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viernes, 17 de mayo de 2013

La justicia social, por P. Pedro Trevijano

Columna del P. Pedro Trevijano en Religión en Libertad.

Dos de las bienaventuranzas de Jesús, es decir dos de los puntos claves de su predicación, dicen: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados” (Mt 5,6) y “Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos” (Mt 5,10). La justicia, por tanto, no es en modo alguno ajena al mensaje de Jesús; más aún la denuncia de la injusticia es una constante de toda la Biblia, hasta el punto que en el Antiguo Testamento los dos pecados principales eran la impiedad, es decir la falta directa contra Dios, y la injusticia, es decir la falta contra la imagen de Dios que es el ser humano.

Pero, una vez más, conviene tener las ideas claras. No está bien quejarse de las injusticias de los demás y del mundo, si empiezo por no ser una persona justa. Ya un mal estudiante es el típico ejemplo de persona injusta. Un puesto de estudio, nos cuesta bastante dinero a los contribuyentes. Quien no lo aprovecha, quien no cumple con sus deberes en el estudio o en el trabajo, lo mejor que puedes hacer es estarse calladito. San Pablo, ante el vago, se expresa con toda claridad: “si alguno no quiere trabajar, que no coma” (2 Tes 3,10). Siempre he pensado que un buen trabajador le sale ordinariamente muy barato a la empresa y a la sociedad; mientras que el vago, aunque esté mal pagado, le sale carísimo.

Desde hace más de cien años, los Papas hablan de la justicia y especialmente de la justicia social en unas cartas que reciben el nombre de encíclicas. Incluso los grandes enemigos de Juan Pablo II y de Benedicto XVI, reconocen que sus Encíclicas sociales, al igual que la gran mayoría de las de sus predecesores, son francamente buenas. Si uno se quiere enterar de ellas, recomiendo empezar por la última, porque es la más actual y seguir así en orden inverso a su aparición.

La doctrina social de la Iglesia reconoce la legitimidad de la economía de mercado y de las empresas, pero al mismo tiempo indica que han de estar orientadas al bien común. Son también legítimos los esfuerzos de los trabajadores por conseguir el pleno respeto a su dignidad y espacios más amplios de participación en la vida de la empresa, de manera que, aun trabajando juntamente con otros y bajo la dirección de otros, puedan considerar que en cierto sentido trabajan en algo propio, donde pueden ejercitar su inteligencia y libertad. El desarrollo integral de la persona en el trabajo favorece la mayor productividad y eficacia del trabajo mismo, pues con su trabajo el trabajador no sólo se favorece a sí mismo, sino también a la colectividad, pues el trabajo no sólo le permite vivir, sino también es su servicio a los demás, siendo deber de la sociedad esforzarse para que pueda haber niveles satisfactorios de ocupación.

La Iglesia reconoce la justa función de los beneficios como indicador de la buena marcha de la empresa. Sin embargo, los beneficios no son el único índice de las condiciones de la empresa, pues es posible que los balances económicos sean correctos, y, a la vez, los trabajadores, que son el patrimonio más valioso de la empresa, sean humillados y ofendidos en su dignidad. Esto es moralmente inadmisible y además perjudicial, ya que la finalidad de la empresa no es simplemente la producción de beneficios, sino más bien la existencia misma de la empresa como comunidad de personas que, de diversas maneras, buscan la satisfacción de sus necesidades y el servicio a la sociedad entera.

No hay que quedarse solamente en los límites de la empresa. Los seres humanos tienen derecho a satisfacer sus necesidades fundamentales y es deber de justicia romper las barreras y los monopolios que dejan a tantos, tanto individuos como pueblos, al margen del desarrollo y asegurarles las condiciones básicas que les permitan integrarse en dicho desarrollo.

No puedo por menos de desear a cualquiera que en su mentalidad esté muy metida la justicia social. Pero también digo que en el mundo estudiantil la mejor manera, hoy por hoy, de contribuir a ella es prepararse lo más a fondo posible para ser un magnífico profesional y estar así en condiciones de hacer el bien de verdad.

El prepararse bien nunca vendrá mal. Conozco una persona que desde niño decía: “yo quiero ser bombero”. Hizo ingeniero de caminos, pero luego ha sido jefe de los bomberos de su ciudad y posteriormente ha dirigido la Protección civil de una importante comunidad autónoma.

Pedro Trevijano

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