyadas no pocas veces por poderosos organismos internacionales, en otras Naciones —particularmente aquéllas que han tenido ya la experiencia amarga de tales legislaciones permisivas— van apareciendo señales de revisión. En el caso expuesto, cuando no sea posible evitar o abrogar completamente una ley abortista, un parlamentario, cuya absoluta oposición personal al aborto sea clara y notoria a todos, puede lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de esa ley y disminuir así los efectos negativos en el ámbito de la cultura y de la moralidad pública. En efecto, obrando de este modo no se presta una colaboración ilícita a una ley injusta; antes bien se realiza un intento legítimo y obligado de limitar sus aspectos inicuos. (Juan Pablo II, Evangelium Vitae 73)

Empero, es importante anotar las profundas diferencias en el caso hipótético señalado en la encíclica y el caso en el que se pretende aplicar la analogía. En primer lugar, nótese que Juan Pablo II deja bien claro que se trata de una opción “más restrictiva” respecto del mismo tema del aborto, es decir que la opción por la cual se opta no es dejar el aborto tal y como está (“Soy respetuoso de las decisiones de la Corte”) ni mucho menos dejar de lado el tema del aborto y pasar a otros temas del programa político (“ambos son igual de abortistas”), sino que implique una limitación del mal que ya se está cometiendo, aunque lo permita en cierto grado. En este caso se aplica plenamente el principio de Santo Tomás en tanto que el mal no es causado por el voto del parlamentario, sino permitido con algunas restricciones.

Además, se ha de notar la diferencia entre el voto público que realiza el parlamentario de forma pública en las corporaciones, y el voto que realiza el ciudadano de forma anónima. El primero puede declarar públicamente las razones de su voto y realizar las salvedades y matices que sean necesarias para presionar en favor de una prohibición total del aborto, mientras que el segundo sólo puede marcar la casilla del candidato sin que pueda hacer en el tarjetón ninguna anotación sobre los aspectos negativos de su programa ni declarar a nadie su desacuerdo con los mismos, su voto será artiméticamente sumado a los otros millones de ciudadanos y contabilizados como un apoyo pleno a la candidatura de tal candidato. Si el candidato abortista obtiene 5 millones de votos la ley y el sentido común dan por hecho que esos 5 millones de ciudadanos avalan el programa político del candidato sin que haya forma de adivinar que 3 millones de ellos están en desacuerdo con su apoyo al aborto.

Pretender que puede sancionarse con el voto el programa abortista de un candidato sólo por el hecho de pensar en la conciencia, o afirmar públicamente, que se rechaza ese punto o que no se vota por ese candidato sino contra el otro, recuerda a los abusos jesuíticos del principio de restricción mental según los cuales podría responderse al que interroga algo que le dejase completamente engañado si en nuestra conciencia le damos un significado diferente a las palabras de modo que subjetivamente no sería mentira lo dicho, aunque en su sentido explícito lo sea. Al respecto sirva recordar los límites que existen al uso legítimo de tal recurso (negrillas nuestras):

4.a No es lícito, sin embargo, usar la restricción mental cuando es obligatorio manifestar la verdad por exigirlo así la fe, la caridad, la justicia, la religión, etc. Y así no puede usarse cuando equivaldría a negar la fe ante el tirano que interroga sobre ella o en la confesión sacramental de los pecados que se acusan por primera vez (pero sí en caso de estar ya confesados); cuando se trata de alguna condición substancial para la validez de un contrato; ante el juez que interroga legítimamente (a no ser que se trate de la confesión del propio delito, como ya hemos dicho); ante el legítimo superior que interroga sobre cosas necesarias para el gobierno de los súbditos; cuando de la restricción surgiría algún daño injusto para el prójimo, etc. (Antonio Royo Marín O.P., Teología Moral para Seglares II, Lib. III Trat. I, Sec. II, Cap. IV, art. 1)

Aunque el católico pueda considerar las razones de su voto de forma completamente diversa, la única lectura objetiva que se podrá hacer del mismo será la sanción del programa político al cual se ha dado el voto. Adicionalmente, si fuera lícito a un católico obviar los aspectos intrínsecamente perversos del candidato por el cual se vota, y votar en su lugar por los pocos buenos que hubiese o a duras penas “por que no gane el otro”, entonces quienes así piensan están legitimando a su vez que el católico vote por el candidato contrario. De modo que el supuesto principio resulta absurdo para decidir el voto.

¿No puede aplicarse en este caso el principio de doble efecto?

Aunque ya haya quedado suficientemente refutado, conviene rescatar la verdadera moral católica de las falsificaciones que actualmente circulan, y otro de esos puntos falsificados es el principio de doble efecto. Según este principio, es lícita una acción de la que se sigan un efecto bueno y un efecto malo siempre y cuando sea el efecto bueno el que se desea procurar. En este orden, dicen los católicos malminoristas que es perfectamente legítimo dar el voto al candidato abortista pues en este caso evitar la victoria del otro candidato es el efecto bueno que se procura y la victoria de ese candidato abortista es el efecto malo que no se puede evitar.

No obstante, se debe recordar que para que pueda hablarse del principio de doble efecto, deben concurrir las siguientes condiciones:

a) que la acción u omisión sea buena o indiferente; b)que de ella se siga, al menos, con la misma inmediación, el efecto bueno, y no éste mediante el malo; c) que el efecto bueno sea proporcionado al malo; y d) que se intente únicamente el bueno y no el malo. (Antonio Royo Marín O.P., Teología Moral para Seglares II, Lib. II, Cap. I,  Sec. II, lit. A)

En este caso, el principio de doble efecto no se aplica puesto que dar el voto a un programa político que defiende un promueve un mal intrínseco como el aborto es una acción objetivamente mala, y porque el efecto malo (la aprobación del candidato abortista) resulta un efecto inmediato del voto, mientras que el efecto bueno (evitar la elección del otro candidato) es un efecto remotísimo que para darse exige un montón de causas adicionales (el voto de los otros millones de ciudadanos).

Sirva además anotar la diferencia substancial de inmediación entre ambos efectos, para resaltar la desproporción absurda en que incurren cuando al mismo tiempo que afirman que el católico que vota por el candidato A no se hace culpable de la promoción del aborto contenida en su programa de gobierno, mientras que los católicos que votan en blanco o no votan sí son culpables del mal contenido en el programa del candidato B. ¿Cómo pretenden culpabilizar a estos últimos de los efectos indirectos de su opción, de lo que el voto no implica de forma necesaria ni suficiente, mientras que ellos se exoneran de los efectos directos de la suya, de lo que el voto sí afirma necesariamente?

Católicos totalmente secuestrados por el inmanentismo

¿Significa entonces que ante una elección en que dos candidatos apoyan el aborto la única opción católica es abstenerse o votar en blanco? ¿Podemos permanecer de brazos cruzados y permitir que el país se vaya al abismo? ¿No es esto contradictorio con el deber de todo católico de participar en la vida política para la construcción del bien común?

Como indicamos al inicio de este editorial, en Voto Católico Colombia siempre hemos defendido que el voto católico ha de ser siempre voto en conciencia, porque si bien reconocemos que el voto tiene un valor ínfimo a nivel político (igual a la fracción numérica de un voto individual entre los millones de votos depositados) consideramos, a la luz del magisterio, que tiene un valor fundamental en la conciencia del individuo que con su voto avala las acciones del gobierno elegido. Lamentablemente, este orden de prioridades se ve completamente subvertido cuando los católicos, haciendo alegres cálculos políticos y sobreestimando el peso de su voto, transigen en aspectos fundamentales de la fe y la moral y minimizan la gravedad del aborto, la eutanasia, la sodomía, la blasfemia, etc.

En muchos de estos ambientes se defiende la lucha contra el comunismo como una parte de la lucha espiritual trasladada al campo social, y no podríamos estar más de acuerdo al respecto. Lo que nos resulta incomprensible es que en función de frenar el comunismo se pretenda legítimo aliarse con el diablo, y la demonización del comunismo nos lleve a exculpar por completo pecados tan grandes que claman al Cielo por justicia, como los anteriormente citados. Tal mentalidad, aunque se revista de lenguaje muy espiritual, no es sino un síntoma del inmanentismo reinante entre los católicos, aún los más conservadores y tradicionales.

En efecto, el único interés del diablo es la perdición de las almas, y para ello puede servirse tanto de la mano derecha como de la mano izquierda. Ciertamente un régimen político puede ser totalmente instrumental en tal propósito, o por el contrario puede fomentar la virtud entre los ciudadanos, pero es ingenuo (si no una terrible presunción) que es posible derrotar los planes preternaturales con una sutil estrategia política de concesión al mal. El diablo siempre será más astuto que nosotros, y la mejor prueba es ver cómo de mal menor en mal menor en Colombia hemos llegado al peor de los escenarios posibles (legalización total del aborto, “matrimonio” homosexual con adopción, eutanasia infantil, suicidio asistido, alquiler de vientres, ideología de género obligatoria en los colegios, y un largo etc.). La única forma de vencer al demonio es con el influjo de la Gracia de Cristo que puede hacer brotar la santidad en el corazón más endurecido.

Ningún gobierno o régimen político podrá jamás detener el plan de salvación que Dios ha establecido para el ser humano desde el inicio de los tiempos, así como no hubo emperador romano, por violento o astuto que fuera, capaz de frenar la difusión de la Fe Cristiana en los primeros siglos. Si el miedo a un eventual cambio de régimen nos lleva a renunciar a aspectos fundamentales de la Fe y de la moral, no estaremos muy lejos de los que apostataban por el miedo a la muerte. Cuando contemplamos los problemas políticos con una perspectiva verdaderamente espiritual salta a la vista que el demonio gana mucho más cuando consigue que los católicos defiendan el aborto, la eutanasia o la blasfemia como el “mal menor”, que cuando logra que los incrédulos y liberales instauren el régimen progresista que el vientre les dicta.

Si verdaderamente “[El candidato A] es el demonio”, o el gobierno del candidato B “es el inicio del Apocalipsis” (expresiones reales escuchadas a algunos católicos), no podemos permitir que el miedo nos lleve a vender el alma. Al contrario, cualquiera que sea el resultado de las elecciones del próximo domingo, podemos estar seguros que el próximo gobierno podrá ser el peor que hayamos visto en la historia reciente y aún así recibirlo con la esperanza intacta. Pues,

"¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?, como dice la Escritura: Por tu causa somos muertos todo el día; tratados como ovejas destinadas al matadero. Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro." Romanos 8, 35-39.

Y no se entienda en esta sana indiferencia un llamado al retraimiento o apartamiento donatista frente a la vida política. Al contrario, existen mecanismos mucho más efectivos y para la participación política que el acto de depositar un papel cada cuatro años. Si tenemos que dar la pelea los próximos cuatro años contra el gobierno ultraprogresista que de seguro nos gobernará, lo mínimo es que mantengamos los principios intactos y la conciencia limpia.

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miércoles, 23 de febrero de 2022

Comunicado de Voto Católico Colombia frente a la criminal sentencia C-055/22 de la Corte Constitucional liberalizando el aborto

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El pasado lunes 21 de febrero, la Corte Constitucional de Colombia resolvió finalmente una de las demandas presentado por el lobby abortista contra el tipo penal de aborto contenido en el Código Penal colombiano. La sala plena ya había discutido la ponencia hacía un mes y habían llegado a un empate, por lo cual se seleccionó un conjuez que resolviera el empate. El conjuez Julio Andrés Ossa votó en favor de la ponencia, resolviendo la despenalización total del aborto hasta la semana 24 de gestación.

Esta sentencia es apenas una piedra más en la montaña de crímenes emanados de esa cloaca de iniquidad que es la Corte Constitucional colombiana. Como hemos denunciado desde la fundación de este medio, la Corte Constitucional es el enemigo público número uno del pueblo colombiano, pues a través de sus sentencias han sido asesinados más colombianos por año, que a manos de la guerrilla, el narcotráfico o la delincuencia común. La Corte ha autorizado el asesinato de un niño nacido vivo, ha permitido el asesinato de niños con la eutanasia infantil, ha desmontado las limitaciones que ella misma había puesto para el aborto en 2006, permitiendo el aborto de niños con discapacidades plenamente compatibles con la vida, o la expansión de la causal salud hasta validar cualquier excusa. Como si fuera poco, ha perseguido y sancionado a los médicos y EPS cuando según su criterio profesional los pacientes han desistido de solicitar el aborto, mientras favorece a la industria abortista al permitirle comerciar con órganos y tejidos de los bebés abortados. En sólo 2017 más de 10mil colombianos fueron asesinados por Profamilia, gracias a la Corte Constitucional de Colombia.

Dado que la Corte ya había permitido la práctica del aborto en cualquier circunstancia hasta el noveno mes, es posible que esta nueva sentencia no cambie mucho la realidad práctica del aborto en el país. La diferencia es que dentro de los 24 meses dejará de ser necesario inventarse una depresión para justificar el riesgo a la salud mental. El verdadero costo de esta sentencia son las almas de todos aquellos corifeos que para congraciarse con el mundo se han convertido en adoradores de Moloch. Sicut oves in inferno positi sunt mors depascet eos. Así como los magistrados Clara Inés Vargas Hernández, Humberto Sierra Porto, Jaime Araujo Rentería, Alfredo Beltrán Sierra y Manuel José Cepeda llevan en sus manos la sangre de los cientos de miles de niños asesinados desde la C-355 de 2006, los cinco magistrados responsables de esta nueva atrocidad, Diana Fajardo, Antonio Lizarazo, Julio Andrés Ossa, Alberto Rojas Ríos, y José Fernando Reyes, deberán dar cuenta por cada gota de sangre de los inocentes cuyo asesinato acaban de aprobar. Requiescam in die tribulationis ut ascendam ad populum accinctum nostrum.

Lamentablemente la voz de los obispos ha sido un elocuente silencio durante el debate en la Corte, y los comunicados publicados con posterioridad a la sentencia brillan por la ausencia de toda referencia a la doctrina de la Iglesia sobre el aborto. Ninguno recuerda la gravedad del pecado que clama al cielo por justicia y acarrea un gran castigo para todo el país, y la excomunión para todo aquel que apoye o participe en la práctica del aborto. vox sanguinis fratris tui clamat ad me de terra. Ninguno recuerda que la Iglesia siempre defendió que toda ley contraria al Derecho Natural carece de fuerza normativa y no puede ser obedecida. No es cuestión de objeción de conciencia, sino de desobedecer la norma ilegítima.

Ahora, el pueblo, legítimiamente indignado frente a esta ignomina, es acosado por los oportunistas que en temporada electoral posan de providas y prometen leyes y referéndums contra el aborto. El primero de todos, el presidente Iván Duque quien ahora habla contra la decisión cuando en sus conceptos ante la Corte siempre defendió el aborto y, peor aún, pretendió reglamentarlo por decreto al punto de perseguir penalmente el apostolado de 40 Días por la Vida. Junto a él está todo el Centro Democrático que como partido siempre ha defendido el mantenimiento de la sentencia C-355 de 2006 bajo la cual se vienen cometiendo todas las atrocidades mencionadas anteriormente.

Esta nueva sentencia, junto a las citadas más arriba, y aquellas que consagran públicamente el absurdo, como el “matrimonio” entre dos hombres, el camo de sexo legal, el registro civil de dos menores como “hijos biológicos de dos hombres, deberían abrir los ojos a los colombianos frente a la gran farsa titulada “Estado de Derecho” en nombre de la cual se acalla y anula todo reclamo popular en contra de la cultura de la muerte. Nunca en Colombia había habido una constitución política tan plagada de “derechos” y nunca antes se habían perpetrado tantos crímenes contra los más indefensos. Los expertos pululan en los medios de comunicación hablado de las bondades de la Constitución del 91 en cuanto a la “protección de los derechos fundamentales”, cuando tales derechos han sido justamente el instrumento en virtud del cual se ha anulado todo derecho en nuestro territorio. De nada ha servido la tal constitución para proteger la vida de los que están por nacer, para proteger a los menores de la corrupción moral, para proteger a los enfermos y discapacitados de la inyección letal, para impedir que la población entera fuera sometida a un año de prisión domiciliaria de forma extrajudicial, para evitar que los enfermos muriesen impedidos de recibir los sacramentos, etc.

Quitémonos la venda y abandonemos el discurso de que “la Corte usurpa funciones del legislativo”. Esa cantilena sólo sirve para absolver al Gobierno y al Congreso de las responsabilidades y la sanción social que les compete por estas decisiones. La Corte Constitucional no es más que la puerta trasera a través de la cual las mismas élites, el consenso de los grandes partidos, introducen las decisiones que hieden demasiado como para pasarlas por la puerta de enfrente. Los mismos políticos que hoy posan de indignados, son los que votaron en favor de magistrados liberales a la Corte, construyendo las mayorías progresistas que permiten tales medidas, son los mismos que dilatan o bloquean los proyectos de ley en contra del aborto. Si ahora proponen leyes y referéndums contra la decisión es sólo como forma de pescar votos mientras mantienen a los católicos ocupados haciéndoles campaña hasta que la iniciativa muere por el diseño mismo del mecanismo.

Es la Constitución de 1991 la que erigió a la Corte Constitucional como rueda suelta para erigirse como único y verdadero soberano en el ordenamiento institucional colombiano, y mientras el adefesio de la Corte continúe de ese modo cualquier iniciativa legislativa o judicial contra el aborto está condenada al fracaso. Es la Constitución de 1991 la que parloteando sobre la democracia participativa creó un montón de mecanismos de participación ciudadana y al mismo tiempo les impuso una serie de condiciones tales que fueran completamente inutilizables. Es la Constitución de 1991 la que ha permitido la sustitución del Derecho por la ideología del neo-constitucionalismo bajo la cual al crimen se le llama “derecho” y al Derecho se le llama “barreras de acceso”. Proponer proyectos de ley y referéndums contra el aborto es pretender curar una gangrena con injertos de piel.

El aborto es un crimen que clama al Cielo por justicia, pues la justicia que en la Tierra se le negó a los inocentes caerá desde el Cielo contra aquellos que la negaron y aquella sociedad que lo toleró. La lucha contra el aborto es más que una lucha por la vida, es una lucha por la justicia natural que fue desterrada de nuestro ordenamiento jurídico-político en nombre de la “soberanía popular” y los “derechos humanos”. No conseguiremos revertir los atropellos de la Corte a través del legalismo y el formalismo de quien pretende ganar un juego contra quien hace las reglas. El aborto se encuentra inevitablemente implícito en la agenda ideológica subyacente al actual régimen que nos gobierna y no habrá otro camino para tumbarlo que tumbar consigo a todo el régimen que lo aprobó.

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lunes, 10 de enero de 2022

Mons. Rob Mutsaerts: “Si lo que ayer se recomendaba ya no aplica hoy, nada es seguro”

Mons. Rob Mutsaerts, la solitaria voz de la ortodoxia en medio de heterodoxo episcopado holandés, ha publicado un artículo en su blog en el que critica las Responsa ad Dubia de la Congregación para el Culto Divino sobre la aplicación del Motu Proprio Traditionis Custodes. En su crítica, Mons. Mutsaerts va al punto de la cuestión, que no se limita al estatus canónico de la liturgia, sino que afecta directamente la naturaleza de la autoridad eclesiástica.

Locura, por Mons. Rob Mutsaerts

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2021 fue un año de locura. Cuando la mayoría deja la normalidad, la anormalidad se convierte en la nueva normalidad. Por ejemplo, las feministas fueron fustigadas por ideólogos trans porque creen que debería haber espacio para los puntos de vista feministas. La autora de Harry Potter, JKRowling, es una de esas feministas cuyos libros fueron quemados en varias universidades. Imagínense, en las universidades, centros de libre pensamiento. La profesora Kathleen Stock, profesora de filosofía en la Universidad de Sussex, se vio obligada a dimitir. ¿Cuál fue su crimen? Se había atrevido a argumentar en su último libro que existen diferencias genéticas y biológicas demostrables entre los sexos. Y luego estaban las “mujeres trans” que competían en natación y carrera. Como hombres no eran nadie en el mundo del atletismo, ahora ganan brillantemente. Cuando cruzan la línea de meta, dicho sea de paso, hay un silencio notable en los estadios. Todos se dan cuenta de que algo no está bien, pero nadie se atreve a decir nada. Protestan siendo elocuentemente silenciosos. Y, por supuesto, las mujeres de verdad se duchan en casa. Ninguna se siente cómoda con un tipo así alrededor.

2021 también fue el año de la tonta cultura de cancelación. Incluso The New York Times, que se considera un diario serio, también está de acuerdo. La fecha de fundación de los Estados Unidos de América ya no es el 4 de julio de 1776 -fecha de la Declaración de la Independencia, Día de la Independencia- sino el año 1619 cuando llegaron a la costa de Virginia los primeros barcos que transportaban esclavos africanos. Mientras tanto, un peso pesado de la filosofía, Peter Boghossi, ha anunciado su retiro de la Universidad de Portland: “Ya no se enseña a los estudiantes a pensar, sólo se les presentan ideologías. La mayoría ya no se atreve a decir lo que piensa".

Pero siempre puede ser más loco. El Olney Theatre Center de Washington ofrecerá al público una versión despierta de La Bella y la Bestia. El papel principal de Bella es interpretado por una mujer lesbiana negra con mucho sobrepeso. Crees que vas a un producto inocente de Disney y luego terminas en un teatro de terror políticamente correcto.

Pero los mensajes de Roma tampoco me alegran. El Vaticano nos tenía reservado un curioso regalo de Navidad. Las respuestas de la Congregación para el Culto Divino a las preguntas sobre la interpretación práctica del motu proprio "Traditionis custodes" endurecen el frente entre el Vaticano y los tradicionalistas. Una impaciencia difícil de disimular po rtrazar finalmente  una línea sobre el asunto de la "Misa antigua" habla a través de todo el estilo del texto. El texto altamente agresivo no es solo una ruptura con la "reforma de la reforma" propuesta por el Papa Benedicto XVI, sino también un paso en falso pastoral. El “Papa de la Misericordia” muestra poca misericordia para aquellos que abrazan el Rito Romano Tradicional. Esta pérdida de confianza no sólo afecta a los tradicionalistas, sino que incrementa la incertidumbre de los fieles. Si lo que ayer fue recomendado ya no aplica hoy, nada es seguro.

Lo que esto significa por la Fraternidad Sacerdotal de San Pedro, por ejemplo, es poco claro. La curiosa consecuencia de la suspensión papal es que las comunidades asociadas a Roma que celebran la misa antigua ya no tendrán permitido administrar el sacramento de la confesión, pero los fieles pueden todavía recibirla validamente de la Sociedad de San Pío X. Lo mismo aplica para el sacramento del matrimonio. Y, ¿Por qué tendría uno que adherir explícitamente a los documentos del Vaticano II para poder celebrar la misa antigua en casos excepcionales? Seguramente aquellos que celebran el Novus Ordo –yo soy uno de ellos– no se les pide que acepten el Concilio de Trento. ¿O acaso todo lo anterior al Vaticano II ha sido destrozado? Si el Vaticano exige un examen para los celebrantes de la misa antigua, entonces en justicia debería también ser exigida para los celebrantes “por cuenta propia” de la nueva misa que andan todos celebrando a su propio gusto.

Por lo pronto, esto promete para el año entrante. Mi lema es: simplemente permaneced católicos. Vamos según la ley natural, según el orden de la creación, según el sentido común.

¡Feliz Año Nuevo!

+Rob Mutsaerts
Obispo Auxiliar de s-Hertogenbosch, Países Bajos.

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martes, 24 de noviembre de 2020

Comentarios al margen del informe de la Secretaría de Estado sobre Theodore McCarrick


El Informe McCarrick, publicado por la Secretaría de Estado el pasado 10 de este mes de noviembre de 2020, ha sido objeto de numerosos comentarios. Algunos ponen de relieve sus lagunas, en tanto que otros lo elogian como prueba de la transparencia de Bergoglio y lo infundado de las acusaciones. Me gustaría centrarme en algunos aspectos que merecen ser tratados en profundidad y que no me afectan personalmente. Estas reflexiones no tienen por objeto, por tanto, aportar más pruebas sobre la falsedad de los argumentos expuestos contra mí, sino poner de manifiesto las incongruencias y conflictos de intereses entre el juez y el que es juzgado, que a mi juicio invalidan la investigación, el proceso y la sentencia.

IMPARCIALIDAD DEL ÓRGANO JUDICIAL

En primera lugar, a diferencia de lo que pasa en un proceso civil o penal normal, en las investigaciones  eclesiásticas hay una especie de derecho implícito a la credibilidad en los testimonios de clérigos. Me da la impresión de que ello ha permitido que se consideren pruebas los testimonios de prelados que podrían encontrarse en situación de complicidad con respecto a McCarrick y que no tendrían ningún interés en revelar la verdad, ya que no les perjudicaría a ellos ni a su imagen. En resumidas cuentas, haciendo una comparación con personajes de Pinocho, cuesta pensar que el Gato (Kevin Farrell), pueda exonerar creíblemente al Zorro (Theodore McCarrick). Y sin embargo eso es lo que ha sucedido, del mismo modo que fue posible engañar a Juan Pablo II en cuanto a la conveniencia de nombrar a McCarrick cardenal arzobispo de Washington, o a Benedicto XVI sobre la gravedad de las acusaciones que pesaban sobre el purpurado.

A estas alturas ya se entiende que en el caso del Argentino ese derecho a la credibilidad adquiere la categoría de dogma, quizás el único que no se puede poner en duda en la iglesia de la misericordia, y más cuando las interpretaciones de la realidad –que los mortales llaman prosaicamente mentiras– han sido expresadas por él mismo.

Desconcierta además que se haya dado tanta importancia al testimonio de monseñor Farrell en defensa de McCarrick –llega a dársele al obispo el título de excelentísimo– y que al mismo tiempo se omita totalmente el testimonio de James Grein, así como que prudentemente se haya preferido no deponer a los secretarios de Estado Sodano y Bertone. Tampoco se entiende por qué motivo se han considerado válidas y creíbles las palabras de Farrell en defensa del amigo y compañero de casa y no las mías, siendo no obstante arzobispo y nuncio apostólico. El único motivo que alcanzo a comprender es que mientras las palabras de Farrell confirman la tesis de Bergoglio, las mías la refutan y demuestran que el obispo de Dallas no es el único que ha mentido.

Habría que recordar igualmente que el cardenal Wuerl, sucesor de McCarrick en la sede de Washington, dimitió el 12 de octubre de 2018 presionado por la opinión pública tras su reiterada negación de haber tenido conocimiento de la conducta depravada de su compañero en el episcopado. En 2004, Wuerl tuvo que hacerse cargo de la denuncia presentada contra McCarrick por Robert Ciolek, ex sacerdote de la diócesis de Metuchen, la cual envió al entonces nuncio apostólico cardenal Gabriel Montalvo. En 2009 Wuerl dispuso su traslado del seminario Redemptoris Mater a la parroquia de Santo Tomás Apóstol de Washington. En 2010 el propio Wuerl, junto con el presidente de la Conferencia Episcopal, cardenal Francis George, manifestó a la Secretaría de Estado que no era aconsejable felicitar a McCarrick con ocasión de su octogésimo cumpleaños. El informe cita además la correspondencia entre el nuncio Sambi y Wuerl con respecto al peligro de escándalo en torno a McCarrick. Y lo mismo se puede decir de la correspondencia del cardenal Re, prefecto de la Congregación para los Obispos, la cual confirma que Wuerl «ha favorecido constantemente a McCarrick, incluso cuando no vivía en el seminario». Por eso, resulta muy extraño que las graves sospechas que pesaban sobre el cardenal antes de mi nombramiento como nuncio, ampliamente documentadas en el informe, sean consideradas motivo de reproche contra mi persona, a pesar de que yo las notifiqué una vez más a la Secretaría de Estado, si bien no eran contra Wuerl; el cual, aun después de dimitir del cargo de arzobispo de Washington, ha mantenido sus cargos en los dicasterios romanos, incluida la Congregación para los Obispos, en la cual tiene voz y voto en el nombramiento de prelados.

Es incomprensible que los redactores del informe juzguen tan a la ligera a Juan Pablo II por haberse fiado de las palabras de su secretario en defensa de McCarrick y exoneren a Bergoglio a pesar de la tremenda pila de expedientes sobre el Tío Ted, a quien le había pedido su predecesor que procurara no llamar la atención.

Creo que ha llegado el momento de aclarar de una vez por todas la postura del cuerpo juzgante; mejor dicho, de este cuerpo juzgante con relación al acusado.

Según el derecho, un juez debe ser imparcial, y para ello no debe tener el menor interés ni el menor vínculo con el reo. En realidad, esta imparcialidad falta en uno de los procesos más sonados de la historia de la Iglesia, cuando los escándalos y delitos de que es objeto el acusado revisten tal gravedad como para ameritar la deposición del cardenalato y la reducción al estado laico.

AUSENCIA DE VERDADERA CONDENA

Es preciso destacar la extrema suavidad de la condena impuesta al reo, es más, se podría decir la falta de condena, dado que al imputado sólo se lo ha despojado su condición sacerdotal mediante procedimiento administrativo del tribunal de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ratificada por Bergoglio como cosa juzgada. No obstante, habría sido posible condenarlo a una pena de arresto, como se hizo con el consejero en la nunciatura en Washington, que en 2018 fue condenado a cinco años de prisión en el Vaticano por posesión y difusión de pornografía infantil.

Lo cierto es que el hecho de despojarlo del estado clerical manifiesta la esencia del famoso clericalismo –tan deplorado de palabra– que poco menos que considera el estado laico un castigo en sí, cuando tendría que ser motivo de imposición de una sanción penal. Entre otras cosas, al no haber sido condenado a una pena de cárcel, o al menos de arresto domiciliario, McCarrick tiene una libertad de movimiento y de acción que mantiene inalterada su situación. Ello le permite cometer nuevos delitos y seguir ejerciendo sus actividades delictivas tanto en el ámbito eclesial como en el político.

Por último, hay que recordar que el proceso canónico no afecta las causas penales instruidas contra el ex purpurado en tribunales de EE.UU, los cuales, curiosamente, se eternizan en el máximo secreto, demostrando una vez más el poder político y la influencia mediática de McCarrick, no sólo en el Vaticano sino también en los Estados Unidos.

CONFLICTOS DE INTERESES Y OMISIONES

Cuesta fijarse en el juez de esta causa sin tener en cuenta que puede estar en deuda con el imputado y sus cómplices. Es decir, que se encuentre en un evidente conflicto de intereses.

Si Jorge Mario Bergoglio debe su elección a la conjura de la llamada Mafia de San Galo, integrada por cardenales ultraprogres en trato constante y asiduo con McCarrick; si el apoyo de McCarrick al candidato Bergoglio tuvo eco en los electores del cónclave y en los que tienen capacidad persuasiva en el Vaticano, por ejemplo, el famoso caballero italiano al que aludió el cardenal estadounidense en una conferencia pronunciada en la Universidad Vilanova; si la renuncia de Benedicto XVI fue de algún modo provocada o favorecida por intromisión de la iglesia profunda y el estado profundo, es lógico suponer que Bergoglio y sus colaboradores no tienen la menor intención de que salgan a la luz en el informe ni los nombres de los cómplices de McCarrick ni los de quienes lo han apoyado en su cursus honorum eclesiástico, ni tampoco sobre todo quienes ante una eventual condena podrían vengarse, por ejemplo, revelando la participación de personalidades destacadas de la Curia Romana, por no decir el propio Bergoglio.

Contradiciendo descaradamente la declarada afirmación de transparencia, el informe se abstiene de dar a conocer las actas del proceso administrativo. Cabe, por tanto, preguntarse si la defensa de McCarrick pactó la condena de su cliente a cambio de una pena irrisoria, que de hecho deja en total libertad al imputado de tan graves delitos, e impidió que las víctimas recusasen al juez y exigieran una justa compensación. Esta anomalía salta a la vista incluso para quien no está versado en el derecho.

INTERESES COMUNES ENTRE LA IGLESIA PROFUNDA Y EL ESTADO PROFUNDO

En esta red de complicidades y chantajes se evidencian los vínculos entre el juez y el imputado incluso en el terreno político, en particular con el Partido Demócrata, con la China comunista y en general con los movimientos y partidos mundialistas. Que en 2004 McCarrick, a la sazón arzobispo de Washington, se empeñara en bloquear la difusión de la carta del entonces Prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe, cardenal Josef Ratzinger, al episcopado estadounidense sobre la prohibición de administrar la Comunión a políticos partidarios del aborto constituye indudablemente un respaldo a los políticos demócratas que se dicen católicos, desde John Kerry a Joe Biden. Este último, convencido abortista, se ha ganado el apoyo prácticamente unánime de la jerarquía, pudiendo gracias a ello contar con votos que en caso contrario habrían estado destinados a Trump. Curiosa coincidencia, a decir verdad: por un lado, el estado profundo ha golpeado a la Iglesia y a Benedicto XVI con la intención de elegir como papa a un representante de la iglesia profunda; por otro, la iglesia profunda ha golpeado al Estado y a Trump con miras a elegir a un representante del estado profundo. Juzgue el lector si los planes de los conjurados han logrado el fin que se habrían propuesto.

Esta colusión con la izquierda internacional es la consecuencia inevitable de un proyecto más amplio, en el que las quintas columnas de la disolución en el seno de la Iglesia colaboran con el estado profundo siguiendo un mismo guión y bajo una misma dirección: los protagonistas de este drama representan papeles variados pero escenifican una misma trama en el escenario.

ANALOGÍAS CON LA PANDEMIA Y EL FRAUDE ELECTORAL

Bien mirado, también la pandemia y los pucherazos de EE.UU. muestran inquietantes analogías con el caso McCarrick y con todo lo que pasa en la Iglesia. Los encargados de decidir si hay que quedarse en casa o hay que vacunar a toda la población se valen de medios poco confiables, precisamente porque con ellos pueden falsificar los datos con la complicidad de los grandes medios de difusión. Da igual que el virus tenga un índice de mortalidad parecido al de una gripe estacional o que el número de fallecidos se ajuste al de años anteriores; alguien ha decidido que hay una pandemia y que es necesario derribar la economía mundial para sentar las bases del Gran Reinicio. Los argumentos racionales, las evaluaciones científicas y la experiencia de los científicos serios empeñados en la cura de los pacientes no valen nada al lado del guión que se exige seguir a los actores. Y lo mismo pasa con las elecciones de EE.UU.: ante las pruebas de fraude, que va adquiriendo las características de un auténtico golpe de estado tramado por unas mentes criminales, los medios informativos se obstinan en presentar a Joe Biden como el vencedor, mientras los dirigentes internacionales –la Santa Sede incluida– se apresuran a reconocer su victoria, desacreditar a sus adversarios republicanos y presentar a Trump como un prepotente solitario que está a punto de ser abandonado por los suyos y por la propia primera dama. Da igual que aparezcan en internet numerosos videos presentando las irregularidades cometidas durante el escrutinio, o que surjan centenares de testimonios de fraude; los demócratas, los medios y todo el elenco de actores repiten que Biden es el presidente electo y Trump tiene que irse. Porque en la tierra de la mentira, si la realidad no se ajusta al discurso dominante, lo que hay que corregir y censurar es la realidad. Y así, los millones de personas que se manifiestan en las calles protestando contra el confinamiento o contra los fraudes electorales no existen, simplemente porque no se los muestra en televisión y se los censura en internet, y lo que los medios denuncian como bulos hay que considerar acríticamente que en efecto lo son.

SOMETIMIENTO DE PARTE DE LA JERARQUÍA

No es de extrañar que la  Conferencia Episcopal de EE.UU., puntualmente seguida por la agencia Vatican News y por una afectuosa llamada telefónica de Bergoglio a Biden, se apresura a demostrar su fidelidad al sistema: esos eclesiásticos están metidos de lleno en el asunto y tienen que seguir meticulosamente el papel que se les ha confiado. Hicieron lo mismo a nivel mundial secundando las restricciones por el Covid: cerraron iglesias, ordenaron suspender la liturgia e invitaron además a los fieles a obedecer a las autoridades civiles. El arzobispo de Washington se ha tomado la libertad de criticar la visita oficial del Presidente y su esposa al santuario de San Juan Pablo II, y junto a otros obispos y sacerdotes se ha declarado a favor del movimiento Black Lives Matter. Tanta entrega a la causa les ha valido púrpura cardenalicia hace pocos días. Y no es casual la adhesión al plan mundialista por parte de personajes comprometidos en apoyar el movimiento LGTB, empezando por Cupich, Tobin, Wuerl, McElroy y Stowe. Es significativo, por otra parte, el estruendoso silencio por parte de la Santa Sede y de los obispos de todo el mundo ante los problemas éticos que plantean las vacunas de inminente distribución, hechas con células de fetos humanos abortados. No permita Dios que la especulación sobre la pandemia de las compañías farmacéuticas vea cómo la Iglesia es igualmente objeto de generosos donativos, como ya sucedió con el acuerdo China-Vaticano.

Los vicios y la corrupción unen la iglesia profunda y el estado profundo en una cloaca de delitos y pecados repugnantes en la que los indefensos y los niños son víctima de abusos y violencia cometidos por personajes que al mismo tiempo promueven el aborto, la ideología de género y la libertad sexual para los menores, incluida la de cambiar de sexo.

Igualmente, la inmigración clandestina –promovida para desestabilizar las naciones y anular su identidad– encuentra acuerdo entre la izquierda y la Iglesia de Bergoglio, a pesar de su estrecha relación con el tráfico de menores, el aumento de la criminalidad y la destrucción del tejido social. Es más, se promueve precisamente por ese motivo, del mismo modo que se promueve el enfrentamiento político de cara a las elecciones en EE.UU., la crisis económica debida a la gestión criminal de la pandemia y posiblemente hasta la guerra religiosa con los atentados de matriz islámica y la profanación de iglesias por toda Europa.

NECESIDAD DE UNA VISIÓN DE CONJUNTO

Causa también gran desconcierto que en este panorama perfectamente coherente haya muchos prelados –por no decir la totalidad– que se limiten a analizar los sucesos que tienen que ver con la Iglesia como si sólo tuvieran que ver con ella y no guardaran la menor relación con los acontecimientos sociales y políticos que tienen lugar en todo el mundo. Hay obispos que tímidamente toman posición ante las palabras de Bergoglio que piden la legalización de las parejas de hecho, o ante la incongruencia y las falsedades que se perciben en el informe McCarrick. Pero ninguno de ellos, ni siquiera animado por buenas intenciones, se atreve a denunciar la evidencia, es decir, la existencia de un pacto de iniquidad entre la parte desviada de la jerarquía –la propia iglesia profunda– y la parte desviada del estado, el mundo de la alta finanza y la información. Y sin embargo es tan obvia que debería ser objeto de análisis por muchos intelectuales, en su mayoría seglares.

PÉRDIDA DE CREDIBILIDAD

Es preciso denunciarlo pregonándolo a los cuatro vientos: el informe de la Secretaría de Estado es una vergonzosa y torpe tentativa de dar una semblanza de credibilidad a una pandilla de pervertidos y corruptos al servicio del Nuevo Orden Mundial. Resulta surrealista que esta operación de descarado engaño no la haya realizado el imputado, sino quienes lo debían juzgar, y paradójicamente, junto con él deberían juzgarse también a sí mismos, a sus colegas, sus amigos y todos los que les han garantizado impunidad y los han promovido en su trayectoria.

La credibilidad que merecen los redactores del informe se puede ver en la débil condena de un prelado orgánico al sistema, al que Bergoglio mismo envió como interlocutor de la Santa Sede con la dictadura comunista china y al mismo tiempo desempeñaba cargos oficiales para el Departamento de Estado estadounidense y tenía trato frecuente con los Clinton, Obama, Biden y los demócratas. Esa credibilidad se puede confirmar por el hecho de que a un corrupto homosexual, abusador de menores y corruptor de sacerdotes y seminaristas se han limitado a despojarlo de su dignidad cardenalicia y del estado clerical sin aplicarle la menor pena de arresto ni excomulgarlo por los delitos con que se ha manchado, incluida la solicitatio ad turpia en la confesión, que es uno de los delitos más odiosos que puede cometer un sacerdote. En este proceso tan sumario como lleno de omisiones brilla por su ausencia la dimensión espiritual de la culpa: no se ha excomulgado al culpable, cuando la excomunión es una sanción eminentemente medicinal en orden a la salvación eterna, y tampoco se lo ha exhortado a la penitencia, la enmienda pública y la reparación.

UNA COMISIÓN INDEPENDIENTE

Cuando después de la Segunda Guerra Mundial se celebraron los juicios de Nuremberg contra los criminales nazis, el tribunal estaba presidido por un magistrado ruso encargado de juzgar la invasión de Polonia que, como sabemos, Alemania se repartió con Rusia. No veo mucha diferencia con lo que estamos viendo ahora con la tentativa de achacar las responsabilidades del caso McCarrick a Juan Pablo II, a Benedicto XVI y al que suscribe. El único que queda libre de sospecha en el relato de la Secretaría de Estado, así como de acusaciones siquiera indirectas y de la menor sombra de encubrimiento, es el Argentino.

Sería conveniente constituir una comisión independiente, como esperaba el episcopado estadounidense en noviembre de 2018 pero fue firmemente impedido por la Congregación de los Obispos por orden de Begoglio, que investigase este caso libre de influencias externas y sin ocultar pruebas decisivas. Con todo, dudo que se hiciera caso de unas improbables esperanzas de la Conferencia Episcopal de EE.UU., dado que entre los purpurados del próximo consistorio está el arzobispo de Washington, ejecutor de las órdenes de Santa Marta, junto a los fidelísimos siervos Cupich y Tobin.

Si realmente se arrojara luz sobre todo el asunto, se derrumbaría el castillo de naipes levantado en los últimos años, y se revelaría así la complicidad de altísimos miembros de la Jerarquía, así como la relación con el Partido Demócrata y con la izquierda internacional. Se confirmaría, en suma, lo que muchos no se atreven todavía a admitir: cuál es la labor desempeñada por la iglesia profunda desde la elección de Juan XXIII, sentando las bases teológicas y el clima eclesial que permitiría subordinar la Iglesia al Nuevo Orden Mundial y sustituir al Papa por el falso profeta del Anticristo. Si no ha sucedido aún del todo, no podemos sino dar gracias a la Providencia.

HONRADEZ INTELECTUAL

Supongo que los moderados –tan callados hoy con relación al Covid 19 como para denunciar los fraudes electorales o la farsa del informe McCarrick– se horrorizarán al ver que se pone en tela de juicio el Concilio Vaticano II. También se horrorizan los demócratas cuando se critican las leyes por las que Estados Unidos ha contrariado la voluntad de los votantes. Se horrorizan igualmente los sedicentes expertos cuando se rebaten sus afirmaciones que contrastan con la verdad científica y la evidencia epidemiológica. Se horrorizan los partidarios de la acogida a los inmigrantes ilegales cuando se les hacen ver las estadísticas de homicidios, violaciones, actos violentos y robos cometidos por inmigrantes irregulares. Y se horrorizan los partidarios del lobby gay cuando se pone de manifiesto que los delitos penales de abuso cometidos por sacerdotes son obra de un elevado porcentaje de homosexuales. Ante este rasgado general de vestiduras, me gustaría recordar que bastaría un poco de honradez intelectual y un poco de juicio crítico para reconocer la evidencia por dolorosa que sea.

RELACIÓN ENTRE HEREJÍA Y SODOMÍA

Esta relación intrínseca entre desviación doctrinal y desviación moral se ha hecho evidente con motivo del enfrentamiento con los encubridores del caso McCarrick; los implicados son casi siempre los mismos, tienen los mismos vicios contra la Fe y la moral. Se defienden, se encubren y se promueven unos a otros porque forman parte de un verdadero lobby, o sea, un grupo de poder capaz de influir para su propia ventaja en la acción de los legisladores y en las decisiones del Gobierno y de los máximos órganos de administración.

En el terreno eclesiástico, el lobby se ocupa de eliminar la condena moral de la sodomía, haciéndolo ante todo en su propio provecho, ya que está compuesto en su mayoría de sodomitas. Se adapta al proyecto político de legalizar las aspiraciones de los movimientos LGTB promovidos por políticos no menos viciosos. Es también evidente el papel que ha desempeñado en las últimas décadas la Iglesia Católica –mejor dicho, su parte desviada moral y doctrinalmente– abriendo la ventana de Overton con la homosexualidad, de manera que el pecado contra natura que siempre condenó dejara de ser reconocido en los cada vez más frecuentes escándalos. Si hace cuarenta años causaba horror la noticia de los abusos cometidos por un sacerdote contra un muchacho, desde hace unos años la prensa informa de la irrupción de la policía vaticana en el apartamento del secretario del cardenal Coccopalmerio en el Palacio del Santo Oficio, donde se celebraba una orgía de sacerdotes con drogas y prostitutas. De ahí sólo habrá un paso a la legalización de la pedofilia que desean algunos políticos. El terreno se ha abonado con la teorización de presuntos derechos sexuales de los menores, la imposición de la educación sexual en la escuela primaria por recomendación de la ONU y los intentos de legislar en los parlamentos para reducir la edad de consentimiento, que van todos en una misma dirección. Algún ingenuo –suponiendo que todavía se pueda hablar de ingenuidad– dirá que la Iglesia jamás podrá estar a favor de la corrupción de menores porque ello contradiría el perenne Magisterio católico; pero me limitaré a recordar lo que hace apenas unos años se decía de los supuestos matrimonios homosexuales, la ordenación de mujeres, el celibato eclesiástico y la abolición de la pena de muerte y todo lo que hoy se dice impunemente ante el aplauso del mundo.

LA TRAMA McCARRICK

Lo que señala el informe no es tanto su contenido como lo que calla y oculta tras una montaña de documentos y testimonios, por espeluznantes que sean. Muchos periodistas, y muchísimos eclesiásticos, tenían conocimiento de la escandalosa vida del hombre del capelo rojo, y aun así lo consideraban, maquiavélicamente, útil para los intereses del Partido Demócrata, expresión del estado profundo y del progresismo católico de la iglesia profunda. En el Washingtonian se pudo leer en 2004: «Con un católico polémico en la carrera por la presidencia (John Kerry), el cardenal está considerado por muchos el hombre del Vaticano en Washington, y podría cumplir un papel importante en la selección del próximo papa» (ver aquí). Papel orgullosamente reivindicado en discurso pronunciado el 11 de octubre de 2013 en la Universidad Vilanova y que hoy, con el cardenal Farrell ascendido a camarlengo de la Santa Romana Iglesia por nombramiento de Bergoglio podría concretarse una vez más. Teniendo en cuenta las relaciones de fidelidad que se consolidan entre los miembros de la mafia rosa, es razonable pensar que McCarrick esté todavía en situación de poder intervenir en la elección del Pontífice no sólo mediante la red de amigos y cómplices, algunos de ellos cardenales electores, sino también de participar activamente en el cónclave y en su preparación.

No debemos extrañarnos de que después de constatar el fraude en la elección del presidente de los EE.UU. alguno tratara de manipular también la elección del Sumo Pontífice. No olvidemos que, como ya han señalado varias fuentes, en la cuarta votación del segundo día del último cónclave apareciera una irregularidad en el cómputo de los votos, que se solucionara con una nueva votación, anulando lo previsto en la constitución apostólica Universi Dominici gregis promulgada por Juan Pablo II en 1996.

Es significativo, sin embargo, que si por un lado McCarrick ha sido relevado de sus funciones y reside en un lugar desconocido (donde puede proseguir sin problemas sus funciones paradiplomáticas por cuenta del estado profundo y la iglesia profunda bajo las anónimas vestiduras de laico), por otro todos los que gracias a McCarrick han hecho carrera en la Iglesia siguen en su puesto y hasta han sido ascendidos. Todos estos personajes a los que ha promovido en razón de un modo de vida común y unas mismas intenciones. Todos son chantajeables y chantajistas gracias a los secretos que han llegado a conocer desde su posición. Algunos podrían tal vez ser obligados a obedecer al Sr. McCarrick si él los pone entre la espada y la pared o puede corromperlos con las ingentes cantidades de dinero que tiene a su disposición, aunque ya no sea príncipe de la Iglesia.

La trama urdida por este cardenal está como vemos en condiciones de interferir y actuar en la vida de la Iglesia y de la sociedad, con la ventaja de haber cargado sobre un conveniente chivo expiatorio todas las culpas de la mafia rosa y de que está pareja ajena a las acusaciones de abuso. Pero basta con traspasar la cancela de la Puerta Angélica para toparse con personajes impresentables, algunos de los cuales han sido llamados al Vaticano para sustraerlos a las investigaciones que pendían sobre ellos en el extranjero. Otros son, además, asiduos a la Casa Santa Marta, o cumplen funciones directivas, consolidando la trama de connivencias y complicidades bajo la mirada consentidora del Príncipe. Por otro lado, el hincapié en la labor moralizadora de Bergoglio se estrella contra la cruda realidad de que nada ha cambiado tras la Muralla Leonina en vista de la protección de que gozan entre otros Peña Parra y Zanchetta.

NO SE HA CONDENADO LA SODOMÍA

Algunos comentaristas han señalado con razón un dato desgarrador: que los delitos por los que se ha juzgado a McCarrick sólo tienen que ver con los abusos de menores, mientras que las relaciones contra natura cometidas con adultos con mutuo consentimiento se aceptan y toleran como si tal cosa, como si tan deplorables actos inmorales y sacrílegos de sodomía realizados por sacerdotes no merecieran condena, sino sólo la imprudencia de no haber sabido mantenerlo en el secreto de las cuatro paredes domésticas. A su debido tiempo también habrá que pedir cuentas a los responsables. Sobre todo teniendo en cuenta la cada vez más patente voluntad de Bergoglio de aplicar un enfoque pastoral laxista, según el método experimentado con Amoris laetitia, derogando la condena moral de la sodomía.

LOS CULPABLES Y LAS VÍCTIMAS DE LOS ESCÁNDALOS

La paradoja que surge de los escándalos del clero es que lo que menos preocupa al círculo mágico de Bergoglio es hacer justicia a las víctimas, no sólo compensándolas (cosa que tampoco hacen los culpables; lo han hecho las diócesis con el dinero de los fieles) sino también castigando de modo ejemplar a los culpables. Y no sólo habría que castigar los delitos reconocidos en el código penal por las leyes de los estados, sino también los delitos morales a causa de los cuales personas mayores de edad han sido inducidas por ministros sagrados a cometer pecados graves. ¿Quién curará las heridas del alma, quién lavará las manchas de impureza de tantos jóvenes, entre los que hay seminaristas y sacerdotes? Parece por el contrario sólo se consideran verdaderas víctimas los que han sido sorprendidos y expuestos a la vergüenza pública; se sienten afectados en sus intereses, en sus intrigas, en tanto que sólo se considera culpables a quienes han denunciado los escándalos, quienes han pedido justicia y verdad, empezando por sacerdotes que han sido alejados o privados de la cura de almas por haber tenido la osadía de informar a su obispo de las perversiones de uno de sus hermanos.

LA SANTA IGLESIA ES VÍCTIMA DE LOS DELITOS DE SUS MINISTROS

Hay, además, otra víctima completamente inocente de estos escándalos: la Santa Iglesia. La imagen de la Esposa de Cristo ha sido cubierta de fango, ultrajada, humillada y desacreditada porque quienes han cometido esos delitos disfrutaban de la confianza que despertaba el hábito que vestían, valiéndose de su posición de sacerdote o prelado para atrapar y corromper almas. De ese descrédito de la Iglesia son también culpables cuantos en el Vaticano, en las diócesis, los conventos, las escuelas católicas y las diversas organizaciones religiosas –pensemos en los Boy Scouts– no han extirpado de raíz esa plaga y la han ocultado y negado. Es ya evidente que esta invasión de homosexuales y pervertidos ha sido programada y prevista; no se trata de un hecho fortuito debido a una falta de control, sino de un plan concreto de infiltración sistemática de la Iglesia para demolerla desde dentro. De ella tendrán que responder al Señor aquellos a los cuales había confiado el gobierno de su Esposa.

Con todo, nuestros adversarios olvidan que la Iglesia no es una agrupación de personas sin rostro que obedecen ciegamente a mercenarios, sino un Cuerpo vivo con una Cabeza divina, Nuestro Señor Jesucristo. Pensar que se pueda matar a la Esposa de Cristo sin que intervenga el Esposo es una locura que sólo Satanás puede creer posible. De hecho, él mismo se dará cuenta al crucificarla y cubrirla de esputos y latigazos así como crucificó al Salvador hace dos mil años, está sellando su derrota definitiva. O mors, ero mors tua; morsus tuus ero, inferne.

+Carlo Maria Viganò, arzobispo

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

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domingo, 8 de marzo de 2020

Sres. Obipos: los billetes y monedas sí transmiten virus, la eucaristía no.


El pasado viernes se anunció por parte del Ministerio de Salud la confirmación del primer caso de detección del Coronavirus en Colombia, por lo cual llamó a medidas de higiene y prevención del contagio. La Conferencia Episcopal, siguiendo el ejemplo de otros países ha expedido un comunicado en el que ordenan sacrílegamente que "la comunión debe recibirse en la mano".
7. La comunión eucarística debe recibirse en la mano. Los sacerdotes han de instruir a los fieles sobre la forma de hacerlo, especialmente sobre la necesidad de que quien comulga se lleve a la boca inmediatamente la hostia consagrada a la vista del ministro.
 Ante la instrucción episcopal, que en absoluto se compadece con prevenir el contagio del Coronavirus y por el contrario más parece una excusa para implantar la desacralización de la Eucaristía que en Colombia jamás ha sido aceptada por los fieles, nos permitimos recordar algunos hechos para su consideración:
  1. El número de casos de Coronavirus reportados a lo largo del mundo está más relacionado con el número de pruebas practicadas y menos con la real expansión del virus. Así mismo, la letalidad del Coronavirus no está muy lejos de la Gripe común, y la mayoría de personas que han muerto por el virus eran mayores de 70 años o tenían antecedentes respiratorios o cardiovasculares. Visto lo anterior, es muy probable que mucha gente ya haya incubado y transmitido el Coronavirus sin distinguirlo de una gripa común y corriente. El pánico mediático ha llevado a sobreestimar los efectos de la pandemia y a exagerar las medidas preventivas.
  2. Las manos son la parte del cuerpo más expuesta a transmitir el virus, dado que con las manos tocamos todo lo que está en contacto con otra gente, y por lo tanto es mucho más contagioso recibir las formas en la mano y luego llevarlas a la boca. El sacerdote se ha lavado las manos durante el Ofertorio, los fieles no sólo no tienen cómo hacerlo durante la misa, sino que en ese mismo instante están tocando billetes y monedas para la limosna, lo cual hace que durante la comunión sus manos estén seguramente sucias y representen un grave peligro de contagio. Si los obispos están sinceramente preocupados por el Coronavirus, deberían ordenar que la comunión sólo se reciba en la boca.
  3. El número de personas repartiendo la comunión sí que puede aumentar el riesgo de Coronavirus. Si el sacerdote teme estar contagiado del Coronavirus bien puede abstenerse de celebrar la misa y encargársela a otro, pero si además del sacerdote hay otras cinco y ocho personas repartiendo la comunión, es mucho más probable que alguna de ellas sea portadora del Coronavirus sin saberlo, y termine transmitiéndolo a toda la comunidad parroquial. Si los obispos están sinceramente preocupados por el Coronavirus deberían suspender el uso de Ministros "extraordinarios" de la Comunión durante las eucaristías. 
  4. La OMS ha encontrado que los billetes y monedas son uno de los principales mecanismos de transmisión del Coronavirus. Algo que no ha hecho más que confirmar la sabiduría popular al respecto: Los billetes van de mano en mano y son uno de los mayores transmisores de enfermedades y bacterias. Durante las eucaristías, es mucho más probable que una persona sea contagiada por el contacto con dinero durante las ofrendas, que por la recepción de la comunión. Si los obispos están sinceramente preocupados por el Coronavirus, deberían suspender temporalmente la recepción de la limosna durante las eucaristías. 
  5. En 2009 la Sagrada Congregación para el Culto Divino fue consultada acerca de la posibilidad de prohibir la comunión en la boca a causa de una epidemia de gripe en los Estados Unidos. La respuesta de la Congregación fue negativa, pues “cada uno de los fieles tiene siempre el derecho a recibir la Santa Comunión en la lengua” (Redemptionis Sacramentum, 92), y no es lícito negar la Sagrada Comunión a ningún fiel cristiano a quien no impida la ley recibir la Sagrada Eucaristía”. Los obispos no tienen la potestad de ordenar la comunión en la mano, máxime cuando la norma establece que la comunión debe recibirse en la boca, y el recibirlo en la mano corresponde una excepción a la norma.
En conclusión, si tu párroco dice que por el temor ante el Coronavirus sólo se va a distribuir la comunión en la mano, recuérdale y a los demás fieles, que el contacto de las manos con billetes es mucho más insalubre y representa mayor riesgo de contagio que el contacto con la eucaristía, y que por su salud y la de los demás fieles, deberían abstenerse de llevar dinero a las eucaristías mientras pasa el temor ante la epidemia.
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domingo, 1 de marzo de 2020

Sobre la cuestión del Papa verdadero, por Mons. Athanasius Schneider

Reproducimos la última Carta Pastoral de Mons. Athanasius Schneider, Obispo Auxiliar de Astana, Kazakstán, traducida al español por InfoCatólica.

Sobre la cuestión del verdadero Papa a la luz de la opinión sobre la pérdida automática del ministerio papal debido a la herejía y la especulación sobre la renuncia de Benedicto XVI. 

Athanasius-Schneider-3-cópiaLa hipótesis de la posibilidad de un Papa hereje proviene del decreto de Graciano (dist. XL, cap. 6, col. 146) del s. XII. Según la opinión expresada en este decreto, el Papa no puede ser juzgado por ninguna autoridad humana, excepto si ha incurrido en herejía (a nemine est iudicandus, nisi deprehendatur a fide devius). Basándose en este espurio decreto erróneamente atribuido a San Bonifacio (+754) y aceptado por Graciano, los teólogos medievales y los de los siglos posteriores mantuvieron la hipótesis de que pudiese haber un Papa hereje como una posibilidad, pero no con certeza. La condenación final de un Papa en caso de herejía por un así llamado Concilio de Obispos imperfecto corresponde a la tesis del conciliarismo mitigado. La tesis herética del conciliarismo mantiene que un Concilio es superior al Papa. 
Incluso si, según la opinión de que se pudiese perder automáticamente el ministerio petrino debido a una herejía, el juicio de esta pérdida fuese hecho por el Papa sobre sí mismo, y automáticamente dejase de ser Papa sin ningún otro juicio hecho por la Iglesia, tal opinión contendría una contradicción y revelaría un indicio de cripto-conciliarismo. De acuerdo con esta opinión, el Colegio cardenalicio o un grupo de obispos tendrían que emitir una declaración oficial sobre el hecho de la pérdida automática del ministerio petrino debido a una herejía. Según otra opinión, esta pérdida sería equivalente a una renuncia de tal ministerio. Sin embargo, tenemos que tener en mente la inevitable posibilidad de que hubiese un desacuerdo entre los miembros del Colegio cardenalicio o entre los obispos referente a si un Papa puede o no ser culpable de herejía. Por tanto, siempre habrá dudas con respecto a la pérdida automática del ministerio papal. 
El Papa como tal no puede incurrir en herejía formal en el sentido de que él pronunciaría una herejía ex catedra. Pero según algunos famosos teólogos tradicionales, el Papa podría propiciarla o incurrir en ella como persona privada o incluso también como Papa, pero sólo en su Magisterio ordinario de modo no definitivo, que no es infalible. 
San Roberto Belarmino opinaba que “un Papa que es manifiestamente hereje, deja de ser Papa y cabeza, al igual que deja de ser cristiano y miembro del Cuerpo de la Iglesia: por lo tanto, puede ser juzgado y castigado por la misma”. (De Romano Pontifice, II, 30). La opinión de este santo y otras similares sobre la pérdida del ministerio petrino debido a una herejía está basada en el decreto falso de Graciano en el Corpus Iuris Canonici. 
Dicha opinión nunca ha sido explícitamente aprobada por el Magisterio o apoyada por el Romano Pontífice en una enseñanza expresa sobre su validez doctrinal, durante un considerable período de tiempo. De hecho, este asunto nunca ha sido decidido por el Magisterio de la Iglesia y no es una doctrina definitiva perteneciente al Magisterio universal y ordinario. Tal opinión es apoyada sólo por teólogos, ni siquiera por todos los Padres de la Iglesia desde la Antigüedad. No fue enseñada unánime y universalmente por los obispos y Papas en su Magisterio constante. Ni Graciano, ni San Roberto Belarmino, ni San Alfonso, ni otros teólogos de renombre aseveraron con sus opiniones una doctrina del Magisterio de la Iglesia. Algunas de las intervenciones individuales de los Padres del Concilio Vaticano I, que parecían apoyar la postura de la pérdida automática del ministerio petrino debido a herejía, son consideradas como opiniones personales, no como enseñanza formal de dicho Concilio. Y si algunos Papas (como por ejemplo Inocencio III o Pablo IV) parecían apoyar esta postura, esto no es una prueba para la perenne enseñanza del Magisterio ordinario y universal. No se puede citar al Papa Gregorio XVI para apoyar dicha opinión, ya que él fue partidario de esta tesis en su libro “El triunfo de la Santa Sede y la Iglesia contra los ataques de los innovadores” antes de ser Papa, por lo tanto, no pertenece a su Magisterio Papal. 
La pérdida automática del ministerio petrino de un Papa hereje no sólo implica aspectos prácticos y jurídicos de la vida de la Iglesia, sino también doctrinales, en este caso, eclesiológicos. En una materia tan delicada, no se puede seguir una opinión, aunque haya sido apoyada por teólogos renombrados (tales como San Roberto Belarmino o San Alfonso) durante un período considerable de tiempo. En cambio, se debe esperar una decisión formal y explícita del Magisterio de la Iglesia, una decisión que el Magisterio aún no ha promulgado. 
Por el contrario, el Magisterio de la Iglesia, desde Pío X y Benedicto XV, parece que rechazó dicha opinión, ya que la formulación del espurio decreto de Graciano fue eliminada en el Código de Derecho Canónico de 1917. Los artículos que se referían a la pérdida automática del ministerio eclesiástico debido a herejía en el Código de Derecho Canónico de 1917 (artículo 188 §4) y en el de 1983 (artículo 194 §2) no son aplicables al Papa, porque la Iglesia eliminó deliberadamente del Código de Derecho Canónico la siguiente formulación tomada del anterior Corpus Iuris Canonici: “a menos que el Papa se desvíe de la fe (nisi deprehendatur a fides devius)”. Por este acto, la Iglesia manifestó su comprensión, la mens ecclesia, de  este asunto crucial. Incluso si uno no está de acuerdo con esta conclusión, la materia sigue siendo al menos dudosa. En este tipo de asuntos dudosos, sin embargo, no se puede proceder con actos concretos que tienen implicaciones fundamentales para la vida de la Iglesia, tales como por ejemplo no nombrar a un Papa supuestamente hereje o elegido inválidamente en el Canon de la misa o en la preparación de una nueva elección papal. 
Incluso si uno apoya la postura de la pérdida del ministerio papal debido a herejía, en el caso del Papa Francisco, ni el Colegio de Cardenales ni un grupo representativo de obispos han emitido una declaración con respecto a dicha pérdida, en la que se especifique los pronunciamientos heréticos concretos y la fecha en la que ocurrieron. 
Según la postura de San Roberto Belarmino, un solo obispo, sacerdote o fiel laico no puede afirmar el hecho de la pérdida del ministerio petrino debido a herejía. 
En consecuencia, incluso si sólo un obispo o un sacerdote está convencido de que el Papa Francisco ha incurrido en herejía, no tiene autoridad para eliminar su nombre del Canon de la Misa. 
Aunque se estuviese de acuerdo con la opinión de San Roberto, aún hay dudas en el caso del Papa Francisco, y ni el Colegio de cardenales ni ningún grupo de obispos ha hecho ninguna declaración afirmando la pérdida automática del ministerio papal, informando a toda la Iglesia sobre este hecho. 
Los fieles católicos pueden moralmente (pero no canónicamente) distanciarse de las enseñanzas y de los actos erróneos o malos de un Papa. Esto ha ocurrido ya varias veces a lo largo de la historia de la Iglesia. Sin embargo, dado el principio de que se debería dar el beneficio de la duda a un superior (in dubio pro superiore semper sit praesumendum), los católicos deberían considerar también las enseñanzas correctas del Papa como parte del Magisterio de la Iglesia, sus decisiones correctas como parte de la legislación de la Iglesia, y sus nombramientos de obispos y cardenales como válidos. Porque aún en el caso de que uno suscribiese la opinión de San Roberto Belarmino, la declaración necesaria de cese automático del ministerio petrino aún no ha sido formulada. 
Un “distanciamiento” moral e intelectual de las enseñanzas erróneas de un Papa también implica resistir sus errores. Sin embargo, esto siempre debería hacerse con el respeto debido al ministerio petrino y a la persona del Papa. Santa Brígida de Suecia y Santa Catalina de Siena, que amonestaron ambas a los Papas de su tiempo, son buenos ejemplos de tal respeto. San Roberto Belarmino escribió: “Tal como es lícito resistir al Pontífice que ataca al cuerpo, también es lícito resistir al que ataca al alma o destruye el orden civil o, sobre todo, intenta destruir la Iglesia. Yo digo que es lícito resistirle no haciendo lo que ordena, e impidiendo la ejecución de su voluntad”. (De Romano Pontifice, II, 29). 
Advertir a la gente sobre el peligro de las enseñanzas y actos erróneos de un Papa no requiere convencerlos de que no es el Papa verdadero. Esto es debido a la naturaleza de la Iglesia católica como una sociedad visible, en contraste con el protestantismo y con la teoría de un conciliarismo o semi-conciliarismo, donde las convicciones de un individuo o de un grupo particular dentro de la Iglesia se considera que tienen un efecto sobre el hecho de quién es el verdadero y válido pastor en la Iglesia. 
La Iglesia es lo suficientemente fuerte y tiene los medios para proteger a los fieles del daño espiritual de un Papa hereje. En primer lugar, está el sensus fidelium, el sentido sobrenatural de la fe (sensus fidei). Es un don del Espíritu Santo, por el que los miembros de la Iglesia poseen el verdadero sentido de la fe. Este es un tipo de instinto espiritual y sobrenatural que hace que el fiel sentire cum Ecclesia (piensen con la mente de la Iglesia) y discierna lo que está en conformidad con la fe católica y apostólica dada por todos los obispos y Papas, a través del Magisterio Ordinario Universal. 
Deberíamos recordar las sabias palabras que el cardenal Consalvi le dijo a un furioso emperador Napoleón cuando éste amenazó con destruir la Iglesia: “Lo que nosotros, es decir el clero, hemos tratado de hacer y no hemos conseguido, no lo va a conseguir usted con toda seguridad”. Parafraseando estas palabras, podríamos decir: “Ni un Papa hereje puede destruir la Iglesia”. El Papa y la Iglesia no son lo mismo. El Papa es la cabeza visible de la Iglesia Militante en la tierra, pero al mismo tiempo él también es un miembro del Cuerpo Místico de Cristo. 
El sentire cum Ecclesia requiere de un verdadero hijo o hija de la Iglesia que elogie al Papa cuando hace lo correcto, y que le pida que haga aún más y que pida a Dios que lo ilumine para que se convierta en un heraldo valiente y defensor de la fe católica. 
El anterior Papa Benedicto XVI ya no es Papa. Basta con releer la parte más importante de su declaración de renuncia para darse cuenta de lo que significa. Las siguientes afirmaciones de Benedicto XVI eliminan cualquier duda razonable sobre la validez de su abdicación, y su reconocimiento del Papa Francisco como único y verdadero Papa: “Y entre vosotros, entre el Colegio Cardenalicio, está también el futuro Papa, a quien ya hoy prometo mi incondicional reverencia y obediencia”. (Discurso de despedida a los cardenales, 28 de febrero 2013). “He dado este paso con plena conciencia de su importancia y también de su novedad, pero con una profunda serenidad de ánimo”. (Última Audiencia general, 27 de febrero 2013). ”No hay la menor duda sobre la validez de mi renuncia al ministerio petrino. La única condición para la validez es la total libertad de la decisión. La especulación sobre la invalidez de la renuncia es simplemente absurda”. (Carta a Andrea Tornielli, 18 de febrero 2014, publicada en La Stampa el 27 de febrero del mismo año). Durante una conversación con un periodista del periódico italiano Corriere della Sera, el anterior Papa, Benedicto XVI dijo: ”El Papa es uno, y es Francisco”. Estas palabras de Benedicto XVI fueron publicadas en la edición escrita de ese periódico el 28 de junio de 2019 y anticipadas en la versión italiana de Vatican News el 27 de junio del mismo año. 
La Iglesia es una sociedad visible. Por lo tanto, lo que era esencial para la culminación de la renuncia de Benedicto XVI no eran sus posibles pensamientos sino lo que declaró públicamente, ya que la Iglesia no juzga las intenciones internas (de internis non iudicat Ecclesia). Los posibles actos ambiguos del Papa Benedicto XVI, como vestir sotana blanca, mantener su nombre, impartir la bendición apostólica, etc… no afectan el significado inequívoco de su renuncia. Muchas de sus palabras y acciones comprobables e inequívocas después de su renuncia confirman también que considera que el Papa es Francisco y no él. 
Declarar que el Papa Francisco sea un Papa inválido, ya sea debido a sus herejías o a una elección no válida (en razón de la supuesta violación de las normas del Cónclave o porque el Papa Benedicto XVI sea aún el Papa basándose en la invalidez de su renuncia) son acciones desesperadas y subjetivas destinadas a remediar la crisis actual sin precedentes del Papado. Son puramente humanas y revelan una miopía espiritual. Tales empeños llevan a un punto muerto, a un callejón sin salida. Dichas soluciones revelan un planteamiento pelagiano implícito, para resolver un problema con medios humanos; ciertamente un problema, que no puede ser resuelto mediante esfuerzos humanos, sino que requiere una intervención divina. 
Sólo necesitamos examinar los casos similares de deposición de un Papa o de declaración de invalidez de su elección en la historia de la Iglesia para ver que provocaron aspirantes rivales y enfrentados por el ministerio petrino. 
Tales situaciones causaron más confusión en la Iglesia que el tolerar a un Papa hereje o cuya elección fuese dudosa según la visión sobrenatural de la Iglesia y la confianza en la Providencia Divina 
La Iglesia no es en última instancia humana, sino una realidad divina y humana. Es el Cuerpo Místico de Cristo. Los intentos para resolver esta crisis actual del Papado que se apoyan en la opinión de San Roberto Belarmino con su solución concreta, o refugiarse en la teoría no probada de que Benedicto XVI sigue siendo el único Papa verdadero, están destinada al fracaso desde el principio. La Iglesia está en las manos de Dios, incluso en los tiempos más oscuros. 
No debemos dejar de proclamar la verdad católica y advertir y amonestar cuando las palabras y acciones del Papa claramente dañan a los fieles. Pero como verdaderos hijos de la Iglesia lo que deberíamos hacer ahora es lanzar una seria cruzada mundial de oración y penitencia para implorar una intervención divina. Confiemos en las palabras del Señor: “Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, aunque los haga esperar?” (Lucas 18, 7). 
 28 de febrero 2020.
+ Athanasius Schneider, obispo auxiliar de la archidiócesis de Santa María en Astana.
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