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jueves, 18 de julio de 2013

Conciencia humana y ley divina en el Concilio Vaticano II. Paradoja y vínculo sustancial, por Arsenio Alonso Rodríguez

Reproducimos el artículo del Prof. Arsenio Alonso Rodríguez, publicado en el No. 127 de la Revista Arbil.

Portada de la revista 127Comencemos primero, precisando los dos términos claves de mi intervención: Conciencia humana y ley de Dios a la luz del magisterio conciliar (GS n 16, n 19, n 50, Concilio Vaticano II). Después me detendré en el “y” ilativo descubriendo sus paradojas y, finalmente, veremos cómo libertad y Ley, hombre y Dios desde la concepción cristiana se implican mutuamente y cómo esté es condición de posibilidad de aquel y percibiremos entre ambos un vínculo sustancial.

I.- LA CONCIENCIA: Hay distintas acepciones. Tres son las que nos interesan.

a) Conciencia como autoconciencia (sentido psicológico), sujeto (epistemológico), yo (metafísico).

- Es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios.

- El recinto más íntimo del hombre.

- Dignidad humana (consiste en la obediencia a la ley divina escrita en su corazón) ..

Conciencia pues, es sinónimo de yo, interioridad, autoconciencia, sujeto, persona. Conc Vat II mantiene una postura humanista libre de todo reducionismo fisicalista (hombre máquina), reduccionismo biologicista (hombre-animal).

Las otras dos acepciones configuran la llamada conciencia moral. A saber:

b) Conciencia como Intelección. Como conocimiento del bien y el mal (sindéresis) Facultad< a la que compete el juicio sobre lo moralmente bueno en si (dimensión intelectiva)

“En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo”.

Es la misma conciencia la que da a conocer esa ley. La conciencia tiene la capacidad de diferenciar y conocer el bien del mal y es la conciencia la que ayuda a resolver con acierto los numerosos problemas morales”. Vemos pues, cómo la conciencia construye y crea normas y en este sentido hay que hablar de autonomía moral en el hombre.

c) Conciencia como sentimiento y volición. (hacia el bien)

- En su corazón está escrita la ley

- En los oidos del corazón resuena la ley

- Recinto más intimo del hombre donde se siente a solas con Dios.

- Como volición, la conciencia nos “aparta del ciego capricho y nos somete a las normas objetivas de la moralidad”. Nos lanza ordenándonos a la acción: “Haz esto, evita aquello”. La conciencia es despliegue teleológico hacia algún sitio, es acción.

Las tres acepciones actúan “per modus unius”, en unidad dimensionada. La conciencia es una, pero dimensionada, Todo yo intelige, siente y quiere el bien (puede querer el mal pero bajo apariencia de bien (es el problema del error de la conciencia. Pero es un tema que aquí nos excede).

Todo hombre tiene la capacidad para inteligir, sentir y querer el bien.

II.- LEY: El Concilio Vaticano II no dice que:

  • Está en lo más profundo de la conciencia del hombre (su corazón).
  • El hombre la descubre, no se la dicta a sí mismo (es trascendente). (1)
  • Está escrita por Dios (en su corazón).
  • Su voz resuena (en los oídos de su corazón)
  • Su voz le advierte: que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello.
  • Es voz de Dios que le habla.
  • Debe ser obedecida y por ella será juzgado.
  • La fidelidad a esta conciencia une a los cristianos con los demás hombres para buscar la verdad y resolver con acierto los problemas morales que se presentan al individuo y la sociedad.
  • Su cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo (Mt. 22,37-40 y Gál. 5,14.(*).
  • Esa Ley divina es interpretada auténticamente por el Magisterio de la Iglesia a la luz del Evangelio (GS 50).
  • Desoyen el dictamen de su conciencia quienes voluntariamente pretenden apartar de su corazón a Dios y soslayar las cuestiones religiosas y, por tanto, no carecen de culpa. (GS 19)

Comentarios:

Esta ley es “voz de Dios que le habla”. Otros no ven más que la voz del hombre en soledad consigo mismo. Nietzsche dirá que “esta no es la voz de Dios en el pecho del hombre, sino la voz de alguno hombres en el hombre (Humano, demasiado humano, II, 52).”Tu conciencia, dira L. Pirandello, significa precisamente los otros dentro de ti” (Cada uno a su manera) y, en fin, Freud dirá que el Superyó (trasunto de la conciencia) constituye la internalización de las normas, reglas y prohibiciones parentales de base puramente inmanente .[]

Sin embargo, como se sabe, la prueba de la existencia de Dios por la conciencia moral es un lugar común en teología natural y filosofía de la Religión. Así, por citar a título de ejemplo a otros tres autores contemporáneos: John Henry cardenal Newman verá detrás de este mandato “la figura de un supremo gobernador o juez, santo, justo, poderoso, omnisciente, remunerador” (El asentimiento religioso). Maurice Blondel nos advierte que “…Si es cierto que las exigencias de la revelación (cristiana) son fundadas, no puede decirse que en nosotros estemos completamente en nosotros y de esta impotencia, de esta insuficiencia, de esta exigencia, preciso es que haya huella en el hombre puramente hombre y eco en la filosofía más autónoma” (BLONDEL:Lettre , p. 37).

Max Scheler nos dice que “si en el mundo no hubiera otra cosa de la que pudiéramos sacar la idea de Dios, simplemente el arrepentimiento podría llamar nuestra atención sobre la existencia de Dios… El arrepentimiento emite su sentencia de conformidad con una ley que se siente como algo santo, que nosotros no nos hemos dado y que, pese a ello, está dentro de nuestro corazón”. “De cada moción parcial de ese proceso ético brota un movimiento intencional que apunta a una esfera invisible… traza ante nuestro espíritu… los misteriosos perfiles de un juez infinito, de una infinita misericordia, de un poder y de una fuente de vida infinitos” (De lo eterno en el hombre).

Esta Ley es el fundamento de la moral.

Observemos cómo en Kant la conciencia es sinónimo de voluntad, hay que obrar conforma al deber y este es el que se ajusta a la ley formal del imperativo categórico. Pero este imperativo incondicionado y absoluto no viene de más allá del hombre sino del mismo hombre y se agota en él. Se funda en la sola autonomía humana, no en Dios. Aunque, como sabemos, Kant seguía necesitando a Dios para vincular virtud y felicidad. Ahora bien, por qué yo debo en última instancia estar obligado? En otras palabras, “puede lo humanamente condicionado obligar incondicionalmente? Se pregunta Hans Küng. Y prosigue: “mantenemos que un hombre sin religión puede llevar una vida verdaderamente humana y, en este sentido, una vida moral, lo cual no es sino expresión de la autonomía intramundana del hombre. Pero una cosa no puede conseguir el hombre sin religión, aún en el caso de que haya de asumir para sí normas morales absolutas: fundar la incondicionalidad y universalidad de una obligación ética. Sigue siendo dudoso por qué he de atenerme incondicionalmente, es decir, en todo caso y siempre, a determinadas normas, incluso cuando se oponen frontalmente a mis intereses” (Proyecto de un a ética mundial P. 73).

Esta intuición la tuvo el agnóstico Max Horkheimer (1895-1973, filósofo y sociólogo alemán) cuando afirmaba sin reparo que “todo lo que tiene que ver con la moral tiene, en definitiva, su origen en la teología, lógicamente; en ningún caso en fundamentos seculares”. O esta vez el ateo Sastre que también llega al mismo sitio: “Dostoievski – nos dice-, había escrito: `Si Dios no existe, todo estaría permitido´. Este es el punto de partida del existencialismo. En efecto, todo está permitido si Dios no existe y por consiguiente el hombre está desamparado, porque no encuentra ni en él, ni fuera de él, una posibilidad de agarrarse” (El existencialismo un es humanismo p. 25)

Esta ley, está en el hombre (en todo hombre) y éste la descubre, se topa con ella, no se la dicta así mismo.

San Pablo en Rm . 2, 14-15, dice que “cuando los paganos que no están bajo la ley, cumplen lo que atañe a la ley por inclinación natural, aunque no tengan ley, se constituyen en ley para sí mismos. Llevan los preceptos de la ley escritos en su corazón, como lo atestigua su conciencia…” Es importante el contexto de la cita. Pues el capítulo dos sigue al anterior que hablaba del conocimiento de Dios por la creación (Rm 1, 19: “lo invisible de Dios… se ha hecho visible …a través de las cosas creadas. Así que no tienen excusa”). Ahora, Dios se hace conocer por una Ley impresa en la criatura racional.

¿Cuál es el contenido de esta ley que la razón humana descubre?

“Que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello”. Esta verdad es accesible a todos los seres humanos. Nos une a todos. Puede ser conocida como tal sin acudir a la revelación y a la fe. Es más, esta ley, por fundarse en Dios mismo, quienes desoyen su dictamen y voluntariamente pretenden apartar de su corazón a Dios y soslayar las cuestiones religiosas, no carecen de culpa. (GS 19).

Esta ley, que la conciencia humana descubre, llega a su cumplimiento en esta otra ley que es culmen y consumación de aquélla y que sobre pasa la capacidad de discernimiento moral en el hombre. ¿En que consiste ésta? Consiste en el amor de Dios y del prójimo. El Concilio remite a Mt. 22,37-40 y Gál. 5,14. Leemos:

Mt 22,37-40: “El le dijo: `amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: “amarás a tu prójimo como a ti mismo´ . En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los profetas”.

Gál 5, 14: “Porque toda la ley se cumple en una sola frase, que es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.

Estamos, ya no en el terreno de la mera razón, sino en el de la fe. La moral de máximos postula la fe. No es lo mismo creer que Dios existe o que debe ser un Ser bueno bueno (esto es obra de la razón) que amarle (esto es obra de la fe). O dicho de otra forma, la misericordia y el amor al prójimo incluido el enemigo va más allá de la justicia distributiva y de la solidaridad entre la especie humana (cf Mt 5, 43-48:”…vosotros sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”).[1]

III.- Relación paradógica entre conciencia y Ley.-

La conciencia en cuanto yo, es capaz de inteligir, sentir y querer el bien y es a la vez, más que el yo. Hemos visto cómo “La conciencia es comparada con una voz interior en la que Dios mismo se muestra dentro del hombre. La conciencia es la voz interior en el hombre, que le exige hacer el bien y evitar el mal”. (YOUCAT 295). Si reflexionamos desde ahí veremos lo siguiente.

La voz de la conciencia como intelección, juzga discerniendo sobre lo moralmente bueno y “resuelve con acierto los problemas morales”. Tiene capacidad normativa y en este sentido es creadora (pensemos en la positivación de las normas morales y jurídicas de las instituciones y Estados). Pero a su vez, se ve imperada por un mandato incondicionado que la trasciende y no se identifica con el mero consenso humano e incluso puede llegar a cuestionarlo.

La voz de la conciencia como sentimiento premia sembrando de gozo y paz liberando del peso de la culpa, o castiga con la pena del remordimiento que condena. También hace que nos atraigan el sentimiento de los valores y nos hace que repudiemos sus contrarios. ¿Pero quién es el que nos acusa? ¿Quién nos elimina y destruye la culpa?

La voz de la conciencia como volición nos hace ir de un lado para otro y en cada acto de nuestra vida configura la acción de toda ella como opción fundamental. Nos sobrecoge el saber que quien ama es capaz de entregar libremente su vida pudiendo evitarlo. Huye el malvado cuando nadie le persigue. ¿Por qué huye? ¿De dónde procede su temor?, pregunta Newman. La conciencia se mueve y a su vez es movida. Vamos y somos llevados.

“La llamada de la conciencia está en mi a la vez que llega de más allá de mí”. (Heidegger). La voz o llamada de la conciencia es mía (y de mi socialización cultural) y a la vez llega de más allá de mí. Es inmanente y trascendente. La voz es mía en sentido propio y a la vez no es mía en sentido estricto. Hay un yo y un Otro (un autós y un heterós). Mi yo es más que yo. Cómo entender ese “y” enigmático y esa relación paradójica entre un yo y un Tú absoluto y Santo?

IV.- Cómo entender la relación entre este yo finito humano y el Tú absoluto que está presente en todo hombre (en lo más íntimo de su ser, según el magisterio conciliar). Cómo se salvaguarda la soberanía de Dios y libertad del hombre ¿Cómo concebir ese vínculo?

Aunque el tema da para mucho. Permitidme algunos apuntes apenas introductorios para concluir.

El ateísmo moderno percibió este vínculo como alienante y deshumanizador. O Dios o el hombre. La relación Dios y hombre aparece en disyunción excluyente, o el uno o el otro, es irreconciliable. O también en relación condicional: si Dios es, entonces el hombre no puede ser; para que el hombre exista, Dios no puede existir (ver mi escrito: El Dios inexorable…).

Pero la concepción cristiana del hombre invierte la relación. Si Dios es, entonces el hombre es. “El hombre sin Dios se desvanece” dirá el Concilio (GS 36, cf. GS 22). Para el pensamiento bíblico Dios entra dentro de la definición misma de hombre (imagen de Dios). El hombre no puede decir no a Dios sin decir no a sí mismo. Pues su sí-mismo, es decir, aquello que paradójicamente es más su yo intimo, se funda en otro que sin poder disponer de él necesita absolutamente para poder ser verdaderamente él, para ser verdaderamente hombre; y ese Otro –que repito, es lo más paradójicamente suyo-, es Dios. Todo ello hace exclamar a Pascal: “Conoce, pues, hombre soberbio, qué paradoja eres tú mismo…aprended que el hombre supera infinitamente al hombre”.[2]

Desde la revelación bíblica ya no es posible una moral autónoma absoluta en el hombre. Pero tampoco una moral exclusivamente heterónoma y extrínseca al hombre mismo que cual ob-jectum se le impone desde afuera. Pues, la conciencia finita del hombre depende absolutamente de una conciencia absoluta e infinita la cual actúa, como diría Zubiri, no como realidad-objeto sino como realidad-fundamento en él y, fundándole, le constituye como hombre.

La teología cristiana debe hacer ver que esta dependencia del hombre a Dios es la única vía auténticamente liberadora. (y por lo mismo, humanizadora). Debe hacer ver al hombre moderno cómo está dependencia, que nos despega de las cosas penúltimas y nos lanza elevándonos a lo verdaderamente último, es la máxima libertad en el amor. En otros términos, la respuesta de la teología al ateísmo en nombre de la libertad del hombre es, pues, de este tenor: “Una mayor unión con Dios significa una mayor y más plena libertad del hombre”[3]

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Arsenio Alonso Rodríguez

[1] Comentarios a la Exhortación Apostólica “Verbum Domini” ( =VD)

→VD nn. 9-12.-

- Ley natural =”ley escrita en el corazón” →Creación.

- Dones del creador: propio cuerpo, la razón, la libertad y la conciencia (no al dualismo)

- Ley del Evangelio que asume y realiza de modo eminente la ley natural, liberándonos de la ley del pecado”. Y da a los hombres mediante la gracia, la participación a la vida divina y la capacidad de superar el egoísmo

- Ver J. Ratzinger: “El elogio de la conciencia”, p. 28//

[2] PASCAL, B: Pensamientos, n. 438

[3] KASPER, WW: El Dios de Jesucristo p 64

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