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miércoles, 22 de febrero de 2017

«El laicismo es una estafa, un Estado no puede ser religiosamente neutro» Duq. Paul von Oldenburg

(Adelante la Fe) La Casa de los Oldemburgo es una familia noble originaria del norte de Alemania, que llegó a ser una de las dinastías reales más influyentes de toda Europa. El Duque Paul de Oldenburg es dirigente de la TFP alemana y responsable en Bruselas del Escritorio de representación de la Federación Pro Europa Cristiana. Está casado con una española, Doña Pilar Méndez de Vigo Oldenburg, y el castellano es la lengua del hogar.

En esta entrevista analiza, desde la Tradición, la decadencia de Fe de occidente y la crisis en la misma Iglesia. A los lectores de este portal les desea que hagan vida el propio nombre de la web… ¡Adelante la Fe!

Nos gustaría que nos dijese alguna palabra sobre la personalidad del Profesor Plínio Corrêa de Oliveira quien, como fundador de la TFP brasileña e inspirador de todas las otras, es en cierta forma la pauta de su actuación aquí al frente de la sección de Bruselas de la Federación Pro-Europa Christiana.

Efectivamente el pensamiento y la obra Profesor Plinio Corrêa de Oliveira están en la raíz de mi actuación aquí. Nuestra Federación, que normalmente designamos por su sigla más corta FPEC, representa a las TFPs europeas u otras organizaciones afines inspiradas por la misma idea de una presencia o una militancia católica en los problemas culturales, socio-económicos y políticos de nuestros días.

El Señor Doctor Plinio, como lo llamamos y recordamos afectuosamente con esta fórmula tan típica de Portugal, nació en 1908 en un momento auge del embate liberal-anticlerical contra la Iglesia y poco antes que a esta ofensiva se sumase la del comunismo con la revolución del 17.

Desde muy joven se destacó como un notable pensador católico y hombre de acción. O sea, no sólo fue autor de libros muy difundidos, sino que también fue líder del movimiento católico de su país, el Brasil. Fue diputado en la Asamblea Constituyente de 1934, en la que defendió los intereses de la Iglesia ante los desafíos del laicismo. Fue Profesor Universitario en la Universidad Católica de San Pablo. Como escritor, produjo 19 títulos y como periodista, millares de artículos en la prensa brasileña y de otros países.

Su militancia podemos caracterizarla como una defensa del Papado, de los derechos de la Iglesia, del Occidente Cristiano – el ideal de Cristiandad marca profundamente todo su pensamiento. Por ello enfrentó ideológicamente los totalitarismos nazi y comunista, se opuso a las ideas del Humanismo Integral de  Maritain, denunció los aspectos deletéreos del american way of life en cuanto negadores del pecado original y generadores del neo-paganismo contemporáneo. El aspecto más marcado de su vida pública fue, sin duda, su lucha contra las dos vertientes que más trataron de deformar la Iglesia Católica en el siglo XX: de un lado, el progresismo católico, que trata de adaptar la religiosidad de la Iglesia a los desvíos modernos o contemporáneos y, de otro, la izquierda católica que trata de utilizar la Iglesia como instrumento para hacer avanzar las revoluciones del momento. Podríamos considerar a la Teología de la Liberación como un producto del progresismo católico que objetiva dar un apoyo doctrinario o pseudo-teológico al socialismo, a la guerrilla marxista y a la posterior deconstrucción del modo de vida en el que sobreviven tantos elementos cristianos.

Como dije, la fundación de Tradición Familia y Propiedad en el Brasil, y la inspiración de las organizaciones del mismo nombre por el resto del mundo, y la actuación de todas ellas desde mediados del siglo XX hasta el presente, marcan la trayectoria central de lo que fue la obra del Profesor Plínio Corrêa de Oliveira.

¿Cómo nació la Federación Pro-Europa Cristiana y como definiría su finalidad?

No estamos enamorados de la globalización. Quien nos conozca un poco, sabe que vemos en ella el avanzar pernicioso de una masificación que está eliminando las características de cada país europeo. A nuestro ver, esta diversidad que se disuelve es un elemento central de la Cristiandad. Para peor, la Torre de Babel que se construye viene cargada de contenidos anti-cristianos, neo-paganos, cuando no directamente esotéricos.

Sin embargo, y hasta por ello mismo, surgió para nosotros la necesidad de representar en Bruselas ante las instancias políticas comunitarias la acción de cada una de las asociaciones europeas hermanadas en una visión cristiana de la sociedad.

Es nuestra tarea habitual hacer llegar los documentos que producen al Parlamento o a la Comisión Europea. Esta presencia nos ha dado ocasión de unirnos a otras iniciativas afines, como la de One of Us cuando pidió el cese del financiamiento a experimentos con embriones humanos.

El escritorio de la FPEC en Bruselas ha sido lugar de encuentro de diputados o activistas europeos o americanos, tanto del norte como del sur, que llegan aquí movidos por objetivos que coinciden con los nuestros.

También en nuestro auditorio se realizan conferencias públicas donde especialistas de los temas más variados mantienen actualizado a un público exigente y cosmopolita que caracteriza a la Bruselas de hoy.

¿Considera que sea necesario hoy más que nunca defender la Cristiandad?

Defender la Cristiandad es un deber específico de los cristianos laicos en cualquier época histórica. Lo recuerda hasta la Lumen Gentium al decir: “A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios.” (LG, 31) Destaco el por propia vocación… Con más abundancia puede verse el mismo principio en la Quas Primas de Pio XI o en documentos de San Pío X como Il fermo propósito...

El Profesor Plinio, por su lado, escribía que la perfección cristiana individual genera, necesariamente, una cultura católica. Y ésta, a su vez, una Civilización católica. De manera tal que quien quisiese prohibirnos la construcción de la Ciudad de Dios estaría, aunque no lo pretendiera, perjudicando nuestra aspiración a la santidad. Y así mostraba el desatino liberal de pretender que podíamos reducir la religiosidad al mero ámbito individual sin perjuicio de la misma vida cristiana.

Este llamado de los católicos a promocionar la Cristiandad se torna hoy más imperioso porque este objetivo es claramente combatido por un neo anticlericalismo virulento que se manifiesta, por ejemplo, en el rechazo de incluir la mención a las raíces cristianas en la Constitución Europea y tantas otras ofensivas contra las manifestaciones públicas de la Fe.

Además de lo que denomina ‘neo-anticlericalismo, ¿no hay otras maneras menos visibles de negar o desvirtuar este aspecto visible del Reino de Cristo?

Me gusta la pregunta porque, aunque muy genérica, suscita otras reflexiones y profundizaciones. Yo diría que las actuales interpretaciones prevalecientes sobre la Amoris Laetitia, al pretender justificar la comunión y la absolución para adúlteros o concubinos, basadas en supuestos derechos de la conciencia subjetiva e ignorando la valoración moral del comportamiento formal o material de quien vive en situación objetiva de pecado, es una manera de reducir la vida espiritual y la práctica religiosa a dimensiones invisibles e individualistas. La dimensión social del acto de fe y de la Iglesia es evacuada, al estilo protestante.

En ese sentido, la reciente película “Silencio”, de Martín Scorsese, nos propone como héroe o como modelo al protagonista, un joven jesuita que apostata públicamente y reitera anualmente su apostasía, que pasa toda su vida sin jamás hablar de Dios ni señalar su Fe por ninguna señal externa; cuando tal personaje muere, al ser cremado según el ritual budista, la cámara focaliza una pequeña crucecita apretada entre sus manos. Esa Fe escondida, intimista, podríamos llamarla, no puede ser un ideal para ningún cristiano. Una concepción así hubiera sido muy fácil de seguir para San Pedro, o para Santo Tomás Moro, para la infinidad de mártires de los primeros siglos, o, ya que hablo para españoles, los tantísimos mártires de vuestra Guerra Civil.

Cree entonces que por detrás de las interpretaciones prevalecientes de la Amoris Laetitia, ¿se esconde lo que llama una Fe intimista, una Fe que se esconde, una actitud que no confiesa la Fe?

A tomar las cosas por ese lado, la doctrina de la Iglesia nos enseña que no juzguemos el interior: apenas los hechos exteriores. Pero, como acabo de decir, las interpretaciones heterodoxas a que aludo sobrestiman este aspecto. Claro, el interior, cabe a Dios juzgarlo. Pero la conciencia debe ser recta y cabe a la Iglesia formarla, insistiendo en que hay actos exteriores objetivamente censurables. Hecha esta salvedad me parece que sí hay una gran coincidencia de factores que inducen hoy a una Fe y a una Moral subjetivas, intimistas, que vienen acompañadas de la pretensión de una religión “à la carte”, que no es la que Dios reveló y mandó seguir, sino la que yo escojo según mi fantasía y en la que no hay ninguna autoridad que tenga el derecho de enseñarme lo que debo creer o practicar. Los sociólogos de la religión caracterizan esta actitud individualista con la fórmula “believing but not belonging”: creer en algo, pero no afiliarse a nada. La consecuencia moral es construirse una ética individual según sus caprichos. Y el corolario extremo es la negación de la realidad natural, como en la ideología de género.

¿Considera tan importante esa exteriorización y socialización de la Fe en prácticas o en símbolos?

No soy yo quien lo considera así. Es Jesucristo quien, al instituir los sacramentos, asoció a cada uno de ellos una señal visible del mismo. Y tan importante es que, de no haber la señal, se llama la materia del sacramento, el agua en el Bautismo o los santos óleos en la Extrema Unción, no hay sacramento. Y note que la esencia de todo sacramento es la comunicación de la gracia. O sea, una realidad sobrenatural. Pero que para ser comunicada exige una marca sensible, la materia.

Lo mismo vale para la propia Iglesia. Como decía Bossuet, ella es Cristo diseminado y comunicado, pero no es apenas un Cuerpo Místico, sino la sociedad visible de todos los que profesamos la misma fe, recibimos los mismos sacramentos y estamos sometidos a los mismos pastores. Negar la realidad visible, social, jerárquica y jurídica de la Iglesia es protestantismo puro.

De ese carácter visible de la Iglesia resulta la necesidad de una profesión pública de la fe. Cuentan, no sé si sea verdad, que cuando Santo Tomás Moro se negaba a aceptar el adulterio de Enrique VIII, su amigo, el Duque de Norfolk le habría aconsejado que firmase el documento de aceptación para escapar a la muerte. “No son más que palabras y Dios sólo mira los corazones” habría dicho el duque. A lo que el futuro mártir habría respondido: “Y cuando le decimos a Dios que le amamos, o que nos perdone nuestros pecados, ¿qué es lo que hacemos sino decir palabras?

Lo mismo vale para la Cristiandad. Las sociedades son creaturas de Dios – autor del instinto de sociabilidad y, en cuanto realidades naturales y visibles, ellas tienen la obligación de rendir gloria a Dios de manera colectiva y pública. Una sociedad no puede ser apenas “vitalmente cristiana”, como querían Maritain y el Cardenal Journet, porque eso corresponde, en el plano social, al mismo “intimismo” desviado que hemos criticado en el plano individual.

Además, el laicismo es una mentira y una estafa, porque un Estado nunca puede ser religiosamente neutro: lo vemos en Europa, dónde se está imponiendo la religión del hombre, con sus dogmas y su nueva moral de los “derechos humanos”, que incluyen el aborto, el casamiento homosexual, la eutanasia, etc. Y ya está preparada la nueva Inquisición, bajo el supuesto de que afirmar la existencia de una Ley divina superior a las leyes del Estado, es fundamentalismo. La alternativa es clara: o volvemos a la Cristiandad o seremos los dhimmis de una sociedad oficialmente atea… o islámica, como prevé la novela Sumisión de Michel Houellebecq.

¿Cómo caracterizaría la crisis actual de la Iglesia?

Considero que la Iglesia vive la crisis más aguda de su historia. Si damos una mirada hacia los varios aspectos del mundo de hoy vemos herejías por todas partes, vemos profanación de los sacramentos, vemos menospreciadas la virginidad y la castidad según el propio estado, vemos el divorcio, el concubinato, el adulterio aceptados con normalidad, los hijos ilegítimos, los hijos que no conocieron a alguno de sus progenitores, hasta la Extrema unción despreciada.

Es claro que si la sociedad está así, ello se debe en parte a que la Iglesia, que debiera santificarla y salvarla, también atraviesa un momento que deja mucho que desear. En vez de evangelizar el mundo, se optó por dialogar con él, especialmente en lo que caracteriza la “modernidad”. El resultado fue la teología existencialista de Rahner, la moral de situación de Marciano Vidal, la teología de la liberación marxista de Gustavo Gutiérrez, etc. O sea, que en vez de convertirnos para adaptar nuestras creencias y nuestras vidas al Bien y a la Verdad revelados, hacemos una “relectura” del Evangelio para aceptar el neo-paganismo moderno y la Revolución anti-cristiana.

¿Estamos perdidos? ¿O hay esperanza?

Fátima, la gran esperanza, es el título de una de nuestras campañas más importantes en alguno de los países que representamos aquí en Bruselas. Fátima, no es una esperanza, es una certeza. Si el mundo no se enmendaba, advirtió en 1917, vendría un gran castigo pero al final Su Inmaculado Corazón triunfaría. Y como prueba de la veracidad de este anuncio pronosticó varios otros sucesos, que ocurrieron todos, e hizo el portentoso milagro del sol.

El triunfo del Inmaculado Corazón de María es la gran esperanza, y la gran certeza, que nos aguarda en el horizonte.

Y nuestra querida Europa, ¿cómo la ve?

Nuestra querida Europa…Cuando hablamos de ella hablamos de la Cristiandad. A pesar de que el Reinado Social de Cristo puede ser instaurado en diversos marcos culturales, fue históricamente aquí en Europa que se instaló y de aquí navegó hasta los confines del mundo. Ustedes, ibéricos, españoles y portugueses, cargan ese mérito histórico.

Estoy seguro que cuando esperamos que el corazón de María triunfe esperamos también que Europa cristiana vuelva. No imagino un Reino Social de Cristo sin Europa.

Me parece que nuestro continente se convulsiona hoy en la etapa final de una crisis. Las utopías liberales y socialistas se agotaron. El mundo quiere otra cosa. Pero Jesús es el único camino. No debemos buscar salvaciones fuera del Cristianismo. En ese sentido, de nuevo, Fátima es la gran esperanza. Su apelo a la conversión profunda y sincera, atendido, es lo único que podrá salvarnos.

¿Cómo se despediría de nuestros lectores españoles  y por extensión de toda Hispanoamérica donde tanto se lee este portal?

Parafraseando a María Antonieta les diría que el castellano es la más bella lengua cuando la oigo en los labios de mi mujer y de mis hijos.

Espero no ofender a mis compatriotas alemanes ni a los nacionales de otros países agregando que quien no aprecia el modo de ser católico de un español le falta algo en su catolicidad. Tal vez el “sí, sí; no, no” y la altanería caballeresca debieran caracterizar a todos los hijos de la Iglesia pero en el caso de España lo es de un modo insustituible. España llevó la Fe a Hispanoamérica. Pienso en combatientes que van al combate cantando “Viva la muerte”, o que en un Viernes Santo honran al Señor crucificado cantando “soy el novio de la muerte”. Esta frontalidad va de maravillas con una Santa Teresa que le reprocha a Jesús de tener tan pocos amigos porque a los que tiene los trata tan mal.

Quería entonces decirles a todos los españoles católicos que los necesitamos. Que Europa precisa católicos así. Vuelvan a ser así, o continúen siéndolo, por el bien de ustedes y por el bien de la Iglesia.

Javier Navascués

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