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lunes, 20 de julio de 2026

ALERTA: Gobierno Petro se despide imponiendo la Ideología de Género a todos los niveles del Estado


El gobierno Petro, sabiendo próximo su desalojo del Palacio de Nariño, no ha querido irse sin dejarle al país un regalo cuyo hedor tardará mucho en ser limpiado, de forma que permanezca en nuestra memoria el recuerdo de la podredumbre que durante los últimos cuatro años fue esparcida desde la presidencia a todo el país. El pasado 10 de julio los ministerios de Salud, Educación, Trabajo y Culturas expidieron la Resolución Conjunta 1350 de 2026. Con el título de "Política Nacional Intersectorial de Sexualidad, Derechos Sexuales y Derechos Reproductivos", este acto administrativo de 106 páginas impone por decreto la ideología de género en todos los niveles del Estado y de la sociedad colombiana.

Tras la derrota de la “Ley Trans” en el Congreso, el gobierno Petro ha querido expedir, por vía de decreto, obviando todo debate público al respecto, una norma aún peor. El objetivo declarado de la política pública es la transformación de la sociedad y la cultura colombiana en función de la ideología de género, y para ello se propone utilizar todos los instrumentos coercitivos del Estado.

Propiciar la transformación de normas sociales y de género para fortalecer relaciones basadas en el respeto y en el reconocimiento de la sexualidad como un aspecto central del ser humano a lo largo del curso de la vida.

El “Estado proxeneta”

La política pública introduce en la legislación colombiana el "derecho al placer sexual". En la página 28 del anexo se establece textualmente:

"La WAS declara que el acceso a experiencias sexuales placenteras, seguras y libres de violencia es un derecho humano, e insta a integrar el placer sexual en la educación, la atención en salud y las políticas públicas." (Pág. 28)

Más adelante, en la página 61, se reconoce como un derecho sexual explícito:

"Derecho a explorar y a disfrutar de una vida sexual placentera. Todas las personas tienen derecho a explorar y disfrutar de una vida sexual placentera y vivir su sexualidad de manera libre, segura y satisfactoria, sin miedo, culpa, coerción o discriminación. Incluye la posibilidad de experimentar, descubrir y expresar la sexualidad de acuerdo con las propias sensaciones, deseos y límites, siempre en un marco de respeto y consentimiento mutuo; e implica la protección frente a normas, creencias o prácticas que repriman, sancionen o castiguen el disfrute sexual legítimo y consensuado." (núm. 4.2)

Se trata de establecer el hedonismo como principio fundamental del orden social colombiano, la instauración del “derecho al orgasmo”. El “libre desarrollo de la animalidad” de forma explícita y en todo su esplendor. Aunque lo disimulen con el lenguaje de los derechos humanos, es también evidente su carácter unilateral y violento, de ahí que cada uno de esos “derechos” creados, incluya en su descripción el señalamiento de a quienes se considera como enemigos a derribar.

Derecho a vivir y expresar libremente la orientación sexual, la identidad de género o la expresión de género. Todas las personas tienen derecho a la libertad de pensamiento, culto, opinión y expresión en relación con su sexualidad, orientación sexual, identidad y expresión de género, sin interferencias ni restricciones basadas en creencias culturales dominantes, ideologías políticas o argumentos discriminatorios relacionados con el orden público, la moral, la salud pública o la seguridad. Este derecho reconoce la diversidad como un principio fundamental y protege la autonomía de cada individuo para definirse y expresarse conforme a sus sentimientos, vivencias y convicciones.

Derecho a recibir información y educación integral en sexualidad actualizada, veraz, científica, laica y ajustada y adaptada a los diferentes momentos del curso de vida. Todas las personas, sin ningún tipo de discriminación, tienen derecho a recibir educación e información integral sobre sexualidad que sea accesible, actualizada, veraz, basada en la evidencia, laica, culturalmente pertinente y adecuada a cada momento del curso de vida. Este derecho es fundamental para fortalecer la autonomía, el bienestar y la capacidad de tomar decisiones informadas, libres y responsables, permitiendo el ejercicio pleno de la sexualidad y de la ciudadanía en los ámbitos privado, público y político.

No sólo se declara la obligación del Estado de garantizar el libertinaje sexual y el adoctrinamiento de los menores, sino que se incluye el ataque directo a todo aquello que se oponga a ello, llámese costumbre, moral, religión, higiene, etc. Se repite el grito de los habitantes de Sodoma, amenazando a Lot por no dejarlos violar a los ángeles que había recibido en su casa.

Nótense, además, la flagrante contradicción entre ambas declaraciones: mientras se insiste con el trillado lema de la “educación basada en evidencia”, en virtud del cual se ha pretendido vender como ciencia lo que no es más que un adoctrinamiento ideológico y moral, en el párrafo anterior se dice que las conductas pervertidas no pueden ser restringidas por razones de “salud pública o seguridad”. ¿Cuál es esa supuesta “evidencia” que soporta el adoctrinamiento inmoral, si de entrada se condena señalar, por ejemplo, la correlación entre promiscuidad sexual y proliferación de las ITS?

Tengan presente que no existe ninguna salvedad que limite estos "derechos" respecto de los menores de edad. Por el contrario, la política es explícita en declarar que la Educación Sexual comienza desde la “primera infancia”. Ya hemos visto sobradamente cómo se crean nuevos “derechos” sin otra intención más que utilizarlos como arma para derribar otros derechos contrarios, y habilitar el uso totalitario del poder público. En este caso, tales derechos no son más que el instrumento para la abolición de la patria potestad y la corrupción de los menores por parte del Estado. En palabras del Ministro de Salud: “Los hijos son del Estado”.

La ideología de género como nueva “religión oficial”

La política pública impone el “enfoque de género” como un principio transversal que debe regir todas las instituciones del Estado y, lo que es más grave, todas las entidades privadas que desarrollen actividades de "interés público". Así, por ejemplo, el artículo 19 obliga a todas las “instituciones educativas oficiales y privadas de preescolar, básica y media”, a incorporar la ideología de género en sus PEI y planes de estudio, el artículo 12 impone la misma ideología a las EPS, mientras el artículo 13 extiende esa imposición a todas las IPS, profesionales independientes de la salud, “y las entidades con objeto social diferente a la prestación de servicios de salud”.

No hay escapatoria. Si usted tiene un colegio, una clínica, una empresa, o simplemente recibe recursos del Estado, está obligado a adoptar la ideología de género so pena de sanción.

La política también convierte el aborto, la anticoncepción, la fertilización in vitro y los tratamientos de “cambio de sexo” en prestaciones obligatorias del sistema de salud, sin posibilidad de objeción de conciencia institucional, y con restricciones injustificadas a la objeción de conciencia individual.

El artículo 15 obliga a todas las IPS a tener disponibles “kits” de aborto en todos los servicios de urgencias y hospitalización. El primer parágrafo establece que estos kits deben incorporarse como parte del “paquete inicial mínimo” de atención “en situaciones de emergencia, desastre o crisis humanitaria”. El mismo artículo obliga a las IPS a tener disponibles “anticonceptivos de emergencia”, es decir, aborto químico, como parte de los kits de atención inmediata. Todo el numeral 4.6. de la Política Pública apunta a la promoción abierta del aborto, “incluyendo la modalidad de telemedicina y el acompañamiento remoto” (aborto casero), y la implementación de “mecanismos de vigilancia, investigación y sanción ante barreras” como “el indebido ejercicio de la objeción de conciencia”.

En el numeral 5.4 de la política, se abre además la puerta para la promoción pública de la “atención en procesos de afirmación de género”, es decir, los tratamientos de “cambio de sexo”,

"Incorporar el enfoque afirmativo, culturalmente pertinente y libre de patologización para personas trans y no binarias, dentro de las atenciones en salud mental, la salud sexual y la salud reproductiva." (5.4.2.) y “Implementar medidas para facilitar el cambio de nombre, sexo o género en documentos oficiales sin requisitos patologizantes o judiciales” (5.4.4.)

El núcleo de la política está en la introducción abierta y sin escrúpulos de la Ideología de Género como principio fundamental en la educación, pública o privada, incluso desde el preescolar. Desde el primer objetivo estratégico se habla de “la garantía de la EIS y los derechos sexuales y reproductivos en la educación preescolar, básica, media y superior”. Como lo señalamos arriba, para los autores de la política, los niños de preescolar son sujetos de “derechos sexuales”, como el tal “derecho al placer sexual” anteriormente citado.

El artículo 19 es un ataque directo contra la libertad de enseñanza y el derecho de los padres a elegir la educación de sus hijos:

"Las instituciones educativas oficiales y privadas deberán incorporar de manera transversal, participativa y con enfoque de derechos humanos, género e interseccionalidad, los contenidos de la Política Nacional Intersectorial de Sexualidad y Derechos Sexuales y Derechos Reproductivos en los Proyectos Educativos Institucionales (PEI), planes de estudio y prácticas pedagógicas."

El artículo 18, numeral 1, ordena a las secretarías de educación:

"Vigilar que los contenidos de la Política Nacional Intersectorial de Sexualidad, Derechos Sexuales y Derechos Reproductivos se incorporen progresivamente de manera transversal, participativa y con enfoque de derechos humanos, género e interseccionalidad en los Proyectos Educativos Institucionales (PEI), Proyectos Educativos Comunitarios, los planes de estudio y las prácticas pedagógicas de todas las instituciones educativas del territorio nacional.”

El anexo técnico, establece el establecimiento de la llamada “Educación Integral en Sexualidad (EIS)” como el Objetivo Específico número 1 de toda la política. No sólo es explícito en declarar su inclusión en todos los niveles educativos, “educación preescolar, básica, media y superior”, sino que incluso pretende “Extender la implementación de la EIS a espacios no escolares, garantizando su incorporación en entornos familiares, comunitarios, laborales, institucionales, de salud y digitales.” Nadie ni nada está a salvo: La Ideología de Género, como ideología del partido en el poder, debe estar en todos y en todo, nada puede escaparse al Estado Total.

La pelota en manos del nuevo presidente

Este decreto pone en las manos de Abelardo De la Espriella la oportunidad de demostrar con hechos su discurso de campaña sobre proteger a la familia como célula básica de la sociedad. Sólo tiene que derogar esa resolución el mismo día de su posesión. Sin embargo, que baste con ese gesto para contentar al electorado conservador es, tal vez, el mayor de los riesgos que enfrentamos.

No basta con apagar la máquina de implantación ideológica de la inmoralidad, mientras la máquina siga ahí en perfecto estado y lista para que cuatro años después vuelva el progresismo al poder para ponerla en marcha y continuar exactamente donde se había quedado. No podemos contentarnos con menos que destruir todos los mecanismos utilizados por el gobierno Petro y declarados en esta misma resolución.

Debemos exigir al gobierno medidas reales que impidan cualquier nuevo intento por parte de gobiernos futuros. Por ejemplo:

  • Crear mecanismos de protección del Derecho a la objeción de conciencia por parte del personal sanitario, que impidan hablar del uso “indebido” de un derecho fundamental, creando restricciones incompatibles con la redacción del artículo 18 de la Constitución.
  • Crear mecanismos para la objeción institucional de las entidades religiosas, al tenor del literal g) del artículo 7° de la Ley Estatutaria 133 de 1994.
  • Crear mecanismos concretos que permitan a los padres impedir que sus hijos reciban contenidos abiertamente contrarios a sus convicciones morales, de acuerdo con el literal h) del artículo 6° de la Ley Estatutaria 133 de 1994.
  • Establecer una protección general para el Derecho a la Inocencia de los niños, al tipificar su exposición a la propaganda LGBTI+ e Ideología de Género como una forma de abuso sexual y psicológico contra los menores, según el artículo 18 de la Ley 1098 de 2006, y más explícitamente, el numeral 4° del artículo 20 de la misma.

Quisiera insistir en el hecho de que todos estos derechos ya han sido reconocidos por la ley, y al tratarse de la reglamentación de derechos fundamentales, hacen, constituyen materia constitucional que debía haberse tenido en cuenta en las discusiones al interior de la Corte. El hecho de que ni la Corte ni los gobiernos hayan recurrido a estas normas sólo puede suponer una ignorancia supina y movida por el interés de llegar a un resultado predeterminado. Ahora le toca a De la Espriella mostrar si la retórica de campaña, si la conversión religiosa del presidente electo, tenía algún fundamento o sólo hacía parte del mercadeo electoral.


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lunes, 13 de junio de 2022

Editorial: No existe la “doctrina del mal menor” en la moral católica.

InfoCaótica: El mal menor no es un pecado menor

Desde la fundación de Voto Católico Colombia, hemos señalado al ´”voto útil” como el enemigo del Voto Católico, que debe siempre ser en conciencia. Cada cuatro años, los buenos candidatos que se han presentado, especialmente en las elecciones legislativa, han sido sistemáticamente abandonados por el voto de los católicos, quienes ante el temor infundido por la izquierda, han decidido votar por “el candidato con opciones” que al salir elegidos han participado y apoyado la misma agenda progresista de la izquierda.

Esa misma lógica malsana es la que cada cuatro años vende a los católicos un mal candidato, un candidato abortista, eugenista, eutanasista homosexualista, con la excusa de que es un “mal menor” al ser comparado con el candidato de la izquierda. En los años anteriores el nombre de “mal menor” hacía referencia a que la elección era entre un candidato que defendía la legalización total del aborto frente a otro que decía “respetar” las decisiones de la Corte. En aquel entonces el mal menor era meramente aparente, pero al menos evidenciaba la necesidad de mantener las apariencias en función de los votos, cosa que hoy ya ni es necesaria.

En efecto, hoy en día no sólo han aparecido católicos, católicos pro-vida, conservadores, de formación supuestamente tradicional, quienes no sólo le tuercen el pescuezo a la moral católica para defender la existencia de una “doctrina del mal menor”, no sólo para justificar la licitud moral de votar por un candidato abiertamente radical en temas como el aborto, la ideología de género o la legalización de la droga, sino incluso para pretender que habría una obligación de votar por ese supuesto “mal menor”. Indepedientemente de la situación concreta del país y de los candidatos existentes, parece urgente desmentir la existencia de semejante “doctrina del mal menor” que bajo los mismos mecanismos de la moral de situación, destruye los fundamentos de la moral católica.

La supuesta doctrina del “mal menor”

Según tal “doctrina”, estando abocados a elegir entre dos males, en este caso votar en una elección en que el programa de ambos candidatos es malo (ej: ambos candidatos son abortistas), es perfectamente legítimo optar por el menos malo de los dos (ej: Aquel de los dos que no es Comunista), mientras se tenga claro que no se vota a favor del candidato malo sino en contra del otro peor. Esta salvedad según unos debería hacerse de forma pública, mientras que otros dicen que basta con que el católico tenga esa claridad en la conciencia. Algunos añaden incluso, que siendo uno de los dos candidatos un Comunista, existiría incluso la obligación de oponerse a él por todos los medios, incluyendo votar por el otro candidato, de modo que los católicos que votasen en blanco o se abstuviesen de votar serían culpables de omisión por “permitir que Colombia caiga bajo el yugo del Comunismo”.

Resulta difícil encontrar el fundamento que utilizan los católicos antecitados para defender la existencia de supuesta “doctrina del mal menor”. El P. José María Iraburu la describe citando a Santo Tomás:

El gobierno humano proviene del divino y debe imitarle. Pues bien, siendo Dios omnipotente y sumamente bueno, permite, sin embargo, que sucedan males en el universo pudiéndolos impedir, no suceda que, suprimiendo esos males, queden impedidos bienes mayores o incluso se sigan peores males. Así, pues, en el gobierno humano, quienes gobiernan toleran también razonablemente algunos males para no impedir otros bienes, o incluso para evitar peores males. Así lo afirma San Agustín en II De Ordine: Quita a las meretrices de entre los humanos y habrás turbado todas las cosas con sensualidades. Por consiguiente, aunque pequen en sus ritos, pueden ser tolerados los infieles, sea por algún bien que puede provenir de ello, sea por evitar algún mal. (Summa Teológica, II-II, q.10, art. 11)

Aquí conviene anotar que existe una diferencia radical entre la tolerancia del mal menor, propuesta por Santo Tomás. y la pretendida “doctrina del mal menor” que defiende la posibilidad de hacer el mal con el objeto de hacer un bien. Santo Tomás indica la licitud de tolerar el mal menor en la acción misma de Dios, que pudiendo eliminar el mal del Mundo no lo hace, sin que pueda decirse en ningún momento que Dios sea la causa del mal existente. Dios permite el mal menor, pero en ningún momento hace el mal, pues eso sería absolutamente contrario a su naturaleza.

En ese orden, la doctrina moral de la Iglesia siempre ha rechazado la tesis maquiavélica según el cual una acción mala pueda convertirse en buena según el efecto buscado.

En verdad, si es lícito alguna vez tolerar un mal moral menor a fin de evitar un mal mayor o de promover un bien más grande, no es lícito, ni aun por razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien, es decir, hacer objeto de un acto positivo de voluntad lo que es intrínsecamente desordenado y por lo mismo indigno de la persona humana, aunque con ello se quisiese salvaguardar o promover el bien individual, familiar o social. (Pablo VI, Humanae Vitae 14)

Según la filosofía moral, la bondad o malicia del acto depende del objeto, intención y las circunstancias. La intención hace referencia a la parte subjetiva del acto, el fin deseado por la voluntad al mover la acción, el objeto a la acción en sí misma considerada, y las circunstancias a los demás aspectos contingentes que rodean la acción (incluyendo los efectos, salvo que sean previstos pues entonces son incluidos en la intención). La Iglesia enseña que un acto bueno requiere bondad de intención, objeto y circunstancias (bonum ex integra causa malum ex quocumque defectu) por lo cual un acto que sea objetivamente malo, no puede convertirse en bueno sólo por estar inspirado por una buena intención o procurando obtener un efecto bueno. (Juan Pablo II, Veritatis Splendor 81)

Contra esta misma tesis del consecuencialismo moral advierte el famoso moralista Antonio Royo Marín (negrillas nuestras):

El mal menor es un mal, y no es lícito jamás inducir a nadie al mal, aunque se trate de un pecado venialísimo. No vale decir que al aconsejarle el mal menor no se intenta la producción de ese mal menor, sino la disminución del mal mayor, lo cual no deja de ser un bien. Es falso este modo de razonar. Porque lo que procede para alejarle del mal mayor es aconsejarle que desista de él, o proponerle un bien en el que no había reparado, o distraerle para evitar que se entregue al mal, o a lo sumo proporcionarle ocasión de un mal menor sin aconsejárselo; pero jamás aconsejándole un mal, aunque sea menor. Si no es lícito jamás inducir a nadie a cometer un pecado leve, ¿por qué lo ha de ser en esta ocasión? De dos males desiguales o iguales no se puede aconsejar ninguno: hay que rechazar los dos. Tanto más cuanto de ordinario se incurrirá en el inconveniente notado por los partidarios de la última opinión indicada, a saber: que se le hará cometer un segundo pecado (el menor), además del mayor ya cometido en su corazón. (Antonio Royo Marín O.P., Teología Moral para Seglares II, Lib. III Trat. I, Sec. I, Cap. III, lit. G)

Aunque en esta ocasión se refiere específicamente al escándalo que comete quien aconseja un mal, con la excusa de que se trata de un mal menor frente al que se quiere cometer, el principio es perfectamente aplicable para el caso del voto, pues el voto no es más que el mensaje enviado por la ciudadanía (Si bien limitado y filtrado por el rango de opciones que le permiten los partidos políticos) acerca del tipo de gobierno que desean tener, y por ende tiene una cierta relación de causalidad respecto de los actos realizados por el gobierno elegido.

¿Votar por un candidato implica necesariamente avalar todo su programa?

Ahora bien, algunos de estos católicos niegan que votar por un candidato que en su programa haya declarado defender el aborto, las uniones homosexuales, etc. constituya un mal intrínseco capaz de viciar por completo la moralidad de la accion. Más aún, si consideramos que actualmente no existe ningún candidato que no defienda la legalización, al menos parcial del aborto, es perfectamente lícito guiarse por otros temas a la hora de votar mientras se deje públicamente claro el desacuerdo con los aspectos reprochables del programa del candidato.

Sin embargo, algo muy distinto nos dice el Magisterio de la Iglesia:

En tal contexto, hay que añadir que la conciencia cristiana bien formada no permite a nadie favorecer con el propio voto la realización de un programa político o la aprobación de una ley particular que contengan propuestas alternativas o contrarias a los contenidos fundamentales de la fe y la moral. Ya que las verdades de fe constituyen una unidad inseparable, no es lógico el aislamiento de uno solo de sus contenidos en detrimento de la totalidad de la doctrina católica. El compromiso político a favor de un aspecto aislado de la doctrina social de la Iglesia no basta para satisfacer la responsabilidad de la búsqueda del bien común en su totalidad. Ni tampoco el católico puede delegar en otros el compromiso cristiano que proviene del evangelio de Jesucristo, para que la verdad sobre el hombre y el mundo pueda ser anunciada y realizada. (Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota Doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al  compromiso y la conducta de los católicos en la vida política 4)

Cabe recordar que en esa misma nota doctrinal el Card. Ratzinger incluyó el rechazo al aborto y la eutanasia como “exigencias éticas fundamentales” que “no admiten derogaciones, excepciones o compromiso alguno”, y en otros pronunciamentos posteriores, ya como Benedicto XVI, los denominó “principios no negociables”. ¿Qué puede significar esa “no negociabilidad” de la defensa de la vida humana si pretendemos votar en favor de un candidato abortista sólo “porque el otro es peor”?

Los católicos malminoristas argumentan la posibilidad de votar por el “menos abortista” de los candidatos, rechazando la parte mala de su programa político, invocando un pronunciamiento de Juan Pablo II:

Un problema concreto de conciencia podría darse en los casos en que un voto parlamentario resultase determinante para favorecer una ley más restrictiva, es decir, dirigida a restringir el número de abortos autorizados, como alternativa a otra ley más permisiva ya en vigor o en fase de votación. No son raros semejantes casos. En efecto, se constata el dato de que mientras en algunas partes del mundo continúan las campañas para la introducción de leyes a favor del aborto, apoyadas no pocas veces por poderosos organismos internacionales, en otras Naciones —particularmente aquéllas que han tenido ya la experiencia amarga de tales legislaciones permisivas— van apareciendo señales de revisión. En el caso expuesto, cuando no sea posible evitar o abrogar completamente una ley abortista, un parlamentario, cuya absoluta oposición personal al aborto sea clara y notoria a todos, puede lícitamente ofrecer su apoyo a propuestas encaminadas a limitar los daños de esa ley y disminuir así los efectos negativos en el ámbito de la cultura y de la moralidad pública. En efecto, obrando de este modo no se presta una colaboración ilícita a una ley injusta; antes bien se realiza un intento legítimo y obligado de limitar sus aspectos inicuos. (Juan Pablo II, Evangelium Vitae 73)

Empero, es importante anotar las profundas diferencias en el caso hipótético señalado en la encíclica y el caso en el que se pretende aplicar la analogía. En primer lugar, nótese que Juan Pablo II deja bien claro que se trata de una opción “más restrictiva” respecto del mismo tema del aborto, es decir que la opción por la cual se opta no es dejar el aborto tal y como está (“Soy respetuoso de las decisiones de la Corte”) ni mucho menos dejar de lado el tema del aborto y pasar a otros temas del programa político (“ambos son igual de abortistas”), sino que implique una limitación del mal que ya se está cometiendo, aunque lo permita en cierto grado. En este caso se aplica plenamente el principio de Santo Tomás en tanto que el mal no es causado por el voto del parlamentario, sino permitido con algunas restricciones.

Además, se ha de notar la diferencia entre el voto público que realiza el parlamentario de forma pública en las corporaciones, y el voto que realiza el ciudadano de forma anónima. El primero puede declarar públicamente las razones de su voto y realizar las salvedades y matices que sean necesarias para presionar en favor de una prohibición total del aborto, mientras que el segundo sólo puede marcar la casilla del candidato sin que pueda hacer en el tarjetón ninguna anotación sobre los aspectos negativos de su programa ni declarar a nadie su desacuerdo con los mismos, su voto será artiméticamente sumado a los otros millones de ciudadanos y contabilizados como un apoyo pleno a la candidatura de tal candidato. Si el candidato abortista obtiene 5 millones de votos la ley y el sentido común dan por hecho que esos 5 millones de ciudadanos avalan el programa político del candidato sin que haya forma de adivinar que 3 millones de ellos están en desacuerdo con su apoyo al aborto.

Pretender que puede sancionarse con el voto el programa abortista de un candidato sólo por el hecho de pensar en la conciencia, o afirmar públicamente, que se rechaza ese punto o que no se vota por ese candidato sino contra el otro, recuerda a los abusos jesuíticos del principio de restricción mental según los cuales podría responderse al que interroga algo que le dejase completamente engañado si en nuestra conciencia le damos un significado diferente a las palabras de modo que subjetivamente no sería mentira lo dicho, aunque en su sentido explícito lo sea. Al respecto sirva recordar los límites que existen al uso legítimo de tal recurso (negrillas nuestras):

4.a No es lícito, sin embargo, usar la restricción mental cuando es obligatorio manifestar la verdad por exigirlo así la fe, la caridad, la justicia, la religión, etc. Y así no puede usarse cuando equivaldría a negar la fe ante el tirano que interroga sobre ella o en la confesión sacramental de los pecados que se acusan por primera vez (pero sí en caso de estar ya confesados); cuando se trata de alguna condición substancial para la validez de un contrato; ante el juez que interroga legítimamente (a no ser que se trate de la confesión del propio delito, como ya hemos dicho); ante el legítimo superior que interroga sobre cosas necesarias para el gobierno de los súbditos; cuando de la restricción surgiría algún daño injusto para el prójimo, etc. (Antonio Royo Marín O.P., Teología Moral para Seglares II, Lib. III Trat. I, Sec. II, Cap. IV, art. 1)

Aunque el católico pueda considerar las razones de su voto de forma completamente diversa, la única lectura objetiva que se podrá hacer del mismo será la sanción del programa político al cual se ha dado el voto. Adicionalmente, si fuera lícito a un católico obviar los aspectos intrínsecamente perversos del candidato por el cual se vota, y votar en su lugar por los pocos buenos que hubiese o a duras penas “por que no gane el otro”, entonces quienes así piensan están legitimando a su vez que el católico vote por el candidato contrario. De modo que el supuesto principio resulta absurdo para decidir el voto.

¿No puede aplicarse en este caso el principio de doble efecto?

Aunque ya haya quedado suficientemente refutado, conviene rescatar la verdadera moral católica de las falsificaciones que actualmente circulan, y otro de esos puntos falsificados es el principio de doble efecto. Según este principio, es lícita una acción de la que se sigan un efecto bueno y un efecto malo siempre y cuando sea el efecto bueno el que se desea procurar. En este orden, dicen los católicos malminoristas que es perfectamente legítimo dar el voto al candidato abortista pues en este caso evitar la victoria del otro candidato es el efecto bueno que se procura y la victoria de ese candidato abortista es el efecto malo que no se puede evitar.

No obstante, se debe recordar que para que pueda hablarse del principio de doble efecto, deben concurrir las siguientes condiciones:

a) que la acción u omisión sea buena o indiferente; b)que de ella se siga, al menos, con la misma inmediación, el efecto bueno, y no éste mediante el malo; c) que el efecto bueno sea proporcionado al malo; y d) que se intente únicamente el bueno y no el malo. (Antonio Royo Marín O.P., Teología Moral para Seglares II, Lib. II, Cap. I,  Sec. II, lit. A)

En este caso, el principio de doble efecto no se aplica puesto que dar el voto a un programa político que defiende un promueve un mal intrínseco como el aborto es una acción objetivamente mala, y porque el efecto malo (la aprobación del candidato abortista) resulta un efecto inmediato del voto, mientras que el efecto bueno (evitar la elección del otro candidato) es un efecto remotísimo que para darse exige un montón de causas adicionales (el voto de los otros millones de ciudadanos).

Sirva además anotar la diferencia substancial de inmediación entre ambos efectos, para resaltar la desproporción absurda en que incurren cuando al mismo tiempo que afirman que el católico que vota por el candidato A no se hace culpable de la promoción del aborto contenida en su programa de gobierno, mientras que los católicos que votan en blanco o no votan sí son culpables del mal contenido en el programa del candidato B. ¿Cómo pretenden culpabilizar a estos últimos de los efectos indirectos de su opción, de lo que el voto no implica de forma necesaria ni suficiente, mientras que ellos se exoneran de los efectos directos de la suya, de lo que el voto sí afirma necesariamente?

Católicos totalmente secuestrados por el inmanentismo

¿Significa entonces que ante una elección en que dos candidatos apoyan el aborto la única opción católica es abstenerse o votar en blanco? ¿Podemos permanecer de brazos cruzados y permitir que el país se vaya al abismo? ¿No es esto contradictorio con el deber de todo católico de participar en la vida política para la construcción del bien común?

Como indicamos al inicio de este editorial, en Voto Católico Colombia siempre hemos defendido que el voto católico ha de ser siempre voto en conciencia, porque si bien reconocemos que el voto tiene un valor ínfimo a nivel político (igual a la fracción numérica de un voto individual entre los millones de votos depositados) consideramos, a la luz del magisterio, que tiene un valor fundamental en la conciencia del individuo que con su voto avala las acciones del gobierno elegido. Lamentablemente, este orden de prioridades se ve completamente subvertido cuando los católicos, haciendo alegres cálculos políticos y sobreestimando el peso de su voto, transigen en aspectos fundamentales de la fe y la moral y minimizan la gravedad del aborto, la eutanasia, la sodomía, la blasfemia, etc.

En muchos de estos ambientes se defiende la lucha contra el comunismo como una parte de la lucha espiritual trasladada al campo social, y no podríamos estar más de acuerdo al respecto. Lo que nos resulta incomprensible es que en función de frenar el comunismo se pretenda legítimo aliarse con el diablo, y la demonización del comunismo nos lleve a exculpar por completo pecados tan grandes que claman al Cielo por justicia, como los anteriormente citados. Tal mentalidad, aunque se revista de lenguaje muy espiritual, no es sino un síntoma del inmanentismo reinante entre los católicos, aún los más conservadores y tradicionales.

En efecto, el único interés del diablo es la perdición de las almas, y para ello puede servirse tanto de la mano derecha como de la mano izquierda. Ciertamente un régimen político puede ser totalmente instrumental en tal propósito, o por el contrario puede fomentar la virtud entre los ciudadanos, pero es ingenuo (si no una terrible presunción) que es posible derrotar los planes preternaturales con una sutil estrategia política de concesión al mal. El diablo siempre será más astuto que nosotros, y la mejor prueba es ver cómo de mal menor en mal menor en Colombia hemos llegado al peor de los escenarios posibles (legalización total del aborto, “matrimonio” homosexual con adopción, eutanasia infantil, suicidio asistido, alquiler de vientres, ideología de género obligatoria en los colegios, y un largo etc.). La única forma de vencer al demonio es con el influjo de la Gracia de Cristo que puede hacer brotar la santidad en el corazón más endurecido.

Ningún gobierno o régimen político podrá jamás detener el plan de salvación que Dios ha establecido para el ser humano desde el inicio de los tiempos, así como no hubo emperador romano, por violento o astuto que fuera, capaz de frenar la difusión de la Fe Cristiana en los primeros siglos. Si el miedo a un eventual cambio de régimen nos lleva a renunciar a aspectos fundamentales de la Fe y de la moral, no estaremos muy lejos de los que apostataban por el miedo a la muerte. Cuando contemplamos los problemas políticos con una perspectiva verdaderamente espiritual salta a la vista que el demonio gana mucho más cuando consigue que los católicos defiendan el aborto, la eutanasia o la blasfemia como el “mal menor”, que cuando logra que los incrédulos y liberales instauren el régimen progresista que el vientre les dicta.

Si verdaderamente “[El candidato A] es el demonio”, o el gobierno del candidato B “es el inicio del Apocalipsis” (expresiones reales escuchadas a algunos católicos), no podemos permitir que el miedo nos lleve a vender el alma. Al contrario, cualquiera que sea el resultado de las elecciones del próximo domingo, podemos estar seguros que el próximo gobierno podrá ser el peor que hayamos visto en la historia reciente y aún así recibirlo con la esperanza intacta. Pues,

"¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?, como dice la Escritura: Por tu causa somos muertos todo el día; tratados como ovejas destinadas al matadero. Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro." Romanos 8, 35-39.

Y no se entienda en esta sana indiferencia un llamado al retraimiento o apartamiento donatista frente a la vida política. Al contrario, existen mecanismos mucho más efectivos y para la participación política que el acto de depositar un papel cada cuatro años. Si tenemos que dar la pelea los próximos cuatro años contra el gobierno ultraprogresista que de seguro nos gobernará, lo mínimo es que mantengamos los principios intactos y la conciencia limpia.

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miércoles, 23 de febrero de 2022

Comunicado de Voto Católico Colombia frente a la criminal sentencia C-055/22 de la Corte Constitucional liberalizando el aborto

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El pasado lunes 21 de febrero, la Corte Constitucional de Colombia resolvió finalmente una de las demandas presentado por el lobby abortista contra el tipo penal de aborto contenido en el Código Penal colombiano. La sala plena ya había discutido la ponencia hacía un mes y habían llegado a un empate, por lo cual se seleccionó un conjuez que resolviera el empate. El conjuez Julio Andrés Ossa votó en favor de la ponencia, resolviendo la despenalización total del aborto hasta la semana 24 de gestación.

Esta sentencia es apenas una piedra más en la montaña de crímenes emanados de esa cloaca de iniquidad que es la Corte Constitucional colombiana. Como hemos denunciado desde la fundación de este medio, la Corte Constitucional es el enemigo público número uno del pueblo colombiano, pues a través de sus sentencias han sido asesinados más colombianos por año, que a manos de la guerrilla, el narcotráfico o la delincuencia común. La Corte ha autorizado el asesinato de un niño nacido vivo, ha permitido el asesinato de niños con la eutanasia infantil, ha desmontado las limitaciones que ella misma había puesto para el aborto en 2006, permitiendo el aborto de niños con discapacidades plenamente compatibles con la vida, o la expansión de la causal salud hasta validar cualquier excusa. Como si fuera poco, ha perseguido y sancionado a los médicos y EPS cuando según su criterio profesional los pacientes han desistido de solicitar el aborto, mientras favorece a la industria abortista al permitirle comerciar con órganos y tejidos de los bebés abortados. En sólo 2017 más de 10mil colombianos fueron asesinados por Profamilia, gracias a la Corte Constitucional de Colombia.

Dado que la Corte ya había permitido la práctica del aborto en cualquier circunstancia hasta el noveno mes, es posible que esta nueva sentencia no cambie mucho la realidad práctica del aborto en el país. La diferencia es que dentro de los 24 meses dejará de ser necesario inventarse una depresión para justificar el riesgo a la salud mental. El verdadero costo de esta sentencia son las almas de todos aquellos corifeos que para congraciarse con el mundo se han convertido en adoradores de Moloch. Sicut oves in inferno positi sunt mors depascet eos. Así como los magistrados Clara Inés Vargas Hernández, Humberto Sierra Porto, Jaime Araujo Rentería, Alfredo Beltrán Sierra y Manuel José Cepeda llevan en sus manos la sangre de los cientos de miles de niños asesinados desde la C-355 de 2006, los cinco magistrados responsables de esta nueva atrocidad, Diana Fajardo, Antonio Lizarazo, Julio Andrés Ossa, Alberto Rojas Ríos, y José Fernando Reyes, deberán dar cuenta por cada gota de sangre de los inocentes cuyo asesinato acaban de aprobar. Requiescam in die tribulationis ut ascendam ad populum accinctum nostrum.

Lamentablemente la voz de los obispos ha sido un elocuente silencio durante el debate en la Corte, y los comunicados publicados con posterioridad a la sentencia brillan por la ausencia de toda referencia a la doctrina de la Iglesia sobre el aborto. Ninguno recuerda la gravedad del pecado que clama al cielo por justicia y acarrea un gran castigo para todo el país, y la excomunión para todo aquel que apoye o participe en la práctica del aborto. vox sanguinis fratris tui clamat ad me de terra. Ninguno recuerda que la Iglesia siempre defendió que toda ley contraria al Derecho Natural carece de fuerza normativa y no puede ser obedecida. No es cuestión de objeción de conciencia, sino de desobedecer la norma ilegítima.

Ahora, el pueblo, legítimiamente indignado frente a esta ignomina, es acosado por los oportunistas que en temporada electoral posan de providas y prometen leyes y referéndums contra el aborto. El primero de todos, el presidente Iván Duque quien ahora habla contra la decisión cuando en sus conceptos ante la Corte siempre defendió el aborto y, peor aún, pretendió reglamentarlo por decreto al punto de perseguir penalmente el apostolado de 40 Días por la Vida. Junto a él está todo el Centro Democrático que como partido siempre ha defendido el mantenimiento de la sentencia C-355 de 2006 bajo la cual se vienen cometiendo todas las atrocidades mencionadas anteriormente.

Esta nueva sentencia, junto a las citadas más arriba, y aquellas que consagran públicamente el absurdo, como el “matrimonio” entre dos hombres, el camo de sexo legal, el registro civil de dos menores como “hijos biológicos de dos hombres, deberían abrir los ojos a los colombianos frente a la gran farsa titulada “Estado de Derecho” en nombre de la cual se acalla y anula todo reclamo popular en contra de la cultura de la muerte. Nunca en Colombia había habido una constitución política tan plagada de “derechos” y nunca antes se habían perpetrado tantos crímenes contra los más indefensos. Los expertos pululan en los medios de comunicación hablado de las bondades de la Constitución del 91 en cuanto a la “protección de los derechos fundamentales”, cuando tales derechos han sido justamente el instrumento en virtud del cual se ha anulado todo derecho en nuestro territorio. De nada ha servido la tal constitución para proteger la vida de los que están por nacer, para proteger a los menores de la corrupción moral, para proteger a los enfermos y discapacitados de la inyección letal, para impedir que la población entera fuera sometida a un año de prisión domiciliaria de forma extrajudicial, para evitar que los enfermos muriesen impedidos de recibir los sacramentos, etc.

Quitémonos la venda y abandonemos el discurso de que “la Corte usurpa funciones del legislativo”. Esa cantilena sólo sirve para absolver al Gobierno y al Congreso de las responsabilidades y la sanción social que les compete por estas decisiones. La Corte Constitucional no es más que la puerta trasera a través de la cual las mismas élites, el consenso de los grandes partidos, introducen las decisiones que hieden demasiado como para pasarlas por la puerta de enfrente. Los mismos políticos que hoy posan de indignados, son los que votaron en favor de magistrados liberales a la Corte, construyendo las mayorías progresistas que permiten tales medidas, son los mismos que dilatan o bloquean los proyectos de ley en contra del aborto. Si ahora proponen leyes y referéndums contra la decisión es sólo como forma de pescar votos mientras mantienen a los católicos ocupados haciéndoles campaña hasta que la iniciativa muere por el diseño mismo del mecanismo.

Es la Constitución de 1991 la que erigió a la Corte Constitucional como rueda suelta para erigirse como único y verdadero soberano en el ordenamiento institucional colombiano, y mientras el adefesio de la Corte continúe de ese modo cualquier iniciativa legislativa o judicial contra el aborto está condenada al fracaso. Es la Constitución de 1991 la que parloteando sobre la democracia participativa creó un montón de mecanismos de participación ciudadana y al mismo tiempo les impuso una serie de condiciones tales que fueran completamente inutilizables. Es la Constitución de 1991 la que ha permitido la sustitución del Derecho por la ideología del neo-constitucionalismo bajo la cual al crimen se le llama “derecho” y al Derecho se le llama “barreras de acceso”. Proponer proyectos de ley y referéndums contra el aborto es pretender curar una gangrena con injertos de piel.

El aborto es un crimen que clama al Cielo por justicia, pues la justicia que en la Tierra se le negó a los inocentes caerá desde el Cielo contra aquellos que la negaron y aquella sociedad que lo toleró. La lucha contra el aborto es más que una lucha por la vida, es una lucha por la justicia natural que fue desterrada de nuestro ordenamiento jurídico-político en nombre de la “soberanía popular” y los “derechos humanos”. No conseguiremos revertir los atropellos de la Corte a través del legalismo y el formalismo de quien pretende ganar un juego contra quien hace las reglas. El aborto se encuentra inevitablemente implícito en la agenda ideológica subyacente al actual régimen que nos gobierna y no habrá otro camino para tumbarlo que tumbar consigo a todo el régimen que lo aprobó.

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jueves, 24 de diciembre de 2020

Editorial: Preparemos los caminos del Señor

Termina el año 2020, un año de aquellos que la historia recordará con ganas de olvidarlo. El terror ante el Coronavirus se ha convertido en el vehículo para la deformación total del orden sociopolítico. De la noche a la mañana los gobiernos de varios países decidieron imponer prisión domiciliaria a su población y prolongarla la mitad del año. Bajo el pretexto de proteger la vida, miles de hogares han perdido el sustento para que meses después se reconociera que el confinamiento había sido inútil en prevenir la expansión del virus.

Aún peor, el Coronavirus fue la excusa para que los gobiernos mundialistas, incluyendo los que posan de católicos como el de Iván Duque, decretaran la proscripción de todo culto público y el cierre de las Iglesias. Aún después de que la gran mayoría de actividades habían vuelto a la normalidad y de que los gobiernos permitieran manifestaciones y aglomeraciones afines con su agenda política, el culto a Dios seguía siendo objeto de odiosas y desproporcionadas limitaciones. De la noche a la mañana, los católicos nos encontramos viviendo bajo una persecución similar a la de los católicos chinos, asistiendo a misa y confesión de forma clandestina. Y si la primera ola del Covid fue la máscara para privar a los católicos de la fiesta más importante del Cristianismo: La Pascua, la segunda ola llega justo a tiempo para privarnos de la segunda fiesta más importante: la Navidad.

Tal persecución habría sido soportable si hubiéramos contado con la guía y el apoyo de verdaderos pastores. Por el contrario, no sólo fueron los obispos los primeros en ordenar el cierre de las iglesias y abandonar el rebaño, sino que cuando los medios de comunicación se lanzaron en campaña de hostigamiento a los sacerdotes fieles que desafiaron las prohibiciones para apacentar el rebaño, no dudaron un segundo en sumarse al coro de los perseguidores. Por si fuera poco, una vez restablecido el culto público, continúan abusando de su autoridad impidiendo a los fieles arrodillarse ante el Santísimo Sacramento o recibir la Sagrada Eucaristía en la boca.

Tras la pandemia, es como si las fuerzas enemigas de la Fe hubieran perdido todo disimulo y destaparan sus cartas en contra de la Iglesia. Gobiernos tanto de derecha como de izquierda aprovechan el confinamiento para impulsar el aborto y la eutanasia, China y Occidente se abrazan y constituyen un frente común totalitario, los obispos celebran la llegada del abortista Biden a la Casa Blanca, quien anunció que continuará la persecución contra las órdenes religiosas que Trump había suspendido, el Papa Francisco aliado con la banca internacional, etc. Si las élites políticas, económicas y religiosas se han unido contra la Fe, la sociedad tampoco se aleja de tales movimientos y en países tan católicos como Colombia, México e incluso Polonia hemos visto turbas de jóvenes arremeter contra los templos cargados de furia que es difícil no calificar de demoníaca, mientras desde las instituciones se abren las puertas al satanismo y la Nueva Era.

Que estamos en los últimos tiempos es algo que la Iglesia siempre ha enseñado. Desde el día de Pentecostés, los católicos vivimos en este Mundo como forasteros, aguardando el día de retornar a la patria celestial, pero ante tan grave persecución desde dentro y fuera de la Iglesia, es imposible no sentir la cercanía de la segunda venida, y los ecos de las palabras de Cristo a sus perseguidores: Estando yo todos los días en el Templo con vosotros, no me pusisteis las manos encima; pero esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas. (Lc 22,53)

Es más, pareciera que ya estamos viviendo el juicio, al ver cómo la sociedad queda radicalmente dividida en dos bandos: Con Cristo o contra Cristo. Cuando se fuerza a los médicos a participar de crímenes contra la vida humana, y son sus propios colegas los primeros en apoyar su linchamiento, cuando se presiona a los jueces a violentar el Derecho Natural so pena de perder su trabajo, cuando se persigue dentro de la misma Iglesia a los sacerdotes por administrar los sacramentos de acuerdo con el derecho canónico, cuando se insta a que entre vecinos y familiares se delaten entre sí por el incumplimiento de las draconianas medidas sanitarias, cuando el último de los parroquianos en la más marginal de las parroquias se ve enfrentado al dilema de recibir la eucaristía en la mano o no recibirla en absoluto... en fin, cuando cada uno de los fieles está siendo puesto a diario ante dilemas que le obligan a decidirse entre la fidelidad a Cristo o la aceptación del Mundo, es difícil no creer que Cristo ha comenzado a separar a las ovejas de las cabras.

Y parece ser sólo el comienzo: Los planes para un "Gran Reinicio" del orden político, social y económico del mundo, son publicados abiertamente en revistas de amplísima trayectoria y prestigio como TIME y en las redes oficiales de instituciones como el Foro Económico Mundial. Voces autorizadas dentro de la Iglesia como el Cardenal Raymond Leo Burke, el Arzobispo Carlo María Viganò o el Obispo Athanasius Schneider han advertido sobre la pretensión detrás de ese "Gran Reinicio", de aniquilar los fundamentos últimos de la vida familiar al eliminar la propiedad privada e instituir una dictadura sanitaria basada en el transhumanismo.

¿Qué podemos hacer? Sería un gravísimo error caer en la angustia y la desesperanza, olvidando que no hay mal en el mundo que no haya sido permitido y previsto por Dios en su economía salvífica, o pensar que debemos preparanos guardando provisiones, huyendo a los campos, o tratando de proteger nuestro patrimonio, olvidando que estamos en las manos de Dios y que en cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. (Mt 10, 30) La Iglesia desde los tiempos apostólicos nos ha advertido que estamos en los últimos tiempos, que hemos de estar vigilantes y preparados porque Cristo vendrá cuando menos se le espere.

Por eso es que existe el tiempo del Adviento. El carácter festivo y alegre que la fiesta de Navidad contagia a sus semanas precedentes ha opacado un poco el carácter penitencial propio de este tiempo. El Adviento nos prepara para la Navidad, para que al recordarnos la primera venida de Cristo al mundo, nos reafirme en la certeza de su segunda venida y su victoria final, y de este modo nos recuerda la forma en que debemos permanecer vigilantes y preparados para este momento:

Os digo, pues, hermanos: El tiempo es corto. Por tanto, los que tienen mujer, vivan como si no la tuviesen. Los que lloran, como si no llorasen. Los que están alegres, como si no lo estuviesen. Los que compran, como si no poseyesen. Los que disfrutan del mundo, como si no disfrutasen. Porque la apariencia de este mundo pasa. 1 Cor 7, 29.

Cada día que pasa estamos más cerca de la venida de Nuestro Señor, es una verdad que hemos recibido por la Fe. Preparémonos pues para su inminente llegada, recordando que somos forasteros en este mundo, exiliados de nuestra patria celestial, siervos atentos a la llegada de su señor, desprendiéndonos de todo amor por las cosas de este mundo y abrazando la pobreza, el desprecio y la persecución en esta vida a cambio de la vida eterna.

Al permitir las calamidades que hemos visto en el año que termina, Dios nos recuerda las vanidades de la vida presente y lo precario de nuestra existencia temporal. Vivamos pues, con el corazón más en el Cielo que en la Tierra como los cristianos de los primeros siglos. Recibamos cada Eucaristía pensando que podría ser la última, aprovechemos cada Confesión como una oportunidad extraordinaria y huyamos del pecado mortal con el terror de la muerte. Si el 2020 ha de permanecer en nuestra memoria que sea precisamente como un campanazo de alerta ante todas las gracias que hemos recibido de Cristo y que hemos dejado desperdiciar.

Permanezcamos alegres y confiados en su venida, pues Dios no abandonará a quienes le aman sinceramente, pero con esa misma alegría escuchemos al Bautista y preparemos los caminos del Señor con humildad profunda, con amor encendido y con total desprecio de todo lo terreno. 

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sábado, 18 de julio de 2020

Editorial: Persecución anti-católica contra sacerdote de Popayán

El pasado 15 de julio de 2020 Noticias Caracol publicó una ponzoñosa nota contra el sacerdote Bernardo Londoño de la parroquia de Santo Domingo en Popayán, por haber sido grabado mientras celebrara misa con fieles y administrarles la comunión en la boca. Atendiendo el llamado al linchamiento del presbítero, las autoridades civiles de la ciudad afirmaron estar dispuestas a sancionarlo, y lamentablemente, las autoridades eclesiásticas han querido sumarse a la persecución jacobina.

El 16 de Marzo los obispos de Colombia ordenaron el cierre de las iglesias y la suspensión de misas públicas. Ya han transcurrido más de 120 días y, aunque en amplias zonas del país la vida ha ido regresando a la normalidad, la mayoría de los fieles del país todavía no saben cuándo podrán volver a acceder a los sacramentos, pues con la excusa de proteger su cuerpo, se les ha privado de forma arbitraria del alimento del alma.

Fueron los obispos los primeros en prohibir el culto público, cuando las autoridades del Estado no habían establecido nada al respecto, y fueron los obispos los que tomaron la decisión de privar a los católicos de la celebración de la Cuaresma, el Triduo Pascual, y la Pascua, los tiempos litúrgicos más fuertes e importantes para los católicos. Aunque en varias de sus alocuciones, el Presidente Iván Duque afirmó que las actividades de culto debían seguir prohibidas, calificándolas de "actividad social", no fue sino hasta el Decreto 749 del 28 de Mayo de 2020, que el Estado prohibió la celebración de actividades de culto público.

Esto debería haber provocado la indignación y la respuesta airada de la Iglesia, fieles y jerarquía, por la evidente intromisión del Estado en materia de derecho eclesiástico, violentando abiertamente la naturaleza de la Iglesia como sujeto de Derecho Divino y pretendiendo reducirla a una mera asociación privada de derecho civil. Sin embargo, en lugar de protestar por la extralimitación del poder temporal, hemos visto a los obispos someterse al regalismo del Gobierno Duque, y someterse a la aprobación de unos protocolos, dando al Estado la aceptación tácita de su gobierno sobre la Iglesia.

Ni Iván Duque, ni Claudia López, tienen potestad para prohibir la celebración del sagrado culto de la Iglesia. El Estado no tiene competencia sobre la administración de los Sacramentos, pues es materia de Derecho Divino establecida por Nuestro Señor Jesucristo al constituir la Iglesia. Basta recordar que el Beato Papa Pío IX, condenó en el Syllabus de errores modernos, todas las pretensiones regalistas y galicanas de los regímenes liberales del siglo XIX:

§ V. Errores acerca de la Iglesia y sus derechos
XIX. La Iglesia no es una verdadera y perfecta sociedad, completamente libre, ni está provista de sus propios y constantes derechos que le confirió su divino fundador, antes bien corresponde a la potestad civil definir cuales sean los derechos de la Iglesia y los límites dentro de los cuales pueda ejercitarlos.
XX. La potestad eclesiástica no debe ejercer su autoridad sin la venia y consentimiento del gobierno civil.

§ VI. Errores tocantes a la sociedad civil considerada en sí misma o en sus relaciones con la Iglesia
XXXIX. El Estado, como origen y fuente de todos los derechos, goza de cierto derecho completamente ilimitado.
XLI. Corresponde a la potestad civil, aunque la ejercite un Señor infiel, la potestad indirecta negativa sobre las cosas sagradas; y de aquí no sólo el derecho que dicen del Exequatur, sino el derecho que llaman de apelación ab abusu.
XLIV. La autoridad civil puede inmiscuirse en las cosas que tocan a la Religión, costumbres y régimen espiritual; y así puede juzgar de las instrucciones que los Pastores de la Iglesia suelen dar para dirigir las conciencias, según lo pide su mismo cargo, y puede asimismo hacer reglamentos para la administración de los sacramentos, y sobre las disposiciones necesarias para recibirlos.
La Iglesia creyó ingenuamente que tras sucribir la proposición americana en la Dignitatis Humanae habría encontrado un modus vivendi de separación Iglesia-Estado en el cual le fuera garantizada su autonomía. Han olvidado la enseñanza de San Pío X en su encíclica Vehementer Nos, cumpliéndose como profecía su advertencia de que la teoría de la separación Iglesia-Estado niega la constitución propia de la Iglesia, como persona de Derecho Divino, establecida por el mismo Jesucristo, para reducirla a una mera asociación privada sometida al derecho civil y al arbitrio de las autoridades temporales.

Ahora, al conceder los obispos que la celebración del culto público esté condicionada a la aprobación de los tales protocolos por parte de las autoridades civiles, han puesto ellos mismos el hacha en manos de sus verdugos, pues han admitido la posibilidad de que el Estado regule y juzgue sobre las materias eclesiásticas, y es un arma que no soltarán de buen grado. Para la muestra, Claudia López, fiel a su agenda de muerte, ya ha dejado ver que tiene la intención de mantener a los católicos privados de la eucaristía de forma indefinida y sin razón.

Que López, inmoral confesa, utilice su poder para perseguir a la Iglesia no es de extrañar. Que Duque, que por más que aparenta ser católico trabaja para George Soros, lo haga, tampoco sorprende. Lo que sí sorprende, es que los obispos, en este caso Mons. Iván Marín López, también utilicen su poder para perseguir a los sacerdotes que fieles a su misión y al ejemplo apostólico "Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres", y arriesgan todo para atender la necesidad espiritual de las almas a su cargo.

Todo nuestro apoyo al P. Bernardo Londoño y a todos los sacerdotes que han seguido impartiendo los sacramentos a los fieles, a pesar de la jacobina prohibición y el servilismo episcopal. 
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viernes, 12 de junio de 2020

Carta de Mons. Carlo María Viganò a Mons. Athanasius Schneider: "nos enfrentamos a una opción decisiva para el futuro de la Iglesia y para nuestra salvación eterna"

En el interior de todo hombre existe un lugar privilegiado en que el alma se encuentra desnuda ante Dios, y en el cual la Ley Eterna ilumina nuestras vidas y nuestras acciones enseñando a distinguir lo verdadero de lo falso, lo bueno de lo malo. Ese lugar es la conciencia, allí, nuestros actos son juzgados de cara a la verdad y su juicio es tan poderoso que no podemos desatenderlo sin caer en pecado.

El documento que presentamos a continuación es un testimonio invaluable de esta verdad: Una vez la conciencia ha hecho con toda certeza su dictamen preceptivo el hombre está obligado ante Dios a cumplir con su deber como parte de la obediencia debida a Dios, y "hemos de obedecer a Dios antes que a los hombres" (Hch 5, 29). En ella, Mons. Viganò reconoce el gravísimo error de haber creído que la obediencia incondicional a la Jerarquía salvaría su conciencia, y que a pesar de los crecientes síntomas de apostasía en la Iglesia a partir del experimento conciliar, podría confiar ciegamente en que la Iglesia recuperaría el rumbo por los medios acostumbrados de la autoridad eclesiástica.

No tenemos la menor duda de que en el futuro, esta pieza de correspondencia entre dos pastores de la Iglesia será recordada y estudiada como un retrato histórico fidedigno de la crisis en que la Iglesia quedó sumida a partir del Concilio Vaticano II, de la misma forma en que hoy se estudia a San Atanasio para conocer el cisma arriano, o a Beda el Venerable y Gregorio de Tours para comprender la caída del Imperio Romano.

9 de junio de 2020
San Efrén

He leído con gran interés el ensayo de Su Excelencia, Mons. Athanasius Schneider, publicado en LifeSiteNews el 1 de junio, posteriormente traducido al italiano por Chiesa e post concilio, titulado “No existe la voluntad divina positiva de que haya diversidad de religiones ni hay un derecho natural a dicha diversidad”. El estudio de Su Excelencia resume, con la claridad que distingue las palabras de quienes hablan de acuerdo con Cristo, las objeciones contra la supuesta legitimidad del ejercicio de la libertad religiosa teorizada por el Concilio Vaticano II en contradicción con el testimonio de la Sagrada Escritura y con la voz de la Tradición, y en contradicción también con el Magisterio católico, que es el fiel guardián de ambas.

El mérito del ensayo de Su Excelencia consiste, primero que nada, en su comprensión del vínculo causal entre los principios enunciados -o implícitos- del Concilio Vaticano II y su consiguiente efecto lógico en las desviaciones doctrinales, morales, litúrgicas y disciplinarias que han surgido y se están desarrollando progresivamente hasta el día de hoy.  

El monstruo generado en los círculos modernistas podría haber sido, al comienzo, equívoco, pero ha crecido y se ha fortalecido, de modo que hoy se muestra como lo que verdaderamente es en su naturaleza subversiva y rebelde. La criatura concebida en aquellos tiempos es siempre la misma, y sería ingenuo pensar que su perversa naturaleza podría cambiar. Los intentos de corregir los excesos conciliares -invocando la hermenéutica de la continuidad- han demostrado no tener éxito: Naturam expellas furca, tamen usque recurret [“Expulsa a la naturaleza con una horqueta: regresará”] (Horacio, Epist., I, 10, 24). La Declaración de Abu Dhabi -y como Mons. Schneider acertadamente observa, sus primeros síntomas en el panteón de Asís- “fue concebida en el espíritu del Concilio Vaticano II”, como lo afirma Bergoglio, orgullosamente. 

Este “espíritu del Concilio” es la patente de legitimidad que los innovadores oponen a sus críticos, sin darse cuenta de que ello es confesar, precisamente, un legado que confirma no sólo la naturaleza errada de las declaraciones presentes, sino también la matriz herética que supuestamente las justifica. Si se mira más de cerca, jamás en la historia de la Iglesia un Concilio se ha presentado a sí mismo como un hecho histórico diferente de todos los concilios anteriores: jamás se ha hablado del “espíritu del Concilio de Nicea” o del “espíritu del Concilio de Ferrara-Florencia” ni, mucho menos, del “espíritu del Concilio de Trento”. Tampoco existió jamás una era “post-conciliar” después del Letrán IV o del Vaticano I. 

La razón de ello es obvia: estos Concilios fueron todos, sin distinción alguna, expresión unánime de la voz de la Santa Madre Iglesia, y por esta misma causa, voz de Nuestro Señor Jesucristo. Es elocuente que quienes sostienen la novedad del Concilio Vaticano II adhieran también a la doctrina herética que pone al Dios del Antiguo Testamento en oposición al Dios del Nuevo Testamento, como si pudiera existir contradicción entre las Divinas Personas de la Santísima Trinidad. Evidentemente esta oposición, que es casi gnóstica o cabalística, es funcional para la legitimación de un sujeto nuevo, que se quiere diferente y opuesto a la Iglesia católica. Los errores doctrinales casi siempre revelan algún tipo de herejía trinitaria, y por tanto es mediante el regreso a la proclamación del dogma trinitario que las doctrinas que se le oponen pueden ser derrotadas: ut in confessione veræ sempiternæque deitatis, et in Personis proprietas, et in essentia unitas, et in majestate adoretur æqualitas: confesando una verdadera y eterna Divinidad, adoramos la propiedad en las Personas, la unidad en la esencia y la igualdad en la Majestad. 

Mons. Schneider cita varios cánones de los Concilios Ecuménicos que proponen lo que, en su opinión, son doctrinas difíciles de aceptar hoy, como, por ejemplo, la obligación de diferenciar a los judíos por las ropas, o la prohibición de que los cristianos sirvan a patrones mahometanos o judíos. Entre esos ejemplos existe también la exigencia de la traditio instrumentorum proclamada por el Concilio de Florencia, que fue posteriormente corregida por la Constitución Apostólica Sacramentum Ordinis de Pío XII. Mons. Schneider comenta: “Se puede rectamente esperar y creer que un futuro Papa o Concilio Ecuménico corrija las declaraciones erróneas hechas” por el Concilio Vaticano II. Esto me parece ser un argumento que, aunque hecho con la mejor de las intenciones, debilita el edificio católico desde sus mismos fundamentos. Si de hecho admitimos que puede haber actos magisteriales que, por el cambio en la sensibilidad, son susceptibles de abrogación, modificación o diferente interpretación por el paso del tiempo, caemos inevitablemente en la condenación del Decreto Lamentabili, y terminamos concediendo justificaciones a quienes, recientemente, y precisamente sobre la base de aquel erróneo supuesto, han declarado que la pena de muerte “no es conforme al Evangelio”, enmendando así el Catecismo de la Iglesia Católica. De acuerdo con el mismo principio, podríamos sostener que las palabras del Beato Pío IX en Quanta Cura fueron en cierta forma corregidas por el Concilio Vaticano II, tal como Su Excelencia espera que ocurra con Dignitatis Humanae. +

Ninguno de los ejemplos que ofrece Su Excelencia es, en sí mismo, gravemente erróneo o herético: el hecho de que el Concilio de Florencia declarara que la traditio instrumentorum era necesaria para la validez de las órdenes no comprometió de ningún modo el ministerio sacerdotal en la Iglesia, haciendo que se confirieran órdenes inválidas. No me parece tampoco que se pueda afirmar que este aspecto, a pesar de su importancia, haya conducido a errores doctrinales por parte de los fieles, algo que sí ha ocurrido, por el contrario, sólo en el último Concilio. Y cuando en el curso de la historia se han difundido diversas herejías, la Iglesia siempre ha intervenido prontamente para condenarlas, como ocurrió en el tiempo del Sínodo de Pistoya de 1786, que fue en cierto modo un anticipo del Concilio Vaticano II, especialmente en su abolición de la comunión fuera de la Misa, la introducción de la lengua vernácula, y la abolición de las oraciones del Canon dichas en voz baja, pero especialmente en la teorización sobre el fundamento de la colegialidad episcopal, reduciendo la primacía del Papa a una función meramente ministerial. El releer las actas de aquel Sínodo causa estupor por la formulación literal de los mismos errores que encontramos posteriormente, aumentados, en el Concilio que presidieron Juan XXIII y Pablo VI. Por otra parte, tal como la Verdad procede de Dios, el error es alimentado por el Adversario y se alimenta de él, que odia a la Iglesia de Cristo y su corazón, la Santa Misa y la Santísima Eucaristía.  

Llega un momento en nuestras vidas en que, por disposición de la Providencia, nos enfrentamos a una opción decisiva para el futuro de la Iglesia y para nuestra salvación eterna. Me refiero a la opción entre comprender el error en que prácticamente todos hemos caído, casi siempre sin mala intención, y seguir mirando para el otro lado o justificándonos a nosotros mismos.  

También hemos cometido, entre otros, el error de considerar a nuestros interlocutores como personas que, a pesar de la diferencia de ideas y de fe, se han movido siempre por buenas intenciones y que estarían dispuestas a corregir sus errores si pudieran convertirse a nuestra Fe. Junto con numerosos Padres Conciliares, concebimos el ecumenismo como un proceso, como una invitación que llama a los disidentes a la única Iglesia de Cristo, a los idólatras y paganos al único Dios verdadero, al pueblo judío al Mesías prometido. Pero desde el instante en que fue teorizado en las comisiones conciliares, el ecumenismo fue entendido de un modo que está en directa oposición con la doctrina previamente sostenida por el Magisterio.

Hemos pensado que ciertos excesos eran sólo exageraciones de los que se dejaron arrastrar por el entusiasmo de novedades, y creímos sinceramente que ver a Juan Pablo II rodeado por brujos sanadores, monjes budistas, imanes, rabíes, pastores protestantes y otros herejes era prueba de la capacidad de la Iglesia de convocar a todos los pueblos para pedir a Dios la paz, cuando el autorizado ejemplo de esta acción iniciaba una desviada sucesión de panteones más o menos oficiales, hasta el punto de ver a algunos obispos portar el sucio ídolo de la pachamama sobre sus hombros, escondido sacrílegamente con el pretexto de ser una representación de la sagrada maternidad.

Pero si la imagen de una divinidad infernal pudo ingresar a San Pedro, fue parte de un crescendo que algunos previeron como un comienzo. Hoy hay muchos católicos practicantes, y quizá la mayor parte del clero católico, que están convencidos de que la Fe católica ya no es necesaria para la salvación eterna: creen que el Dios Uno y Trino revelado a nuestros padres es igual que el dios de Mahoma. Hace veinte años oímos esto repetido desde los púlpitos y las cátedras episcopales, pero recientemente lo hemos oído, afirmado con énfasis, incluso desde el más alto Trono.

Sabemos muy bien que, invocando la palabra de la Escritura Littera enim occidit, spiritus autem vivificat [“La letra mata, el espíritu da vida” (2 Cor 3, 6)], los progresistas y modernistas astutamente encontraron cómo esconder expresiones equívocas en los textos conciliares, que en su tiempo parecieron inofensivos pero que, hoy, revelan su valor subversivo. Es el método usado en la frase subsistit in: decir una semi-verdad como para no ofender al interlocutor (suponiendo que es lícito silenciar la verdad de Dios por respeto a sus criaturas), pero con la intención de poder usar un semi-error que sería instantáneamente refutado si se proclamara la verdad entera. Así, “Ecclesia Christi subsistit in Ecclesia Catholica” no especifica la identidad de ambas, pero sí la subsistencia de una en la otra y, en pro de la coherencia, también en otras iglesias: he aquí la apertura a celebraciones interconfesionales, a oraciones ecuménicas, y al inevitable fin de la necesidad de la Iglesia para la salvación, en su unicidad y en su naturaleza misionera.

Puede que algunos recuerden que los primeros encuentros ecuménicos tuvieron lugar con los cismáticos del Oriente, y muy prudentemente con otras sectas protestantes. Fuera de Alemania, Holanda y Suiza, al comienzo los países de tradición católica no vieron con buenos ojos las celebraciones mixtas en que había juntos pastores protestantes y sacerdotes católicos. Recuerdo que en aquellos años se habló de eliminar la penúltima doxología del Veni Creator para no ofender a los ortodoxos, que no aceptan el Filioque. Hoy escuchamos los surahs del Corán leídos desde el púlpito de nuestras iglesias, vemos un ídolo de madera adorado por hermanas y hermanos religiosos, oímos a los obispos desautorizar lo que hasta ayer nos parecía ser las excusas más plausibles de tantos extremismos. Lo que el mundo quiere, por instigación de la masonería y sus infernales tentáculos, es crear una religión universal que sea humanitaria y ecuménica, de la cual es expulsado el celoso Dios que adoramos. Y si esto es lo que el mundo quiere, todo paso en esa dirección que dé la Iglesia es una desafortunada elección que se volverá en contra de quienes creen que pueden burlarse de Dios. No se puede dar de nuevo vida a las esperanzas de la Torre de Babel, con un plan globalizante que tiene como meta la neutralización de la Iglesia católica a fin de reemplazarla por una confederación de idólatras y herejes unidos por el ambientalismo y la fraternidad universal. No puede haber hermandad sino en Cristo, y sólo en Cristo: qui non est mecum, contra me est. 

Es desconcertante que tan poca gente se dé cuenta de esta carrera hacia el precipicio, y que pocos adviertan la responsabilidad de los niveles más altos de la Iglesia que apoyan estas ideologías anti cristianas, como si los líderes de la Iglesia quisieran la garantía de que tendrán un lugar y un papel en el carro del pensamiento correcto. Y es sorprendente que haya gente que persista en la negativa a investigar las causas de fondo de la presente crisis, limitándose a deplorar los excesos actuales como si no fueran la consecuencia inevitable de un plan orquestado hace ya décadas. El que la pachamama haya sido adorada en una iglesia, se lo debemos a Dignitatis Humanae. El que tengamos una liturgia protestantizada y a veces incluso paganizada, se lo debemos a la revolucionaria acción de monseñor Annibale Bugnini y a las reformas postconciliares. La firma de la Declaración de Abu Dabhi, se la debemos a Nostra Aetate. Y si hemos llegado hasta delegar decisiones en las Conferencias Episcopales -incluso con grave violación del Concordato, como es el caso en Italia-, se lo debemos a la colegialidad y a su versión puesta al día, la sinodalidad. Gracias a la sinodalidad nos encontramos con Amoris Laetitia y teniendo que ver el modo de impedir que aparezca lo que era obvio para todos: este documento, preparado por una impresionante máquina organizacional, pretendió legitimar la comunión a los divorciados y convivientes, tal como Querida Amazonia va a ser usada para legitimar a la mujeres sacerdotes (como en el caso reciente de una “vicaria episcopal” en Friburgo de Brisgovia) y la abolición del Sagrado Celibato. Los prelados que enviaron las Dubia a Francisco, a mi juicio, evidenciaron la misma piadosa ingenuidad: pensar que Bergoglio, confrontado con una contestación razonablemente argumentada de su error, iba a comprender, a corregir los puntos heterodoxos y a pedir perdón.

El Concilio fue usado para legitimar las más aberrantes desviaciones doctrinales, las más osadas innovaciones litúrgicas y los más inescrupulosos abusos, todo ello mientras la Autoridad guardaba silencio. Se exaltó de tal modo a este Concilio que se lo presentó como la única referencia legítima para los católicos, para el clero, para los obispos, oscureciendo y connotando con una nota de desprecio la doctrina que la Iglesia había siempre enseñado autorizadamente, y prohibiendo la liturgia perenne que había, durante milenios, alimentado la fe de una línea ininterrumpida de fieles, mártires y santos. Entre otras cosas, este Concilio ha demostrado ser el único que ha causado tantos problemas interpretativos y tantas contradicciones respecto del Magisterio precedente, en tanto que no existe ni un solo Concilio -desde el Concilio de Jerusalén hasta el Vaticano I- que no haya armonizado perfectamente con todo el Magisterio o que haya necesitado tanta interpretación.

Confieso con serenidad y sin controversia: fui una de las muchas personas que, a pesar de tantas perplejidades y temores como hoy se ha demostrado ser legítimos, confié en la autoridad de la Jerarquía con incondicional obediencia. En realidad, creo que mucha gente, incluido yo mismo, no consideró en un comienzo la posibilidad de que pudiera haber un conflicto entre la obediencia a una orden de la Jerarquía y la fidelidad a la Iglesia. Lo que hizo tangible esta separación no natural, diría incluso perversa, entre la Jerarquía y la Iglesia, entre la obediencia y la fidelidad, fue ciertamente el presente pontificado.

En la Sala de Lágrimas, adyacente a la Capilla Sixtina, mientras monseñor Guido Marini preparaba el roquete, la muceta y la estola para la primera aparición del Papa “recién elegido”, Bergoglio exclamó: “Sono finite le carnevalate!” [“Se acabó el carnaval”], rehusando desdeñosamente las insignias que todos los Papas hasta ahora habían aceptado, humildemente, como el atuendo del Vicario de Cristo. Pero esas palabras contenían una verdad, aunque dicha involuntariamente: el 23 de marzo de 2013, los conspiradores dejaron caer la máscara, libres ya de la inconveniente presencia de Benedicto XVI y osadamente orgullosos de haber finalmente promovido a un Cardenal que representaba sus ideas, su modo de revolucionar la Iglesia, de hacer maleable la doctrina, adaptable la moral, adulterable la liturgia y desechable la disciplina. Todo esto se consideró, por los mismos protagonistas de la conspiración, como lógica consecuencia y obvia aplicación del Concilio Vaticano II que, según ellos, había sido debilitado por las críticas hechas por Benedicto XVI. La mayor osadía de ese Pontificado fue el permiso para celebrar libremente la venerada liturgia tridentina, cuya legitimidad fue finalmente reconocida, refutando cincuenta años de ilegítimo ostracismo. No es un accidente el que los partidarios de Bergoglio sean los mismos que vieron el Concilio como el primer paso de una nueva Iglesia, antes de la cual había existido una vieja religión con una vieja liturgia. 

No es accidente: lo que estos hombres afirman impunemente, escandalizando a los moderados, es lo mismo que creen los católicos, vale decir, que a pesar de todos los esfuerzos de la hermenéutica de la continuidad, que naufragó miserablemente con la primera confrontación con la realidad de la presente crisis, es innegable que, desde el Concilio Vaticano II en adelante, se construyó una nueva iglesia, superimpuesta a la Iglesia de Cristo y diametralmente opuesta a ella. Esta Iglesia paralela oscureció progresivamente la institución divina fundada por el Señor, reemplazándola por una entidad espuria, que corresponde a la deseada religión universal, teorizada primeramente por la masonería. Expresiones como nuevo humanismo, fraternidad universal, dignidad del hombre, son muletillas del humanitarismo filantrópico que niega al verdadero Dios, de una solidaridad horizontal de inspiración vagamente espiritualista y de un irenismo ecuménico, condenado inequívocamente por la Iglesia. “Nam et loquela tua manifestum te facit [“Tus palabras te ponen en evidencia”]” (Mt 26, 73): este recurrir frecuente, incluso obsesivo, al mismo vocabulario de los enemigos revela la adhesión a la ideología inspirada por ellos. Por otra parte, la renuncia sistemática al lenguaje claro, inequívoco y cristalino de la Iglesia confirma el deseo de separarse no sólo de las formas católicas, sino incluso de su sustancia misma. 

Lo que durante años hemos oído proclamar vagamente, sin connotaciones claras, desde el más alto de los Tronos, lo encontramos ahora, elaborado en un verdadero manifiesto propiamente tal, entre los partidarios del presente pontificado: la democratización de la Iglesia, ya no mediante la colegialidad inventada por el Concilio Vaticano II, sino por la vía sinodal inaugurada por el Sínodo de la Familia; la demolición del sacerdocio ministerial mediante su debilitamiento por las excepciones al celibato eclesiástico y la introducción de figuras femeninas con responsabilidades cuasi-sacerdotales; el silencioso tránsito desde un ecumenismo dirigido a los hermanos separados hacia una forma de pan-ecumenismo que reduce la Verdad del Dios Uno y Trino al nivel de las idolatrías y de las más infernales supersticiones; la aceptación de un diálogo interreligioso que presupone un relativismo religioso y excluye la proclamación misionera; la desmitologización del Papado, emprendida por Bergoglio como tema de su pontificado; la progresiva legitimación de todo lo que es políticamente correcto: la teoría de género, la sodomía, el matrimonio homosexual, las doctrinas maltusianas, el ecologismo, el inmigracionismo… Si no reconocemos que las raíces de estas desviaciones se encuentran en los principios establecidos por el último Concilio, será imposible encontrar una cura: si persiste de nuestra parte un diagnóstico que, contra todas las demostraciones, excluye la patología inicial, no podemos prescribir una terapia adecuada. 

Esta operación de honestidad intelectual exige una gran humildad, primero que nada, para reconocer que, durante décadas, hemos sido conducidos al error, de buena fe, por personas que, constituidas en autoridad, no han sabido vigilar y cuidar al rebaño de Cristo: algunas de ellas, para poder llevar una vida tranquila, otras debido a que tienen demasiados compromisos, otras por conveniencia y, finalmente, otras de mala fe o incluso con un malicioso propósito. Estas últimas, que han traicionado a la Iglesia, deben ser identificadas, llevadas a un costado e invitadas a corregirse y, si no se arrepienten, deben ser expulsadas de los recintos sagrados. Así es como actúa el Pastor, que tiene en su corazón el bien de las ovejas y que da su vida por ellas. Hemos tenido y todavía tenemos demasiados mercenarios, para quienes la aprobación por parte de los enemigos de Cristo es más importante que la fidelidad a su Esposa.

Tal como, hace sesenta años, honesta y serenamente obedecí cuestionables órdenes, creyendo que representaban la amable voz de la Iglesia, hoy, con la misma serenidad y honestidad, reconozco que he sido engañado. Ser coherente hoy, perseverando en el error, constituiría una desgraciada elección y me convertiría en un cómplice de este fraude. Proclamar que existió claridad de juicio desde el principio no sería honesto: todos supimos que el Concilio iba a ser, más o menos, una revolución, pero no podíamos imaginar que iba a serlo de un modo tan devastador, incluso respecto a la obra de quienes deberían haberla evitado. Y si, hasta Benedicto XVI podíamos todavía pensar que el golpe de estado del Concilio Vaticano II (que el Cardenal Suenens llamó “el 1789 de la Iglesia”) estaba experimentando una desaceleración, en estos últimos años hasta el más ingenuo de entre nosotros ha comprendido que el silencio por temor a causar un cisma, el esfuerzo por remendar los documentos papales en sentido católico para remediar su intencionada ambigüedad, los llamados y dubia dirigidos a Francisco que han quedado elocuentemente sin respuesta, son formas de confirmación de la existencia de la más grave de las apostasías a que están expuestos los más altos niveles de la Jerarquía, en tanto que los fieles cristianos y el clero se sienten desesperadamente abandonados y son vistos por los obispos casi con enfado.

La Declaración de Abu Dhabi es la proclama ideológica de una idea de paz y cooperación entre las religiones que podría posiblemente ser tolerada si proviniera de paganos privados de la luz de la Fe y del fuego de la Caridad. Pero todo el que haya recibido la gracia de ser Hijo de Dios en virtud del Santo Bautismo debería horrorizarse con la idea de construir una versión, moderna y blasfema, de la Torre de Babel, buscando aunar a la única Iglesia de Cristo, heredera de las promesas hechas al Pueblo Elegido, con aquellos que niegan al Mesías y con quienes consideran que la idea misma de un Dios Trino y Uno es una blasfemia. El amor de Dios no tiene límites y no tolera compromisos, porque de otro modo no es, simplemente, Caridad, sin la cual no se puede permanecer en Él: qui manet in caritate, in Deo manet, et Deus in eo [quien permanece en el amor, permanece en Dios, y Dios en él] (1 Jn 4, 16). Importa poco que se trate de una declaración o de un documento magisterial: sabemos bien que la mens subversiva de los innovadores juguetea con estas especies de puzzles a fin de difundir el error. Y sabemos bien que la finalidad de estas iniciativas ecuménicas e interreligiosas no es convertir a quienes están lejos de la única Iglesia de Cristo, sino desviar y corromper a quienes todavía creen en la Fe católica, llevándolos a pensar que es deseable tener una gran religión universal que reúna a las tres grandes religiones abrahámicas “en una sola casa”: ¡esto sería el triunfo del plan masónico de preparación del reino del Anticristo! No importa mucho que ello se materialice mediante una bula dogmática, una declaración, o una entrevista con Scalfari en La Repubblica, porque los partidarios de Bergoglio esperan la señal de su palabra, a la cual responderán con una serie de iniciativas que están preparadas y organizadas desde hace ya algún tiempo. Y si Bergoglio no cumple las instrucciones que ha recibido, hay cantidad de teólogos y de clérigos que están preparados para lamentarse de la “soledad del papa Francisco”, a fin de usar esto como premisa para su renuncia (pienso, por ejemplo, en Massimo Faggioli en uno de sus recientes ensayos). Por otra parte, no sería la primera vez que usan al Papa cuando éste actúa según el plan de ellos, y que se deshacen de él o lo atacan tan pronto como no lo hace. 

El domingo pasado la Iglesia celebró a la Santísima Trinidad, y en el Breviario se recita el Symbolum Athanasianum, hoy puesto fuera de la ley por la liturgia conciliar, y ya reducido a sólo dos ocasiones en la reforma litúrgica de 1962. Las primeras palabras de ese suprimido Symbolum merecen estar escritas con letras de oro: “Quicumque vult salvus esse, ante omnia opus est ut teneat Catholicam fidem; quam nisi quisque integram inviolatamque servaverit, absque dubio in aeternum peribit [Quien quiera ser salvado, es necesario, antes que nada, que crea en la Fe católica, porque a menos que mantenga esta fe íntegra e inviolada, sin duda perecerá eternamente]”. 

+ Carlo Maria Viganò

(Traducido y publicado por Asociación Litúrgica Magnificat, Una Voce Chile)
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martes, 12 de junio de 2018

Carta abierta a Gustavo Petro, por P. Mario García Isaza

Reproducimos el siguiente articulo escrito por el P. Mario García Isaza, formador del seminario arquidiocesano de Ibagué, que nos lo ha enviado personalmente.

Resultado de imagen de mario garcia isazaSeñor: permítame referirme al reciente episodio, cumplido frente a la basílica del Voto Nacional, y en el cual recibió usted la adhesión de Antanas Mockus y de Claudia López. Yo adivino, –usted dirá si es equivocada mi percepción– que las circunstancias con que se desarrolló dicho acto no fueron iniciativa suya, sino de ese personaje pintoresco que ahora lo respalda. Ese acto chocarrero se inscribe perfectamente en el estilo teatral, un tanto rufianesco, que lo ha caracterizado; el mismo con que pretendía convertir en acto de autoridad ante sus alumnos un gesto de impúdico exhibicionismo; el que le sirvió para mostrar su desdén frente al matrimonio al celebrar el suyo con tintes circenses y sobre un paquidermo; el mismo con que, en irrespetuosa patanería, le lanzó un vaso de agua en el rostro a quien controvertía sus ideas. ¡Ese es él: el estilo es el hombre!

Pero, doctor Petro, ¡ qué equivocación fatal, la suya, al prestarse a semejante bufonada! Quiero decirle que, más allá de la ridiculez de la escena, para nosotros, los católicos, y seguramente para muchos que, sin serlo, guardan una pizca de buen sentido y de respeto, lo hecho por ustedes es una ofensa, un premeditado insulto a valores que profesamos y a cosas que veneramos. El Decálogo que Moisés recibió grabado en piedra es la revelación de normas y principios que orientan nuestro comportamiento privado y nuestras relaciones con Dios y con los demás. Posar, como lo hicieron, de nuevos portadores de mandamientos para usted, esculpidos en piedra como la Ley del Sinaí; mostrar, en una especie de estola, una frase que pertenece a la liturgia eucarística; escoger, para la escena histriónica precisamente el día del Sagrado Corazón y casi el atrio del templo que recuerda la consagración de Colombia a ese Corazón Sacratísimo, todo eso, no me diga usted que no obedece a un propósito perverso. ¿O es usted tan ingenuo y majagranzas que no se percató de esa intención? No lo creo, usted es sagaz.

Es bueno que sepa, doctor Petro, que con lo que hicieron sus nuevos seguidores, mendicantes de un respaldo que Colombia les ha negado, a nosotros nos han quedado dos cosas perfectamente claras. La primera, su absoluta incoherencia y su disposición a firmar, con el fin de granjearse adeptos, unos compromisos diametralmente opuestos a lo que había afirmado y propuesto durante toda su campaña; imposible confiar en quien tan fácilmente se desdice y negocia sus convicciones. Y la segunda : que jamás podríamos cohonestar o apoyar con nuestro voto a una persona como usted, que en tal forma pisotea los valores morales y religiosos de la comunidad. Si nos faltaba algún argumento para no votar nunca por sus programas, usted y su grotesco moisés nos lo han proporcionado.

Probablemente a usted, doctor Petro, no le importe lo que voy a asegurarle : que oro por usted, y oro para que el Dios de Colombia nos ayude a preservar lo que nos queda de convicciones y principios cristianos.

Mario García Isaza

c.c. 41079

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lunes, 28 de mayo de 2018

Editorial: Cristo es Rey

Las elecciones no son tan importantes. Así es, parece un contrasentido con todo lo que hemos venido afirmando a lo largo de los últimos dos años, pero quien recuerde nuestro editorial el 11 de marzo pasado, entenderá a qué nos referimos. No se trata de que neguemos que haya candidatos que defiendan la aplicación de los acuerdos con las FARC, autopista directa al socialismo del siglo XXI. No se trata de que ignoremos que hay candidatos que prometen un impulso a la agenda LGBT en todo nivel. Se trata de que no olvidemos que Cristo es Rey, un Rey que vendrá a hacer justicia, y a dar su paga a los malvados.

Tener esto presente nos libra de la angustia y la desesperanza. Puede que el Comunismo gane en estas elecciones, puede que los inmorales se alcen en el poder, puede que la perversión se difunda desde todos los organismos del Estado. Al final, Cristo los barrerá de la faz de la Tierra de un soplo, mostrando a toda la creación que Él es quien gobierna sobre todo, y que nada sirven los poderes del hombre contra la majestad de Dios.

Así pues, cuando votamos no podemos dejarnos llevar por el miedo, la rabia o el odio. Nuestra salvación como Nación no depende de la victoria o derrota de tal o cual candidato, y duele mucho ver a los católicos enfrentándose y enemistándose entre sí por apoyar candidatos que, sin excepción, comparten todos una ideología abiertamente anti-cristiana, aunque la disimulen en tiempo de campaña electoral. Cristo es Rey, y ni el Comunismo de Petro, ni el Progresismo de Duque, ni la Ideología gay de Fajardo, serán tan graves como para que ensuciemos nuestra conciencia colaborando con el mal, movidos por el miedo.

Cristo es Rey, y es el único Rey a quien debemos nuestra lealtad desde la conciencia. Por eso, cada vez que vayamos a las urnas, aún más que nuestros temores sobre el futuro del país, que sea nuestra conciencia limpia ante Cristo lo que decida nuestro voto.

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