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jueves, 9 de enero de 2014

Las limitaciones del Estado para definir la religión desde el relativismo, por Rafael Palomino

Reproducimos el Artículo del profesor Rafael Palomino, publicado originalmente en Aceprensa

El pasado 11 de diciembre, el Tribunal Supremo del Reino Unido reconoció a la Cienciología como religión. La Cienciología es lo que solemos denominar técnicamente un nuevo movimiento religioso (NMR), de gran fuerza mediática. En seguida nos viene a la mente que es la “religión” de algunas estrellas de Hollywood, como Tom Cruise o John Travolta (ver pág.4).

En el Reino Unido, al igual que en tantos otros países de la tradición jurídica angloamericana, el Estado reconoce civilmente los matrimonios celebrados de los grupos religiosos previamente reconocidos. Es lo que los expertos en Derecho matrimonial comparado –siguiendo al jurista español Rafael Navarro-Valls (1)– llaman “sistema anglosajón de reconocimiento civil del matrimonio religioso en su momento constitutivo”. Para que el registro civil expida una licencia para la celebración de matrimonio religioso con efectos civiles, se exige que el “lugar de culto” esté reconocido, o sea, que pertenezca a una religión o allí se realicen actos de culto.

Casarse en la Cienciología

En el caso que motivó la sentencia del Tribunal Supremo británico, dos miembros de la Iglesia de la Cienciología solicitaron licencia para contraer matrimonio con efectos civiles conforme a la forma establecida por su religión. Y la licencia no les fue otorgada. La denegación se fundaba en la sentencia R v Registrar General, ex parte Segerdal (2), dictada cuarenta y tres años antes, con un contenido muy similar al de este nuevo caso. En aquella ocasión, los tribunales entendieron que la Cienciología no era una religión.

El juez argumentó así su decisión: “El culto religioso significa la reverencia o la adoración a un Ser Supremo, pero no encuentro eso en esta religión. Cuando examino las ceremonias de la Cienciología y los testimonios, me quedo con la impresión de que no hay nada en ese grupo que tenga que ver con la reverencia hacia Dios o hacia una deidad, sino sencillamente unas enseñanzas o una filosofía. Puede, eso sí, que haya algo relativo a la creencia en el espíritu del hombre, pero no desde luego una creencia en Dios”.

Pasaron los años y esta nueva sentencia del Tribunal Supremo, Hodkin v Registrar-General of Births, Deaths and Marriages (3), entiende ahora que la Cienciología es una religión y que los demandantes pueden contraer matrimonio con efectos civiles. ¿Quién ha cambiado? ¿La Cienciología o el Derecho?

Cuando el Derecho evita pronunciarse sobre lo que define una religión, cualquier grupo puede reclamar la etiqueta religiosa sin necesidad de creer en Dios

¿Un desfile de horrores?

Para quienes, desde la Sociología o el Derecho, siguen la actualidad del concepto de religión ante los ordenamientos jurídico del Estado, el episodio del matrimonio de los cienciólogos podría incluso inscribirse en lo que podríamos llamar “el desconcierto jurídico” generado por las nuevas religiones. Este desconcierto llega incluso a lo que, ante el puro sentido común, es una especie de “desfile de horrores”.

Dos ejemplos recientes. En 2012, Suecia reconoció como religión a la Iglesia del Kopismo. Este movimiento tiene por dogma central la violación de la propiedad intelectual por Internet. Su mantra favorito es Ctrl+C, Ctrl+V, es decir, copia y pega todo lo que puedas y de quien puedas, sea del ordenador de un particular, de una editorial, de los servidores de la CIA o de la Casa Blanca.

En otros países empieza a abrirse paso la Iglesia del Monstruo de Espagueti Volador (Pastafarianismo), surgida en Estados Unidos como una parodia de la teoría del diseño inteligente. Sus adeptos han logrado que se reconozca en Austria y en la República Checa el derecho a llevar sobre la cabeza un colador de pasta en la foto de su permiso de conducir o de su documento de identidad. “Si a las mujeres musulmanas se les permite que en sus fotografías aparezcan con velo, ¿por qué a nosotros no se nos va a permitir aparecer con un colador?”, argumentan.

La Orden del Jedi (recuerde el lector La Guerra de las Galaxias, de George Lucas) reclama también la honorabilidad de una religión en Inglaterra. Y cualquiera de nosotros puede ser ministro de culto de la Universal Life Church pagando un módico canon a través de Internet, por el que recibimos un diploma acreditativo y se nos permite celebrar bodas o funerales de esa religión.

La neutralidad del Estado, un arma de doble filo

¿Por qué estamos donde estamos en lo que se refiere al concepto de religión en el mundo del Derecho? Ante el derecho fundamental de libertad religiosa, los Estados occidentales tienen a gala actuar (o intentar actuar) con “neutralidad e imparcialidad” (en palabras del Tribunal Europeo de Derechos Humanos).

Como bien ha sintetizado el Profesor Martínez-Torrón (4), por neutralidad religiosa entendemos que el Estado no puede arrogarse la facultad de decir qué es verdad o mentira en cuestiones religiosas. Ni el Estado ni sus jueces son los profesionales más expertos para hacer incursiones en los siempre complejos terrenos teológicos o para convertirse en “peritos en interpretación teológica”.

De esta exigencia de neutralidad “material” o de contenidos, de forma inopinada se pasa con facilidad a la “neutralidad formal” o de requisitos. Y por ello, en no pocos países de nuestro entorno, el reconocimiento de un grupo como religioso (para conferir personalidad jurídica, eximir de determinados impuestos, lograr licencias municipales para construcción de templos o realizar funciones con relevancia legal, como es el caso del matrimonio) se reduciría a cumplimentar unos impresos, aportar unos estatutos e indicar unos representantes legales.

Este reconocimiento burocrático de lo religioso en el Derecho termina siendo eso: un formalismo. De un “prudente relativismo” (no juzgar por la verdad de los contenidos) se podría transitar a un “relativismo pasado de rosca” (todo vale). Y el efecto de esta última forma de relativismo, a largo plazo, es la devaluación de lo religioso. Si todo es (o puede ser) una religión, entonces ¿qué no lo es?

Es el problema de fondo del que nos alertan juristas a ambos lados del Atlántico cuando concluyen que el derecho fundamental de libertad religiosa podría terminar siendo solo un “derecho de segunda clase” (5), destinado a proteger a una extraña tribu de seres humanos irracionales y en claro peligro de extinción.

De la Iglesia del Kopismo en Suecia a la Orden del Jedi en Inglaterra diversos grupos reclaman el estatuto de religión

Salir del armario de las sectas

En el imaginario social de Occidente, la religión sigue siendo algo importante, incluso a pesar del proceso de secularización. Para un movimiento religioso de reciente implantación en un país, siempre se cierne el peligro de la sospecha, de ser tildado como “secta”. Para salir de esa área de sospecha, nada mejor que pasar a ser jurídicamente una religión. Tan pronto se consigue del Estado el reconocimiento legal como religión, sociológicamente, el nuevo grupo puede “salir del armario” de las sectas y codearse con el resto de productos legítimos que se ofrecen en el amplio mercado de ideas y creencias de esta “gran superficie comercial” que es Occidente.

El Derecho español tiene un sistema de reconocimiento legal (o de otorgamiento de personalidad jurídica) de las religiones basado en un Registro especial del Ministerio de Justicia. Para inscribir una religión (una confesión religiosa) es preciso cumplir unos requisitos formales. No obstante, la propia ley que regula esta cuestión establece que “[q]uedan fuera del ámbito de protección de la presente Ley las actividades, finalidades y entidades relacionadas con el estudio y experimentación de los fenómenos psíquicos o parapsicológicos o la difusión de valores humanísticos o espiritualistas u otros fines análogos ajenos a los religiosos”.

Como puede comprobarse, no define qué es una religión, sino que excluye determinados fenómenos. Una solución quizá académicamente reprochable, pero muy práctica. De hecho, otros países –como Colombia, México o Perú– siguieron esa tendencia de “definición negativa”.

Sin embargo, la pragmática solución española entró en crisis con motivo de una sentencia del Tribunal Constitucional español del año 2001 (6), relativa a la denegación de inscripción registral de la Iglesia de Unificación del entonces famoso –y ya fallecido– Reverendo Moon. Aunque no declara inconstitucional aquel párrafo de la ley española, pues no era el objeto propio del recurso, el Alto Tribunal indica que el Registro del Ministerio de Justicia no es quién para arrogarse la competencia de juzgar más allá de lo formal.

Lo que, en la práctica, significa que aquella definición negativa deviene papel mojado. En este estado de cosas –y después de diversos avatares judiciales–, la Audiencia Nacional entendió en el año 2007 que no había razón alguna para que la Cienciología no fuera inscrita en el Registro, es decir, que la Cienciología es en España una religión como cualquier otra (7).

Un difícil punto de equilibrio

Y ahora volvamos sobre los ejemplos y problemas concretos. ¿Deben la Orden del Jedi, la Iglesia del Monstruo de Espagueti Volador o la Iglesia del Kopismo ser consideradas religiones? Algunos constitucionalistas entienden que el problema jurídico, en realidad, no existe: sencillamente –parafraseando a Andrew Koppelman– se trata de atenernos al modo común de entender la realidad (8).

La lógica clásica explica que los conceptos son la representación intelectual de la naturaleza de las cosas. El concepto de religión es abstracto, muy básico, como sucede con otros tales como los de cultura, deporte, amor o amistad. Lo identificamos con ejemplos concretos, analogías, y un largo etcétera. ¿Por qué no proceder entonces con cierto sentido común?

El problema quizá sea que, por un lado, hemos renunciado precisamente a conocer la naturaleza de las cosas y que, por otro lado, el positivismo jurídico (en sus diversas variantes formalísticas) tiene una extraña obsesión por las discusiones bizantinas.

Junto con ello, no es menos cierto que algunos Estados con ciertas inercias totalitario-burocráticas transforman el concepto de religión en un arma arrojadiza contra lo nuevo, lo distinto, lo desconocido. Es precisamente lo que le sucedió a Rusia, cuando se declaraba no inscribible en el registro de religiones al Ejército de Salvación, por entender que era una especie de organización paramilitar (nada más contrario al pacífico Ejército de Salvación…) (9).

La relación con lo divino

Parte de la superación del problema apunta en la dirección señalada por Robert P. George en un reciente artículo (10) que se difundió especialmente en Internet con motivo de su reciente nombramiento como vocal de la U.S. Commission for International Religious Freedom, organismo federal norteamericano de estudio de la libertad religiosa en el mundo.

En dicho artículo, George escribe que la religión, en su sentido más pleno, es la relación con lo divino; no todas las plasmaciones concretas de esa relación son perfectas, lo sabemos, pero en la medida en que responden a esa idea, en la medida en que esa relación se establece, conforme a la naturaleza libre del hombre, estamos ante una cuestión buena, valiosa y que merece la protección del Estado.

Que se preste a abusos es casi inevitable. Pero los abusos no legitiman por sí mismos abandonarnos a un relativismo total en esta delicada cuestión. Los sociólogos nos alertan de que vivimos una época postsecular que ha venido acompañada por el “retorno de lo religioso” (11), aunque ese retorno “no puede convertirse en moneda falsa para el lucro de algunos especuladores” (12).

Rafael Palomino Lozano es
Catedrático de Derecho Eclesiástico del Estado
Universidad Complutense de Madrid.

_______________________

Notas

(1) M. LÓPEZ ALARCÓN; R. NAVARRO-VALLS; S. CAÑAMARES ARRIBAS, Curso de derecho matrimonial canónico y concordado, 7ª edición, Tecnos, Madrid, 2010.

(2) R v. Registrar General, ex parte Segerdal [1970] 2 QB 697.

(3) Hodkin v Registrar-General of Births, Deaths and Marriages [2013] UKSC 77.

(4) J. MARTÍNEZ-TORRÓN, Religión, Derecho y Sociedad: antiguos y nuevos planteamientos en el Derecho eclesiástico del Estado, Comares, Granada, 1999.

(5) Cfr. M. A. GLENDON, “Religious freedom: A Second Class Right?”, Emory Law Journal, vol. 61, 2012.

(6) Sentencia del Tribunal Constitucional 46/2001, de 15 de febrero.

(7) Sentencia de la Audiencia Nacional 4394/2007, de 11 de octubre.

(8) A. KOPPELMAN, “And I Don’t Care What It Is: Religious Neutrality in American Law”, Pepperdine Law Review, vol. 39, 2011, p. 1121.

(9) Cuestión resuelta por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos en el caso Moscow Branch of the Salvation Army v. Russia, App. No. 72881/01, 5 de octubre de 2006.

(10) R. P. GEORGE, “What is Religious Freedom?”, Public Discourse, July 24th 2013, fecha de consulta 24 de diciembre de 2013, en http://www.thepublicdiscourse.com/2013/07/10622/.

(11) J. MICKLETHWAIT; A. WOOLDRIDGE, God is Back: How the Global Rise of Faith is Changing the World, Penguin UK, 2011.

(12) R. NAVARRO-VALLS, “Algunas claves de las relaciones Iglesia-Estado”, Anales de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación, vol. 30 (2000), p. 185.

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martes, 7 de enero de 2014

Lo que desconoce Sergio Muñoz Bata

El día de hoy, el periodista Sergio Muñoz Bata ha publicado una columna en el diario El Tiempo en que mezcla una serie de argumentos para defender el aborto y criticar las regulaciones que se le imponen en Estados Unidos y España. Los argumentos presentados no son cosa nueva, antes parece un collage de ideas que ya han sido puestas en diferentes medios de comunicación, incluyendo informaciones sesgadas o falsas.

Empecemos por la primera oración del artículo. Muñoz Bata afirma tajante:

Por regla general, en aquellos países donde el aborto es legal, dentro de ciertos parámetros razonables, su incidencia es menor y su práctica más segura, es decir, presenta menos consecuencias negativas al practicarlo.

Esta afirmación es rotundamente falsa, en sus dos partes. No es cierto que el aborto sea menor en los países donde es legal, ni mucho menos que sea más seguro. De hecho, lo que ha provocado la oleada de normas a nivel estatal restringiendo la práctica de abortos en los Estados Unidos, ha sido el aumento en la muerte de mujeres por aborto. Nombres como Tonya Reeves o Jennifer Morbelli, cuyas muertes han quedado en la impunidad a causa del “derecho al aborto”, han motivado el surgimiento de estas iniciativas en diversos estados. Ni hablar del caso de Kermit Gosnell quien fue recientemente hallado culpable por las muertes de tres bebés nacidos vivos, a los cuales les cortó la espina dorsal al nacer, y una mujer de nombre Karnamaya Mongar. Pero lo que hizo famoso el caso Gosnell, es que los policías que hicieron el allanamiento al abortorio, encontraron que él conservaba las partes de los bebés que abortaba en frascos con formol distribuidos en todo el lugar. El Estado de Pennsylvania discute en estos momentos un proyecto de ley que impone restricciones al aborto, justo para evitar casos como este. Si algo prueba el caso Gosnell es que el aborto legal lo único que hace es que el abortorio de callejón funcione a plena luz del día.

En estos casos hablamos exclusivamente de las complicaciones médicas surgidas en el procedimiento del aborto, donde evidentemente existen muchos factores que hacen que un procedimiento de aborto sea más peligroso que otro: No es lo mismo que se practique un aborto en un hospital donde se puede atender cualquier emergencia, a que se practique en un abortorio donde para cualquier emergencia deben llamar al 911 para trasladar a la mujer al hospital a donde probablemente llegará muerta. Este es justamente uno de los argumentos de quienes abogan por la legalización del aborto: la posibilidad del Estado para imponer controles. No se entiende cómo, quienes pedían la legalización con estos argumentos, ahora sean los principales críticos de cada regulación que se hace. A mediados de año, el Estado de Texas aprobó un paquete de regulaciones a la práctica de abortos que imponía condiciones de sanidad y seguridad que en otro contexto habrían sido consideradas como un mínimo indispensable, pero que atrajo la crítica de todo el establecimiento progre, bajo el argumento de que sólo 5 de los 42 abortorios del Estado cumplían con esos requisitos. Para el lobby pro-aborto lo fundamental es que los abortos se practiquen, no importa cómo; las condiciones de higiene y sanidad sólo sirven como excusa para pedir la legalización.

Pero el columnista habla de “menos consecuencias negativas al practicarlo” lo que nos habla de la totalidad de consecuencias negativas, y no exclusivamente de las complicaciones en el procedimiento. En esto la falsedad de la afirmación del periodista resulta insostenible: Las secuelas fisiológicas o sicológicas del aborto no presentan ninguna correlación con la legalidad o ilegalidad de este. Ha sido en países como Reino Unido, China o India, paradigmas del “aborto legal y seguro” donde han salido los estudios que revelan la correlación entre aborto y trastorno de estrés post-traumático, y entre aborto y cáncer de seno.

En la otra cara de la moneda nos encontramos con los abortos clandestinos practicados en los países del tercer mundo. Abortos que cada cierto tiempo dejan alguna víctima, que luego es utilizada por el lobby pro-aborto para presionar a favor de su legalización. Lo que no cuentan es que son esas mismas organizaciones del lobby pro-aborto las que se encargan de introducir esos mismos “abortos inseguros” en los países donde es ilegal. En países como Argentina o Ecuador, donde el aborto sigue siendo un delito, la ONG Women on Waves” ha abierto líneas telefónicas para enseñar a las mujeres a practicarse un aborto casero usando Misoprostol, con el riesgo de que puedan terminar desangradas y sin poder recibir ayuda médica de ningún tipo. Más aún, en la conferencia mundial “Women Deliver”, realizada a principios del año pasado en Kuala Lumpur, y organizada por la multinacional abortista Planned Parenthood con la participación de Melinda Gates, la esposa de Bill Gates, y Hillary Clinton, Secretaria de Estado de los EE.UU., se resolvió que la Federación Internacional de Ginecología y Obstetricia (FIGO), empezaría a privilegiar en sus guías el uso de Misoprostol por sobre la Oxitocina en el tratamiento de hemorragias post-parto, a pesar de ser ésta última mucho más efectiva, con el fin de introducir el Misoprostol en los países donde aún es ilegal el aborto. Esto se haría apuntando especialmente a los países de África a través de las misiones médicas de organismos internacionales.

Pero además, Muñoz Bata presenta unas estadísticas que deberíamos revisar:

Según la Organización Mundial de la Salud, “promulgar leyes de aborto muy restrictivas no trae como resultado tasas de aborto más bajas. En África, por ejemplo, la tasa de aborto es de 29 por cada 1.000 mujeres en edad fértil, y de 32 por cada 1.000 en América Latina, regiones en las que el aborto es ilegal en la mayoría de las circunstancias y en la mayoría de los países. Mientras que en Europa occidental, donde el aborto es generalmente permitido, la tasa es de 12 por 1.000”.

Este es el párrafo que más me dice que el columnista no sabe realmente de lo que habla, sino que copió lo que leyó en otro lado. ¿Leyó el informe del que salen esas cifras? Lo dudo. Sabría tal vez, que las cifras no son de la OMS sino del Instituto Guttmacher, tanque de pensamiento de Planned Parenthood. Porque además, son clamorosas las omisiones: Omite Europa del Este y Asia, donde están los países con las leyes más liberalizadoras del aborto, en todo el mundo, y donde las tasas de aborto son también las más altas. Ignora también el origen de las cifras que presenta para América Latina, que no es otro que las “estimaciones” hechas por los investigadores del Guttmacher en cada país, y que han dado exageraciones astronómicas como los 400.000 abortos al año en Colombia, el millón de abortos en México o los 300.000 abortos en Uruguay. Estas cifras, no sólo carecen de cualquier asidero real, sino que además se demostró que en el caso de Colombia han sido infladas artificialmente, por lo menos unas 18 veces.

Pero lo que “la saca del estadio” es cuando habla del mandato HHS:

El último reto al derecho de las mujeres a decidir qué hacer con su cuerpo y en qué términos planificar su entorno familiar lo ha planteado una orden de monjas católicas al demandar ante la Suprema Corte de Justicia eximir a la orden de la obligación de proporcionar un seguro médico a sus empleadas que incluya el costo de los anticonceptivos que exige la nueva ley de salud.

En el caso de las órdenes religiosas, su argumento carece de validez porque los grupos religiosos ya están exentos de pagar anticonceptivos a sus empleadas si consideran que violan su misión religiosa. Las mujeres que trabajan para estos grupos pueden tener acceso a los anticonceptivos sin tener que recurrir a sus empleadores. El litigio, sin embargo, seguirá su curso, pues lo que quieren los grupos religiosos es restringir el derecho al aborto.

Resulta increíble que alguien pueda estar tan desinformado, o para desinformar tan a propósito y de mala fe, para incurrir  en una contradicción entre sus propias afirmaciones. El mismo Muñoz Bata afirma que la ley exige a los empleadores pagar por anticonceptivos en los seguros médicos, pero inmediatamente después dice que no, que es porque se oponen al “derecho” al aborto.

El Mandato HHS (Porque viene del departamento llamado Human & Health Services) obliga que todo seguro médico que los empleadores paguen para sus empleados, cubra anticonceptivos, abortifacientes y tratamientos de esterilización. Esto para la Iglesia Católica, y otras confesiones religiosas, es un abierta cooperación con el pecado al que el Estado los quiere obligar, en violación abierta a la Libertad de conciencia, Libertad de asociación y libertad religiosa.

Cuando surgió la controversia, Obama salió a afirmar que iba a hacer unas modificaciones para proteger la Libertad Religiosa. ¿Qué hizo? Según él, ahora el empleador no tendrá que pagar por los tratamientos que violan su conciencia, sino que ese costo lo cargará la compañía de seguros. Lo cual es ridículo: De todas formas el costo de tales tratamientos saldrá del costo global del seguro por el que está pagando. El único cambio es que ahora los seguros no presentarán la información sobre los costos que cube el seguro.

Esta razón, que Muñoz Bata parece no ver, es la que ha llevado a que en el 88% de los litigios contra ese mandato, se haya suspendido por violar la Libertad Religiosa. Pero a los abortistas, como el que escribe la columna, les parece que violamos sus derechos, no sólo cuando pedimos que no se mate a los niños por nacer, sino también cuando nos negamos a participar en ello.

Y el cierre del artículo, la joya con que concluye, tampoco es suya sino que la toma prestada de un político español al que su conservadurismo no le impide pactar con la izquierda radical de IU (Un oportunismo que aquí conocemos bien), al que cita:

Pero quizá ningún comentario ha sido tan elocuente como el del presidente de Extremadura, conservador y miembro del partido en el poder, José Antonio Monago, quien, refiriéndose al proyecto de ley, dijo: “Nadie puede negar a nadie su derecho a ser madre. Ni tampoco nadie puede obligar a nadie a serlo”.

Se le olvida al periodista que la mujer embarazada ya es madre: por eso se le llama “madre gestante”, su hijo ya existe, ya está vivo, y el aborto lo mata. Aquí nadie está tratando de obligar a ninguna mujer a que sea madre, se pide que las que ya lo son no maten a los hijos ya tenidos.

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lunes, 6 de enero de 2014

¿Regresan las «Comunidades de Clase»?, por Germán Mazuelo-Leytón

Reproducimos el artículo de Germán Mazuelo-Leytón publicado originalmente en su blog en InfoCatólica.

Del 7 al 11 de enero, en Juazeiro do Norte, Estado de Ceará, Brasil, se reunirán los delegados de las Comunidades Eclesiales de Base de todas las jurisdicciones eclesiásticas del país continente. Desde la llegada a la silla de Pedro del nuevo Pontífice Francisco, las CEBs brasileñas especialmente, se encuentran en un proceso de «relanzamiento». Los organizadores prevén la asistencia de cuatro mil delegados para verificar un «nuevo pentecostés de las CEBs».

Originalmente las CEBs actuaron bajo el denominativo de «Iglesia del pueblo».  Posteriormente al recibir la aprobación de múltiples obispos y hasta la bendición de Conferencias Episcopales, promoviéndolas como «su principal opción pastoral», éstas fueron multiplicándose no solamente en el Brasil, su país de origen, sino también en toda América Latina y otras latitudes.

Dos esclarecedores documentos desvelaron completamente el accionar de las CEBs, brazo operativo de la Teología de la Liberación de corte marxista: «Las CEBs de las cuales mucho se habla y poco se conoce» del Prof. Plinio Correa de Oliveira, y la también «muy oportuna publicación por el episcopado mexicano de un excelente informe sobre la Iglesia del Pueblo», escrito por el Padre Boaventura Kloppenburg, OFM, Rector del Instituto Pastoral del CELAM, documento que «frenó la acción subversiva marxista en México», desarrollada en vísperas de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Puebla.

¿Qué eran, qué son y qué pretenden ser las Comunidades Eclesiales de Base?

Uno de sus más preclaros exponentes, Leonardo Boff, en «Eclesiogénesis» teorizó su concepto de Iglesia partiendo de «la primitiva participación del pueblo cristiano del poder de la Iglesia», hasta llegar a la II Conferencia General del Episcopado en Medellín, tiempo en el que «la Iglesia aparecía obviamente como la ideología religiosa legitimadora del orden imperante» (pág. 58).

Entonces «todo comenzó a cambiar con la aparición de las “comunidades de base”. A partir de 1960, en efecto, aparecieron las condiciones históricas para una iglesia que nazca del pueblo. Frente a una Iglesia de cristiandad, encarnada en una clase hegemónica apareció una Iglesia popular, capaz de integrarse en la sociedad revolucionaria, una iglesia libertadora cuyas características son totalmente distintas y opuestas a la primera».

«En ella son los laicos quienes detentan el poder sagrado, depositado por el Espíritu Santo en la comunidad primitiva» (Reflexiones en torno a la Teología de la Liberación, P. Francois Francou, SJ), luego, la «Iglesia del Pueblo» es un repudio a la «Iglesia tradicional» como institución jerárquica y dogmática, que considera un «aburguesamiento del cristianismo». «Es la división, la misma división de la lucha de clases, una es la “Iglesia Popular”, pero yo como cristiano considero que es también la Iglesia verdadera, porque la otra, apoya a los explotadores, traiciona el Evangelio» (Ernesto Cardenal).

Según sus ideólogos, las CEBs nunca pretendieron ser eclesiales, «ellas fueron bautizadas con el nombre de Comunidades de Base, expresión inspirada en la terminología marxista, equivalente a soviets» (Mons. Miguel Balaguer, obispo de Tacuarembó, Uruguay), «actualmente todo es de arriba hacia abajo. ¿Por qué el pueblo no puede participar en la elección de sus párrocos, de los obispos y del Papa? ¿Por qué el Papa tiene que ser escogido apenas por algunos cardenales?» (P. Joseph Comblin, ideólogo de la Teología de la liberación y promotor de las CEBs.

Como preludio de Puebla, circuló una avalancha de aportes oficiales (de las Conferencias Episcopales), y«aportes a Puebla» no oficiales, en los que predominaban «tendencias secularizantes, desacralizantes, progresistas, modernistas, protestantes y marxistoides».

No obstante el terremoto enderezador de las tesis comuno-progresistas, en el discurso inaugural de Juan Pablo II en Puebla, el «Documento Final» de Puebla concluyó con una «lista de nueve signos de esperanza y de alegría de la Iglesia en América Latina» cuyo primer lugar ocuparon «las Comunidades Eclesiales de Base en comunión con sus Pastores». De tal forma que con Puebla las CEBs adquirieron carta de ciudadanía eclesial.

Pero fue recién en su visita al Brasil en 1980 que Juan Pablo II fue directamente enérgico con las politizadas Comunidades Eclesiales de Base:

Especialmente insistente resulta el riesgo de intromisión de lo político. Esa intromisión puede darse en la propia génesis y formación de las comunidades, cuando se crean no partiendo de una visión de Iglesia, sino con criterios y objetivos de ideología política. Tal intromisión, por otra parte, puede darse también bajo la forma de instrumentalización política de comunidades que habían nacido con perspectiva eclesial” (Mensaje a los líderes de las CEBs del Brasil).

En pleno auge de las CEBs, la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, en la Instrucción «Sobre algunos aspectos de la Teología de la Liberación» el 6 de agosto de 1984, sanciona que expresiones como«Iglesia de los pobres», «Iglesia del Pueblo», «Comunidades populares», llegan a significar comunidades de clase (cfr. IX, 10).

Joseph Comblin no deja dudas del leit motiv de sus CEBs:

En el plan original, las CEBs fueron concebidas para ser fermento, un factor de transformación social y económica. Si ellas se contentan con sólo hacer trabajo parroquial –catecismo para niños, preparación para la primera comunión, para el Bautismo, etc.- ellas pierden fuerza. Este tipo de trabajo no crea ningún problema, no lleva a nada. Para eso no es necesario que haya CEBs. que son la expresión socializada y politizada de la Iglesia.

Iniciado el Tercer Milenio, las CEBs fueron un puntal para el ascenso de algunos gobiernos en América Latina, ¿la perspectiva de las CEBs en la era del Papa Bergoglio, será totalmente eclesial o sociológica?

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domingo, 5 de enero de 2014

Nadie puede presumir el sufrimiento, por Javier Mª Pérez-Roldán

Reproducimos la columna del abogado Javier Mª Pérez-Roldán publicada originalmente en InfoCatólica.

Javier Mª Pérez-Roldán, El Diario El País publicó ayer una carta del neurocirujano infantil Javier Esparza que lleva por título «Nadie tiene derecho a obligar al sufrimiento». En ella se muestra en contra de la prohibición del aborto en los casos de malformación fetal. En la misma apela a supuestos argumentos humanitarios para permitir el aborto, tachando a los que se oponen a ello de ignorantes o de actuar por intereses espurios. Funda su tesis en un argumento falso como es el sufrimiento de los niños con determinadas dolencias, y de sus familias.

Desde hace 12 años soy abogado de familia y desde hace 7 padre de una niña con espina bífida. Durante estos últimos años me he dedicado, en exclusiva, a dos cosas: velar por el interés de los hijos de mis clientes, y ejercer como padre de mi hija y de sus otros dos hermanos, de 5 y 3 años.

Mi hija tiene parálisis en ambas piernas, y desde los tres años convive diariamente con su silla de ruedas. Tiene también todos los problemas que usted cita como asociados a la espina bífida, salvo la siringomielia. Es más, su lesión (que lo es en la modalidad más grave) está localizada a la altura de la vértebra L4-L5 y según nos comentan todos los profesionales que la tratan, es la más alta que han visto es muchos años. Ha pasado por cinco operaciones, y tiene citas periódicas en siete especialidades médicas.

Ahora bien, mi hija no sufre ni más ni menos que una niña de su edad. Juega, ríe, quiere, ama y siente exactamente igual que sus dos hermanos sanos. Y, a veces, también llora, pero sus lágrimas no tienen ningún poso de amargura ni dolor por encima de las de sus amigas o de las de sus hermanos, pues como ellos, llora por nimiedades.

Como abogado de familia he conocido niños con depresión crónica por culpa de la separación tormentosa de sus padres, que arrastran una existencia triste y sufriente. Como sufren más que mi hija y sus hermanos, ¿los eliminaría?

Y en cuanto a la familia, fíjese si el sufrimiento no es tan extremo como usted dice que después de su nacimiento hemos tenido otros dos hijos, señal de que el cuidado de nuestra hija no nos ha supuesto trauma ninguno.

Estas anomalías, por sí, no causan el sufrimiento que usted pretende. De hecho, si bien el dolor ante cualquier enfermedad o revés de la vida es inevitable, el sufrimiento es totalmente voluntario, pues es éste una percepción personal y subjetiva de la propia realidad. Hay quien ante cualquier mínimo problema ante la vida sufre, y sufre sin mesura, y hay quien ante obstáculos insalvables y dolores sin medida se crece, pues admite su dolor con entereza.

De hecho, por la enfermedad de mi hija he estado en contacto con numerosos afectados de espina bífida (algunos en grados muy severos) y siempre se han manifestado esperanzados y alegres por el don de la vida. ¿Ha oído usted de enfermos de espina bífida que se hayan suicidado o que hayan solicitado la eutanasia?. Sin duda usted conocerá el estudio de su compañero neurocirujano Rob de Jong, publicado recientemente en la revista Pediatric, donde sostiene, por medio de estudios de campo, que los recién nacidos con este mal congénito apenas tenían dolores.

Por eso me causa sonrojo su carta, llena de adulteraciones de la realidad vivida por cientos de enfermos y sus familias. Pero mayor sonrojo me causa su supuesto humanismo. Dice usted que nadie tiene derecho a obligar al sufrimiento ¿y en qué principio ético funda usted tan categórica aseveración? ¿y porqué presupone usted el sufrimiento de estos pacientes?

En cuanto a la fundamentación de su aseveración, alega la mismas causas que las autoridades nacional-socialistas responsables del plan de exterminio de enfermos Aktion T4. El plan se fundaba en que había vidas que no eran dignas de ser vividas, y cuyo asesinato era tanto un acto de compasión como un beneficio para la comunidad. Usted alega ambas cosas (igual que los Nazis) pues sostiene que «el colmo» es que los esfuerzos realizados para el tratamiento de estos niños es un desperdicio, pues acaban muriendo a los 20 años, y encima arrastrando un sufrimiento sin medida. ¡Qué argumento tan falaz! Usted sabe que miente, pues al día de hoy, la esperanza de vida de estos pacientes es prácticamente la misma que para personas sanas. Pero es que, además, aunque fuera verdad el fallecimiento a los 20 años ¿me va a decir usted que no merecen vivir estos 20 años? Usted está jubilado y pronto empezará a sufrir achaques. De vida, según las estadísticas del INE, no le quedan más que 16 años ¿le parecería justo que a la primera recaída de usted le privemos de un tratamiento por lo costosísimo del mismo teniendo en cuenta que no le quedan años para «amortizar la inversión» y más teniendo en cuenta que usted, en la vida, ha hecho lo que tenía que hacer? Según su teoría sería menos grave matar a un zambiano (con una esperanza de vida de 36 años) que a un español (con 81 años de esperanza).

Las personas no son una inversión, son un bien en sí mismo, y no podemos desahuciar a los que tenga cáncer, o SIDA o cualquier otra enfermedad por lo costoso del tratamiento y por el alto índice de mortandad durante el mismo.

En el culmen del paroxismo dice usted que el aborto ayudó a prevenir la espina bífida. Nos descubre con ello su auténtico rostro, pues según usted sería muy fácil que España se colocase a la cabeza de los países saludables. Bastaría con eliminar a todo enfermo o lesionado grave (con cáncer, SIDA, paralítico por accidente de circulación) para poder vender al extranjero nuestras estadísticas y colocarnos como el país con la mejor política de prevención de enfermedades. Veo que usted es de los expeditivos que opina que muerto el perro se acabó la rabia. ¡Menos mal que no tiene usted responsabilidades en la política penitencia, pues sabemos cómo acabaría usted con los índices de delincuencia: fulminando al delincuente!

Sólo le quiero decir una cosa. Lo que nos hace sufrir a los afectados por esta enfermedad son los profesionales médicos como usted. Cuando a los tres meses del embarazo nos anunciaron la enfermedad de nuestra hija, nos recomendaron insistentemente el aborto, y ello hasta hacernos sentir culpables si traíamos al mundo a un niña solo para que sufriera. La realidad es nunca tomamos mejor decisión que tenerla, pues pasado el tiempo intimamos con dos matrimonios que abortaron a sus hijos por tener espina bífida ¡no sabe usted el terrible padecimiento moral de estas dos parejas al ver que si no hubiera cometido tan criminal acto podrían tener con ellos a sus hijos, que de seguro serían tan alegres y joviales como la nuestra! Y le preguntó ¿qué derecho tenían los médicos que les indujeron al aborto a obligarles al calvario de remordimientos que están pasando?

Que sepa que mi hija enferma tiene la misma dignidad que usted y el mismo derecho a vivir que tuvo usted. Ninguna sociedad tiene derecho a decir sobre si la vida de otro es digna o no, o a determinar si una enfermedad causa o no sufrimiento sin preguntar al afectado.

Mi hija necesita para vivir de la ayuda de otros en el mismo grado en que yo la necesito, aun estando sano. Si los hombres vivimos en sociedad es porque nos es necesario el concurso de otros para nuestra supervivencia. Por esto existe la sociedad y los gobiernos de la mismas: para ejercitar la ayuda mutua. En occidente tenemos la suerte de que prosperó la razón benéfica del ágora de Atenas sobre el terror eugenésico del Taigeto espartano ¿usted que es, ateniense o espartano?

Javier Mª Pérez-Roldán

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sábado, 4 de enero de 2014

Derechos humanos como disvalor, por Alberto Buela

Reproducimos este interesante artículo publicado originalmente en el N° 127 de la Revista Arbil.

Como hace muchos años que venimos escribiendo sobre el tema de los derechos humanos y lo hemos encarado desde distintos ángulos: a) derechos humanos de primera, segunda y tercera generación, b) derechos humanos e ideología, c) derechos humanos o derechos de los pueblos, d) derechos humanos: crisis o decadencia. 

En esta ocasión vamos a meditar sobre los derechos humanos como un disvalor o, si se quiere para que sea más comprensible, como una falsa preferencia.

Es sabido que la Declaración Universal de los Derechos Humanos proclamada por las Naciones Unidas a finales de 1948, afirma en su artículo 3 que: Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona.

Con lo cual los legisladores correctamente nos vinieron a decir que los derechos humanos proclamados alcanzan al hombre en tanto que individuo, esto es, formando parte de un género y una especie: animal rationale o zoon lógon éjon, como gustaban decir griegos y romanos.

Pero, al mismo tiempo, nos dicen que estos derechos son inherentes al hombre como persona, esto es, en tanto ser único, singular e irrepetible. Y acá está implícita toda la concepción cristiana del hombre.[1]

Si bien, este magistral artículo 3, merecedor de una exégesis abundantísima, se apoya, tiene su basamento en una concepción sesgada o parcial del hombre: como sujeto de derechos. Y es acá donde comenzamos a barruntar lo que queremos decir.

El hombre durante toda la antigüedad clásica: greco, romano, cristiana nunca fue pensado como sujeto de derechos, y no porque no existieran dichos derechos, sino porque la justicia desde Platón para acá fue pensada como: dar a cada uno lo que corresponde. Con lo cual el derecho está concebido desde el que está “obligado” a cumplirlo y no desde los “acreedores” del derecho. Es por ello que la justicia fue concebida como una restitutio, como lo debido al otro.

Esto es de crucial importancia, pues sino se lo entiende acabadamente, no puede comprenderse la Revolución Copernicana, que produjeron los legisladores onunianos en 1948. 

Al ser lo justo, dar a cada uno aquello que le corresponde y no el obtenerlo para uno, la obligación de realizarlo es del deudor. Y ello está determinado por el realismo filosófico, jurídico, político y teológico de la mencionada antigüedad clásica. Así el peso de realización de lo justo recae sobre aquel que puede y debe realizarlo, el acreedor de derechos solo puede demandarlo.

Al respecto relata Platón cómo respondió Sócrates cuando le proponen fugarse de la cárcel al ser condenado a muerte: Nunca es bueno y noble cometer injusticia (Critón, 49ª5) En cualquier caso es malo y vergonzoso cometer injusticia (Critón, 49b6). Nunca es correcto retribuir una injusticia por una injusticia padecida, ni mal por mal (Critón 49 d7), pues es peor hacer una injusticia que padecerla.

Así, Sócrates no ignora que tiene “derecho humano a conservar su vida”, pero prima en él, el “derecho humano de los atenienses”, de los otros. Pues si se fuga realiza un acto de injusticia, peor aún que la recibida.

Hoy la teoría de los derechos humanos invirtió la ecuación y así viene a sostener la primacía del acreedor de derechos por sobre la obligación de ser justos.

Viene entonces la pregunta fundamental: ¿A qué debe el hombre otorgar primacía en el ámbito del obrar: a ser justo o a ser acreedor de derechos?

Sin lugar a dudas todo hombre de bien intenta ser justo en su obrar, sin por ello renunciar a sus derechos pero, si el acto justo implica posponer algún derecho, es seguro que el justo lo pospone.

Ello nos está indicando la primacía y la preferencia axiológica de lo justo sobre el derecho.

Si invertimos esta relación los derechos humanos terminan siendo concebidos como un disvalor.

De modo tal que, obviamente, no estamos en contra del rescate que los derechos humanos han realizado en cantidad de campos y dominios. Estamos en contra que la vida del hombre se piense limitada y girando exclusivamente sobre los derechos humanos.

Y así como el bien tiene una primacía ontológica sobre el deber porque el hombre no es bueno cuando realiza actos buenos, sino que el hombre realiza actos buenos cuando es bueno. Analógicamente, lo justo=ius la tiene sobre el derecho y la lex.


[1] Es cierto que se han producido éticas ateístas de la persona (Nicolai Hartmann) pero eso no dejó de ser un mero ejercicio filosófico que no jode a nadie.

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Editorial: Los retos de 2014

Hace una semana hacíamos un repaso sobre los esfuerzos que trajo el 2013, con sus correspondientes éxitos y derrotas. Hoy, ya entrados en este nuevo año, vale la pena ir haciendo la lista de los principales retos que se nos vienen para el 2014.

1. Elegir gobernantes comprometidos con la Vida y la Familia

Este año, como cada 4 años, los colombianos seremos convocados a las urnas para elegir Senadores, Representantes a la Cámara y Presidente. Este año estamos además ante una coyuntura muy particular: Las fuerzas políticas del país se encuentran en un proceso de fragmentación y reajuste, alimentado además con elecciones atípicas para revocar el mandato al alcalde de Bogotá.

La situación es tal, que nadie logra predecir con un mínimo grado de seguridad cuál será el resultado en estas elecciones. Esto es conveniente, en tanto que al haber diversos sectores luchando por la misma porción del electorado, existe la posibilidad de convertir los principios no negociables en temas de campaña que definan la elección de uno u otro candidato.

De estas elecciones depende prácticamente todo lo demás. Este Congreso nuevo será el que discuta, entre otras cosas, el Referendo por el Derecho a la Vida. Así que es mucho lo que nos jugamos con esta decisión.

2. El Referendo por el Derecho a la Vida

Los colombianos tenemos una oportunidad de oro para revertir de forma definitiva la inicua sentencia C-355 de 2006, sentar el Derecho a la Vida de los niños por nacer como un principio jurídico constitucional, y de paso dar un revés increíble al lobby del aborto, que lleva años mostrando a Colombia como un caso de éxito, dejando un precedente a nivel internacional. No podemos desperdiciar este chance que Dios nos ha concedido.

Sin embargo, para que esto funcione es aún mucho el trabajo que hay por delante. Tenemos menos de dos meses para completar las más de 1’800.000 firmas, con lo cual se podrá presentar al Congreso el Proyecto de Ley de convocatoria a las urnas. Este proceso requerirá mucha presión por parte de todos hacia el Congreso, pues es ahí donde los abortistas saben que tienen las mayores posibilidades de frenar el proceso. Lo mismo cuando el proceso pase a revisión previa de la Corte Constitucional y luego se convoque a votación. El umbral de participación es bastante alto (aproximadamente 8’000.000 de votos), por lo que es indispensable estar conectados con la fecha de votación, para que nadie se quede sin ir a votar.

Dios nos conceda la gracia de que para este año o el otro, tengamos a Colombia libre de abortos.

3. La demanda por adopción homosexual ante la Corte Constitucional

Finalmente, contra los pronósticos de El Espectador, la Corte no alcanzó a fallar en Diciembre sobre la demanda de adopción de un pareja de lesbianas. Conceder la demanda tendría consecuencias hondísimas en la protección jurídica de los menores, implica eliminar los conceptos de “padre” y “madre” del registro civil, obligaría a eliminar los roles familiares de los contenidos educativos, y de paso avala la industria de “fábrica de hijos” a través de la donación de gametos y el alquiler de vientres.

Es nuestro deber hacer toda la presión posible ahora que los magistrados regresen del receso de fin de año, para que la Corte rechace las pretensiones de la demanda, y de paso reconozca la injusticia que se comete con los niños concebido con gametos de un donante anónimo.

4. La investigación a los magistrados de la Corte Constitucional en el Congreso de la República

A finales del año pasado, la Fundación Marido y Mujer presentó una demanda contra los magistrados de la Corte Constitucional bajo el cargo de prevaricato por acción en los fallos sobre aborto y uniones homosexuales. Esta es la oportunidad para exponer todas las irregularidades y extralimitaciones que los magistrados han cometido para imponer la agenda ideológica del aborto y el homosexualismo en este país. En este caso, más importante aún que la condena a los magistrados, es poner estos hechos en el conocimiento de la opinión pública para quitar la máscara de “garantista” que los medios de comunicación le han creado a la Corte, y así volver un tema indispensable para el próximo Congreso la reforma de la Corte Constitucional para ponerle límites y controles a sus competencias.

5. Ponerle coto al adoctrinamiento en género y la promoción del aborto desde los Ministerios de Salud y Educación

Los dos últimos años se ha denunciado la promoción de la anticoncepción y el aborto. y el adoctrinamiento en Ideología de Género a través del Programa Nacional de Educación para la Sexualidad y Construcción de Ciudadanía del Ministerio de Educación Nacional. El año pasado se agravó aún más con los exámenes Saber Pro, la sanción de las leyes 1620 “anti-matoneo” y 1622 “Estatuto de ciudadanía juvenil”, el lanzamiento del programa “Generación Más” en que MinEducación y MinSalud se entregaron por completo al UNFPA para que promoviera abiertamente el aborto y la promiscuidad sexual.

Es indispensable ponerle freno a estos abusos, y la principal forma de hacerlo será eligiendo un Congreso y un gobierno comprometido con la Vida y la Familia. pero también es fundamental fortalecer el movimiento de padres de familia para que hagan respetar sus derechos ante los afanes totalitarios de la agenda progresista.

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jueves, 2 de enero de 2014

Mensaje del Santo Padre Francisco para la XLVII Jornada Mundial por la Paz

MENSAJE DEL SANTO PADRE

FRANCISCO

PARA LA CELEBRACIÓN DE LA

XLVII JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ

1 DE ENERO DE 2014

LA FRATERNIDAD, FUNDAMENTO Y CAMINO PARA LA PAZ

1. En este mi primer Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, quisiera desear a todos, a las personas y a los pueblos, una vida llena de alegría y de esperanza. El corazón de todo hombre y de toda mujer alberga en su interior el deseo de una vida plena, de la que forma parte un anhelo indeleble de fraternidad, que nos invita a la comunión con los otros, en los que encontramos no enemigos o contrincantes, sino hermanos a los que acoger y querer.

De hecho, la fraternidad es una dimensión esencial del hombre, que es un ser relacional. La viva conciencia de este carácter relacional nos lleva a ver y a tratar a cada persona como una verdadera hermana y un verdadero hermano; sin ella, es imposible la construcción de una sociedad justa, de una paz estable y duradera. Y es necesario recordar que normalmente la fraternidad se empieza a aprender en el seno de la familia, sobre todo gracias a las responsabilidades complementarias de cada uno de sus miembros, en particular del padre y de la madre. La familia es la fuente de toda fraternidad, y por eso es también el fundamento y el camino primordial para la paz, pues, por vocación, debería contagiar al mundo con su amor.

El número cada vez mayor de interdependencias y de comunicaciones que se entrecruzan en nuestro planeta hace más palpable la conciencia de que todas las naciones de la tierra forman una unidad y comparten un destino común. En los dinamismos de la historia, a pesar de la diversidad de etnias, sociedades y culturas, vemos sembrada la vocación de formar una comunidad compuesta de hermanos que se acogen recíprocamente y se preocupan los unos de los otros. Sin embargo, a menudo los hechos, en un mundo caracterizado por la “globalización de la indiferencia”, que poco a poco nos “habitúa” al sufrimiento del otro, cerrándonos en nosotros mismos, contradicen y desmienten esa vocación.

En muchas partes del mundo, continuamente se lesionan gravemente los derechos humanos fundamentales, sobre todo el derecho a la vida y a la libertad religiosa. El trágico fenómeno de la trata de seres humanos, con cuya vida y desesperación especulan personas sin escrúpulos, representa un ejemplo inquietante. A las guerras hechas de enfrentamientos armados se suman otras guerras menos visibles, pero no menos crueles, que se combaten en el campo económico y financiero con medios igualmente destructivos de vidas, de familias, de empresas.

La globalización, como ha afirmado Benedicto XVI, nos acerca a los demás, pero no nos hace hermanos[1]. Además, las numerosas situaciones de desigualdad, de pobreza y de injusticia revelan no sólo una profunda falta de fraternidad, sino también la ausencia de una cultura de la solidaridad. Las nuevas ideologías, caracterizadas por un difuso individualismo, egocentrismo y consumismo materialista, debilitan los lazos sociales, fomentando esa mentalidad del “descarte”, que lleva al desprecio y al abandono de los más débiles, de cuantos son considerados “inútiles”. Así la convivencia humana se parece cada vez más a un mero do ut des pragmático y egoísta.

Al mismo tiempo, es claro que tampoco las éticas contemporáneas son capaces de generar vínculos auténticos de fraternidad, ya que una fraternidad privada de la referencia a un Padre común, como fundamento último, no logra subsistir[2]. Una verdadera fraternidad entre los hombres supone y requiere una paternidad trascendente. A partir del reconocimiento de esta paternidad, se consolida la fraternidad entre los hombres, es decir, ese hacerse «prójimo» que se preocupa por el otro.

«¿Dónde está tu hermano?» (Gn4,9)

2. Para comprender mejor esta vocación del hombre a la fraternidad, para conocer más adecuadamente los obstáculos que se interponen en su realización y descubrir los caminos para superarlos, es fundamental dejarse guiar por el conocimiento del designio de Dios, que nos presenta luminosamente la Sagrada Escritura.

Según el relato de los orígenes, todos los hombres proceden de unos padres comunes, de Adán y Eva, pareja creada por Dios a su imagen y semejanza (cf. Gn 1,26), de los cuales nacen Caín y Abel. En la historia de la primera familia leemos la génesis de la sociedad, la evolución de las relaciones entre las personas y los pueblos.

Abel es pastor, Caín es labrador. Su identidad profunda y, a la vez, su vocación, es ser hermanos, en la diversidad de su actividad y cultura, de su modo de relacionarse con Dios y con la creación. Pero el asesinato de Abel por parte de Caín deja constancia trágicamente del rechazo radical de la vocación a ser hermanos. Su historia (cf. Gn 4,1-16) pone en evidencia la dificultad de la tarea a la que están llamados todos los hombres, vivir unidos, preocupándose los unos de los otros. Caín, al no aceptar la predilección de Dios por Abel, que le ofrecía lo mejor de su rebaño –«el Señor se fijó en Abel y en su ofrenda, pero no se fijó en Caín ni en su ofrenda» (Gn 4,4-5)–, mata a Abel por envidia. De esta manera, se niega a reconocerlo como hermano, a relacionarse positivamente con él, a vivir ante Dios asumiendo sus responsabilidades de cuidar y proteger al otro. A la pregunta «¿Dónde está tu hermano?», con la que Dios interpela a Caín pidiéndole cuentas por lo que ha hecho, él responde: «No lo sé; ¿acaso soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn4,9). Después –nos dice el Génesis–«Caín salió de la presencia del Señor» (4,16).

Hemos de preguntarnos por los motivos profundos que han llevado a Caín a dejar de lado el vínculo de fraternidad y, junto con él, el vínculo de reciprocidad y de comunión que lo unía a su hermano Abel. Dios mismo denuncia y recrimina a Caín su connivencia con el mal: «El pecado acecha a la puerta» (Gn 4,7). No obstante, Caín no lucha contra el mal y decide igualmente alzar la mano «contra su hermano Abel» (Gn 4,8), rechazando el proyecto de Dios. Frustra así su vocación originaria de ser hijo de Dios y a vivir la fraternidad.

El relato de Caín y Abel nos enseña que la humanidad lleva inscrita en sí una vocación a la fraternidad, pero también la dramática posibilidad de su traición. Da testimonio de ello el egoísmo cotidiano, que está en el fondo de tantas guerras e injusticias: muchos hombres y mujeres mueren a manos de hermanos y hermanas que no saben reconocerse como tales, es decir, como seres hechos para la reciprocidad, para la comunión y para el don.

«Y todos ustedes son hermanos» (Mt 23,8)

3. Surge espontánea la pregunta: ¿los hombres y las mujeres de este mundo podrán corresponder alguna vez plenamente al anhelo de fraternidad, que Dios Padre imprimió en ellos? ¿Conseguirán, sólo con sus fuerzas, vencer la indiferencia, el egoísmo y el odio, y aceptar las legítimas diferencias que caracterizan a los hermanos y hermanas?

Parafraseando sus palabras, podríamos sintetizar así la respuesta que nos da el Señor Jesús: Ya que hay un solo Padre, que es Dios, todos ustedes son hermanos (cf. Mt 23,8-9). La fraternidad está enraizada en la paternidad de Dios. No se trata de una paternidad genérica, indiferenciada e históricamente ineficaz, sino de un amor personal, puntual y extraordinariamente concreto de Dios por cada ser humano (cf. Mt 6,25-30). Una paternidad, por tanto, que genera eficazmente fraternidad, porque el amor de Dios, cuando es acogido, se convierte en el agente más asombroso de transformación de la existencia y de las relaciones con los otros, abriendo a los hombres a la solidaridad y a la reciprocidad.

Sobre todo, la fraternidad humana ha sido regenerada en y por Jesucristo con su muerte y resurrección. La cruz es el “lugar” definitivo donde se funda la fraternidad, que los hombres no son capaces de generar por sí mismos. Jesucristo, que ha asumido la naturaleza humana para redimirla, amando al Padre hasta la muerte, y una muerte de cruz (cf. Flp 2,8), mediante su resurrección nos constituye en humanidad nueva, en total comunión con la voluntad de Dios, con su proyecto, que comprende la plena realización de la vocación a la fraternidad.

Jesús asume desde el principio el proyecto de Dios, concediéndole el primado sobre todas las cosas. Pero Cristo, con su abandono a la muerte por amor al Padre, se convierte en principio nuevo y definitivo para todos nosotros, llamados a reconocernos hermanos en Él, hijos del mismo Padre. Él es la misma Alianza, el lugar personal de la reconciliación del hombre con Dios y de los hermanos entre sí. En la muerte en cruz de Jesús también queda superada la separación entre pueblos, entre el pueblo de la Alianza y el pueblo de los Gentiles, privado de esperanza porque hasta aquel momento era ajeno a los pactos de la Promesa. Como leemos en la Carta a los Efesios, Jesucristo reconcilia en sí a todos los hombres. Él es la paz, porque de los dos pueblos ha hecho uno solo, derribando el muro de separación que los dividía, la enemistad. Él ha creado en sí mismo un solo pueblo, un solo hombre nuevo, una sola humanidad (cf. 2,14-16).

Quien acepta la vida de Cristo y vive en Él reconoce a Dios como Padre y se entrega totalmente a Él, amándolo sobre todas las cosas. El hombre reconciliado ve en Dios al Padre de todos y, en consecuencia, siente el llamado a vivir una fraternidad abierta a todos. En Cristo, el otro es aceptado y amado como hijo o hija de Dios, como hermano o hermana, no como un extraño, y menos aún como un contrincante o un enemigo. En la familia de Dios, donde todos son hijos de un mismo Padre, y todos están injertados en Cristo, hijos en el Hijo, no hay “vidas descartables”. Todos gozan de igual e intangible dignidad. Todos son amados por Dios, todos han sido rescatados por la sangre de Cristo, muerto en cruz y resucitado por cada uno. Ésta es la razón por la que no podemos quedarnos indiferentes ante la suerte de los hermanos.

La fraternidad, fundamento y camino para la paz

4. Teniendo en cuenta todo esto, es fácil comprender que la fraternidad es fundamento y camino para la paz. Las Encíclicas sociales de mis Predecesores aportan una valiosa ayuda en este sentido. Bastaría recuperar las definiciones de paz de la Populorum progressio de Pablo VI o de la Sollicitudo rei socialis de Juan Pablo II. En la primera, encontramos que el desarrollo integral de los pueblos es el nuevo nombre de la paz[3]. En la segunda, que la paz es opus solidaritatis[4].

Pablo VI afirma que no sólo entre las personas, sino también entre las naciones, debe reinar un espíritu de fraternidad. Y explica: «En esta comprensión y amistad mutuas, en esta comunión sagrada, debemos […] actuar a una para edificar el porvenir común de la humanidad»[5]. Este deber concierne en primer lugar a los más favorecidos. Sus obligaciones hunden sus raíces en la fraternidad humana y sobrenatural, y se presentan bajo un triple aspecto: eldeber de solidaridad, que exige que las naciones ricas ayuden a los países menos desarrollados; el deber de justicia social, que requiere el cumplimiento en términos más correctos de las relaciones defectuosas entre pueblos fuertes y pueblos débiles; el deber de caridad universal, que implica la promoción de un mundo más humano para todos, en donde todos tengan algo que dar y recibir, sin que el progreso de unos sea un obstáculo para el desarrollo de los otros[6].

Asimismo, si se considera la paz como opus solidaritatis, no se puede soslayar que la fraternidad es su principal fundamento. La paz –afirma Juan Pablo II– es un bien indivisible. O es de todos o no es de nadie. Sólo es posible alcanzarla realmente y gozar de ella, como mejor calidad de vida y como desarrollo más humano y sostenible, si se asume en la práctica, por parte de todos, una «determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común»[7]. Lo cual implica no dejarse llevar por el «afán de ganancia» o por la «sed de poder». Es necesario estar dispuestos a «‘perderse’ por el otro en lugar de explotarlo, y a ‘servirlo’ en lugar de oprimirlo para el propio provecho. […] El ‘otro’ –persona, pueblo o nación– no [puede ser considerado] como un instrumento cualquiera para explotar a bajo coste su capacidad de trabajo y resistencia física, abandonándolo cuando ya no sirve, sino como un ‘semejante’ nuestro, una ‘ayuda’»[8].

La solidaridad cristiana entraña que el prójimo sea amado no sólo como «un ser humano con sus derechos y su igualdad fundamental con todos», sino como «la imagen viva de Dios Padre, rescatada por la sangre de Jesucristo y puesta bajo la acción permanente del Espíritu Santo»[9], como un hermano.«Entonces la conciencia de la paternidad común de Dios, de la hermandad de todos los hombres en Cristo, ‘hijos en el Hijo’, de la presencia y acción vivificadora del Espíritu Santo, conferirá –recuerda Juan Pablo II– a nuestra mirada sobre el mundo un nuevo criterio para interpretarlo»[10], para transformarlo.

La fraternidad, premisa para vencer la pobreza

5. En la Caritas in veritate, mi Predecesor recordaba al mundo entero que la falta de fraternidad entre los pueblos y entre los hombres es una causa importante de la pobreza[11]. En muchas sociedades experimentamos una profunda pobreza relacional debida a la carencia de sólidas relaciones familiares y comunitarias. Asistimos con preocupación al crecimiento de distintos tipos de descontento, de marginación, de soledad y a variadas formas de dependencia patológica. Una pobreza como ésta sólo puede ser superada redescubriendo y valorando las relaciones fraternas en el seno de las familias y de las comunidades, compartiendo las alegrías y los sufrimientos, las dificultades y los logros que forman parte de la vida de las personas.

Además, si por una parte se da una reducción de la pobreza absoluta, por otra parte no podemos dejar de reconocer un grave aumento de la pobreza relativa, es decir, de las desigualdades entre personas y grupos que conviven en una determinada región o en un determinado contexto histórico-cultural. En este sentido, se necesitan también políticas eficaces que promuevan el principio de la fraternidad, asegurando a las personas –iguales en su dignidad y en sus derechos fundamentales– el acceso a los «capitales», a los servicios, a los recursos educativos, sanitarios, tecnológicos, de modo que todos tengan la oportunidad de expresar y realizar su proyecto de vida, y puedan desarrollarse plenamente como personas.

También se necesitan políticas dirigidas a atenuar una excesiva desigualdad de la renta. No podemos olvidar la enseñanza de la Iglesia sobre la llamada hipoteca social, según la cual, aunque es lícito, como dice Santo Tomás de Aquino, e incluso necesario, «que el hombre posea cosas propias»[12], en cuanto al uso, no las tiene «como exclusivamente suyas, sino también como comunes, en el sentido de que no le aprovechen a él solamente, sino también a los demás»[13].

Finalmente, hay una forma más de promover la fraternidad –y así vencer la pobreza– que debe estar en el fondo de todas las demás. Es el desprendimiento de quien elige vivir estilos de vida sobrios y esenciales, de quien, compartiendo las propias riquezas, consigue así experimentar la comunión fraterna con los otros. Esto es fundamental para seguir a Jesucristo y ser auténticamente cristianos. No se trata sólo de personas consagradas que hacen profesión del voto de pobreza, sino también de muchas familias y ciudadanos responsables, que creen firmemente que la relación fraterna con el prójimo constituye el bien más preciado.

El redescubrimiento de la fraternidad en la economía

6. Las graves crisis financieras y económicas –que tienen su origen en el progresivo alejamiento del hombre de Dios y del prójimo, en la búsqueda insaciable de bienes materiales, por un lado, y en el empobrecimiento de las relaciones interpersonales y comunitarias, por otro– han llevado a muchos a buscar el bienestar, la felicidad y la seguridad en el consumo y la ganancia más allá de la lógica de una economía sana. Ya en 1979 Juan Pablo II advertía del «peligro real y perceptible de que, mientras avanza enormemente el dominio por parte del hombre sobre el mundo de las cosas, pierda los hilos esenciales de este dominio suyo, y de diversos modos su humanidad quede sometida a ese mundo, y él mismo se haga objeto de múltiple manipulación, aunque a veces no directamente perceptible, a través de toda la organización de la vida comunitaria, a través del sistema de producción, a través de la presión de los medios de comunicación social»[14].

El hecho de que las crisis económicas se sucedan una detrás de otra debería llevarnos a las oportunas revisiones de los modelos de desarrollo económico y a un cambio en los estilos de vida. La crisis actual, con graves consecuencias para la vida de las personas, puede ser, sin embargo, una ocasión propicia para recuperar las virtudes de la prudencia, de la templanza, de la justicia y de la fortaleza. Estas virtudes nos pueden ayudar a superar los momentos difíciles y a redescubrir los vínculos fraternos que nos unen unos a otros, con la profunda confianza de que el hombre tiene necesidad y es capaz de algo más que desarrollar al máximo su interés individual. Sobre todo, estas virtudes son necesarias para construir y mantener una sociedad a medida de la dignidad humana.

La fraternidad extingue la guerra

7. Durante este último año, muchos de nuestros hermanos y hermanas han sufrido la experiencia denigrante de la guerra, que constituye una grave y profunda herida infligida a la fraternidad.

Muchos son los conflictos armados que se producen en medio de la indiferencia general. A todos cuantos viven en tierras donde las armas imponen terror y destrucción, les aseguro mi cercanía personal y la de toda la Iglesia. Ésta tiene la misión de llevar la caridad de Cristo también a las víctimas inermes de las guerras olvidadas, mediante la oración por la paz, el servicio a los heridos, a los que pasan hambre, a los desplazados, a los refugiados y a cuantos viven con miedo. Además la Iglesia alza su voz para hacer llegar a los responsables el grito de dolor de esta humanidad sufriente y para hacer cesar, junto a las hostilidades, cualquier atropello o violación de los derechos fundamentales del hombre[15].

Por este motivo, deseo dirigir una encarecida exhortación a cuantos siembran violencia y muerte con las armas: Redescubran, en quien hoy consideran sólo un enemigo al que exterminar, a su hermano y no alcen su mano contra él. Renuncien a la vía de las armas y vayan al encuentro del otro con el diálogo, el perdón y la reconciliación para reconstruir a su alrededor la justicia, la confianza y la esperanza. «En esta perspectiva, parece claro que en la vida de los pueblos los conflictos armados constituyen siempre la deliberada negación de toda posible concordia internacional, creando divisiones profundas y heridas lacerantes que requieren muchos años para cicatrizar. Las guerras constituyen el rechazo práctico al compromiso por alcanzar esas grandes metas económicas y sociales que la comunidad internacional se ha fijado»[16].

Sin embargo, mientras haya una cantidad tan grande de armamentos en circulación como hoy en día, siempre se podrán encontrar nuevos pretextos para iniciar las hostilidades. Por eso, hago mío el llamamiento de mis Predecesores a la no proliferación de las armas y al desarme de parte de todos, comenzando por el desarme nuclear y químico.

No podemos dejar de constatar que los acuerdos internacionales y las leyes nacionales, aunque son necesarias y altamente deseables, no son suficientes por sí solas para proteger a la humanidad del riesgo de los conflictos armados. Se necesita una conversión de los corazones que permita a cada uno reconocer en el otro un hermano del que preocuparse, con el que colaborar para construir una vida plena para todos. Éste es el espíritu que anima muchas iniciativas de la sociedad civil a favor de la paz, entre las que se encuentran las de las organizaciones religiosas. Espero que el empeño cotidiano de todos siga dando fruto y que se pueda lograr también la efectiva aplicación en el derecho internacional del derecho a la paz, como un derecho humano fundamental, pre-condición necesaria para el ejercicio de todos los otros derechos.

La corrupción y el crimen organizado se oponen a la fraternidad

8. El horizonte de la fraternidad prevé el desarrollo integral de todo hombre y mujer. Las justas ambiciones de una persona, sobre todo si es joven, no se pueden frustrar y ultrajar, no se puede defraudar la esperanza de poder realizarlas. Sin embargo, no podemos confundir la ambición con la prevaricación. Al contrario, debemos competir en la estima mutua (cf. Rm 12,10). También en las disputas, que constituyen un aspecto ineludible de la vida, es necesario recordar que somos hermanos y, por eso mismo, educar y educarse en no considerar al prójimo un enemigo o un adversario al que eliminar.

La fraternidad genera paz social, porque crea un equilibrio entre libertad y justicia, entre responsabilidad personal y solidaridad, entre el bien de los individuos y el bien común. Y una comunidad política debe favorecer todo esto con trasparencia y responsabilidad. Los ciudadanos deben sentirse representados por los poderes públicos sin menoscabo de su libertad. En cambio, a menudo, entre ciudadano e instituciones, se infiltran intereses de parte que deforman su relación, propiciando la creación de un clima perenne de conflicto.

Un auténtico espíritu de fraternidad vence el egoísmo individual que impide que las personas puedan vivir en libertad y armonía entre sí. Ese egoísmo se desarrolla socialmente tanto en las múltiples formas de corrupción, hoy tan capilarmente difundidas, como en la formación de las organizaciones criminales, desde los grupos pequeños a aquellos que operan a escala global, que, minando profundamente la legalidad y la justicia, hieren el corazón de la dignidad de la persona. Estas organizaciones ofenden gravemente a Dios, perjudican a los hermanos y dañan a la creación, más todavía cuando tienen connotaciones religiosas.

Pienso en el drama lacerante de la droga, con la que algunos se lucran despreciando las leyes morales y civiles, en la devastación de los recursos naturales y en la contaminación, en la tragedia de la explotación laboral; pienso en el blanqueo ilícito de dinero así como en la especulación financiera, que a menudo asume rasgos perjudiciales y demoledores para enteros sistemas económicos y sociales, exponiendo a la pobreza a millones de hombres y mujeres; pienso en la prostitución que cada día cosecha víctimas inocentes, sobre todo entre los más jóvenes, robándoles el futuro; pienso en la abominable trata de seres humanos, en los delitos y abusos contra los menores, en la esclavitud que todavía difunde su horror en muchas partes del mundo, en la tragedia frecuentemente desatendida de los emigrantes con los que se especula indignamente en la ilegalidad. Juan XXIII escribió al respecto: «Una sociedad que se apoye sólo en la razón de la fuerza ha de calificarse de inhumana. En ella, efectivamente, los hombres se ven privados de su libertad, en vez de sentirse estimulados, por el contrario, al progreso de la vida y al propio perfeccionamiento»[17]. Sin embargo, el hombre se puede convertir y nunca se puede excluir la posibilidad de que cambie de vida. Me gustaría que esto fuese un mensaje de confianza para todos, también para aquellos que han cometido crímenes atroces, porque Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (cf. Ez 18,23).

En el contexto amplio del carácter social del hombre, por lo que se refiere al delito y a la pena, también hemos de pensar en las condiciones inhumanas de muchas cárceles, donde el recluso a menudo queda reducido a un estado infrahumano y humillado en su dignidad humana, impedido también de cualquier voluntad y expresión de redención. La Iglesia hace mucho en todos estos ámbitos, la mayor parte de las veces en silencio. Exhorto y animo a hacer cada vez más, con la esperanza de que dichas iniciativas, llevadas a cabo por muchos hombres y mujeres audaces, sean cada vez más apoyadas leal y honestamente también por los poderes civiles.

La fraternidad ayuda a proteger y a cultivar la naturaleza

9. La familia humana ha recibido del Creador un don en común: la naturaleza. La visión cristiana de la creación conlleva un juicio positivo sobre la licitud de las intervenciones en la naturaleza para sacar provecho de ello, a condición de obrar responsablemente, es decir, acatando aquella “gramática” que está inscrita en ella y usando sabiamente los recursos en beneficio de todos, respetando la belleza, la finalidad y la utilidad de todos los seres vivos y su función en el ecosistema. En definitiva, la naturaleza está a nuestra disposición, y nosotros estamos llamados a administrarla responsablemente. En cambio, a menudo nos dejamos llevar por la codicia, por la soberbia del dominar, del tener, del manipular, del explotar; no custodiamos la naturaleza, no la respetamos, no la consideramos un don gratuito que tenemos que cuidar y poner al servicio de los hermanos, también de las generaciones futuras.

En particular, el sector agrícola es el sector primario de producción con la vocación vital de cultivar y proteger los recursos naturales para alimentar a la humanidad. A este respecto, la persistente vergüenza del hambre en el mundo me lleva a compartir con ustedes la pregunta: ¿cómo usamos los recursos de la tierra? Las sociedades actuales deberían reflexionar sobre la jerarquía en las prioridades a las que se destina la producción. De hecho, es un deber de obligado cumplimiento que se utilicen los recursos de la tierra de modo que nadie pase hambre. Las iniciativas y las soluciones posibles son muchas y no se limitan al aumento de la producción. Es de sobra sabido que la producción actual es suficiente y, sin embargo, millones de personas sufren y mueren de hambre, y eso constituye un verdadero escándalo. Es necesario encontrar los modos para que todos se puedan beneficiar de los frutos de la tierra, no sólo para evitar que se amplíe la brecha entre quien más tiene y quien se tiene que conformar con las migajas, sino también, y sobre todo, por una exigencia de justicia, de equidad y de respeto hacia el ser humano. En este sentido, quisiera recordar a todos el necesario destino universal de los bienes, que es uno de los principios clave de la doctrina social de la Iglesia. Respetar este principio es la condición esencial para posibilitar un efectivo y justo acceso a los bienes básicos y primarios que todo hombre necesita y a los que tiene derecho.

Conclusión

10. La fraternidad tiene necesidad de ser descubierta, amada, experimentada, anunciada y testimoniada. Pero sólo el amor dado por Dios nos permite acoger y vivir plenamente la fraternidad.

El necesario realismo de la política y de la economía no puede reducirse a un tecnicismo privado de ideales, que ignora la dimensión trascendente del hombre. Cuando falta esta apertura a Dios, toda actividad humana se vuelve más pobre y las personas quedan reducidas a objetos de explotación. Sólo si aceptan moverse en el amplio espacio asegurado por esta apertura a Aquel que ama a cada hombre y a cada mujer, la política y la economía conseguirán estructurarse sobre la base de un auténtico espíritu de caridad fraterna y podrán ser instrumento eficaz de desarrollo humano integral y de paz.

Los cristianos creemos que en la Iglesia somos miembros los unos de los otros, que todos nos necesitamos unos a otros, porque a cada uno de nosotros se nos ha dado una gracia según la medida del don de Cristo, para la utilidad común (cf. Ef 4,7.25; 1 Co 12,7). Cristo ha venido al mundo para traernos la gracia divina, es decir, la posibilidad de participar en su vida. Esto lleva consigo tejer un entramado de relaciones fraternas, basadas en la reciprocidad, en el perdón, en el don total de sí, según la amplitud y la profundidad del amor de Dios, ofrecido a la humanidad por Aquel que, crucificado y resucitado, atrae a todos a sí: «Les doy un mandamiento nuevo: que se amen unos a otros; como yo les he amado, ámense también entre ustedes. La señal por la que conocerán todos que son discípulos míos será que se aman unos a otros» (Jn 13,34-35). Ésta es la buena noticia que reclama de cada uno de nosotros un paso adelante, un ejercicio perenne de empatía, de escucha del sufrimiento y de la esperanza del otro, también del más alejado de mí, poniéndonos en marcha por el camino exigente de aquel amor que se entrega y se gasta gratuitamente por el bien de cada hermano y hermana.

Cristo se dirige al hombre en su integridad y no desea que nadie se pierda. «Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él» (Jn 3,17). Lo hace sin forzar, sin obligar a nadie a abrirle las puertas de su corazón y de su mente. «El primero entre ustedes pórtese como el menor, y el que gobierna, como el que sirve» –dice Jesucristo–,«yo estoy en medio de ustedes como el que sirve» (Lc 22,26-27). Así pues, toda actividad debe distinguirse por una actitud de servicio a las personas, especialmente a las más lejanas y desconocidas. El servicio es el alma de esa fraternidad que edifica la paz.

Que María, la Madre de Jesús, nos ayude a comprender y a vivir cada día la fraternidad que brota del corazón de su Hijo, para llevar paz a todos los hombres en esta querida tierra nuestra.

Vaticano, 8 de diciembre de 2013.

FRANCISCO


[1] Cf. Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 19: AAS 101 (2009), 654-655.

[2] Cf. Francisco, Carta enc. Lumen fidei (29 junio 2013), 54: AAS 105 (2013), 591-592.

[3] Cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio (26 marzo 1967), 87: AAS 59 (1967), 299.

[4] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis (30 diciembre 1987), 39: AAS 80 (1988), 566-568.

[5] Carta enc. Populorum progressio (26 marzo 1967), 43: AAS 59 (1967), 278-279.

[6] Cf. íbid., 44: AAS 59 (1967), 279.

[7] Carta enc. Sollicitudo rei socialis (30 diciembre 1987), 38: AAS 80 (1988), 566.

[8] Íbid., 38-39: AAS 80 (1988), 566-567.

[9] Íbid., 40: AAS 80 (1988), 569.

[10] Íbid.

[11] Cf. Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 19: AAS 101 (2009), 654-655.

[12] Summa Theologiae II-II, q.66, art. 2.

[13] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 69. Cf. León XIII, Carta enc. Rerum novarum (15 mayo 1891), 19: ASS 23 (1890-1891), 651; Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis(30 diciembre 1987), 42: AAS 80 (1988), 573-574; Pontificio Consejo «Justicia y Paz», Compendio de la Doctrina social de la Iglesia, n. 178.

[14] Carta enc. Redemptor hominis (4 marzo 1979), 16: AAS 61 (1979), 290.

[15] Cf. Pontificio Consejo «Justicia y Paz», Compendio de la Doctrina social de la Iglesia, n. 159.

[16] Francisco, Carta al Presidente de la Federación Rusa, Vladímir Putin (4 septiembre 2013): L’Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española (6 septiembre 2013), 1.

[17] Carta enc. Pacem in terris (11 abril 1963),34: AAS 55 (1963), 256.

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lunes, 30 de diciembre de 2013

La dignidad de cada persona, por Mons. Darío de Jesús Monsalve

Reproducimos la columna de Monseñor Darío de Jesús Monsalve, Arzobispo de Cali, publicada originalmente en el sitio web de la CEC.

viewEscrito por: Darío de Jesús Monsalve Mejía - El mundo occidental y los creyentes en particular, consideramos el Nacimiento y la vida de Jesucristo como punto de llegada de la historia anterior y punto de partida hasta nuestros días. El mismo lenguaje latino (NATI-VITAS: Natividad, Navidad), puso de presente que el acontecimiento llamado JESUCRISTO transformó el sentido de la vida humana: es "El Nacer de la Vida", como un acontecer dentro del tiempo y el espacio, en cada persona. Ello se hace más evidente cuando no sólo hablamos de "Nacimiento" sino de "ENCARNACIÓN", contemplando el MISTERIO DE LA NATIVIDAD DE CRISTO, vale decir, el significado salvífico del acontecimiento para toda existencia, para toda carne humana. "Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros" (Juan 1,14).

Este significado, desde la fe, es el de un reengendrar la vida humana, haciendo de todo ser humano un "adoptado" por Dios en Jesús y, a la vez, una "existencia solidaria" con sus semejantes, por el vínculo interior, espiritual, con el "Dios Humanado". Hijo, Hermano, Cuerpo, son las principales cualidades que el Amor de Dios, manifestado en la Encarnación de su Hijo Jesús, produce en la conciencia del creyente. Allí se genera, no sólo una espiritualidad, sino también una dignificación de la persona, de su auto-estima y la estima de los demás, de su conducta y sus propósitos, de su vivir temporal y su muerte biológica: ellos son espacio, tiempo y procesos para que se geste el "hombre nuevo" según Jesús, según Dios mismo.

En estos tiempos VIVIMOS UNA REBAJA DE LO HUMANO: se considera que la vida humana, cuando no puede gozar ni es capaz de producir se vuelve indigna o se la puede convertir en "chatarra biológica"; se somete la vida humana a la "magia de las armas" para pretender reducir con ellas una persona a un cadáver y a un semejante suyo, hecho también de barro mortal, a un asesino desalmado, muchas veces a sueldo de los "empresarios de la violencia" y de los mercaderes del armamentismo social; se hace de la fuerza y de la "seguridad" una ideología de guerra permanente y de justificación maniquea para aniquilar a los adversarios e imponer modelos económicos que depredan la sociedad y el medio ambiente, en aras del lucro infinito para unos pocos. Son tiempos en los que está en crisis la vida humana como BIEN PERSONAL, como realidad poseída, auto-determinada y vivida por cada persona, porque las personas no son reducibles a "algo" sino que cada una es "alguien".

Es ahí, en esta crisis que sentimos como crecida de homicidios y violencias, como vientos de guerra, disfrazada incluso de falsa paz, como caos de violencias que se entrecruzan y cambian de nombres para generar sometimiento y dependencia en quienes podrían oponérseles, en donde debemos celebrar la Navidad 2013 y abrir el calendario del 2014. Como Pastor católico, sometido al único Buen Pastor que es Jesús, invito a todos, dentro y fuera de nuestra comunidades, a celebrar estas oportunidades que nos dan Dios y la vida, con un desarme interior y de manos, con un rearme moral y del espíritu, con el propósito de construir la DIGNIDAD DE CADA UNO, esa que Dios mismo hace manifiesta en Jesús. La dignidad de cada persona, propósito de la familia, la sociedad, la Iglesia y el Estado, sea el fundamento de nuestra convivencia justa y pacífica.

+ Darío de Jesús Monsalve Mejía
Arzobispo de Cali

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