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jueves, 6 de febrero de 2020

25, 26 y 27 de Febrero: XI Congreso Internacional de la Asociación Colombiana de Juristas Católicos


El XI Congreso de la Asociación Colombiana de Juristas Católicos se desarrollará en Bogotá los próximos 25, 26 y 27 de Febrero de 2020 en las instalaciones de la Universidad Católica de Colombia. El tema "La economía católica, a la luz de la ley natural y de la doctrina social de la Iglesia, frente a los problemas actuales". El encuentro coincidirá con las VI Jornadas Hispánicas de Derecho Natural.

A continuación el programa del Congreso:

25 de febrero (14.30-17.30 horas)

  • Economía natural y economía católica [Francisco Gómez Ortiz, Colombia].
  • Orden natural y economía [Danilo Castellano, Italia].
  • La economía y la unidad de la DSI [Miguel Ayuso, España].
  • Derecho natural e ideologías de la economía [José Luis Widow y Matías Petersen, Chile].

26 de febrero (14.30-17.30 horas)

  • La economía católica antes de la DSI: origen, evolución, problemas y cuestiones ético-jurídicas [Juan Fernando Segovia, Argentina].
  • Problemas actuales de la propiedad privada a la luz de la ley natural [Julio Alvear, Chile].
  • La propiedad en la DSI [José Antonio Ullate, España].

27 de febrero (14.30-17.30 horas)

  • Economía productiva y economía de servicios [Adrien Peneranda, Francia].
  • El trabajo humano y la naturaleza [Ricardo Dip, Brasil].
  • Globalización, financias y economía [Pedro José Izquierdo, Ecuador].
Más información en los correos juristascatolicos@gmail.com, educacion_continuada@ucatolica.edu.co, o exensionderecho@ucatolica.edu.co.

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viernes, 21 de abril de 2017

No es sólo Bancolombia: Empresas extranjeras forman red para impulsar agenda gay en Colombia

C9y0gzHWAAYr8lvMientras católicos y protestantes expresan su indignación ante la nueva campaña publicitaria de Bancolombia en que se afirma que “es el momento de las nuevas familias” mostrando a una pareja de dos hombres, Google lidera en Colombia la constitución de una red de empresas pro-LGBT que les ayude a avanzar la agenda homosexual en el país.

El pasado mércoles 19 de abril, en las instalaciones de Google Colombia se llevó a cabo el lanzamiento de “Pride Connection”, una iniciativa para “romper los paradigmas del país suramericano y demostrar que la diversidad da resultados de negocio", según la agencia EFE. La conforman Accenture, Booking, Citi, Dow, General Electric, IBM, J.P.Morgan, SAP, y Rappi. 8 empresas extranjeras y sólo una colombiana, confirmando que se trata de una avanzada neo-colonizadora con el propósito de impulsar la revolución cultural que busca sustituir la moral de los colombianos.

En su página web, se afirma que buscan “Crear una red de contactos y aliados que entiendan y apoyen la diversidad”, es decir que probablemente darán preferencia como clientes, proveedores o asociados, a empresas que se sumen a la causa homosexual, “Promover, desde el nivel directivo, la diversidad e inclusión laboral”, lo que prenuncia presiones en el entorno laboral para que los empleados renuncien a sus valores familiares, “Sumar esfuerzos y valores de cada organización hacia todos sus empleados, colaboradores, la comunidad LGBT+ y sus Aliados”, por lo que muy seguramente financiarán proyectos del lobby gay en el país, “Generar conciencia en las organizaciones y sus colaboradores sobre la importancia de la diversidad y la inclusión” lo que significa que habrá adoctrinamiento gay al interior de tales empresas.

¿Puede extenderse una campaña de Boicot a tales empresas? Varias de estas empresas ni siquiera ofrecen productos o servicios al público consumidor, sino que trabajan como proveedores o asociados de otras empresas, y exceptuando el caso de Rappi, el impacto del mercado colombiano para ellas puede ser mínimo en comparación con los beneficios que les concede la élite financiera global por servir de promotores de la causa homosexual.  Además, ¿cómo tomar el caso de Google? Se trata de un verdadero monopolio que, aunque todos los católicos canceláramos nuestras cuentas de Gmail y Youtube, seguiríamos usando sin darnos cuenta, a través de toda clase de plataformas que utilizan los servicios de Google.

Se trata del cumplimiento evidente de lo profetizado en el Apocalipsis: "Y hace que todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, se hagan una marca en la mano derecha o en la frente, y que nadie pueda comprar nada ni vender, sino el que lleve la marca con el nombre de la Bestia o con la cifra de su nombre." (Ap 13, 16-17) Llegará el momento, y no parece estar muy lejos, en que a quienes, por fidelidad a Cristo y a su Iglesia, rechacen la ideología homosexual, se les expulse del mercado global y se les impida cualquier tipo de negocio o intercambio por no llevar la marca arcoiris con ellos. Entonces, la Iglesia será como la mujer en el desierto, como Elías en el mone Horeb, alimentado y protegido directamente por la providencia de Dios.

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lunes, 26 de diciembre de 2016

La Cristiandad, en el punto de mira de las élites globales

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(ReL: 26 diciembre 2016) ¿Se trata solo de liberalizar los mercados? Los deseos de las élites globalizadoras envuelven algo más: un poder centralizado y la imposición de una ideología netamente anticristiana. Así lo explica Robert F. Gorman, profesor de Ciencias Políticas y Estudios Internacionales en la Universidad Estatal de Texas, en este artículo publicado por el Instituto Acton (los subtítulos son de ReL):

El término gobernanza global hace referencia a la dimensión política de la globalización. La cuestión aquí es hasta qué punto la gobernanza estará centralizada y controlada por instituciones internacionales que amenazan con reducir la capacidad de los gobiernos locales y nacionales. Los defensores de la gobernanza global tienden a preferir una regulación transnacional de los mercados y la creación de leyes para los nuevos derechos humanos caracterizadas por una mayor centralización.

Un gran número de beneficiarios

En último termino, la gobernanza global implica mucho más que una simple coordinación y cooperación internacional, algo que ya existía en las relaciones internacionales modernas. Ahora es también una ideología profunda y ampliamente arraigada, cuyo objetivo es la centralización y regulación a nivel global de áreas de amplio alcance de interacción internacional. Sus devotos creen en ella y la llevan adelante con un celo casi religioso. Entre estos devotos hay (1) profesores universitarios y profesores a todos los niveles, (2) organizaciones profesionales no gubernamentales, (3) abogados internacionales, (4) periodistas, (5) un número cada vez mayor de líderes y funcionarios del gobierno elegidos o nombrados, (6) funcionarios públicos a nivel internacional, (7) celebridades y élites culturales y (8) expertos de las Naciones Unidas y otras organizaciones intergubernamentales.

Si este cuerpo de creyentes, cada vez más numeroso y con mayor influencia, simplemente quisiera resolver problemas internacionales urgentes, las consecuencias serían en gran medida inofensivas. La cooperación internacional es necesaria para prevenir, controlar y resolver conflictos, para proporcionar y facilitar la necesaria asistencia humanitaria de emergencia y para promocionar una cada vez mayor prosperidad entre las naciones.

Los globalistas, como eran llamados antiguamente, y los defensores de la gobernanza global, como son llamados ahora, quieren mucho más. La ideología de la gobernanza global quiere destruir y eliminar la soberanía nacional reduciendo el control de los gobiernos nacionales sobre el movimiento de las personas, los bienes y el capital en las fronteras nacionales. Busca establecer un orden totalmente secular en el que actividades como la educación, la sanidad, el desarrollo económico y la justicia sean moldeadas por expertos globales, y no por los líderes en sus contextos naturales locales y nacionales. El gobierno de expertos, de burócratas globales, es su ideal.

Una visión común

Estos expertos comparten, a su vez, una visión de conjunto común en lo que se refiere al mundo.

-Son secularistas abiertamente hostiles -o, como  mínimo, recelosos- a la religión y a la cultura tradicional como influencia sobre la civilización.

-Son burócratas, o defensores de la burocracia, que creen que el gobierno de un experto es, respecto al gobierno de candidatos elegidos, el único modo de llevar adelante un agenda progresista de modernización.

-Son ambientalistas que, a distintos niveles, consideran que los seres humanos y el crecimiento de la población humana son un flagelo para la ecología global. Por lo tanto, defienden casi universalmente el control de la natalidad y consideran a la familia, sobre todo a la familia tradicional y a las creencias religiosas de la familia, como una amenaza para la integridad medioambiental.

-A menudo son defensores de la eugenesia, pues su fin es reducir la fertilidad y el número de personas menos deseables.

-Son transnacionalistas que creen que el estado-nación es un anacronismo cultural que tiene que ser deconstruido.

-Normalmente son defensores de la ductilidad de género que buscan, en nombre de los derechos humanos, promover una redefinición global de la masculinidad y la feminidad y, por consiguiente, la redefinición de la persona humana y el matrimonio como base normativa de la vida familiar.

-Son materialistas que, en última instancia, niegan la naturaleza espiritual transcendental del ser humano, por lo que su preocupación fundamental son las necesidades emocionales y físicas de las personas.

-Son relativistas que, en general, rechazan el concepto de verdad moral objetiva, de ley natural o la dimensión religiosa o espiritual de la persona humana. Consideran el poder y el control como los mecanismos con los que rehacer el mundo a su propia imagen.

-Son centralistas que tienen poca consideración hacia los derechos de los órganos subsidiarios, las agencias locales de ayuda y apoyo mutuos, las iglesias, los gobiernos locales, o incluso de aquellos gobiernos nacionales que quieren preservar un modo de vida diferente. En nombre de la solidaridad global violan los principios básicos de la subsidiariedad.

Suplantar a la Iglesia

La enseñanza tradicional de la cristiandad, arraigada en el Evangelio de Jesucristo, es un objetivo principal de estos defensores de la gobernanza global, que han adoptado el manto de la paz, la justicia, los derechos humanos y la ayuda humanitaria -el evangelio social de la Iglesia-, pero que atacan sistemáticamente a la Iglesia como institución, a la familia tradicional y los valores morales tradicionales, el amor por el propio país y el amor hacia Dios. Quieren suplantar a la Iglesia en su papel histórico de proveedora de las obras de misericordia corporales. Se oponen a la libertad religiosa, e incluso a la libertad de conciencia.

Esta siniestra versión de la gobernanza global es un signo de nuestros tiempos. Es alimentada a una velocidad increíble por la globalización de las comunicaciones electrónicas. Internet y los medios de comunicación social -por derecho propio, una gran ayuda a la vida moderna- apoyan demasiado a menudo agendas inhumanas, desde la pornografía y el abuso sexual por internet, al sindicalismo criminal global y al reclutamiento y defensa transnacional del terrorismo.

En este nuevo mundo virtual, la paz y la justicia se enfrentan a la violencia y la depravación. La Iglesia debe ser consciente de los movimientos ideológicos que actúan bajo el disfraz del humanismo secular y el progresismo. La ideología de la gobernanza global es hija adoptiva del pensamiento materialista marxista. En una época de globalización real, es el punto de vista que reina entre las élites. Por lo tanto, la Iglesia debe conocerla bien y resistir sus siniestros fines a través de su servicio como signo de contradicción, cooperando con la institucionalización internacional allí donde esté más justificado y oponiéndose a ella cuando viole la dignidad humana fundamental, los derechos subsidiarios de la Iglesia y de los agentes de ayuda y apoyo mutuo arraigados en comunidades que dependen de los mismos.

La Iglesia debe apoyar una forma humana y justa de gobernanza global, y resistirse a los compromisos políticos y a las características de una ideología que impulsa una cultura de muerte y no una civilización de vida y amor. El verdadero bien y la verdadera felicidad de las personas humanas reside en un respeto genuino por la dignidad humana y por el avance del bien común a la luz de las verdades más profundas de la naturaleza humana. La Iglesia, como las personas de buena voluntad, deben trabajar para asegurar que la gobernanza global apoye y no frustre este fin.

Traducción de Helena Faccia Serrano (diócesis de Alcalá de Henares).

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martes, 26 de abril de 2016

Despotismo y «socialismo espiritual», por Germán Mazuelo-Leytón

Reproducimos el artículo de Germán Mazuelo-Leytón publicado originalmente en su blog en Adelante la Fe.

La «Carta de la Tierra» incubada en las Naciones Unidas desde 1997 y, lanzada el año 2000 después de su discusión durante 8 años en una cincuentena de países, junto a la «Declaración universal del bien común de la madre tierra y de la humanidad», -emanada ésta de la «Primera Conferencia Mundial de los Pueblos sobre Cambio Climático y Derechos de la Madre Tierra» que se verificó entre el 20 y 22 de abril de 2010, en Cochabamba, Bolivia-, no han tenido ni tienen otro fin que resucitar y alentar extintos paganismos, singladura gestada previamente al Quinto Centenario del Descubrimiento de América, y que se fue ejecutando muy particular e incisivamente a partir de 1992, así como implantar una «Iglesia ecuménica mundial» al servicio de un «Nuevo orden mundial», (democracia sociocósmica en expresión del ex presbítero Leonardo Boff), o dicho en otras palabras un «socialismo espiritual», mediante dicho sistemático y maligno proyecto de regreso a la idolatría y el paganismo.

Así lo afirmaba el delirante Leonardo Boff, promoviendo la agenda anti-cristiana delNuevo Orden Mundial:

«Cuanta más diversidad mejor. Lo mismo con las culturas. Cuantas más expresiones religiosas, más facetas de Dios. Que se manifiesta de mil maneras; (…) todos somos hermanos y hermanas a raíz de eso. Nosotros lo sabemos por bagaje científico, San Francisco lo sabía. Lo mismo un gusano que un chimpancé que nosotros. Todos hermanos o primos hermanos. Tal vez el chimpancé tiene escondidos los 2 genes que lo diferencian del ser humano, tal vez es el futuro del humano».

Un despótico lavado de cerebro, para sustituir el Decálogo, por la ideología nuevaerista, ecologista, humanista, inmanentista y panteísta, que busca erradicar la idea de Dios:

«Hay que ayudar a la humanidad a cambiar la visión antropológica del hombre. Se necesita hacer la transición de la idea del hombre como rey de la naturaleza a la convicción que el hombre forma parte de ella. Necesitamos encontrar un nuevo paradigma que reemplace los vagos conceptos antropológicos. Esos nuevos conceptos se deberán aplicar a todo el sistema de ideas, a la moral y a la ética, y constituirán un nuevo modo de vida. El mecanismo que usaremos, será el reemplazo de los Diez Mandamientos, por los principios contenidos en esta Carta o Constitución de la tierra» (Mijail Gorvachov).

Dijo D. Plinio Corrêa de Oliveira:

«Existe una raíz común en el liberalismo y el despotismo. ¿Qué despotismo? Las cuestiones de tono político no interesan. Sea su bandera parda, roja, negra, es siempre el despotismo. Y si ese despotismo fuere blando, benigno, suave, aun así, será siempre despotismo.

El socialismo de hoy, como el nazismo de ayer, como anteayer el liberalismo, ostenta mil rostros, sonríe con una cara a la Iglesia, amenaza con la otra, y hace discursos contra ella aún con otra.

Contra este nuevo socialismo, como otrora contra el liberalismo, la actitud de los católicos en el mundo entero, pero sobre todo en Europa, sólo puede ser una: combate decidido, franco, inflexible, valiente»1.

Un gobernante (monarca, dictador, asamblea, etc.) por el principio mismo de su soberanía puede ser despótico o absoluto2, en definitiva, un solo hombre, o entidad, que manda sin otra regla que su voluntad y capricho. Un ejemplo de esto es Cuba que en estos días verifica el VII Congreso del Partido Comunista de la isla cárcel, con asambleas de interminable verborrea, y no pocos interminables vítores y aplausos, para aparentar un debate participativo y democrático, y que no obstante, todo el mundo sabe que el resultado de las votaciones y los debates ha sido decidido de antemano por los déspotas Fidel y Raúl Castro.

La izquierda tiene su propia impronta: despótica, liberticida y cínica, y al mismo tiempo falaz cuando muestra una falsa participación. Decide la asamblea, pero ésta decide lo que le ordena el despótico jefe.

El título de déspota, ha adquirido una connotación negativa en las últimas dos centurias.

Así, hoy en día podemos constatar la existencia y el ejercicio de una gama de despotismos, desde políticos en ejercicio del poder en los Estados, hasta los organismos supranacionales como el BID, la Unión Europea, el FMI, la ONU, ésta última con sus diversas reparticiones como el Fondo de Población, la Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos, Unicef, la Organización Mundial de la Salud y ONU Mujeres entre otras, que imponen ideologías y prácticas a los Estados, especialmente a los del Tercer Mundo, condicionando ayudas financieras y relaciones diplomáticas»3, que éstos a su vez las ejecutan cambiando la mentalidad de las personas a través de sus sistemas educativos y los medios de comunicación social para luego con las leyes emanadas de sus «parlamentos» modificar las conductas.

El jesuita Francisco Suárez, conocido como Doctor Eximius explana:

«Los teólogos distinguen dos clases de tiranos; uno es aquel que, no con justo título sino por la fuerza e injustamente se apodera del reino, el cual por cierto no es rey ni señor, sino que ocupa el lugar de éste y lleva sólo su sombra; el otro es aquel que siendo verdadero señor y poseyendo el reino con título justo, reina tiránicamente por el uso que hace del poder y del gobierno, porque todo lo vuelve al bien propio; despreciado el bien común, o aflige injustamente a los súbditos, despojando, matando, pervirtiendo y perpetrando otras cosas semejantes públicamente y con frecuencia, injustamente».4

¿No ha sido acaso la doctrina católica la que condenó el despotismo de los poderes arbitrarios, enseñando a los reyes a ser padres de sus pueblos?

El Doctor Angélico enseñó:

«Dios permite que haya tiranos, para castigar los pecados de los súbditos, y en tal caso se llama ira de Dios».5

Así, Dios permite los innumerables males socio-políticos que hoy aquejan a nuestra sociedad como castigos medicinales. Castigos espirituales para males espirituales, por lo tanto tampoco habrán remedios humanos para éstos, sino espirituales también.

«Si contemplamos la historia, nos vemos obligados a constatar a menudo la frialdad y la rebelión de cristianos incoherentes. Como consecuencia de esto, Dios, aun sin faltar jamás a su promesa de salvación, ha tenido que recurrir con frecuencia al castigo». 6

Mirando también a la Santa Iglesia de Dios, uno no quisiera encontrar la ira del Cielo, ante las tendencias despóticas en los sacerdotes, órdenes y congregaciones religiosas, asociaciones de apostolado seglar, obispos, y en el Papa mismo. Pero la realidad nos muestra lo contrario. Un anterior obispo de mi diócesis de origen, hablaba tanto de la opción por los pobres, pero sus actitudes eran tan arrogantes y autoritarias -especialmente con quienes consideraba «católicos de Trento»- que su autoritarismo desdecía su «opción».

El ensañamiento en contra de los Franciscanos de la Inmaculada, y particularmente en contra de su Fundador el Padre Manelli; la destitución del Obispo de Ciudad del Este, Monseñor Rogelio Livieres (RIP) ¿han sido medidas disciplinarias o persecutorias? La verificación de los sínodos de 2014 y 2015, ha sido «un ejercicio» de transparente sinodalidad, colegialidad, participación, «¿o se trata más bien del ejercicio de una forma de gobierno autoritario sobre la Iglesia, al margen de la Tradición, y en función de caprichos particulares?».

Germán Mazuelo-Leytón


1 CORREA DE OLIVEIRA, PLINIO, Falsa alternativa despotismo-anarquía

2 Cf.: ROYO MARÍN OP, ANTONIO, Teología moral para seglares, I.

3 Cf.: ROSELLA Eugenia, y SCARAFFIA Lucetta, Contra el cristianismo. La ONU y la Unión Europea como nueva ideología, Cristiandad, Madrid 2008.

4 SUÁREZ, Defensio fidei, lib. 6, c. 4, Nº 1.

5 DE AQUINO, Santo TOMÁS, De regimine Principum, lib. I, cap. 10.

6 BENEDICTO XVI, Homilía inauguración de la XII Asamblea Ordinaria del Sínodo de Obispos, 5-10-2008.

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viernes, 4 de marzo de 2016

Los nuevos caminos de la Teología de la Liberación

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(Acción Familia) El colapso del socialismo real arrastró en su desprestigio a la Teología de la Liberación. Esta y el comunismo debían “reinventarse”. Fue el lanzamiento de la lucha de clases entre el “nuevo proletariado” (la mujer, las minorías sexuales, los niños y la misma naturaleza) contra las instituciones básicas de la sociedad, especialmente la familia. Sus instrumentos: la ideología de género para luchar contra la discriminación sexual; el feminismo para contrarrestar el dominio masculino y el ecologismo extremo para proteger al planeta Tierra.

“Es importante record El colapso del socialismo real arrastró en su desprestigio a la Teología de la Liberación. Esta y el comunismo debían “reinventarse”. Fue el lanzamiento de la lucha de clases entre el “nuevo proletariado” (la mujer, las minorías sexuales, los niños y la misma naturaleza) contra las instituciones básicas de la sociedad, especialmente la familia. Sus instrumentos: la ideología de género para luchar contra la discriminación sexual; el feminismo para contrarrestar el dominio masculino y el ecologismo extremo para proteger al planeta Tierra.ar que lo que se busca mediante la lucha contra la pobreza, la injusticia y la explotación, es la creación de un hombre nuevo“. Así escribía en 1971 Gustavo Gutiérrez, uno de los máximos exponentes de la Teología de la Liberación. Esta corriente teológica, es famosa por la mezcla que ha hecho de en América Latina entre catolicismo y marxismo. Son conocidos por el público en general por su supuesta preocupación por los pobres y su apoyo a la práctica revolucionaria. Tal vez no mucha gente conoce sus últimos desarrollos. La Teología de la Liberación, de hecho, no está muerta y no permaneció en absoluto confinada a América del Sur. Hoy en día, de hecho, parece de nuevo en boga y en diferentes entornos sigue siendo un punto de referencia, aunque de manera velada. Pero lo más importante es su evolución, que nos concierne a todos, de una manera u otra, ya que se refiere a la revolución cultural y antropológica que estamos presenciando.

De hecho, tras el colapso de la Unión Soviética y el fracaso general del comunismo, los teólogos de la liberación, que siempre han abrazado las categorías filosóficas, políticas y económicas del marxismo, se han visto obligados a reinventarse. En la práctica, han ampliado los conceptos de “pobres” y de “pobreza”. Si en los años setenta y ochenta los pobres eran los proletarios explotados y alienados por un sistema económico que incluía la propiedad privada de los medios de producción, ahora son también otras categorías de personas, siempre oprimidas, pero de modo y razones diferentes. He aquí que ahora, los nuevos pobres son los homosexuales, los transexuales, las mujeres e incluso la naturaleza. Tal cambio entre los teólogos de la liberación ha sido sin contradicciones. Leonardo Boff, otra figura destacada de este mundo, ya en 1985 escribió que la Teología de la Liberación estaba estrechamente vinculada a los diversos procesos de liberación característicos de la historia moderna, tales como el pensamiento de Freud y de Nietzsche sobre la liberación psicológica y los instintos. Estos teólogos pues han recurrido sin problemas a la ideología de género para luchar contra la discriminación sexual; el feminismo para contrarrestar el dominio masculino y el ecologismo extremo para defender el planeta Tierra.

Los actuales ataques contra la vida, la familia y la educación de nuestros hijos, por lo tanto, de alguna manera están también apoyados por ciertos círculos que se refieren precisamente a la Teología de la Liberación, aunque con una amplia variedad de tonos. El objetivo fue declarado por Gutiérrez y otros: crear un hombre nuevo, completamente liberado de todo tipo de opresión, incluso de la moral y de las leyes de la naturaleza. Un hombre muy diferente, pues, del renovado y recreado por la gracia de Dios.

Cualquier persona que desee explorar estos temas puede leer el documentado libro de Julio Loredo, “Teología de la Liberación. Un salvavidas de plomo para los pobres” (Cantagalli, Siena 2014), en el que el autor analiza en detalle el núcleo de la doctrina de la Teología de la Liberación, poniendo bien en evidencia todos los errores que la alejan de la verdad enseñada por la Iglesia: el inmanentismo, el historicismo, la manipulación de la Escritura, la distorsión de la imagen de Dios, del concepto de Redención y del pecado; una nueva visión revolucionaria de la Iglesia; la primacía de la praxis , etc. “El concepto fundamental de la teología de la liberación, que la impregna totalmente, es el de “liberación” ‒escribe Loredo‒ es decir, un movimiento, interno y externo, que tiende a emancipar los individuos y la sociedad de ciertas situaciones consideradas opresivas o discriminatorias“.

Pero, de hecho, no siempre lo que parece opresivo lo es en realidad. Tomemos por ejemplo el caso de la homosexualidad. Olvidando que la Iglesia siempre ha enseñado a amar al pecador y a condenar el pecado, la  Teología de la Liberación homosexual, lésbica y queer habla de la opresión secular hacia el mundo homosexual. De esta manera de hecho legitima la rebelión no contra una autoridad humana injusta, sino contra la ley moral natural, querida por Dios. Es el propio orden de la Creación que se considera como una estructura opresiva y, por tanto, contestada.

El mismo discurso vale para la llamada teología feminista. Con el pretexto de la igual dignidad del hombre y de la mujer, en la realidad se promueve el choque entre los sexos, se distorsiona el concepto de maternidad y legitima todos los horrores en nombre de la autodeterminación de las mujeres. El aborto es el ejemplo más notable. No sólo. El ataque al “patriarcalismo” pone en discusión incluso la imagen de Dios en el que los cristianos siempre han creído y que siempre han aceptado. Y así como es necesario liberarse de toda forma de opresión entre los seres humanos, también debemos liberar la naturaleza del dominio os del hombre. De ahí el mito del planeta Tierra visto como un organismo vivo llamado Gaia. Leonardo Boff escribe: “Al grito de los pobres debemos añadir el grito de la Tierra”. Una vez más, se subvierte el orden del cosmos, ya que la flora y la fauna tienen prioridad sobre el hombre, el único ser creado a imagen y semejanza de Dios.

Bajo la apariencia de buenos principios la Teología de la Liberación esconde, por tanto, la aberración real. Como escribe Loredo, “proclamándose en favor de los pobres, ella defiende los sistemas que generan pobreza. Casi parece que la Teología de la Liberación no hizo tanto una opción preferencial por los pobres, sino por la pobreza en sí misma“. Una pobreza, lo decimos para evitar malentendidos, ideológica, que no tiene nada que ver con la recomendada por el Evangelio y vivida por Jesús y los santos, ni con la justa sobriedad de vida. Los teólogos de la liberación, de hecho, han colocado en el centro de su pensamiento la praxis revolucionaria,respaldando regímenes comunistas criminales, en los que los pobres solamente fueron instrumentalizados. Uno se acuerda de las palabras que don Camilo que decía al pequeño sacerdote progresista Don Chichi: “La pobreza es una desgracia, no un mérito. No basta ser pobre para ser justo. Y no es verdad que todos los pobres sólo tienen derechos y los ricos sólo deberes: delante de Dios todos los hombres tienen sólo deberes”. Lo mismo ocurre con las llamadas nuevas categorías de pobres, igualmente instrumentalizados para construir una nueva humanidad, fluida, desprendida de toda referencia determinada. Por otra parte, es muy difícil considerar oprimidos a los miembros de los poderosos grupos de presión, ricos e influyentes, que buscan imponer la dictadura del pensamiento único, al ritmo de la tolerancia y de la libertad.

Para pedir información sobre el libro, pueden comunicarse a los teléfonos 301 7456706 – 547 1597.

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sábado, 27 de junio de 2015

El ambientalismo como religión, por Jorge Soley

Reproducimos el siguiente artículo de Jorge Soley Climent, publicado originalmente en su blog en Forum Libertas.

La dimisión de Rajendra Pachauri como presidente del IPCC (siglas inglesas del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático), cargo que ostentaba desde 2002 y en representación del cual recibió el premio Nobel de la Paz en 2007, ha resultado más significativa de lo que inicialmente parecía. 

El desencadenante de su dimisión han sido las acusaciones de abuso sexual por parte de una joven colaboradora, aunque las críticas a sus posiciones científicas, con un marcado sesgo político hacia el activismo medioambiental que a menudo le hacía incurrir en flagrantes faltas de rigor, parece ser que también han pesado.

Pero lo que me parece significativo, pues demuestra que estamos ante un personaje muy poco científico y, por el contrario, muy empeñado en un combate ideológico, ha sido la nota de prensa en la que el propio Pachauri notificaba su dimisión. Allí se podía leer el siguiente pasaje:

“Para mí la protección del Planeta Tierra, la supervivencia de todas las especies y la sostenibilidad de nuestro ecosistema es más que una misión. Es mi religión y mi dharma”.

El que durante años ha asumido la representación de la voz de la comunidad científica en materia climática no habla de ciencia, sino de religión. El ambientalismo se ha convertido, para Pachauri y para muchos otros como él, en una religión, supongo que una especie de panteísmo, donde desaparece toda referencia al método científico y al rigor.

Es bueno saberlo para la próxima vez que nos intenten engatusar con datos y extrapolaciones como mínimo discutibles.

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lunes, 4 de mayo de 2015

La guerra contra la maternidad en nombre de la “Madre Tierra”, por Steven W. Mosher

Reproducimos el siguiente artículo de Steven W. Mosher, presidente del Population Research Institute, publicado originalmente en la página del PRI.

Los bebés por nacer no contaminan a nadie.

Frecuentemente me encuentro con personas que pretenden justificar el aborto forzado, la esterilización y los anticonceptivos, porque, según ellos: “Nosotros (los seres humanos) estamos destruyendo el planeta”. Estas personas ven a la gente como si fuesen contaminantes y dicen que es “necesario” violar el derecho a la reproducción para “proteger” el planeta de los seres que lo expropian. Esa “lógica” es intrínsecamente falaz.

Pongámoslo de esta manera. Cuál de lo siguiente debe ser controlado: ¿el óxido nitroso, el metano, el homo sapiens o el dióxido de carbono? La respuesta de estas personas es obvia: “Homo sapiens.”

Sin embargo, la mujer embarazada no produce óxido nitroso. El parto no genera metano. Un bebé recién nacido realmente respira dióxido de carbono, sin embargo, esto no es un contaminante en absoluto, sino un oligogás del cual la mayor parte de la vida depende.

Es cierto, cualquier niño que nazca puede crecer y convertirse en un contaminador notorio, tal como puede llegar a crecer, y, digamos, convertirse en una persona imprudente al conducir bajo la influencia del alcohol, poniendo en peligro la vida de los demás. Pero tales comportamientos no son conclusiones conocidas de antemano. A diferencia del óxido nitroso, el metano, o el dióxido de carbono, los seres humanos tienen libre albedrío.

Simple y sencillamente no es cierto que más gente genere más contaminación. EEUU tiene hoy en día el doble de habitantes que en el inicio de los años setenta. Sin embargo, los cielos sobre nuestras ciudades principales son más claros hoy que lo que eran hace medio siglo. La razón de ello se debe a que los motores de combustión internos que impulsan nuestros automóviles ya no arrojan miles de toneladas de partículas, dióxido de azufre, u otros agentes contaminantes al medio ambiente cuando conducimos. Y ello a su vez se debe a que hemos tomado la decisión consciente de cambiar el limpiador que quema el combustible y de instalar catalizadores situados debajo de nuestros motores.

Como este ejemplo lo sugiere, la contaminación es creada por comportamientos humanos particulares, como la combustión incompleta de combustibles fósiles o el rociar indiscriminadamente pesticidas dañinos. Lo anterior puede ser corregido cambiando ese comportamiento. El reducir el número de bebés por nacer no solucionaría estos ni otros problemas del medio ambiente.

Nadie podría asegurar que cada bebé que nazca en un hogar donde se conoce la tecnología de las computadoras llegará a convertirse en un terrorista cibernético. Sin embargo, hay quienes parecen creer que cada bebé humano que nace se desarrollará en un productor de residuos, en un asesino de osos polares o en un eco-terrorista destructor de la naturaleza. Ello es totalmente irracional. No hay duda de que algunos bebés lamentablemente crecerán para convertirse en delincuentes que vierten en secreto aguas residuales crudas en estuarios frágiles. Pero también es indudable que muchos otros se convertirán en personas responsables que cultivarán en sus huertos caseros sus propias verduras o en otros lugares adecuados. Nadie podría garantizar que cualquier bebé que crezca se convertirá en un buen ecologista, como tampoco nadie puede garantizar que un bebé cualquiera pueda llegar a desarrollarse en un adulto feliz y estable.

Pero es cierto que – gracias a los avances tecnológicos, a las regulaciones ambientales razonables y a la auténtica educación – hemos podido lograr grandes avances en las décadas recientes. Grandes masas de población pueden tener un impacto medioambiental mucho menor que poblaciones mucho más pequeñas de hace un siglo o dos. El control de la población no desempeña parte alguna en estos éxitos.

Desafortunadamente, no todo el mundo ha recibido este mensaje. La tesis anti-gente es de seguir insistiendo en que los bebés equivalen a contaminación. El movimiento en pro del control demográfico sigue recibiendo miles de millones de dólares de financiamiento cada año. La fecundidad de las mujeres sigue siendo atacada en nombre del medio ambiente y del “desarrollo sostenible".

El Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA, por sus siglas en inglés) sigue siendo un promotor de la política del gobierno chino de un solo hijo por familia, desentendiéndose de los abortos y las esterilizaciones forzadas. El UNFPA continúa distribuyendo 40 millones de dosis del inyectable Depo-provera cada año a una insospechada cantidad de mujeres, a pesar del hecho de que este producto es tan inseguro que la agencia del gobierno de EEUU que se encarga de la regulación de fármacos y alimentos (FDA, por sus siglas en inglés) no recomienda su uso.

En la India todavía se esterilizan a más de 4 millones de mujeres anualmente en virtud de un sistema de esterilización estatal, que hace caso omiso al aumento de la mortalidad de las mujeres que han fallecido en este tipo de campañas. Y las naciones desarrolladas – entre ellas EEUU – siguen financiando estos programas en el nombre de una mítica “población sostenible”, haciendo caso omiso a las masivas violaciones de los derechos humanos que éstos entrañan.

Estamos de acuerdo con que la contaminación constituye una ofensa contra los seres humanos. Aquellos que arbitraria e incivilmente contaminan el agua que bebemos y el aire que respiramos ponen en peligro al resto de nosotros, tanto a los que viven como a los que vendrán más tarde.

Pero también insistimos en que el aborto y la esterilización forzados, y el uso de anticonceptivos forzados constituyen una grave violación de los derechos humanos. Estas acciones nunca serán justificadas, menos aún de la manera irracional con que alegan que son “necesarias” para “proteger el medio ambiente”.

Esperamos con ansia un mejor futuro donde nuestros hijos y nietos puedan disfrutar de un planeta con aire puro, agua limpia y una frondosa vegetación. En EEUU, al igual que en otros países, se han logrado grandes avances hacia la realización de ese futuro.

Sin embargo, esperamos y elevamos nuestras plegarias para que nuestros hijos y nietos crezcan en un mundo sin control demográfico. Estamos trabajando para que llegue ese día, un día en el cual ellos sean valorados por sí mismos y no sean vistos por los ambientalistas extremistas como una “amenaza” a su descabellado “sueño” de un mundo sin personas.

Al fin y al cabo, como decía Shakespeare, “El mundo necesita ser poblado.”

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miércoles, 26 de noviembre de 2014

Cómo el Estado del bienestar socava el matrimonio, por Jorge Soley Climent

Reproducimos el artículo de Jorge Soley publicado originalmente en su blog en Forum Libertas.

El estudio que acaba de publicar Robert Rector sobre cómo el estado del bienestar socava el matrimonio me ha hecho pensar. La tesis es provocativa, pero leído con atención resulta muy sugerente.

Rector empieza su análisis con todas las evidencias que indican que los beneficios de criarse en un familia con padre y madre son indiscutibles. En todo momento se basa en los datos de Estados Unidos, que creo que en gran medida se podrán extrapolar a nuestro entorno, aunque sería interesante confirmarlo con estudios en nuestro propio país. Si se analiza el comportamiento de los hijos criados en familias intactas con los criados en una familia en los que uno de los dos padres está ausente, se comprueba que los de esta última tienen el doble de probabilidad de ser arrestados por un crimen juvenil o también el doble de probabilidad de necesitar tratamiento por problemas de comportamiento. Los datos en este sentido, incluyendo también la probabilidad de abandonar los estudios, son abrumadores y bien conocidos. Se podría objetar que la causa de esos problemas no es la ruptura familiar, sino el nivel socioeconómico o la raza, pero lo curioso del asunto es que, tomando grupos con homogéneos respecto del nivel socioeconómico y la raza, este diferente comportamiento entre quienes crecen en una familia intacta y quienes lo hacen en un hogar con un solo padre se mantiene.

El segundo paso en su argumentación es llamar la atención sobre el boom de niños criados por un solo padre. Antes de mediados de los 60, casi todos los niños estadounidenses nacían dentro del matrimonio. Cuando la llamada Guerra contra la Pobreza empezó, en 1964, solo el 7% de los niños nacían fuera del matrimonio. En 2013, el porcentaje ha alcanzado un 41%. Y esto ha sucedido mientras no ha habido un incremento significativo en el número de matrimonios intactos con hijos en los Estados Unidos respecto a 1965. Por contra, el número de familias en las que hay un sólo padre (normalmente es la madre) ha pasado de 3,3 millones en 1965 a 13,2 millones en 2012. En 1965 el 36% de las familias receptoras de ayudas sociales estaban formadas por un solo padre, en la actualidad el porcentaje se ha disparado hasta el 68%. Es fácil de entender que las consecuencias sociales de este fenómeno son enormes.

Por último, Rector señala una preocupante tendencia: la estratificación social creciente en Estados Unidos que genera algo parecido a un sistema de castas en el que el matrimonio, el nivel educativo y la situación económica van unidos y definen la casta a la que uno pertenece.

Y así llegamos al núcleo de lo que Rector quiere decirnos: ¿es un accidente que el colapso del matrimonio en Estados Unidos se haya iniciado y se desarrolle en paralelo a la Guerra contra la Pobreza, esto es, a la extensión del Estado del bienestar, por el que decenas de programas destinan recursos al apoyo de hogares con niños? Robert Rector cree que no, al contrario, cree que existe una relación causal.

Partiendo de la base de que la inmensa mayoría de las ayudas se destinan a familias en las que hay un solo adulto, señala que el Estado del bienestar ha promovido el modelo de hogares de un solo progenitor, a menudo soltero, por dos motivos:

1. En primer lugar porque este tipo de programas ha hecho viable económicamente este modelo de vida, reduciendo la necesidad económica de contraer matrimonio. De este modo los programas asistenciales sustituyen al marido y los matrimonios entre personas de recursos bajos se reducen drásticamente.

2. En segundo lugar, los programas del Estado del bienestar penalizan a los padres de escasos recursos que desean contraer matrimonio. Los beneficios a los que se puede acoger un hogar se reducen rápidamente a medida que los ingresos familiares aumentan. Esto significa que si una madre soltera con pocos ingresos contrae matrimonio con un hombre con empleo, las ayudas que recibirá se reducirán fuertemente. El incentivo para no casarse es evidente.

No soy muy entusiasta de ciertas teorías que quieren explicar cualquier comportamiento humano en base a, únicamente, variables económicas. Estoy convencido de que nuestro comportamiento es más complejo y no susceptible de reduccionismo economicista. Pero tampoco se puede ignorar que hay incentivos muy claros en favor o en contra de determinados comportamientos y que la gente no siempre es irracional. Y aquí estamos ante un caso claro en el que se desincentiva el matrimonio a pesar de que sabemos que es una institución que tiene un efecto benéfico y muy contrastado sobre los hijos.

Robert Rector concluye sugiriendo correcciones técnicas, como las que aplicamos aquí en el impuesto de la renta al permitir optar entre declaración conjunta o separada, también para los criterios de concesión de ayudas sociales. Una idea sensata y realista que quizás podríamos investigar también aquí.

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martes, 30 de septiembre de 2014

Cuando nos quieren colar el cambio climático como si fuera Doctrina de la Iglesia, por Jorge Soley

Reproducimos el artículo de Jorge Soley Climent, publicado originalmente en su blog en InfoCatólica.

El cambio climático (primero fue el calentamiento global, ¿recuerdan?, pero tras varios años de heladas se pasó al más general cambio climático) es uno de los dogmas más intocables en el discurso dominante de lo políticamente correcto. Que el clima cambia no es ninguna novedad: siempre lo ha hecho. Lo nuevo es atribuir en exclusiva este cambio a las acciones del ser humano y proclamar el deber de corregir nuestro comportamiento para evitarlo. El único problema es que el supuesto “consenso científico” no es tal y cada vez hay más datos y científicos que advierten de que las cosas no son tan sencillas.

No obstante, tras esto del cambio climático hay algo más, algo que supera el mero debate científico. Si no fuera así, no se entienden las pasiones que levanta, las excomuniones fulminantes que provoca en todo aquel que se atreve a dudar de las consignas catastrofistas y demasiado a menudo antihumanas de personajes como Al Gore y su coro de fans malthusianos. En un mundo relativista, el cambio climático se presenta como un dogma intocable.

La Iglesia, por su parte, siempre ha recordado que la Creación es un don de Dios al hombre y que, en consecuencia, éste debe servirse de ella, cuidarla y entregarla a sus hijos en las mejores condiciones posibles. Las presiones para que la Iglesia católica adaptase su discurso a las máximas políticamente correctas han sido fuertes, pero hasta ahora sin éxito: en la encíclica de Benedicto XVI “Caritas in Veritate” no se recoge el concepto de “desarrollo sostenible” y sí el de “desarrollo humano integral”, que para fastidio de los ideólogos del “cambio climático” mantiene al hombre en el centro de la Creación y no lo reduce a una factor más de la vida del planeta.

Dos recientes intervenciones de los cardenales Parolin, en la ONU, y Maradiaga, en la Cumbre de las religiones sobre el clima, parecen indicar que algunos en la Iglesia quieren plegarse al discurso dominante en materia climática. La revista Science, comentando un congreso organizado por la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales, ha podido escribir que la Iglesia, por fin, había abrazado el concepto malthusiano de sostenibilidad.

No es tampoco nada nuevo: desde hace años algunos episcopados (sobre todo en Francia y Alemania) y ONGs católicas promueven la inclusión del concepto de “desarrollo sostenible” en la Doctrina Social de la Iglesia. El problema, repetimos, es que este concepto, relativamente nuevo (aparece en el Informe de la Comisión Brundtland, Our Common Future, en 1987) considera que el mundo está superpoblado y que consumimos muchos más recursos de los que la naturaleza puede ofrecernos. Para evitar las catástrofes que de ello se derivan, sería indispensable el control mundial de la población.

El cardenal Parolin basó su intervención en la ONU en la asunción del dogma del cambio climático antropogénico, esto es, causado por el hombre, del que dijo que existe consenso científico. Esta afirmación le habrá valido la sonrisa y la palmadita en la espalda de los organizadores del acto, lo cual siempre es muy agradable, pero por desgracia es falsa. La verdad es que no hay consenso científico. De hecho, decenas de miles de científicos (que entre ellos tienen, a su vez, discrepancias) se han puesto de acuerdo en denunciar la histeria de la ideología del calentamiento global y han mostrado su apoyo al Global Warming Petition Project. Más allá de que las verdades científicas no dependan del número de científicos que las sostienen, la asunción de esa postura como propia de la Iglesia católica es una muestra de imprudencia e hipoteca la credibilidad de la Iglesia en un asunto que no es de su directa incumbencia.

Más problemáticas son las palabras del cardenal Maradiaga, que sostiene que “los cambios climáticos son el principal obstáculo para erradicar la pobreza”. Inconsistente científica y económicamente, esta teoría culpabiliza a las industrias emisoras de CO2 de, por ejemplo, la malnutrición de los países pobres. Conozco Honduras, tierra natal del cardenal Maradiaga, y los problemas que sufre, y les aseguro que si, en mi próximo viaje a aquellas bellas y acogedoras tierras, cuando algunos amigos me hablen del problema del narcotráfico, de las maras, de la corrupción, del fracaso escolar, les respondo que todo eso es lo de menos, que el problema que tienen, en el fondo, es el cambio climático y que si los países del primer mundo cambian su tecnología de producción o pagan unas tasas en forma de derechos de emisión de gases ellos dejarían atrás la pobreza, me tomaran por un majadero o, como me conocen, creerán que estoy de broma.

Una vez más, no parece lo más adecuado ni prudente que la Iglesia tome parte en una discusión científica que no le compete. Eso no significa que la Iglesia no tenga nada que decir: William Patenaude, que trabaja como regulador climático y es moderadamente favorable a la teoría de que el cambio climático antropogénico es real, propone en The Catholic World Report algunas ideas. Como por ejemplo que la reflexión ecológica debe referirse a la Ley Natural. O que “el papel de la Iglesia en el mundo no es ser como el mundo, ni siquiera ser apreciada, sino penetrar y elevar el mundo”. O que siempre hay que proclamar el Evangelio. Claro que hablando así quizás no recibimos tantas sonrisas ni palmaditas en la espalda.

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martes, 15 de julio de 2014

Descendencia, por Juan Manuel de Prada

Reproducimos la columna de Juan Manuel de Prada, publicada originalmente en el ABC de España.

La «crisis demográfica», a la que ABC dedicaba ayer su «Primer Plano» es muy fácil de entender, hasta que llegan los estadísticos con su pedrisco de porcentajes y los sociólogos con su cháchara confundidora. La explicación teológica que nos brinda el Génesis (la eterna enemistad entre la descendencia de la mujer y la descendencia de la antigua serpiente) no puede ser más sencilla e irrebatible; pero en un mundo al que la teología le suena a sánscrito hay que probar otras explicaciones. Así lo hizo Chesterton en repetidos artículos donde se dedicaba a desenmascarar la conspiración de cobardes que había hecho del antinatalismo cuestión primordial. En realidad, tal desenmascaramiento no exigía demasiada perspicacia, pues el economicismo liberal, con Adam Smith y David Ricardo a la cabeza, ya se había encargado de establecer que el paraíso en la Tierra por ellos diseñado sólo podría funcionar si los «proletarios» dejaban de tener aquellas proles copiosas que demandaban salarios excesivos. David Ricardo llegó, incluso, a pedir que se prohibiese la beneficencia, para que los salarios ínfimos fuesen el estímulo antinatalista definitivo; y avizoró que unos proletarios sin prole, al no tener que preocuparse por el futuro de sus hijos, desarrollarían unos «benéficos» instintos egoístas que redundarían en provecho de la «mano invisible» que rige el mercado. Ciertamente, no se equivocaba.

Pero, para que el antinatalismo cuajase plenamente, era preciso romper los vínculos comunitarios y familiares que nutren a los seres humanos. Se obligó a la gente a abandonar su tierra y su religión; se inspiró en la mujer odio al hogar, mediante el veneno de la competencia entre los sexos; se escarnecieron, mediante una propaganda pervertidora, todas las virtudes ancestrales. Todos aquellos acicates antinatalistas resultaban, sin embargo, muy sórdidos; y hubo que envolverlos con un rebozo doctrinal campanudo: emancipación, libertades individuales, autonomía de la voluntad, etcétera. Tales altisonancias no eran sino el disfraz dominguero que se ponía la pura exaltación del deseo, el egoísmo más despepitado, para posar de benefactor del género humano. Y así se fueron delineando las libertades y derechos de bragueta (adulterio, divorcio, pornografía, anticoncepción, aborto, etcétera) que empezaron siendo agresiones más o menos vergonzantes a la moral y, poco a poco, se fueron convirtiendo en aquella religión avizorada por Chesterton, que a la vez que estimula la lujuria prohíbe la fecundidad. Por supuesto, todas estas libertades de bragueta encumbradas a la categoría de dogmas de fe no eran sino cortinas de humo aventadas para tener a la pobre gente (¡ya nunca más proletaria!) entretenida, refocilándose en la pocilga, mientras el orden liberal (para entonces transmutado en “progresismo”) se dedicaba a la única libertad que le interesaba, que no es otra sino la de amontonar dinero en unas pocas manos.

En las últimas décadas, el antinatalismo se ha atrevido, después de aniquilar la comunidad y la familia, a destruir la propia naturaleza humana, único reducto que se le resistía numantinamente, mediante ideologías que no hacen sino introducir en nuestra naturaleza la misma dinamita con la que antes habían arrasado los vínculos y las conciencias: son las ideologías de género, que en sus versiones más cyborg ya nos proponen montárnoslo con una computadora y, en caso de necesidad, hasta con una lavadora, siempre que sea «inteligente». Primero la comunidad, después la familia, por último la propia naturaleza humana; y es que aquella antigua y «eterna enemistad» a la que nos referíamos al principio necesita, como Jack el Destripador, ir por partes.

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domingo, 30 de marzo de 2014

Seis delitos por los que la banca nunca paga, por Daniel Marín

Reproducimos el artículo del economista Daniel Marín, publicado originalmente en La Gaceta de Intereconomía.

"Dame el control de la moneda de un país y no me importará quién hace las leyes".

Desde que el comerciante y orfebre judío Mayer Amschel Rothschild (1744-1812) pronunció estas declarativas palabras en medio del incipiente mundo capitalista, la banca no ha cesado de incrementar su influencia ante un poder político y una potestad popular cada vez más débiles.

En esta época la moral andaba ya desligándose de la economía, paso que terminó de consolidar el escocés Adam Smith en su afamado tratado sobre la riqueza de las naciones, y la Iglesia cada vez era menos escuchada en asuntos comerciales como consecuencia de la herejía y cisma protestante que dividió la antigua Cristiandad medieval.

El dinero asentó su soberanía frente a Dios y con él sus dueños. Tal vez por ello en los últimos siglos y hasta nuestros días los banqueros han disfrutado de un marco legislativo que les ha permitido labrarse grandes fortunas a costa de esclavizar a las personas y cometer delitos impunemente. Puede que el último Emperador libre fuera Carlos I de España y V del Sacro Imperio, aunque, no obstante, éste ya estuvo atado a poderosos banqueros europeos que se lucraron a costa de financiar guerras y empobrecer Castilla. Después de éste, todos los gobiernos han dependido de sus financiadores y no han movido un solo dedo sin contar con su aprobación al menos que quisieran tener problemas.

Ricos y delincuentes, pero con una delincuencia de guante blanco. Son los famosos ladrones de traje y corbata cuyo elenco de delitos recibe cobertura legal por parte de gobiernos secuestrados que aceptan su destino y mantienen el statu quo de la economía capitalista ante la amenaza y el miedo del hambre o las guerras.

Usura

El delito de usura es el más antiguo de todos. Desde la época de Aristóteles ya se condenó en virtud del Derecho natural; condena que recogió el derecho canónico y toda la tradición jurídica católica pasando por Santo Tomás y sus comentadores del siglo XVI como Domingo de Soto, hasta llegar al Magisterio de la Iglesia y el reciente recordatorio en forma de breve mención por parte del Papa Francisco.

Lo que se prohíbe como usura es todo préstamo oneroso de un bien consumible al menos que no medie algún título extrínseco al mismo que lo justifique. Por lo tanto, el negocio bancario del préstamo y del crédito no debería estar permitido. De hecho, esto fue más o menos así hasta las revoluciones liberales y el código civil de Napoleón que elevó la usura a derecho.

Hoy en día ya está institucionalizada y la economía se sustenta en ella. Quienes la practican se han convertido en los dominadores del mundo tal como lo avisó Francisco de Vitoria desde su cátedra de la Universidad de Salamanca: “¡Para que veamos cuán malo es el pecado y el oro; para que veamos cuánto mal se seguiría si por todas partes fueran permitidos los usureros! ¡Ciertamente dominarían el orbe!”

Apropiación indebida

Otro delito que también cuenta con bastante antigüedad es el de la apropiación indebida. Éste consiste en el apoderamiento de bienes ajenos con intención de lucrarse con ellos.

Además de la actividad principal de la usura, los bancos también poseen el negocio de depósito de efectivo. En virtud de este contrato el depositario debe guardar y custodiar lo entregado por el depositante. Pues bien, los bancos amparados por una ley inicua tienen el poder de disponer del dinero de sus clientes. En la actualidad como consecuencia de la política del Banco Central Europeo pueden coger para hacer su negocio usurario hasta el 99% del total, o en términos absolutos, de cada 100 euros sólo están obligados a guardar y custodiar 1.

Históricamente los banqueros disponían de las monedas de sus usuarios por decisión unilateral. La crisis económicas y la imposibilidad de hacer frente a intentos masivos de retirar lo que se suponía que tenían bajo custodia trajo la creación de los bancos centrales, y con ellos, la institucionalización de la apropiación indebida en los contratos de depósito por parte de los banqueros.

Estafa

Bajo el título de estafa también se podría englobar lo comentado más arriba.

Este delito consiste en entregar un activo haciendo creer que cuenta con la existencia de algo que en realidad no existe. Cuando un banquero presta a usura a un interesado cierta cantidad, ese dinero que entrega no es en el fondo un activo presente sino una promesa virtual de pago que debe a otro que había puesto su confianza en que su dinero iba a ser custodiado y no sustraído. Por eso, ante una hipotética situación de quiebra, los depósitos de los clientes no estarían garantizados al menos que mediase la intervención del gobierno, pues éstos estarían en posesión de un tercero que desconoce dicha obligación real contraída. Claramente, por tanto, el sujeto estafador en todo este proceso sería el banquero.

Fraude

El fraude es muy habitual y variado en la práctica financiera. En virtud del mismo se condena el aprovechamiento del error de una persona a través de la buena fe o del engaño manifiesto para obtener un beneficio o lucro.

En la presente crisis se pueden ver varios casos que aunque ya sancionados por los Tribunales han disfrutado de una impunidad que ha permitido sacar réditos económicos muy jugosos. Tales son por ejemplo el de las acciones preferentes o el de las cláusulas suelo hipotecarias.

Otra forma de fraude muy común y poco denunciada es la que las entidades cometen con las comisiones de servicio. Aprobadas con “la vista gorda” del Banco de España suponen un pellizco adicional desde donde arrascan pingües beneficios extras.

La maniobra operativa es la de cobrar comisiones tales como la de “mantenimiento de cuenta” de manera arbitraria y sin previo consentimiento contractual. Se aprovechan así los bancos de la buena fe de sus clientes o del olvido de lo firmado imponiendo un coste extra improcedente.

Blanqueo de capitales

El blanqueo de capitales es la transmisión de bienes para ocultar que su origen es delictivo.

Los bancos han conseguido importantes clientes guardando silencio y opacando la información de los mismos a las autoridades competentes. Se han beneficiado y traficado con un dinero ilícito, y no ha sido hasta fechas muy recientes cuando algunos gobiernos han incluido bajo el delito de blanqueo de capitales también a los que tienen la posesión o disponen del uso del efectivo manchado. No obstante, aún siguen en general impunes por colaboración con la infracción y el crimen, especialmente en los países considerados paraísos fiscales.

Cohecho

El delito de cohecho privado es de manera más coloquial la corrupción. Acciones a través de todo tipo de medios como los regalos o favores para conseguir decisiones injustas a favor propio.

La corrupción es muy propia de los banqueros en una economía capitalista y más en democracia cuando financian campañas de políticos, ofrecen préstamos a bajo interés, o condonan deudas a partidos para conseguir favores, como por ejemplo salvarse de la bancarrota mediante fondos públicos que pagan todos los ciudadanos con sus impuestos, o lo aquí tratado: seguir perpetuando sus acciones criminales sin ser censurados.

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jueves, 2 de enero de 2014

Mensaje del Santo Padre Francisco para la XLVII Jornada Mundial por la Paz

MENSAJE DEL SANTO PADRE

FRANCISCO

PARA LA CELEBRACIÓN DE LA

XLVII JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ

1 DE ENERO DE 2014

LA FRATERNIDAD, FUNDAMENTO Y CAMINO PARA LA PAZ

1. En este mi primer Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, quisiera desear a todos, a las personas y a los pueblos, una vida llena de alegría y de esperanza. El corazón de todo hombre y de toda mujer alberga en su interior el deseo de una vida plena, de la que forma parte un anhelo indeleble de fraternidad, que nos invita a la comunión con los otros, en los que encontramos no enemigos o contrincantes, sino hermanos a los que acoger y querer.

De hecho, la fraternidad es una dimensión esencial del hombre, que es un ser relacional. La viva conciencia de este carácter relacional nos lleva a ver y a tratar a cada persona como una verdadera hermana y un verdadero hermano; sin ella, es imposible la construcción de una sociedad justa, de una paz estable y duradera. Y es necesario recordar que normalmente la fraternidad se empieza a aprender en el seno de la familia, sobre todo gracias a las responsabilidades complementarias de cada uno de sus miembros, en particular del padre y de la madre. La familia es la fuente de toda fraternidad, y por eso es también el fundamento y el camino primordial para la paz, pues, por vocación, debería contagiar al mundo con su amor.

El número cada vez mayor de interdependencias y de comunicaciones que se entrecruzan en nuestro planeta hace más palpable la conciencia de que todas las naciones de la tierra forman una unidad y comparten un destino común. En los dinamismos de la historia, a pesar de la diversidad de etnias, sociedades y culturas, vemos sembrada la vocación de formar una comunidad compuesta de hermanos que se acogen recíprocamente y se preocupan los unos de los otros. Sin embargo, a menudo los hechos, en un mundo caracterizado por la “globalización de la indiferencia”, que poco a poco nos “habitúa” al sufrimiento del otro, cerrándonos en nosotros mismos, contradicen y desmienten esa vocación.

En muchas partes del mundo, continuamente se lesionan gravemente los derechos humanos fundamentales, sobre todo el derecho a la vida y a la libertad religiosa. El trágico fenómeno de la trata de seres humanos, con cuya vida y desesperación especulan personas sin escrúpulos, representa un ejemplo inquietante. A las guerras hechas de enfrentamientos armados se suman otras guerras menos visibles, pero no menos crueles, que se combaten en el campo económico y financiero con medios igualmente destructivos de vidas, de familias, de empresas.

La globalización, como ha afirmado Benedicto XVI, nos acerca a los demás, pero no nos hace hermanos[1]. Además, las numerosas situaciones de desigualdad, de pobreza y de injusticia revelan no sólo una profunda falta de fraternidad, sino también la ausencia de una cultura de la solidaridad. Las nuevas ideologías, caracterizadas por un difuso individualismo, egocentrismo y consumismo materialista, debilitan los lazos sociales, fomentando esa mentalidad del “descarte”, que lleva al desprecio y al abandono de los más débiles, de cuantos son considerados “inútiles”. Así la convivencia humana se parece cada vez más a un mero do ut des pragmático y egoísta.

Al mismo tiempo, es claro que tampoco las éticas contemporáneas son capaces de generar vínculos auténticos de fraternidad, ya que una fraternidad privada de la referencia a un Padre común, como fundamento último, no logra subsistir[2]. Una verdadera fraternidad entre los hombres supone y requiere una paternidad trascendente. A partir del reconocimiento de esta paternidad, se consolida la fraternidad entre los hombres, es decir, ese hacerse «prójimo» que se preocupa por el otro.

«¿Dónde está tu hermano?» (Gn4,9)

2. Para comprender mejor esta vocación del hombre a la fraternidad, para conocer más adecuadamente los obstáculos que se interponen en su realización y descubrir los caminos para superarlos, es fundamental dejarse guiar por el conocimiento del designio de Dios, que nos presenta luminosamente la Sagrada Escritura.

Según el relato de los orígenes, todos los hombres proceden de unos padres comunes, de Adán y Eva, pareja creada por Dios a su imagen y semejanza (cf. Gn 1,26), de los cuales nacen Caín y Abel. En la historia de la primera familia leemos la génesis de la sociedad, la evolución de las relaciones entre las personas y los pueblos.

Abel es pastor, Caín es labrador. Su identidad profunda y, a la vez, su vocación, es ser hermanos, en la diversidad de su actividad y cultura, de su modo de relacionarse con Dios y con la creación. Pero el asesinato de Abel por parte de Caín deja constancia trágicamente del rechazo radical de la vocación a ser hermanos. Su historia (cf. Gn 4,1-16) pone en evidencia la dificultad de la tarea a la que están llamados todos los hombres, vivir unidos, preocupándose los unos de los otros. Caín, al no aceptar la predilección de Dios por Abel, que le ofrecía lo mejor de su rebaño –«el Señor se fijó en Abel y en su ofrenda, pero no se fijó en Caín ni en su ofrenda» (Gn 4,4-5)–, mata a Abel por envidia. De esta manera, se niega a reconocerlo como hermano, a relacionarse positivamente con él, a vivir ante Dios asumiendo sus responsabilidades de cuidar y proteger al otro. A la pregunta «¿Dónde está tu hermano?», con la que Dios interpela a Caín pidiéndole cuentas por lo que ha hecho, él responde: «No lo sé; ¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn4,9). Después –nos dice el Génesis–«Caín salió de la presencia del Señor» (4,16).

Hemos de preguntarnos por los motivos profundos que han llevado a Caín a dejar de lado el vínculo de fraternidad y, junto con él, el vínculo de reciprocidad y de comunión que lo unía a su hermano Abel. Dios mismo denuncia y recrimina a Caín su connivencia con el mal: «El pecado acecha a la puerta» (Gn 4,7). No obstante, Caín no lucha contra el mal y decide igualmente alzar la mano «contra su hermano Abel» (Gn 4,8), rechazando el proyecto de Dios. Frustra así su vocación originaria de ser hijo de Dios y a vivir la fraternidad.

El relato de Caín y Abel nos enseña que la humanidad lleva inscrita en sí una vocación a la fraternidad, pero también la dramática posibilidad de su traición. Da testimonio de ello el egoísmo cotidiano, que está en el fondo de tantas guerras e injusticias: muchos hombres y mujeres mueren a manos de hermanos y hermanas que no saben reconocerse como tales, es decir, como seres hechos para la reciprocidad, para la comunión y para el don.

«Y todos ustedes son hermanos» (Mt 23,8)

3. Surge espontánea la pregunta: ¿los hombres y las mujeres de este mundo podrán corresponder alguna vez plenamente al anhelo de fraternidad, que Dios Padre imprimió en ellos? ¿Conseguirán, sólo con sus fuerzas, vencer la indiferencia, el egoísmo y el odio, y aceptar las legítimas diferencias que caracterizan a los hermanos y hermanas?

Parafraseando sus palabras, podríamos sintetizar así la respuesta que nos da el Señor Jesús: Ya que hay un solo Padre, que es Dios, todos ustedes son hermanos (cf. Mt 23,8-9). La fraternidad está enraizada en la paternidad de Dios. No se trata de una paternidad genérica, indiferenciada e históricamente ineficaz, sino de un amor personal, puntual y extraordinariamente concreto de Dios por cada ser humano (cf. Mt 6,25-30). Una paternidad, por tanto, que genera eficazmente fraternidad, porque el amor de Dios, cuando es acogido, se convierte en el agente más asombroso de transformación de la existencia y de las relaciones con los otros, abriendo a los hombres a la solidaridad y a la reciprocidad.

Sobre todo, la fraternidad humana ha sido regenerada en y por Jesucristo con su muerte y resurrección. La cruz es el “lugar” definitivo donde se funda la fraternidad, que los hombres no son capaces de generar por sí mismos. Jesucristo, que ha asumido la naturaleza humana para redimirla, amando al Padre hasta la muerte, y una muerte de cruz (cf. Flp 2,8), mediante su resurrección nos constituye en humanidad nueva, en total comunión con la voluntad de Dios, con su proyecto, que comprende la plena realización de la vocación a la fraternidad.

Jesús asume desde el principio el proyecto de Dios, concediéndole el primado sobre todas las cosas. Pero Cristo, con su abandono a la muerte por amor al Padre, se convierte en principio nuevo y definitivo para todos nosotros, llamados a reconocernos hermanos en Él, hijos del mismo Padre. Él es la misma Alianza, el lugar personal de la reconciliación del hombre con Dios y de los hermanos entre sí. En la muerte en cruz de Jesús también queda superada la separación entre pueblos, entre el pueblo de la Alianza y el pueblo de los Gentiles, privado de esperanza porque hasta aquel momento era ajeno a los pactos de la Promesa. Como leemos en la Carta a los Efesios, Jesucristo reconcilia en sí a todos los hombres. Él es la paz, porque de los dos pueblos ha hecho uno solo, derribando el muro de separación que los dividía, la enemistad. Él ha creado en sí mismo un solo pueblo, un solo hombre nuevo, una sola humanidad (cf. 2,14-16).

Quien acepta la vida de Cristo y vive en Él reconoce a Dios como Padre y se entrega totalmente a Él, amándolo sobre todas las cosas. El hombre reconciliado ve en Dios al Padre de todos y, en consecuencia, siente el llamado a vivir una fraternidad abierta a todos. En Cristo, el otro es aceptado y amado como hijo o hija de Dios, como hermano o hermana, no como un extraño, y menos aún como un contrincante o un enemigo. En la familia de Dios, donde todos son hijos de un mismo Padre, y todos están injertados en Cristo, hijos en el Hijo, no hay “vidas descartables”. Todos gozan de igual e intangible dignidad. Todos son amados por Dios, todos han sido rescatados por la sangre de Cristo, muerto en cruz y resucitado por cada uno. Ésta es la razón por la que no podemos quedarnos indiferentes ante la suerte de los hermanos.

La fraternidad, fundamento y camino para la paz

4. Teniendo en cuenta todo esto, es fácil comprender que la fraternidad es fundamento y camino para la paz. Las Encíclicas sociales de mis Predecesores aportan una valiosa ayuda en este sentido. Bastaría recuperar las definiciones de paz de la Populorum progressio de Pablo VI o de la Sollicitudo rei socialis de Juan Pablo II. En la primera, encontramos que el desarrollo integral de los pueblos es el nuevo nombre de la paz[3]. En la segunda, que la paz es opus solidaritatis[4].

Pablo VI afirma que no sólo entre las personas, sino también entre las naciones, debe reinar un espíritu de fraternidad. Y explica: «En esta comprensión y amistad mutuas, en esta comunión sagrada, debemos […] actuar a una para edificar el porvenir común de la humanidad»[5]. Este deber concierne en primer lugar a los más favorecidos. Sus obligaciones hunden sus raíces en la fraternidad humana y sobrenatural, y se presentan bajo un triple aspecto: eldeber de solidaridad, que exige que las naciones ricas ayuden a los países menos desarrollados; el deber de justicia social, que requiere el cumplimiento en términos más correctos de las relaciones defectuosas entre pueblos fuertes y pueblos débiles; el deber de caridad universal, que implica la promoción de un mundo más humano para todos, en donde todos tengan algo que dar y recibir, sin que el progreso de unos sea un obstáculo para el desarrollo de los otros[6].

Asimismo, si se considera la paz como opus solidaritatis, no se puede soslayar que la fraternidad es su principal fundamento. La paz –afirma Juan Pablo II– es un bien indivisible. O es de todos o no es de nadie. Sólo es posible alcanzarla realmente y gozar de ella, como mejor calidad de vida y como desarrollo más humano y sostenible, si se asume en la práctica, por parte de todos, una «determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común»[7]. Lo cual implica no dejarse llevar por el «afán de ganancia» o por la «sed de poder». Es necesario estar dispuestos a «‘perderse’ por el otro en lugar de explotarlo, y a ‘servirlo’ en lugar de oprimirlo para el propio provecho. […] El ‘otro’ –persona, pueblo o nación– no [puede ser considerado] como un instrumento cualquiera para explotar a bajo coste su capacidad de trabajo y resistencia física, abandonándolo cuando ya no sirve, sino como un ‘semejante’ nuestro, una ‘ayuda’»[8].

La solidaridad cristiana entraña que el prójimo sea amado no sólo como «un ser humano con sus derechos y su igualdad fundamental con todos», sino como «la imagen viva de Dios Padre, rescatada por la sangre de Jesucristo y puesta bajo la acción permanente del Espíritu Santo»[9], como un hermano.«Entonces la conciencia de la paternidad común de Dios, de la hermandad de todos los hombres en Cristo, ‘hijos en el Hijo’, de la presencia y acción vivificadora del Espíritu Santo, conferirá –recuerda Juan Pablo II– a nuestra mirada sobre el mundo un nuevo criterio para interpretarlo»[10], para transformarlo.

La fraternidad, premisa para vencer la pobreza

5. En la Caritas in veritate, mi Predecesor recordaba al mundo entero que la falta de fraternidad entre los pueblos y entre los hombres es una causa importante de la pobreza[11]. En muchas sociedades experimentamos una profunda pobreza relacional debida a la carencia de sólidas relaciones familiares y comunitarias. Asistimos con preocupación al crecimiento de distintos tipos de descontento, de marginación, de soledad y a variadas formas de dependencia patológica. Una pobreza como ésta sólo puede ser superada redescubriendo y valorando las relaciones fraternas en el seno de las familias y de las comunidades, compartiendo las alegrías y los sufrimientos, las dificultades y los logros que forman parte de la vida de las personas.

Además, si por una parte se da una reducción de la pobreza absoluta, por otra parte no podemos dejar de reconocer un grave aumento de la pobreza relativa, es decir, de las desigualdades entre personas y grupos que conviven en una determinada región o en un determinado contexto histórico-cultural. En este sentido, se necesitan también políticas eficaces que promuevan el principio de la fraternidad, asegurando a las personas –iguales en su dignidad y en sus derechos fundamentales– el acceso a los «capitales», a los servicios, a los recursos educativos, sanitarios, tecnológicos, de modo que todos tengan la oportunidad de expresar y realizar su proyecto de vida, y puedan desarrollarse plenamente como personas.

También se necesitan políticas dirigidas a atenuar una excesiva desigualdad de la renta. No podemos olvidar la enseñanza de la Iglesia sobre la llamada hipoteca social, según la cual, aunque es lícito, como dice Santo Tomás de Aquino, e incluso necesario, «que el hombre posea cosas propias»[12], en cuanto al uso, no las tiene «como exclusivamente suyas, sino también como comunes, en el sentido de que no le aprovechen a él solamente, sino también a los demás»[13].

Finalmente, hay una forma más de promover la fraternidad –y así vencer la pobreza– que debe estar en el fondo de todas las demás. Es el desprendimiento de quien elige vivir estilos de vida sobrios y esenciales, de quien, compartiendo las propias riquezas, consigue así experimentar la comunión fraterna con los otros. Esto es fundamental para seguir a Jesucristo y ser auténticamente cristianos. No se trata sólo de personas consagradas que hacen profesión del voto de pobreza, sino también de muchas familias y ciudadanos responsables, que creen firmemente que la relación fraterna con el prójimo constituye el bien más preciado.

El redescubrimiento de la fraternidad en la economía

6. Las graves crisis financieras y económicas –que tienen su origen en el progresivo alejamiento del hombre de Dios y del prójimo, en la búsqueda insaciable de bienes materiales, por un lado, y en el empobrecimiento de las relaciones interpersonales y comunitarias, por otro– han llevado a muchos a buscar el bienestar, la felicidad y la seguridad en el consumo y la ganancia más allá de la lógica de una economía sana. Ya en 1979 Juan Pablo II advertía del «peligro real y perceptible de que, mientras avanza enormemente el dominio por parte del hombre sobre el mundo de las cosas, pierda los hilos esenciales de este dominio suyo, y de diversos modos su humanidad quede sometida a ese mundo, y él mismo se haga objeto de múltiple manipulación, aunque a veces no directamente perceptible, a través de toda la organización de la vida comunitaria, a través del sistema de producción, a través de la presión de los medios de comunicación social»[14].

El hecho de que las crisis económicas se sucedan una detrás de otra debería llevarnos a las oportunas revisiones de los modelos de desarrollo económico y a un cambio en los estilos de vida. La crisis actual, con graves consecuencias para la vida de las personas, puede ser, sin embargo, una ocasión propicia para recuperar las virtudes de la prudencia, de la templanza, de la justicia y de la fortaleza. Estas virtudes nos pueden ayudar a superar los momentos difíciles y a redescubrir los vínculos fraternos que nos unen unos a otros, con la profunda confianza de que el hombre tiene necesidad y es capaz de algo más que desarrollar al máximo su interés individual. Sobre todo, estas virtudes son necesarias para construir y mantener una sociedad a medida de la dignidad humana.

La fraternidad extingue la guerra

7. Durante este último año, muchos de nuestros hermanos y hermanas han sufrido la experiencia denigrante de la guerra, que constituye una grave y profunda herida infligida a la fraternidad.

Muchos son los conflictos armados que se producen en medio de la indiferencia general. A todos cuantos viven en tierras donde las armas imponen terror y destrucción, les aseguro mi cercanía personal y la de toda la Iglesia. Ésta tiene la misión de llevar la caridad de Cristo también a las víctimas inermes de las guerras olvidadas, mediante la oración por la paz, el servicio a los heridos, a los que pasan hambre, a los desplazados, a los refugiados y a cuantos viven con miedo. Además la Iglesia alza su voz para hacer llegar a los responsables el grito de dolor de esta humanidad sufriente y para hacer cesar, junto a las hostilidades, cualquier atropello o violación de los derechos fundamentales del hombre[15].

Por este motivo, deseo dirigir una encarecida exhortación a cuantos siembran violencia y muerte con las armas: Redescubran, en quien hoy consideran sólo un enemigo al que exterminar, a su hermano y no alcen su mano contra él. Renuncien a la vía de las armas y vayan al encuentro del otro con el diálogo, el perdón y la reconciliación para reconstruir a su alrededor la justicia, la confianza y la esperanza. «En esta perspectiva, parece claro que en la vida de los pueblos los conflictos armados constituyen siempre la deliberada negación de toda posible concordia internacional, creando divisiones profundas y heridas lacerantes que requieren muchos años para cicatrizar. Las guerras constituyen el rechazo práctico al compromiso por alcanzar esas grandes metas económicas y sociales que la comunidad internacional se ha fijado»[16].

Sin embargo, mientras haya una cantidad tan grande de armamentos en circulación como hoy en día, siempre se podrán encontrar nuevos pretextos para iniciar las hostilidades. Por eso, hago mío el llamamiento de mis Predecesores a la no proliferación de las armas y al desarme de parte de todos, comenzando por el desarme nuclear y químico.

No podemos dejar de constatar que los acuerdos internacionales y las leyes nacionales, aunque son necesarias y altamente deseables, no son suficientes por sí solas para proteger a la humanidad del riesgo de los conflictos armados. Se necesita una conversión de los corazones que permita a cada uno reconocer en el otro un hermano del que preocuparse, con el que colaborar para construir una vida plena para todos. Éste es el espíritu que anima muchas iniciativas de la sociedad civil a favor de la paz, entre las que se encuentran las de las organizaciones religiosas. Espero que el empeño cotidiano de todos siga dando fruto y que se pueda lograr también la efectiva aplicación en el derecho internacional del derecho a la paz, como un derecho humano fundamental, pre-condición necesaria para el ejercicio de todos los otros derechos.

La corrupción y el crimen organizado se oponen a la fraternidad

8. El horizonte de la fraternidad prevé el desarrollo integral de todo hombre y mujer. Las justas ambiciones de una persona, sobre todo si es joven, no se pueden frustrar y ultrajar, no se puede defraudar la esperanza de poder realizarlas. Sin embargo, no podemos confundir la ambición con la prevaricación. Al contrario, debemos competir en la estima mutua (cf. Rm 12,10). También en las disputas, que constituyen un aspecto ineludible de la vida, es necesario recordar que somos hermanos y, por eso mismo, educar y educarse en no considerar al prójimo un enemigo o un adversario al que eliminar.

La fraternidad genera paz social, porque crea un equilibrio entre libertad y justicia, entre responsabilidad personal y solidaridad, entre el bien de los individuos y el bien común. Y una comunidad política debe favorecer todo esto con trasparencia y responsabilidad. Los ciudadanos deben sentirse representados por los poderes públicos sin menoscabo de su libertad. En cambio, a menudo, entre ciudadano e instituciones, se infiltran intereses de parte que deforman su relación, propiciando la creación de un clima perenne de conflicto.

Un auténtico espíritu de fraternidad vence el egoísmo individual que impide que las personas puedan vivir en libertad y armonía entre sí. Ese egoísmo se desarrolla socialmente tanto en las múltiples formas de corrupción, hoy tan capilarmente difundidas, como en la formación de las organizaciones criminales, desde los grupos pequeños a aquellos que operan a escala global, que, minando profundamente la legalidad y la justicia, hieren el corazón de la dignidad de la persona. Estas organizaciones ofenden gravemente a Dios, perjudican a los hermanos y dañan a la creación, más todavía cuando tienen connotaciones religiosas.

Pienso en el drama lacerante de la droga, con la que algunos se lucran despreciando las leyes morales y civiles, en la devastación de los recursos naturales y en la contaminación, en la tragedia de la explotación laboral; pienso en el blanqueo ilícito de dinero así como en la especulación financiera, que a menudo asume rasgos perjudiciales y demoledores para enteros sistemas económicos y sociales, exponiendo a la pobreza a millones de hombres y mujeres; pienso en la prostitución que cada día cosecha víctimas inocentes, sobre todo entre los más jóvenes, robándoles el futuro; pienso en la abominable trata de seres humanos, en los delitos y abusos contra los menores, en la esclavitud que todavía difunde su horror en muchas partes del mundo, en la tragedia frecuentemente desatendida de los emigrantes con los que se especula indignamente en la ilegalidad. Juan XXIII escribió al respecto: «Una sociedad que se apoye sólo en la razón de la fuerza ha de calificarse de inhumana. En ella, efectivamente, los hombres se ven privados de su libertad, en vez de sentirse estimulados, por el contrario, al progreso de la vida y al propio perfeccionamiento»[17]. Sin embargo, el hombre se puede convertir y nunca se puede excluir la posibilidad de que cambie de vida. Me gustaría que esto fuese un mensaje de confianza para todos, también para aquellos que han cometido crímenes atroces, porque Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (cf. Ez 18,23).

En el contexto amplio del carácter social del hombre, por lo que se refiere al delito y a la pena, también hemos de pensar en las condiciones inhumanas de muchas cárceles, donde el recluso a menudo queda reducido a un estado infrahumano y humillado en su dignidad humana, impedido también de cualquier voluntad y expresión de redención. La Iglesia hace mucho en todos estos ámbitos, la mayor parte de las veces en silencio. Exhorto y animo a hacer cada vez más, con la esperanza de que dichas iniciativas, llevadas a cabo por muchos hombres y mujeres audaces, sean cada vez más apoyadas leal y honestamente también por los poderes civiles.

La fraternidad ayuda a proteger y a cultivar la naturaleza

9. La familia humana ha recibido del Creador un don en común: la naturaleza. La visión cristiana de la creación conlleva un juicio positivo sobre la licitud de las intervenciones en la naturaleza para sacar provecho de ello, a condición de obrar responsablemente, es decir, acatando aquella “gramática” que está inscrita en ella y usando sabiamente los recursos en beneficio de todos, respetando la belleza, la finalidad y la utilidad de todos los seres vivos y su función en el ecosistema. En definitiva, la naturaleza está a nuestra disposición, y nosotros estamos llamados a administrarla responsablemente. En cambio, a menudo nos dejamos llevar por la codicia, por la soberbia del dominar, del tener, del manipular, del explotar; no custodiamos la naturaleza, no la respetamos, no la consideramos un don gratuito que tenemos que cuidar y poner al servicio de los hermanos, también de las generaciones futuras.

En particular, el sector agrícola es el sector primario de producción con la vocación vital de cultivar y proteger los recursos naturales para alimentar a la humanidad. A este respecto, la persistente vergüenza del hambre en el mundo me lleva a compartir con ustedes la pregunta: ¿cómo usamos los recursos de la tierra? Las sociedades actuales deberían reflexionar sobre la jerarquía en las prioridades a las que se destina la producción. De hecho, es un deber de obligado cumplimiento que se utilicen los recursos de la tierra de modo que nadie pase hambre. Las iniciativas y las soluciones posibles son muchas y no se limitan al aumento de la producción. Es de sobra sabido que la producción actual es suficiente y, sin embargo, millones de personas sufren y mueren de hambre, y eso constituye un verdadero escándalo. Es necesario encontrar los modos para que todos se puedan beneficiar de los frutos de la tierra, no sólo para evitar que se amplíe la brecha entre quien más tiene y quien se tiene que conformar con las migajas, sino también, y sobre todo, por una exigencia de justicia, de equidad y de respeto hacia el ser humano. En este sentido, quisiera recordar a todos el necesario destino universal de los bienes, que es uno de los principios clave de la doctrina social de la Iglesia. Respetar este principio es la condición esencial para posibilitar un efectivo y justo acceso a los bienes básicos y primarios que todo hombre necesita y a los que tiene derecho.

Conclusión

10. La fraternidad tiene necesidad de ser descubierta, amada, experimentada, anunciada y testimoniada. Pero sólo el amor dado por Dios nos permite acoger y vivir plenamente la fraternidad.

El necesario realismo de la política y de la economía no puede reducirse a un tecnicismo privado de ideales, que ignora la dimensión trascendente del hombre. Cuando falta esta apertura a Dios, toda actividad humana se vuelve más pobre y las personas quedan reducidas a objetos de explotación. Sólo si aceptan moverse en el amplio espacio asegurado por esta apertura a Aquel que ama a cada hombre y a cada mujer, la política y la economía conseguirán estructurarse sobre la base de un auténtico espíritu de caridad fraterna y podrán ser instrumento eficaz de desarrollo humano integral y de paz.

Los cristianos creemos que en la Iglesia somos miembros los unos de los otros, que todos nos necesitamos unos a otros, porque a cada uno de nosotros se nos ha dado una gracia según la medida del don de Cristo, para la utilidad común (cf. Ef 4,7.25; 1 Co 12,7). Cristo ha venido al mundo para traernos la gracia divina, es decir, la posibilidad de participar en su vida. Esto lleva consigo tejer un entramado de relaciones fraternas, basadas en la reciprocidad, en el perdón, en el don total de sí, según la amplitud y la profundidad del amor de Dios, ofrecido a la humanidad por Aquel que, crucificado y resucitado, atrae a todos a sí: «Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros; como yo les he amado, ámense también entre ustedes. La señal por la que conocerán todos que son discípulos míos será que se aman unos a otros» (Jn 13,34-35). Ésta es la buena noticia que reclama de cada uno de nosotros un paso adelante, un ejercicio perenne de empatía, de escucha del sufrimiento y de la esperanza del otro, también del más alejado de mí, poniéndonos en marcha por el camino exigente de aquel amor que se entrega y se gasta gratuitamente por el bien de cada hermano y hermana.

Cristo se dirige al hombre en su integridad y no desea que nadie se pierda. «Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él» (Jn 3,17). Lo hace sin forzar, sin obligar a nadie a abrirle las puertas de su corazón y de su mente. «El primero entre ustedes pórtese como el menor, y el que gobierna, como el que sirve» –dice Jesucristo–,«yo estoy en medio de ustedes como el que sirve» (Lc 22,26-27). Así pues, toda actividad debe distinguirse por una actitud de servicio a las personas, especialmente a las más lejanas y desconocidas. El servicio es el alma de esa fraternidad que edifica la paz.

Que María, la Madre de Jesús, nos ayude a comprender y a vivir cada día la fraternidad que brota del corazón de su Hijo, para llevar paz a todos los hombres en esta querida tierra nuestra.

Vaticano, 8 de diciembre de 2013.

FRANCISCO


[1] Cf. Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 19: AAS 101 (2009), 654-655.

[2] Cf. Francisco, Carta enc. Lumen fidei (29 junio 2013), 54: AAS 105 (2013), 591-592.

[3] Cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio (26 marzo 1967), 87: AAS 59 (1967), 299.

[4] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis (30 diciembre 1987), 39: AAS 80 (1988), 566-568.

[5] Carta enc. Populorum progressio (26 marzo 1967), 43: AAS 59 (1967), 278-279.

[6] Cf. íbid., 44: AAS 59 (1967), 279.

[7] Carta enc. Sollicitudo rei socialis (30 diciembre 1987), 38: AAS 80 (1988), 566.

[8] Íbid., 38-39: AAS 80 (1988), 566-567.

[9] Íbid., 40: AAS 80 (1988), 569.

[10] Íbid.

[11] Cf. Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 19: AAS 101 (2009), 654-655.

[12] Summa Theologiae II-II, q.66, art. 2.

[13] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 69. Cf. León XIII, Carta enc. Rerum novarum (15 mayo 1891), 19: ASS 23 (1890-1891), 651; Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis(30 diciembre 1987), 42: AAS 80 (1988), 573-574; Pontificio Consejo «Justicia y Paz», Compendio de la Doctrina social de la Iglesia, n. 178.

[14] Carta enc. Redemptor hominis (4 marzo 1979), 16: AAS 61 (1979), 290.

[15] Cf. Pontificio Consejo «Justicia y Paz», Compendio de la Doctrina social de la Iglesia, n. 159.

[16] Francisco, Carta al Presidente de la Federación Rusa, Vladímir Putin (4 septiembre 2013): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (6 septiembre 2013), 1.

[17] Carta enc. Pacem in terris (11 abril 1963),34: AAS 55 (1963), 256.

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