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martes, 30 de septiembre de 2014

Cuando nos quieren colar el cambio climático como si fuera Doctrina de la Iglesia, por Jorge Soley

Reproducimos el artículo de Jorge Soley Climent, publicado originalmente en su blog en InfoCatólica.

El cambio climático (primero fue el calentamiento global, ¿recuerdan?, pero tras varios años de heladas se pasó al más general cambio climático) es uno de los dogmas más intocables en el discurso dominante de lo políticamente correcto. Que el clima cambia no es ninguna novedad: siempre lo ha hecho. Lo nuevo es atribuir en exclusiva este cambio a las acciones del ser humano y proclamar el deber de corregir nuestro comportamiento para evitarlo. El único problema es que el supuesto “consenso científico” no es tal y cada vez hay más datos y científicos que advierten de que las cosas no son tan sencillas.

No obstante, tras esto del cambio climático hay algo más, algo que supera el mero debate científico. Si no fuera así, no se entienden las pasiones que levanta, las excomuniones fulminantes que provoca en todo aquel que se atreve a dudar de las consignas catastrofistas y demasiado a menudo antihumanas de personajes como Al Gore y su coro de fans malthusianos. En un mundo relativista, el cambio climático se presenta como un dogma intocable.

La Iglesia, por su parte, siempre ha recordado que la Creación es un don de Dios al hombre y que, en consecuencia, éste debe servirse de ella, cuidarla y entregarla a sus hijos en las mejores condiciones posibles. Las presiones para que la Iglesia católica adaptase su discurso a las máximas políticamente correctas han sido fuertes, pero hasta ahora sin éxito: en la encíclica de Benedicto XVI “Caritas in Veritate” no se recoge el concepto de “desarrollo sostenible” y sí el de “desarrollo humano integral”, que para fastidio de los ideólogos del “cambio climático” mantiene al hombre en el centro de la Creación y no lo reduce a una factor más de la vida del planeta.

Dos recientes intervenciones de los cardenales Parolin, en la ONU, y Maradiaga, en la Cumbre de las religiones sobre el clima, parecen indicar que algunos en la Iglesia quieren plegarse al discurso dominante en materia climática. La revista Science, comentando un congreso organizado por la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales, ha podido escribir que la Iglesia, por fin, había abrazado el concepto malthusiano de sostenibilidad.

No es tampoco nada nuevo: desde hace años algunos episcopados (sobre todo en Francia y Alemania) y ONGs católicas promueven la inclusión del concepto de “desarrollo sostenible” en la Doctrina Social de la Iglesia. El problema, repetimos, es que este concepto, relativamente nuevo (aparece en el Informe de la Comisión Brundtland, Our Common Future, en 1987) considera que el mundo está superpoblado y que consumimos muchos más recursos de los que la naturaleza puede ofrecernos. Para evitar las catástrofes que de ello se derivan, sería indispensable el control mundial de la población.

El cardenal Parolin basó su intervención en la ONU en la asunción del dogma del cambio climático antropogénico, esto es, causado por el hombre, del que dijo que existe consenso científico. Esta afirmación le habrá valido la sonrisa y la palmadita en la espalda de los organizadores del acto, lo cual siempre es muy agradable, pero por desgracia es falsa. La verdad es que no hay consenso científico. De hecho, decenas de miles de científicos (que entre ellos tienen, a su vez, discrepancias) se han puesto de acuerdo en denunciar la histeria de la ideología del calentamiento global y han mostrado su apoyo al Global Warming Petition Project. Más allá de que las verdades científicas no dependan del número de científicos que las sostienen, la asunción de esa postura como propia de la Iglesia católica es una muestra de imprudencia e hipoteca la credibilidad de la Iglesia en un asunto que no es de su directa incumbencia.

Más problemáticas son las palabras del cardenal Maradiaga, que sostiene que “los cambios climáticos son el principal obstáculo para erradicar la pobreza”. Inconsistente científica y económicamente, esta teoría culpabiliza a las industrias emisoras de CO2 de, por ejemplo, la malnutrición de los países pobres. Conozco Honduras, tierra natal del cardenal Maradiaga, y los problemas que sufre, y les aseguro que si, en mi próximo viaje a aquellas bellas y acogedoras tierras, cuando algunos amigos me hablen del problema del narcotráfico, de las maras, de la corrupción, del fracaso escolar, les respondo que todo eso es lo de menos, que el problema que tienen, en el fondo, es el cambio climático y que si los países del primer mundo cambian su tecnología de producción o pagan unas tasas en forma de derechos de emisión de gases ellos dejarían atrás la pobreza, me tomaran por un majadero o, como me conocen, creerán que estoy de broma.

Una vez más, no parece lo más adecuado ni prudente que la Iglesia tome parte en una discusión científica que no le compete. Eso no significa que la Iglesia no tenga nada que decir: William Patenaude, que trabaja como regulador climático y es moderadamente favorable a la teoría de que el cambio climático antropogénico es real, propone en The Catholic World Report algunas ideas. Como por ejemplo que la reflexión ecológica debe referirse a la Ley Natural. O que “el papel de la Iglesia en el mundo no es ser como el mundo, ni siquiera ser apreciada, sino penetrar y elevar el mundo”. O que siempre hay que proclamar el Evangelio. Claro que hablando así quizás no recibimos tantas sonrisas ni palmaditas en la espalda.

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