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sábado, 28 de marzo de 2015

“la Teología de la Liberación no es más que la radicalización del Modernismo”: Julio Loredo

(Adelante la Fe) Fundada en 1971 para fusionar cristianismo y marxismo, la Teología de la Liberación fue condenada por la Iglesia. Después de la caída del comunismo, se “recicla”, asumiendo las nuevas ideologías ecologistas y LGBT. Y hoy en día parece haber encontrado un nuevo crédito, incluso dentro de los muros del Vaticano. Aunque Julio Loredo, en el libro recientemente dedicado a ella, la defina “un salvavidas de plomo.” En esta entrevista, explica por qué.

Leonardo Boff, de 76 años, brasileño, es un ex sacerdote franciscano que se “autoredujo” –como escribe en su blog– al estado laical antes de la inevitable intervención del Vaticano, que puntualmente llegó. Boff es un “gran hombre” de la Teología de la Liberación, que no ha dejado de cultivar, aunque condenado por la Iglesia e incluso después de arrojar la sotana. Arrojada a su manera, por supuesto. Esto es, por su propia admisión, continuando a “celebrar” bautismos, matrimonios, los sacramentos en general, aunque ya no tenga autoridad para todo eso.

Hace unos meses Boff volvió a la primera plana de la prensa italiana por haber declarado a la ANSA[1] que había enviado al papa Francisco material para su próxima encíclica, como él mismo papa le había pedido. También hace un año Boff dijo que le había  escrito, siempre detrás de su solicitud, para abogar una vez más a favor de la “causa” de un Concilio Vaticano III.

Es suficiente este dato para entender cómo la Teología de la Liberación de ninguna manera está muerta. Al contrario, sus “profetas” no pierden oportunidad para difundirla por todas partes. Incluso presumiendo de crédito. El hablador Boff ha dicho a los periódicos que él considera que el Papa viene “del caldo de la Teología de la Liberación latino-americana, atribuyéndole  “una verdadera revolución en los hábitos y en los comportamientos de la Iglesia”, y recordando cómo el Papa quiso encontrarse con el fundador de la teología de la liberación, Gustavo Gutiérrez, y su exponente más conocido, Arturo Paoli.

Por lo tanto, hoy en día, de la Teología de la Liberación se puede y se debe seguir hablando. Por qué sigue siendo un peligro, un riesgo, una tentación presente en la Iglesia, a pesar de todo.

“Roma locuta”, pero la causa parece cualquier cosa menos “terminada”. ¿Cómo es eso? Se lo preguntamos a Julio Loredo, autor del libro recientemente publicado con el título Teología de la Liberación– Un salvavidas de plomo para los pobres, publicado por Cantagalli.

La Teología de la Liberación empezó a difundirse rápidamente en 1971 con la publicación del libro homónimo de Gustavo Gutiérrez. En 1979, durante la Tercera Asamblea General de la Conferencia Episcopal de América Latina-CELAM, celebrada en México, el Papa Juan Pablo II hizo varias intervenciones que desautorizaron algunos aspectos de esta doctrina. Sin embargo, ciertos pasajes que se podían interpretar de diversas maneras, el silencio sobre ciertos aspectos del credo revolucionario y la falta de una verdadera condenación provocaron que el mensaje papal no lograra bloquear totalmente su camino.

En 1984 llegó la Instrucción “Libertatis Nuntius”, firmada por el cardenal Joseph Ratzinger en la cual se condenó, incluso con tonos muy fuertes, algunos puntos clave de la Teología de la Liberación, como el uso del análisis marxista, la perspectiva temporal e historicista de la religión y la práctica subversiva. Fue entonces cuando el futuro Benedicto XVI definió el comunismo una “vergüenza de nuestro tiempo.”

Mas dos años después vio la luz la Instrucción “Libertatis Conscientia”, con un tono muy diferente, tanto como para enfatizar aspectos positivos de la Teología de la Liberación. El clima, sin embargo, había cambiado: el colapso del socialismo real, con el que la Teología de la Liberación estaba en simbiosis, marcó también su fin, al menos en su forma original.

Después de un cuarto de siglo, por sorpresa, aquí está, solemnemente “liberada de la aduana” (este es el término utilizado) por el mismo Vaticano.

Se habla de una “nueva primavera”, favorecida también por la elección del primer Papa latino americano. Gustavo Gutiérrez fue recibido en audiencia por el Papa. Hasta el Osservatore Romano dedicó a la Teología de la Liberación dos páginas completas llenas de elogios. Se celebró en el Vaticano el Encuentro Mundial de los movimientos populares, que reunió a las siglas de la izquierda alineadas con la Teología de la Liberación. De una de sus figuras expresivas, Mons. Oscar Romero, fue aprobado el proceso de beatificación. Todo esto plantea serias preocupaciones, sobre todo por el uso instrumental que de eso se pueda hacer, en apoyo de la extrema izquierda.

En su libro usted define la Teología de la Liberación un “salvavidas de plomo para los pobres”: ¿por qué?

Sus partidarios la presentan como una teología “de los pobres para los pobres”, es decir la única que favorecería el bienestar para ellos, “liberándolos” de toda explotación. Esto es una mentira. Un estudio, incluso superficial, muestra que donde se han aplicado sus postulados, el resultado ha sido un aumento dramático de la pobreza y de los problemas sociales. No es, por lo tanto, una opción preferencial para los pobres cuanto para la propia pobreza. Por otra parte, habla de “libertad”, pero, en los hechos, se alinea con las dictaduras, siempre que sean comunistas. Para ello, el teólogo jesuita Horacio Bojorge acuñó la frase, que yo uso en el subtítulo de mi libro, “salvavidas de plomo.” Lejos de ayudar a los pobres, la Teología de la Liberación los hunde. Se trata entonces de  una corriente teológicamente herética y políticamente perjudicial.

En una época en la que la historia ha decretado claramente la derrota del comunismo, ¿cómo es posible seguir creyendo en una corriente de pensamiento, que propone “introducir el marxismo en la teología”?

Respondo en dos niveles. En primer lugar, debemos reconocer con pesar que no pocos personajes católicos, incluso prelados de la Curia, todavía hoy proponen el marxismo como método válido de análisis para satisfacer las necesidades de los pobres. Por otra parte, ya en 1989, previendo la caída del comunismo, los mismos teólogos de la liberación empezaron a deshacerse de él, sustituyéndolo  con ideologías más adecuadas para la nueva era revolucionaria. De este esfuerzo nació una plétora de “nuevas” teologías de la liberación, insertas en la revolución cultural moderna: teología negra, teología feminista, teología gay, teología ecológica, teología lésbica y así sucesivamente. Es decir, entran en simbiosis con los nuevos movimientos revolucionarios, como las lobby LGBT.

Quien dijo que el comunismo y el Reino de Dios eran esencialmente lo mismo, fue Leonardo Boff, que se declaró muy cercano al Papa…

El ex fraile franciscano brasileño Leonardo Boff, uno de los fundadores de la Teología de la Liberación, en repetidas ocasiones ha públicamente manifestado su apoyo al Papa Francisco. La última con motivo del artículo de Vittorio Messori en el Corriere della Sera, en el cual el conocido escritor manifestó respetuosamente algunas preocupaciones acerca del actual pontificado. Ya son muchos los teólogos de la liberación, que han expresado disposiciones similares. Y eso me preocupa. Boff, que convive con su ex secretaria, una mujer casada y con seis hijos, es promotor de la Ecoteología de la liberación, de matriz panteísta. Sería realmente absurdo que sus ideas encuentren lugar en una encíclica papal. Dicho esto, Boff tiene razón al creer que el papa Francisco encaja en la versión argentina de la Teología de la Liberación, llamada “populista”, y no en la marxista, representada por el mismo Boff. Esta versión argentina tiene connotaciones que la diferencian de las otras versiones en aspectos no secundarios.

En su opinión, hoy en día, ¿la Teología de la Liberación tiene algo que ofrecer a la Iglesia?

Voy a ser muy franco. Si realmente debemos ver en ella algo positivo, quizás sería su énfasis en la acción concreta, incluso política, como parte integral de la práctica de la fe, algo hoy descuidado por muchos movimientos –excelentes en otros aspectos– que quisieran ver a los católicos confinados en las sacristías o en la vida privada. Lástima que la acción propuesta por la teología de liberación, sea la antítesis de la doctrina católica. Incluso, no es una contribución original de la Teología de la Liberación. Era parte del ser católico, hasta que, a mediados del siglo pasado, se empezó a eliminar el carácter militante de la Iglesia. Hemos pasado de la militancia a los testimonios y de éstos a la presencia, que, como sabemos, es la antesala de la ausencia. ¿Podemos maravillarnos si los malos se han aprovechado de este vacío?

¿La Teología de la Liberación es el problema? O es orgánica y absorbida por la más amplia herejía sectaria del Modernismo?

En mi libro muestro cómo la Teología de la Liberación no es más que la radicalización del Modernismo a través de las versiones extremas de la llamada Nouvelle théologie. Como ya antes, el Modernismo fue una radicalización del catolicismo liberal y democrático. Estamos frente a un proceso histórico revolucionario, que conlleva consecuencias cada vez más extremas a partir de los axiomas igualitarios y liberales sobre los que se basa. Por otra parte, como lo admite el mismo Ernesto Buonaiuti, después de todo, el Modernismo se ha quedado en un círculo bastante limitado de intelectuales. Los errores modernistas y neo-modernistas, en cambio, se han difundido en la Iglesia a raíz de los cambios culturales que se produjeron en el siglo XX, contaminando grandes sectores de la Acción Católica y del laicado. El análisis de estos factores culturales en el aumento de las herejías de hoy es un punto fundamental de mi libro.

¿Considera que la Teología de la Liberación es un movimiento destinado a apagarse de forma espontánea o cree que cada católico tiene el deber de luchar contra ella?

Esperar que el mal salga espontáneamente me parece, en cualquier caso, la mejor manera de dejarle el camino libre y de renunciar a las promesas bautismales. Además debemos considerar que la Teología de la Liberación se inserta en un proceso histórico que continúa, sin que la parte católica levante  barreras significativas. Este silencio ensordecedor por parte de no pocas autoridades eclesiásticas frente a la terrible revolución que se está realizando, se configura tal vez como el aspecto más apocalíptico de la situación actual.

Mauro Faverzani
Fuente: Radici Cristiane N ° 102 – marzo 2015,  por Mauro Faverzani

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